Contra todo catastrofismo

Por: | 15 de enero de 2014

En 1984 Francisco Ayala fue invitado al Congreso de los Diputados y allí leyó una conferencia, Mi yo catedrático, en la que hacía un repaso de lo que habían sido hasta entonces sus reflexiones políticas. Contaba ahí que cuando empezó a preocuparse por la cosa pública, siendo todavía muy joven, se enfrentó con una grave crisis institucional, la dictadura de Primo de Rivera, y constató que “el vituperio contra el caciquismo había alcanzado a ser clamor en España…”. Aquel sistema clientelar dista mucho de cosechar aplausos y, desde luego hoy, no se da por buena una democracia donde eran los caciques del lugar los que establecían a quién debía votarse; a los demás no les quedaba otra que plegarse, ya fuera por cuestiones  laborales, ya fuera por un afán de simple integración social. Más adelante, al volver sobre aquella época, Ayala escribió en España, a la fecha (1965) que aquel caciquismo había sido el resultado de “un intento sano y en sí mismo plausible” de implantar en España, a partir de la Constitución de 1876, una democracia liberal, y que esa era la “condición necesaria para que el país se transformara en una sociedad moderna”. Pese a sus indudables limitaciones, Ayala quería subrayar que aquel periodo, el de la Restauración, había sido el único de “la historia de España en que este pueblo ha vivido, no sin injusticias ni trastornos, claro está, pero en una atmósfera de efectiva libertad política, con discusión pública, respeto al adversario e imperio del orden jurídico”. Y añadía: “De hecho, España estaba convirtiéndose en una nación moderna. Era el tiempo de la convivencia amistosa de Pereda, Galdós, Clarín y Menéndez Pelayo; el tiempo en que surgió y se desplegó la generación del 98; el tiempo de Ortega y Gasset... España se había europeizado”. La conferencia de Francisco Ayala se puede encontrar en el sexto volumen de sus Obras completas (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), que apareció hace unos meses y que reúne sus colaboraciones periodísticas y textos atípicos, como ese de 1984, que leyó en la sede parlamentaria de una España en la que se consolidaba la Transición y que había logrado superar el golpe de Estado de 1981.

Ayala
Resulta seguramente chocante que Ayala (la fotografía es de Miguel Gener, 1992) no echara pestes sobre aquella democracia tan incompleta, tan frágil, tan íntimamente manchada por los caciques de turno, y donde sólo votaba un sector muy pequeño de la sociedad. Hubiera quedado mejor si se hubiera rasgado las vestiduras. La idea de insistir en los caminos torcidos de España siempre ha tenido buena prensa, el lamento por su singularidad, la queja por la acumulación de desastres, el gusto por encontrar en sus más íntimas esencias ese oprobio que no va a borrarse fácilmente y que va a marcarle finalmente un destino trágico e inevitable (la Guerra Civil). En 1965, Ayala se distanciaba drásticamente de esa lectura. Bueno, bueno, no hay que exagerar: esa podría haber sido su fórmula. Cuando en 1923 Primo de Rivera daba el golpe, lo que estaba haciendo era poner fin a una época de relativa estabilidad, de relativo progreso, de relativa democracia, para recuperar de paso la España más autoritaria y conservadora. El país que hasta entonces iba configurándose no era muy diferente de los equivalentes de su entorno: no era ese caso excepcional que producía tanto lamento y crujir de dientes.

Ya podía hablarse de una opinión pública de cierta envergadura, se había producido su despegue industrial, el centro de gravedad de la cosa pública se desplazaba hacia las nuevas clases medias y obreras de las ciudades (algunas de las cuales habían crecido de manera notable), eran muchos los jóvenes que completaban su formación en el extranjero. Todavía una parte de la clase intelectual se regodeaba hurgando en las esencias de un país maldito, pero había otros que estaban más interesados en llorar menos y en hacer cosas. Por eso Ayala observaba en su discurso de 1984 que “esas tremendas críticas con que se atacaba a la ‘España oficial’ eran la mejor, aun cuando paradójica, comprobación del éxito logrado por Cánovas con su monarquía constitucional y parlamentaria” y, poco más adelante, proclamaba: “la europeización de España por la que tanto se había clamado, estaba conseguida ya”.

Es importante llamar la atención sobre el lugar desde el que hablaba Ayala. En ese texto, si se busca algo que podría resumir su posición respecto a los vaivenes del mundo se encuentra, y de refilón, algo muy escueto: le interesó siempre defender “el valor permanente e irrenunciable de la libertad individual”. Por eso subrayó los discretos progresos de la Restauración, por eso se opuso a la dictadura de Primo de Rivera, por eso celebró la República y la defendió combatiendo contra los militares que se empeñaron en destruirla, por eso tuvo que salir de aquella España tristona devorada por la dictadura franquista. Regresó cuando volvieron las libertades. Y procuro seguir cuidándolas. Una manera de hacerlo fue la de aportar un poco de sensatez a los debates que entonces tenían lugar. Ayala había sido testigo de los excesos de la época de entreguerras donde “toda la construcción política del liberalismo estaba siendo sometida en Europa a una demoledora crítica de intención revolucionaria llevada a cabo por los teorizadores del marxismo y, de otra parte, aprovechada para sus propios fines por los partidarios de la ideología fascista”. Las libertades individuales casan mal con los totalitarismos, sean del signo que sean, y estos se alimentan en las retóricas incendiarias que se imponen en tiempos de crisis. Precisamente por estar viviendo una de esas épocas de desolación, conviene aferrarse a cuantos buscan argumentos para defender las libertades, como Ayala, y no desgarrarse en los ampulosos gestos de aquellos que, de un brochazo, ponen en cuestión cuanto se ha conseguido hasta ahora y se refugian en el catastrofismo de nuestra supuesta condición anómala.

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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