Los dilemas del sheriff Longmire

Por: | 16 de febrero de 2013

Sheriff

Hay personajes marcados para siempre por la soledad y el silencio, por las heridas del pasado. Personajes que creen en unos valores llevados hasta el final. Personajes duros que hacen lo que creen que hay que hacer aunque les gustaría poder evitarlo. Personajes que se definen a través de una mirada, un gesto, que se alejan del heroísmo innecesario. Personajes grandiosos en su cotidianidad, propios de otro tiempo ya pasado.

Walter Longmire es uno de ellos. El sheriff creado por el autor norteamericano Craig Johnson (Huntington, Virginia, 1961) reúne en Una muerte solitaria (editada por Siruela y traducida por María Porras Sánchez) algunas de las esencias del western y de la novela negra. Adelantamos el primer capítulo de una excelente obara que esta semana ha llegado a las librerías españolas. 

Primer capítulo de Una muerte solitaria, de Craig Johnson.

Longmire es el sheriff de la pequeña población de Durant, en el tranquilo condado de Absaroka, en el Estado de Wyoming, el corazón de las montañas del oeste americano, un lugar extremo, donde perviven costumbres de otro tiempo y donde la vida y el carácter de las gentes está marcado a golpes por el clima, la historia y el paisaje.

Detective y hombre de ley vocacional, Longmire, como Bartleby, preferiría no hacerlo. Y ese es su dilema. Le gusta su trabajo pero detesta la muerte y la violencia. Siempre está deseando que lo que parece una muerte violenta sea en realidad un mero accidente. Él no es como Lucian Connally, su predecesor en el cargo y jefe durante muchos años, un hombre que soluciona las cosas al estilo del antiguo oeste, con miedo, violencia justiciera y disparos durante 25 años.

Prueba de su amor por la justicia es su inicio en la profesión, cuando se empeña en investigar durante su participación en la guerra de Vietnam la muerte de una prostituta, una víctima que a nadie le importaba en una guerra perdida en el otro lado mundo. Ahí es cuando decide que hay cosas intolerables y que hay que luchar contra ellas, se quiera o no.

Craig Johnson. FOTO: Erin NickersonAbsaroka es un sitio tranquilo, al menos lo era. Pero el odio, la codicia y la venganza llegan a todas partes y el pasado y las heridas de los actos pretéritos no se borran tan fácilmente. En Una muerte solitaria, como antes en Fría venganza, también publicado por Siruela, la trama, los crímenes y los personajes están marcados por las heridas del pasado.

En esta caso, la sospechosa muerte de Mari Baroja, anciana de pasado turbio, perteneciente a una familia de origen vasco de brillante porvenir gracias a la industria del metal, desata toda una red de pasiones, violencia y ajustes de cuentas. La trama se desarrolla con realismo y sin grandiosidad. Las escenas de acción son sobrias y contenidas y ese es uno de los grandes aciertos de la prosa de Craig Johnson. 

Y no es que los personajes sean, precisamente, militantes antiarmas. Disparan cuando hay que disparar y lo hacen bien, muy bien. Longmire aprendió a hacerlo a los cinco años y es un cosumado tirador. Su amigo y colaborador, el indio Henry Oso en Pie, formó parte de los cuerpos de elite del ejército de EE UU y es capaz de matar a alguien de las maneras más variopintas. Simplemente, creen que el mundo es mejor sin violencia, aunque no puedan evitarla. El dilema. 

Una novela negra, y esta lo es, no es nada sin dos elementos esenciales: buenos secundarios y momentos para el humanismo. De lo primero, hay de sobra: además de Henry, Lucian, un hombre de otro tiempo, cojo, rudo y violento pero fundamental para entender al protagonista. Cady, la hija de Longmire con quien tiene una relación tierna, de silencios y distancias. Vic, la ayudante, gran policía, bella, lista, malhablada. Dorothy, la camarera de la Abeja Hacendosa, un sitio en el que uno se pasaría la vida desayunando. 

