Las mejores firmas de EL PAÍS

Blog de Distintos autores analizan la campaña electoral

Anabel Díez

SOBRE EL AUTOR

Cada día, una firma de EL PAÍS: Muñoz Molina, Cuerda...

febrero 2008

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29 febrero, 2008 - 10:38 - EL PAÍS

¿Qué hacer?

por Enrique Vila-Matas

Poco antes de iniciarse la campaña, se presentó la plataforma de "artistas e intelectuales" en apoyo a ZP. Los titulares de prensa hablaron sólo de "artistas", tal vez porque no vieron allí muchos intelectuales, quizás porque se dejaron llevar por el menosprecio que suele conllevar esa palabra. No es país para intelectuales.

¿Dónde están, por cierto? Algunos posicionados en el marxismo o en el fascismo, y otros en plataformas por ZP, MR o RD. Pero los más afines al aire del tiempo están en sus casas, viviendo en una tensa discreción desde que comprendieron que el individuo está vendido ante los poderes de una maquinaria burocrática estatal implacable, que les conduce, por ejemplo, a un debate técnico, a un debate televisivo previsible, a un previsible empate técnico, a un empate televisado, a un previsible empate roto, y así hasta el infinito.

Ante semejante maquinaria, ¿qué hacer? Es inútil -tal como vio perfectamente Kafka- luchar contra esos poderes porque son muy potentes y, sobre todo, demasiado sutiles. No es un problema específico de este país, sino general. Los intelectuales más lucidos son conscientes de que la élite a la que ellos pertenecieron -la intelligentsia, ese estrato social que tiene sus orígenes más lejanos en los guardianes de la República platónica- está profundamente desalentada. Todos ellos vienen constatando, desde hace décadas, que cuanto dicen y hacen no es escuchado, se queda en una proporción muy pequeña de lectores, de estudiantes, de electores o de opinión pública. Personas de gran exigencia intelectual y potentísima inteligencia son hoy plenamente conscientes de que su destino en la vida -explicar lo que han entendido y que los otros no comprenden o no quieren ver- no sirve para nada porque a los otros ni les incumbe ni lo comprenden ni lo quieren saber.

No es país para la sabiduría y el pensamiento. En estas circunstancias, a muchos les parece que es obvio que no hay nada que hacer y que es mejor el destino discreto de apartarse, de quedarse leyendo y escribiendo, enseñando y estudiando, y en definitiva resistiendo, una actitud que a fin de cuentas puede llegar a alcanzar una verdadera dimensión política y que recuerda el espíritu inicial de la filosofía en un sentido socrático: el individuo que pasea al caer la tarde y dialoga con los otros y les muestra la posible verdad de las cosas y que espera que juntos la vayan construyendo.

La construcción de la verdad pasa por los caminos de la tarde. Y también por asomarse a cualquier mitin de estos días y acordarse de Flaubert: "Me he presentado ante el príncipe Napoleón, pero había salido. He oído cómo hablaban de política. Es algo inmenso. ¡Ah! ¡Qué vasta e infinita es la Estupidez humana!".

28 febrero, 2008 - 10:46 - EL PAÍS

¿Ha roto usted un plato?

por Álvaro Pombo

Esta mañana he roto un plato mientras me hacía el almuerzo. Amaba ese feo plato de duralex transparente, tan útil para servir los champiñones al ajillo. Se resbaló y se rompió. Un estallido espantoso. Tardé mucho en sosegarme. Nuestros dos grandes partidos políticos son dos platos de duralex transparente, feos y útiles. Estamos acostumbrados a votarles. No nos gustan del todo, no nos disgustan del todo. Dado que sólo hay dos y hay que elegir uno de los dos, elegimos siempre al que elegimos siempre. Es el mismo feo partido de duralex de toda la vida, con su disyuntiva grabada a fuego: o PP o PSOE.

Eligiéndolos, nos ahorramos el miedo a no saber qué hacer. Y nos libramos del sentimiento de culpa que amenaza todo cambio de costumbres. ¿Qué pensaremos, qué haremos, si no elegimos a uno de los dos? Como matones del colegio nos asustan los dos grandes, recordándonos que más vale estar protegido por uno, que desprotegido por dos y a la intemperie.

Pero ocurre que los electores españoles estamos cada vez menos dispuestos a confiar nuestra suerte a uno y el mismo todo el tiempo: empezamos a simpatizar con la intemperie, con el voto flotante, con la indecisión inteligente.

