Las entrañas del poder

Por: | 07 de mayo de 2013

Nuestra Sacra y Real Majestad. Rey de Reyes. Inigualable Señor. Venerable Soberano. Ilustrísimo y más Extraordinario Señor. Magnánima Majestad. Supremo Bienhechor. Bondadoso Señor. Precavida Majestad. Con estos términos, y otros parecidos e igual de rimbombantes, se referían a Haile Selassie los empleados de su corte a los que tuvo acceso Ryszard Kapuscinski para construir el retrato que hizo de él en El Emperador (Anagrama, 1989; traducción de Agata Orzeszek y Roberto Mansberger Amorós). El libro es un puzle de voces. Uno detrás de otro, aquellos hombres van contando lo que ocurría en palacio. El arranque es espectacular: toda la primera parte la dedica a reconstruir una jornada cualquiera en la vida del emperador. Se levantaba pronto y daba un largo paseo por el jardín del palacio. Enseguida lo abordaba el jefe del servicio secreto, que le contaba lo que había ocurrido la noche anterior. Cualquier movimiento extraño, cualquier sospecha, una cita cualquiera: lo quería saber todo, tenerlo todo controlado, estaba obsesionado porque se produjera una conspiración. El ministro de Industria y Comercio, que se ocupaba además de una red privada de confidentes, era el siguiente en abordar a Selassie y, al final, su espía más fiel le ofrecía también las revelaciones que acababa de obtener. Tres fuentes distintas para contrastar y para que nadie pudiera engañarlo. "Quería obtener la denuncia en estado puro", escribe Kapuscinski. "El Honorabilísimo Señor no pregunta nada, nada comenta; camina y escucha. En algún momento tal vez se detenga ante una jaula de leones para tirarles la pata de una ternera que previamente le ha sido entregada por unos criados. Entonces contempla la voracidad de las fieras y sonríe. Luego se acercará a los leopardos, atados con cadenas y les dará costillas de buey. En este lugar el Señor debe ir con sumo cuidado, pues se acerca mucho a los depredadores, que pueden hacer cosas imprevisibles".

Haile selassieLa siguiente actividad la iniciaba el emperador a las nueve y duraba hasta las diez: la hora de los nombramientos. Uno de los que le explica a Kapuscinski lo que ocurría en la corte era el encargado de los cojines. Como Selassie (en la imagen) era de baja estatura, siempre que se sentaba había que colocarle el cojín del tamaño adecuado (tenía 52) para que sus pies se apoyaran sin problema y pudiera así mantener la compostura imperial. En la Sala de Audiencias se acumulaban los cortesanos en espera de algún puesto en la administración, por el que estaban dispuestos a entregar toda su lealtad. La hora siguiente, entre diez y once, la dedicaba a los ministros, a los que recibía por separado. Entre once y doce, la hora de la caja en la Sala Dorada, también llena de gente ansiosa en espera de unas monedas. Entre doce y una, el emperador vestía una larga toga negra para dictar justicia (los condenados a muerte se ejecutaban enseguida). Después, le tocaba almorzar.

Quien espere datos muy precisos sobre la Etiopía de Haile Selassie no los va a encontrar en el libro de Kapuscinski. Tampoco el que quiera conocer la historia del país africano. Se cuenta, sí, que prohibió, entre otras cosas, que se cortasen piernas y brazos y que se liquidara a hachazos a los asesinos, que puso en marcha el primer periódico y abrió el primer banco, que introdujo la luz eléctrica, suprimió la costumbre de encadenar a los presos y ponerles grilletes, condenó el comercio de esclavos, acabó con los trabajos forzados, trajo los primeros coches, creó correos. Su afán por modernizar el país llegó a ser enfermizo, sobre todo después de que se produjera en los años sesenta la primera intentona por derrocarlo. Pero lo que el libro de Kapuscinski saca sobre todo a la luz son los mecanismos de poder y la lealtad interesada de unos funcionarios corruptos que solo viven para ir ganando, paso a paso, la confianza del emperador. Una corte de susurros y silencios, de estratagemas para colocarse en el lugar idóneo y de total desidia frente a los delirios de aquel extravagante e imperturbable ser supremo: "La verdad es que hubo en esto cierto exceso, porque –pongamos por caso– en el corazón del desierto de Ogaden se levantó un palacio fabuloso que fue mantenido día tras día a lo largo de una veintena de años con el servicio y la despensa a punto, y su Incansable Majestad pasó en él un solo día".
 
¿Fue Kapuscinski un prodigioso reportero o más bien un finísimo escritor que se sirvió de las técnicas del periodismo para contar su mundo? ¿Fue un historiador del presente, preocupado por escudriñar las marcas que van a definir su época o un cronista de los prodigios que vio y escuchó a la manera de su adorado Heródoto? No está de más analizar su legado, aprovechando que algunas de las fotografías que hizo en la Unión Soviética se exhiben ahora en la Casa del Lector en Madrid. Quizá Kapuscinski en su libro no ofrezca las suficientes herramientas para entender los intereses que estuvieron detrás de la caída de Haile Selassie, ni sirvan para comprender qué se estaba jugando en aquel remoto rincón de África en los primeros años setenta. Pero su escritura es tan eficaz que logra describir con extrema minuciosidad el entramado de gestos y actitudes, de artimañas y maniobras de cuantos quieren medrar a la sombra del poder. Y radiografía como nadie a ese emperador que todo lo escruta, que todo lo maneja, que dispone de todo y lo utiliza en su provecho. El libro es un análisis y un relato de cuanto ocurre en la cumbre del poder y una fascinante crónica de la caída de Selassie. Ahí, al final, vagando como un fantasma por las ruinas de su corte. "Parece que entre tantos como convivían en palacio sólo él había comprendido que ya no era capaz de hacer frente al vendaval que se había levantado", recoge  en su libro de uno de los testigos. "Apartado, ensimismado, altivo y distante, permite que los acontecimientos sigan su curso, como si ya estuviera moviéndose en otra dimensión del tiempo y del espacio". Haile Selassie, al que adoraban los rastafaris, lo tuvo todo y fue derrotado.

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Un rey sin Fortuna http://histericapeninsula.blogspot.com.es/2013/05/un-rey-sin-fortuna.html

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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