El colapso moral

Por: | 21 de octubre de 2013

En el post scriptum de Eichmann en Jerusalén (Debolsillo, 2001; traducción de Carlos Ribalta), Hannah Arendt escribe: “Este libro no se ocupa de la historia del mayor desastre sufrido por el pueblo judío, ni tampoco es una crónica del totalitarismo, ni la historia del pueblo alemán en tiempos del Tercer Reich, ni por último tampoco, ni mucho menos, un tratado sobre la naturaleza del mal”. Fue también muy cuidadosa desde el principio para definir exactamente lo que estaba haciendo: informar, dar cuenta, contar un proceso judicial. “El objeto del juicio fue la actuación de Eichmann, no los sufrimientos de los judíos, no el pueblo alemán, ni tampoco el género humano, ni siquiera el antisemitismo o el racismo”. Así que conviene aceptar las reglas de juego, y no convertir el trabajo de Hannah Arendt en otra cosa. El libro está, evidentemente, lleno de los sufrimientos del pueblo judío durante el Tercer Reich, por todas partes hay nazis que manifiestan sin sonrojo sus objetivos y que celebran los avances de su abominable proyecto de Solución Final, sale también Hitler y sus políticas y está, por tanto, empapado por esa sustancia dúctil y que se desliza como un corriente invencible por todos los rincones: el mal. El asunto central, sin embargo, es el proceso, y ese proceso “se centra en la persona del acusado, en una persona de carne y hueso, con una historia suya, individual, con sus propias formas de comportamiento, y con sus propias circunstancias”. Es importante no perder en ningún momento de vista esa cuestión, y más cuando con tanta frecuencia se pretende que la Justicia se pronuncie sobre diferentes abstracciones (“los crímenes del franquismo”, “los horrores de los nazis”, “los excesos de los fascistas”). La cuestión es que solo puede juzgarse a personas concretas por haber cometido delitos concretos, y los jueces tienen que tener en consideración todos los argumentos, los del fiscal y los de la defensa. Etcétera. Hannah Arendt ha vuelto a despertar interés recientemente por la película de Margarethe von Trotta, que se centra sobre todo en las circunstancias que rodearon su trabajo sobre el juicio a Eichmann en Jerusalén. Barbara Sukova es una actriz impresionante, pero no se parece nada a Hannah Arendt y eso produce a veces desconcierto.  

Hannah arendt
Antes de la película estuvo, en cualquier caso, el texto de Hannah Arendt, que sigue conservando intacto su poder de conmoción. Pero, sobre todo, su radical invitación a pensar las cosas. No hay concesión alguna a cuantos quieren orquestar un espectáculo para servirse del pasado en sus políticas del presente. Su análisis de los elementos jurídicos que rodean el proceso muestra cuánto quedaba (y queda) por hacer en relación a la forma de enfrentarse a los crímenes contra la humanidad. Y está su tesis sobre la banalidad del mal, que se maneja con soltura e incluso se critica o se ningunea, pero a veces sin haberse entendido de verdad. Eichmann era el mayor de cinco hermanos y en abril de 1932, cuando vivía en Salzburgo y estaba a punto de apuntarse a una logia masónica, ingresó en cambio en el Partido Nacionalsocialista. Lo que andaba buscando era alguna organización que le permitiera ganarse mejor la vida y entró, como cuenta Arendt, “al cauce por el que discurría la Historia”. “Fue como si el partido me hubiera absorbido en su seno, sin que yo lo pretendiera, sin que tomara la oportuna decisión. Ocurrió súbita y rápidamente”, dijo Eichmann en Jerusalén.

Una vez dentro, y cuando el proyecto nazi empezó a concretarse, trabajó con la meticulosidad propia de un profesional exigente. Debía ocuparse de la deportación de los judíos, borrarlos de la faz de Europa y conducirlos al matadero. Las órdenes las daba Himmler. En primer lugar al jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA), que las notificaba al responsable de la Gestapo (la Sección IV de ese inmenso organismo), que era quien se las transmitía verbalmente a la Subsección IV-B-4. Eichmann mandaba ahí. Y fue el más eficaz a la hora de hacer su trabajo. “Esto es como una fábrica automática, como un molino conectado con una panadería”, explicó durante el juicio a la hora de describir alguno de los procedimientos que puso en marcha. “En un extremo se pone a un judío que todavía posee algo, una fábrica, una tienda, o una cuenta en el banco, y va pasando por todo el edificio de mostrador en mostrador, de oficina en oficina, y sale por el otro extremo sin nada de dinero, sin ninguna clase de derechos, sólo con un pasaporte que dice: ‘Usted debe abandonar el país antes de quince días. De lo contrario irá a un campo de concentración”. Se sabe que la mayor parte de los judíos terminó ahí, aquella fábrica funcionó con precisión. También lo hicieron las otras, las que los gasearon, pero eso no formó parte del trabajo de Eichmann.