¿Qué haremos el 9 de marzo? ¿Nos levantaremos temprano y echaremos mano del viejo plato de duralex, feo y útil? ¿No valdría la pena, en esta hora de intensa seriedad democrática, volver a pensarlo todo otra vez? ¿Por qué no votar a un tercer partido -un nuevo útil parlamentario- en lugar del feo partido de duralex matón de siempre? ¡Rompa usted un plato, vote lo que yo!

26 febrero, 2008 - 05:47 - EL PAÍS

Combate nulo en el Chaminade

por Juan Cruz

Vimos el debate con estudiantes del Colegio Mayor Chaminade; en un tiempo fue marianista (pero no de Mariano, sino de los Hermanos Marianistas). A juzgar por el aplausómetro, el combate fue nulo, y esto tiene su mérito, porque las porras del centro han ido a favor del PSOE en las últimas elecciones. Nos condujeron dos colegiales, Rafael Álvarez, de Gran Canaria, del PSOE, y Pedro Rubio, de Logroño, del PP, a quien se sumó Adrián Rodríguez, también popular. Antes de entrar en el salón de actos a ver la tele (eligieron La Uno), quince colegiales comentaron la jugada: tratarían de morder lo justo, "habrá sangre", "Rajoy va a atacar a machete", "ZP se pondrá nervioso pero no perderá los nervios", "quien gane o quien pierda dependerá del periódico que leamos mañana", "esto es un adorno de la campaña"... Después les pedimos a los quince un voto a mano alzada; antes del debate ganó ZP por trece a dos. Uno dijo: "Como en las encuestas". Empatan pero gana uno.

¿Y en el debate? Había 150 colegiales; había más de Zapatero (según las estadísticas), pero los aplausos para Rajoy fueron espasmódicos y más frecuentes. Los de ZP fueron más cerrados. Debo decir que el silencio, tamizado a veces con risitas (para los dos), fue bastante poderoso, hasta el final. Me pareció que la despedida de Rajoy encantó menos (si encanto es una palabra justa) que la del otro candidato; la apelación a la niña orgullosa de ser española sonaba en este ambiente colegial como una oración subordinada, y el manifiesto de Zapatero sobre el futuro pareció más en consonancia con el presente de indicativo. Se revolvieron en sus asientos cuando surgió el tema de los artistas untados; hubo respingos cuando Rajoy dijo que Zapatero era de Chávez y de Evo, mientras que él era de Merkel y Sarkozy, y cuando el candidato Zapatero explicó que era un patriota (por haber defendido a Aznar ante Hugo Chávez) escuché a mi lado acaso la única imprecación de la noche: "¡Ahora es patriota!". Esa pregunta que triplicó Zapatero ("¿Hará el trasvase del Ebro?") fue coreada con cierta ansiedad, como el refrán que ZP le regaló a su oponente hablando del cambio climático: "A buenas horas mangas verdes". Sorprendió lo que dijo Rajoy, "yo no tuve ningún Gobierno", y alguien lo preguntó: "¿Ha dicho que no tuvo ningún Gobierno?". ¿Empate? ¿Victoria? "Según el periódico donde lo leamos".

25 febrero, 2008 - 13:09 - EL PAÍS

La apoteosis de la tribu

por Rosa Montero

Acabo de volver de Inglaterra y el metro de Londres está hecho una roña: el tiempo ha ido ulcerando los muros e incrustando las sufridas baldosas de vetusta mugre. En comparación con ese fósil industrial, el metro madrileño parece rompedoramente futurista. Estuve hace poco en París y me sorprendió que los coches no se detuvieran ante los pasos cebra; que los conductores hablaran como cotorras con el móvil atornillado a la oreja, y que casi nadie se ciñera el cinturón de seguridad. A diferencia de ellos, los españoles sí nos ponemos el cinturón (bastante), nos detenemos en los pasos (a menudo) y al menos intentamos escondernos cuando telefoneamos mientras conducimos. Fui a Italia hace un año y, para mi pasmo, un alto cargo del Gobierno lombardo me dijo: “¡Los españoles sois alemanes! Qué limpieza en las ciudades, qué orden, qué eficiencia…”.

