Gángster o detective

Por: | 15 de noviembre de 2013

Son como dos mundos diferentes. En uno de ellos se toman las decisiones verdaderamente importantes. Ahí están las instituciones, el ejército y la policía, las burocracias que consiguen que funcionen las cosas, los partidos políticos, la bolsa y las empresas, etcétera. Un día llega al poder Hitler y convierte todo eso en una poderosa maquinaria de destrucción, en la que algunas personas corrientes como Adolf Eichmann colaboran con su impecable laboriosidad para que los engranajes funcionen a la perfección. Millones de judíos son conducidos a la muerte. Y queda para la historia una cifra que produce escalofríos. Ahora toca rascar en la gélida superficie de esos números para poder dirigirse al otro mundo, al que permanece en la sombra y donde aparentemente nada ocurre. Y llegar, por ejemplo, a Subotica, un pequeño pueblo de la provincia de Voivodina, al norte de Serbia, en la frontera con Hungría. Pongamos que es el segundo o tercer año de la Segunda Guerra Mundial. En un carro, un chaval de unos ocho o nueve años se ha escondido debajo del heno. Escucha que su padre conversa con un campesino con que acaba de encontrarse. De pronto se ponen a hablar del muchacho: que si es un gamberro, que si pronto va a salir disparado persiguiendo las faldas de las mozuelas. ¿Pronto?, se pregunta el padre, y le comenta que hace unos días hizo algo que por vergüenza ni se atreve a contar. El niño recuerda el momento. Jugaban al escondite con unos amigos, se metió en el corral con Julia, se tumbaron en la paja uno al lado del otro, se hicieron confidencias, y luego él la beso cuando ella cerraba los ojos. Sus amigos se burlaron entonces, y ahora el chico se acuerda y se muere del bochorno. “Por eso Andi había decidido no volver a casa a cenar”, cuenta Danilo Kiš en Penas precoces (Muchnick; Barcelona, 2000; traducción de Dragana Bajic y Mª Ángeles Alonso Zarza; se ha recuperado en Acantilado). “Ni mañana a desayunar. No volver nunca más a casa. Durante el verano pescaría peces en el río, y durante el invierno iría de pueblo en pueblo y ayudaría a los campesinos. Y cuando reuniera suficiente dinero, compraría una barca y se iría con su abuelo, a Cetinje. O a cualquier sitio. Se haría gángster o detective. Da igual”. Más adelante, un día de 1944, se llevaron al padre a Auschwitz. Nunca regresó.

Danilo-kis
Un pequeño rincón del mundo. Danilo Kiš (en la imagen) reconstruyó aquellos días de su infancia en ese pequeño libro. Una colección de pequeños fragmentos, de historias pequeñas, de pequeños acontecimientos. Insignificantes en el marco de la gran historia, sólo penas precoces. La madre los cogió un día, a Andi y a su hermana Ana, y fueron a la casa de unos parientes cuando todo había acabado. Esperaban encontrarse de nuevo a la tribu entera, pero sólo estaba la tía Rebeca. Andi no quiso creer que su padre había muerto, pero su tía lo miró de tal manera que parecía decirle: “¡tu creencia en su inmortalidad pronto será totalmente abatida, pequeño presuntuoso, el tiempo debilitará tu fe!”. Así ocurrió, tuvo que aceptarlo. Cuando se fueron de aquel lugar, cuando fueron deportados, Andi se llevó los papeles y las fotos que quedaban de su padre.

“Kiš tuvo una vida que se correspondió de principio a fin con lo que podría tenerse por lo peor que el siglo pudo ofrecer a su parte de Europa: la conquista nazi y el genocidio de los judíos seguido de la toma de poder soviética”, escribió Susan Sontag en Cuestión de énfasis (Alfaguara; Madrid, 2007; traducción de Aurelio Major). Luego apuntó: “Kiš es parte del puñado de escritores indiscutiblemente importantes de la segunda mitad de siglo”. Penas precoces, publicado originalmente en 1968, es su tercer libro. Recoge las cosas pequeñas que le pasaron a Andi en esos aciagos días (la guerra al fondo, el padre ausente, el trabajo para el señor Molnar, la pobreza, las redacciones en el colegio, la complicidad con el perro Dingo...). “(Sigamos en tercera persona. Después de tantos años, Andreas quizá no sea yo)”, sugiere Kiš entre paréntesis cuando cuenta aquella historia del beso.

El beso furtivo de unos niños en un corral, tumbados sobre la paja. Al muchacho le producía tanto terror que lo supieran que había decidido que su vida tenía que cambiar por completo. No volvería a casa, se prometió. Haría cualquier cosa: que más da, detective o gángster. Viviría. Saldría adelante. Pero no siempre es tan fácil. No siempre pasa. Un día ese otro mundo, lejano, remoto, del que poco se sabe (y menos aún cuando se es niño) desata la tormenta. Y aparecen unos desconocidos y se llevan a su padre. 

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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