HI Eichmann trial
En la maquinaria puesta en marcha para llevar a cabo la Solución Final, participaron los propios judíos. Hannah Arendt, judía, tuvo la valentía de contarlo. “Eichmann (en la imagen, durante el juicio) no esperaba que los judíos compartieran el general entusiasmo que su exterminio había despertado, pero sí esperaba de ellos algo más que obediencia, esperaba su activa colaboración y la recibió, en grado verdaderamente extraordinario”, escribe. “Lo más grave, en el caso de Eichmann”, apunta en otro lado, “era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”. Pero eso no justifica nada. Arendt, en el discurso que dirige a Eichmann al final del libro, y ante su afán por escurrir el bulto afirmando que todos hicieron lo mismo (“con esto quisiste decir que, cuando todos, o casi todos, son culpables, nadie lo es”), afirma con rotundidad: “Ante la ley, tanto la inocencia como la culpa tienen carácter objetivo, e incluso si ochenta millones de alemanes hubieran hecho lo que tú hiciste, no por eso quedarías eximido de responsabilidad”. Eichmann fue culpable de sus crímenes, al margen de haber vivido en una época en que los nazis produjeron en la respetable sociedad europea un “colapso moral” de tal magnitud que no solo afectó a los victimarios sino también a sus víctimas. Es verdad que Eichmann en Jerusalén es nada más que la crónica de un proceso, pero al relatarlo permite construir un lúcido diagnóstico sobre aquella terrible desgarradura.

Hay 5 Comentarios

Los crimenes nazis no han sido suficientemente estudiados. Si bien en Alemania alcanzaron su maxima expresión tecnológica los crimenes de otras dictaduras no fueron menos crueles. Será que el ser humano lleva un lobo dentro? hace unos anhos el Presidente del Parlamento alemán fue expulsado al denominar el fenómeno nazi un "faszinosum". O sea algo fascinante, digna a lo mejor de un analisis racional.

Che la Arendt no era la amante del NAZI Heidegger??? ¡Ahhhh! ¡Claro!

Amenazas de muerte a Alberto Garzón por celebrar el fallo de Estrasburgo por parte de las NNGG del PP de Madrid, en una nueva chiquillada que va a los tribunales por la demanda de Garzón, pero que debiera activar de oficio la Ley de partidos: encarcelarlos e ilegalizar su entorno, ese difuso concepto que incluiría desde González o Carromero hasta el kioskero que les vende en fascículos colecciones de tiro al blanco...
En efecto, el colapso moral colectivo de no entender por qué no iban a andar Galindo y otros reclamados por crímenes contra la Humanidad libres por la calle, pero el fallo de Estrasburgo sobre gente que ha cumplido el máximo de pena de la ley que les juzgó les resulta indignante y ofensivo, por no parecerse a nuestra venganza sin fin pese a su sensatez jurídica...
http://www.eldiario.es/politica/Alberto-Garzon-Policia-recibido-Twitter_0_188281636.html

En España los franquistas han ido muriendo sin enfrentar un juicio, y la diferencia con Eichmann no existiría si la II Guerra hubiese sido ganada por los nazis. De hecho, los neofranquistas (el PP, fundado por un franquista directamente) hacen algo que los neonazis no pueden: la apología de un régimen fascista (el español), y eso prolonga la impunidad personal de los fundadores mediante sus herederos. Ni siquiera la "respetabilidad" de los criminales puede ser puesta en duda. Lo más grave: que las víctimas del franquismo y sus descendientes continúan recibiendo el trato de los perseguidos por un régimen fascista. Hoy mismo.

De acuerdo… pero hay que juzgar.
Saludos.

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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