Se preguntarán qué demonios tiene todo esto que ver con las elecciones, que es el tema de este artículo. Pues me temo que bastante; porque es verdad que este país ha cambiado mucho, es verdad que hemos progresado considerablemente, pero la modernidad y la civilización no parecen haber calado en las ideas y en los usos políticos, ni en esa manera tan nuestra y tan racial de relacionarnos a base de insultos y mamporros. La unidad básica de la sociedad española no es la familia (también en eso se equivocó el franquismo), sino la horda. La inquina bruta y el sectarismo retrógrado no sólo siguen intactos en nosotros, sino que parecen haber aumentado últimamente, al igual que la roña va engordando en el metro de Londres. Y, claro, para un pueblo instalado en la pasión tribal, las elecciones son una apoteosis del pandillismo.

Como no somos ciudadanos, sino forofos, estamos viviendo este encuentro político como si se tratara del mundial de fútbol. Se diría que es un enfrentamiento especialmente mediocre, especialmente sucio, proclive a la patada en el tobillo, al topicazo ramplón y la marrullería. Luego están los ataques abiertamente bárbaros, que son los llevados a cabo por las hinchadas ultras, como, por ejemplo, esos energúmenos que van a reventar los actos y, si pueden, las caras de los contrarios, de las San Gil, Nadal o Rosa Díez. Unas tropelías demasiado habituales (pasó con Bono, con Savater, con Gotzone Mora) que luego los clubes se apresuran a condenar; pero, ¿por qué tendré la tonta sensación de que, en el último rincón de la conciencia, los equipos disculpan y alimentan a sus respectivas bestias, a sus ultrasures, a sus boixosnois, a sus frenteatléticos? Personalmente, estas elecciones me parecen desalentadoras: será porque siempre he detestado el fútbol y las hinchadas. Ya es mala suerte habernos modernizado en todo menos en esto.

24 febrero, 2008 - 21:40 - EL PAÍS

Asperezas

por Álvaro Pombo

Dice ZP que hay que limarlas. Él las lima cenando lomo de merluza perfumado a la vainilla en la Nunciatura de la Santa Sede en España. ¡Así se cena, como manda la Madre Superiora!

Yo las limaré pidiendo perdón a los artistas e intelectuales de la Plataforma de la Ceja por haberles llamado babosos y serviles.

A la luz de esa transparencia rebuscadita del postre de mousse de lima con gelatina de té de jazmín, cabe preguntarse: ¿qué le está pasando al Partido Socialista Obrero Español? ¿Le debemos algo a la Iglesia? ¿No es más bien al revés? Paradójicamente, la Iglesia católica española debe más a los socialistas que al Partido Popular. Lo esencial es que el Estado no puede dejar de reaccionar ante la negación de su legitimidad y eso es lo que ha hecho la Iglesia Católica a la puerta de las elecciones generales. ¿Hacía falta ir a decírselo al Nuncio en persona y tomar un entrante de delicias de calabacín y alcachofa sobre salsa de albahaca?

Estamos en un momento de superfetación gestual y esto es peligroso, tanto como las rebajas fiscales presentadas como gangas de último momento, en lugar de discutirlas, tras las elecciones, en un sosegado análisis público de asignación de recursos.

¿Hay que limar asperezas? Que yo no deba dejarme llevar por mi temperamento, no quita para que los políticos se abstengan de provocar vacíos sentimientos con motivo de unas elecciones. Además: ¿y si las asperezas procedieran de la dureza de la situación real y fuera imposible limarlas? La relación de Estado español con la Iglesia Católica exige aspereza y firmeza. Laicismo radical.

El escritor Álvaro Pombo es candidato de UPyD al Senado por Madrid.

23 febrero, 2008 - 12:05 - EL PAÍS

Cosas que pasan

por José Luis Cuerda

Aznar, que hablaba catalán en la intimidad, tuvo que conformarse, a falta de práctica en el euskera, con referirse en castellano al Movimiento de Liberación Vasco y también en castellano aseguró que Irak tenía armas de destrucción masiva; aunque Zaplana afirmara después con el desparpajo que le es propio -no hay que olvidar aquello que se le atribuye de que él estaba en política para forrarse- que el presidente nunca había dicho que Irak tuviera esas armas. Con parecido gracejo definía Rajoy las pérdidas del Prestige como unos hilillos de plastilina negra. Confundido quizás por tanta metralla dialéctica, Trillo se sumergió en patéticos disparates de dicho y de hecho a propósito de la catástrofe del avión ruso. Y, en la cumbre ya de la bobada cínica, tras el atentado del 11-M Acebes y Aznar se inflaron a decir que la culpable era ETA, para que nadie relacionara nuestros muertos con la participación en la guerra de Irak.

