La pérfida Albión

Por: | 11 de marzo de 2014

El 17 de julio de 1936 ya se tuvo noticia del torpe inicio en Melilla de un golpe militar contra la República. El 18, las asonadas se habían multiplicado en la península, triunfando en algunos lugares y siendo neutralizadas en otros. El lunes 20, el primer ministro de Francia, León Blum, se encontró un telegrama abierto al llegar a su despacho. Era del nuevo primer ministro de la República, José Giral, y en él le pedía armas y aviones. Como ese miércoles Blum viajaba a Inglaterra, puso en marcha cuanto antes un plan de ayuda. Al llegar a la habitación de su hotel en Londres, tuvo la visita de Pertinax, un periodista, que le preguntó de inmediato si Francia iba a proporcionar armas a la República. Blum contestó que sí. Su interlocutor le dijo entonces que eso no estaba bien visto en el Reino Unido. Unos días después, cuando se disponía a regresar a París el viernes 24, Blum recibió otra visita. Esta vez fue a verlo el secretario del Foreign Office, Anthony Eden. Le repitió la misma pregunta; Blum contestó que sí, que ayudarían a la República. Eden entonces le pidió solo una cosa: “Os ruego que seáis prudentes”. 

Fuerzas italianas en la guerra civil
¿Fue en ese instante cuando se empezaron a estropear las cosas para la República (por lo menos en lo que se refiere a obtener ayuda militar de las democracias próximas)? Probablemente, sí. Sobre todo si se hace caso a Azaña, que en su Memoria de guerra escribió: “Lo que creo es que con Inglaterra no podemos. Contra la agresión italiana (en la imagen, soldados del Corpo Truppe Volontarie durante la batalla de Guadalajara) y alemana, todavía nos defendemos. Pero contra Inglaterra no podríamos, sin necesidad de que Inglaterra tome parte directa en la contienda. Le bastaría la acción diplomática, en la que arrastraría a todos, sin exceptuar a Francia”. Fueron, efectivamente, suficientes sus iniciativas diplomáticas, y arrastró a Francia. A finales de agosto, prácticamente todos los países europeos firmaban el Acuerdo de No Intervención. Luego se pondría en marcha un Comité, y un subcomité, y se desplegarían en el Mediterráneo unas patrullas de vigilancia. Al final de todo, el invento resultó una farsa que favoreció a Franco y a los suyos. Cierto que una guerra no se gana o se pierde en función de la ayuda externa, pero a veces cuenta, y cuenta mucho. En un libro ya antiguo, El reñidero de Europa. Las dimensiones internacionales de la guerra civil española (Península, 2001), Enrique Moradiellos documentó paso a paso el comportamiento de las naciones europeas en relación a lo que se jugaba en España durante la Guerra Civil. La conclusión es desoladora: la República fue abandonada a su suerte. 

Una larga cita del trabajo de Moradiellos resume bien la posición de Londres: “…a fin de garantizar la seguridad de la base naval de Gibraltar (punto clave en la ruta imperial hacia la India) y de los cuantiosos intereses económicos británicos en España (el 40 por ciento de las inversiones extranjeras en España eran británicas), el gobierno del Reino Unido decidió inmediatamente adoptar de hecho una actitud de estricta neutralidad entre los dos bandos contendientes. Una neutralidad tácita que significaba la imposición de un embargo de armas y municiones con destino a España, equiparando así en un aspecto clave al gobierno legal reconocido (único con capacidad jurídica para importar ese material) y a los militares insurgentes (sin derecho a importar armas hasta que no fuesen reconocidos como beligerantes mediante una declaración de neutralidad formal y oficial). Por eso mismo, se trataba de una neutralidad benévola hacia el bando insurgente y notoriamente malévola hacia la causa del gobierno de la República”. 

La ayuda italiana y alemana fue esencial para el bando franquista, llegó en momentos decisivos y en abundancia, y se facilitó a crédito. Tropas, aviones, armas, información, entrenamiento. Moradiellos se refiere a “la voluntad de convertir la guerra española en un campo de pruebas militares donde los ejércitos alemán e italiano ensayaban técnicas y equipos y adquirían experiencia bélica con vistas al futuro”, y apunta de esa manera al peso internacional que adquirió el conflicto en una Europa que se iba desgarrando a marchas forzadas. La larga sombra de los totalitarismos que emergieron en la época de entreguerras se proyectó en España, pues no en vano la República sólo encontró ayuda en la Unión Soviética. Eso sí, pagando rigurosamente y sin tener nunca la seguridad del momento en que podría disponer del material recién adquirido. 

Un ejemplo. Conforme el conflicto evolucionaba, al Reino Unido le interesaba cada vez más que no influyera en su política de alianzas y, como pretendía obsesivamente seducir a Italia para apartarla de Alemania, estaba dispuesta a permitirle hacer lo que quisiera en España. Anthony Eden todavía quiso aparentar cierta firmeza ante la abierta intervención en España de las potencias fascistas, pero dimitió en febrero de 1938. “El 16 y 17 de marzo la aviación italiana, por orden expresa de Mussolini, realizó sobre Barcelona los mayores bombardeos sobre una ciudad conocidos hasta el momento”, explica Moradiellos. El 13 de junio se cerró la frontera francesa, con lo que la República no pudo contar con las pocas “facilidades” que Francia le otorgó para que le llegaran las armas que venían de la Unión Soviética. “El 29 de septiembre de 1938, con ausencia de cualquier representante de Checoslovaquia o de la Unión Soviética, los dictadores germano e italiano y los primeros ministros británico y francés acordaron en Múnich que la cesión de los Sudetes a Alemania se realizara pacíficamente entre el 1 y el 10 de octubre”. Fue la confirmación de que la política de apaciguamiento lo significaba todo y, también, el golpe de muerte que acabó con los esfuerzos militares de la República: no habría un conflicto internacional que obligara a las democracias europeas a situarse a su lado. Cuando, como ahora, algunos conflictos reclaman la intervención de las democracia occidentales, nunca está de más acordarse de lo que sucedió durante la Guerra Civil de España. El trabajo de Moradiellos, que tituló La perfidia de Albión (Siglo XXI, 1996) otros de sus libros, sigue siendo una buena herramienta.

Hay 7 Comentarios

¿Voluntarios? Señor Bernardo, las guerras las ganan los ejercitos y el unico ejercito capaz de combatir en las ridiculas fuerzas armadas españolas de 1936, era el ejercito de Africa con la legión y los regulares marroquies, que cayeron desde el principio en manos de los rebeldes. Franco fue el caudillo de España , porque tenia a sus ordenes al ejercito de Africa, era el que tenía a sus ordenes a las únicas tropas eficaces. Si a la República le hubiesen apoyado las democracias europeas, la historia pudo haber cambiado. Si los comunistas tuvieron tanta influencia sobre el bando republicano fue porque la URSS fue la única que facilito armas al gobierno. Stalin era el único que estaba preocupado por la creciente amenaza de los Nazis en su frontera. Los democratas prefirieron bajarse los pantalones ante los fascistas, y eso lo unico que hizo fue envalentonarlos , como a cualquier matón.

Bernardo: si los fascistas tenían tanto apoyo popular, ¿por qué vaciaban los pueblos, encerraban a los vecinos en las plazas de toros y los diezmaban?.
No intente mentir: fue un puñado de militares traidores punta de lanza de una invasión germanoitalianamarroquí.

Hola: me gusta encontrar un blog donde la pregunta latente (la indagación continua) sobre la primera mitad del siglo XX, y sobre la guerra civil en concreto, es sobre todo: ¿Cómo pudo suceder?.

Porque pienso que esa es la pregunta fundamental que los europeos nos hacemos sobre las guerras mundiales y los totalitarismos.

Sin embargo. uno diría que la pregunta predominante en parte de la sociedad española sobre la tragedia de nuestra guerra no es (todavía) esa, sino otra: ¿Quién tuvo la culpa?.

Tal vez Juan de Mairena concluiría que la primera pregunta es la difícil de responder (y la segunda, que no es demasiado interesante en sí misma, a estas alturas tiene una contestación factual bastante clara).

Qué vergüenza de artículo... Ramón, documéntate un poco...

La república lo tuvo todo al comienzo de la guerra: toda la aviación, casi toda la industria, fábricas de armas, casi toda la Armada, las reservas de oro, etc. Pese a salir con todo a favor perdieron de forma insospechada y en mi opinión sin que la ayuda extranjera con la que contaron ambos contendientes fuese un factor destacado. El bando nacional ganó porque era más profesional y disciplinado y porque tenía más apoyo popular. Mientras los nacionales movilizaron sólo a 14 reemplazos, los rojos se vieron obligados a movilizar 27. Esto fue así porque los nacionales contaban con muchos más voluntarios, que siempre salen del pueblo y combaten con mayor ardor. Y hay diferencias entre voluntarios. Los republicanos eran retribuidos con 10 pts. diarias. Como esta cantidad era un pastizal en una sociedad en la que un jornalero ganaba unas tres, se supone que muchos se harían voluntarios por mero interés económico, luchando así sin el ardor que proporciona la convicción de hacer aquello en lo que se cree.

Hola, amigos. Es lo que el periodista colombiano ANTONIO CABALLERO dijo sobre los Estados Unidos: Los Estados Unidos no tienen amigos, solo intereses. Los políticos gringos aprendieron bien la lección de sus padres británicos. Sus intereses económicos y políticos, por encima de todo lo demás. No hay ningún tipo de perfidia; es un rasgo del carácter inglés: el pragmatismo.

Saludos a José Andrés Rojo por su estupendo artículo de la pérfida Albión. El cinismo de la doble moral de las supuestas democracias era y es evidente. Fueron cómplices para destruir a la República Española, y para mas INRI alentaron el fascismo de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini para atacar a la Unión Soviética. Y el tiro les salió por la culata con la invasión de Polonia que llevó al mundo a la II Guerra Mundial, con mas de 50 millones de muertos. Dice el adagio... el que siembra vientos recoge tempestades. Parece no aprender de la Historia.

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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