En suma, las anteriores elecciones las perdió un Gobierno inepto, mentiroso y que se dirigió a los ciudadanos desde el convencimiento humillante de que éramos más imbéciles que ellos. Un Gobierno, en definitiva, que no se merecían ni los militantes del PP ni sus votantes y que perdió las elecciones por deméritos propios para que las ganase un Partido Socialista que no podía ni creérselo. Tampoco se merece ahora el PP a los dirigentes que se postulan para gobernar.

¿Cómo puede maldecir Pizarro las subvenciones cuando su eléctrica, Endesa, participó de aquel regalo de 9.600 millones de euros que les endilgó Aznar para paliar los perjuicios que le ocasionaban a tales empresas su entrada en la libre competencia? Joder, como para creer en el liberalismo, en el PP antisubvenciones o en Pizarro. ¿Cómo pueden vocear contra ellas los periódicos que apoyan al PP si, día tras día, llenan sus páginas de publicidad oficial, pagada con el dinero de todos los españoles, y de ello sobreviven la mayoría? ¿Saben los consumidores anticanon que las grandes superficies comerciales cargan todos sus artículos con alrededor de un 10% para compensar los robos que se producen en sus establecimientos? Eso sí que es un canon que pagamos sin chistar los que compramos y no robamos. La cúpula del PP que quiere gobernar, pagada ella sí por todos nosotros, ni se ganó el sueldo en el Gobierno -hasta tal extremo llegó su ineptitud que lo perdió- ni se lo está ganando con sus brutales mentiras, crispadoras y catastrofistas de ahora. Vamos, que si yo fuera uno de los suyos, tampoco les votaría. Esperaría a tener otros dirigentes.

22 febrero, 2008 - 13:16 - EL PAÍS

Política, políticas

por Antonio Muñoz Molina

Con ánimo aprensivo se dispone uno a sobrevivir a otra campaña electoral, en la que sabe que no va ahorrársele nada, desde la vulgaridad de la "tradicional pegada de carteles" hasta los chistosos insultos mitineros que degradan por igual al orador que los repite y a la masa partidista que los aclama. Si la política es una cosa tan seria y la democracia es tan valiosa y tan frágil, ¿por qué el espectáculo de los políticos y de los fervores de sus hooligans nos parece tan bajo? Decía Borges que al asistir en Buenos Aires a la manifestación de alegría que llenó las calles cuando se supo en mayo de 1945 la rendición de Alemania descubrió que algunas emociones colectivas podían no ser innobles. La democracia, para quienes nacimos sin ella, sigue siendo al cabo de los años un sueño personal y una noble emoción colectiva, pero el ruido y las bajas pasiones de la política la convierten con demasiada frecuencia en un espectáculo nauseabundo, protagonizado por personas que hablan y actúan con una irresponsabilidad y un grado de incompetencia que nadie puede permitirse en su propia vida.

Una campaña electoral sirve para exagerar diferencias, poner en ridículo al contrario y alentar los hervideros irracionales de la sangre, pero mientras tanto los problemas reales perduran obstinadamente, y uno se pregunta con escepticismo y desasosiego si su voto mínimo servirá para algo: para que todos los ciudadanos tengan los mismos derechos civiles a lo largo de todo el territorio, y todos los votos valgan lo mismo; para que haya por fin una división clara entre la Iglesia y el Estado y sean los creyentes quienes se paguen sus cultos y no tengamos que ver nunca más a un cargo público presidiendo una procesión; para que cualquiera pueda ser concejal sin jugarse la vida, y a ser posible sin hacerse multimillonario arrasando la costa con una urbanización; para que la escuela ofrezca a todos por igual la oportunidad de desarrollar sus mejores capacidades, sin embotar los cerebros con la indulgencia y la desgana o envenenarlos con un odio alimentado de ignorancia; para que la vida pública se base en la ciudadanía voluntaria y racional y no en la pertenencia étnica o religiosa o lingüística; para que no siga avanzando aterradoramente el desierto y el tesoro tan escaso del agua se administre con arreglo a la racionalidad y al bien común; para que las conquistas sagradas del derecho universal a la educación y a la salud no estén sometidas al lucro privado, aunque sí a la excelencia en su gestión pública y a la responsabilidad adulta de quienes nos beneficiamos de ellas. Todo lo demás es política.

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