Momentos de humanismo, decíamos. Baste un fragmento del momento en el que el rudo Longmire ayuda a bañarse a su exjefe, a ese Lucian cojo y borracho que no ha podido controlar sus esfínteres:  

"No me costó tanto como pensé. Depués de meterlo en la bañera, Lucian fue capaz de sentarse solo en un asiento diseñado para él. Me impresionó lo viejo que parecía, tan pequeño, desnudo y borracho. Lo observé mientras se agarraba a las barras de acero y dejaba que el agua cayese sobre su cabeza y arrastrara las cosas malas consigo. Vi la marca con la que el tío de Mari Baroja había puesto punto y final a su matrimonio. El agua se acumulaba allí como si de un pequeño remolino se tratase, donde quedaban recogidos los recuerdos que no llegan a borrarse". 

 

Las novelas de Craig Johnson cuentan con una excelente adaptación televisiva. Creada por John Coveny y Hunt Baldwin y protagonizada por Robert Taylor (excelente en su papel) Katee Sackhoff y Lou Diamond Phillips la serie cuenta con una gran virtud: es capaz de relatar y reflejar los silencios, los momentos en los que el sheriff no sabe qué decir ante los familiares de una víctima con una gran maestría. Y es entretenida. No se puede pedir más. Para los que no la conozcan, dejo un vídeo de los protagonistas contando sus impresiones sobre la serie. 

 

Hay 21 Comentarios

Imposible leer todas las novelas reseñadas en este blog y muy difícil seleccionar cuál. Me encantó Walt Longmire, el mundo y los personajes que introduce. Además, bien colocadas las pistas para ir pensando en el culpable. Buen thriller!!!!

Estimado Juan Carlos, muchas gracias por tu artículo, he disfrutado y me he emocionado leyéndolo. Por la parte que me toca, me he sentido muy orgullosa viendo mi nombre junto al del autor, así que gracias por tu iniciativa de nombrarnos, y tambien a Elda, por sus justificadas reivindicaciones.

Pero en todo caso, te digo lo mismo, Juan Carlos: a un blog no hay nada mejor que le pueda pasar que tener un autor-coordinador tan receptivo, paciente y cordial. Gracias.

Gracias por la respuesta, Juan Carlos (me paso al tuteo). Pero ves, me das la razón (y a Antonio Muñoz Molina): dices que no loas las traducciones, pero en cambio, cuando son malas o algo chirría, lo dices...
Te agradecería también que se corrigiera en la entrada del concurso para ganar las novelas de Sjöwall Y Walhöö. Y para facilitarte la tarea te informo de que los traductores son Martin Lexell y Cristina Cerezo (la primera novela), Marrtin Lexell y Manuel Abella (las cinco siguientes), Martin Lexell en colaboración conmigo (la séptima) y yo en solitario las tres últimas. Gracias de nuevo y un saludo.

Bueno Elda. A un blog no hay nada que le pueda pasar mejor que tener escrutadores como ustedes. Me felicito y la felicito. No hablo de libros que no tenga en mis manos, con lo cual no necesito la ficha. Es decir, reconozco el error en toda su amplitud. Y touché con lo de la ley de propiedad intelectual. Lo haré entonces cuando sea mala también, la critique o no. En el caso del concurso, no estaba hablando de las novelas sino estableciendo las bases para el premio, así que no lo consideré necesario. Quedo a su disposición. Gracias.

Sr. Galindo,
Publico este comentario por partes ya que, dada su extensión, el sistema no me permite publicarlo seguido.

He de comunicarle que me siento un tanto decepcionada. En un comentario del pasado 23 de enero a su reseña de "Crimen en la colina", de Carlo Flamigni, decía usted: "A los defensores a ultranza del traductor sin fronteras. Error subsanado. Observarán que menos cuando la traducción es excelente, la crítica no suele nombrar a su autor. Pero yo a partir de hoy no pienso hacer otra cosa. Me paso a su club. En este blog, al menos en mis artículos, será costumbre. "

Al respecto debo hacer notar lo siguiente:
En primer lugar, a pesar de lo mucho que mis colegas y yo le agradecimos y felicitamos por la rectificación que realizó tanto en esa reseña como en la de "Los terroristas" aparecida ese mismo día, después no ha cumplido usted del todo con su palabra. Lo hizo en algún artículo posterior a las reivindicaciones del "club" (como usted nos llama), pero en el relativo a George V. Higgins de 12 de febrero, o es que yo veo cada vez peor, o es que de nuevo omite el nombre de los traductores, a pesar de que sí cita, como siempre se hace, a la editorial que ha publicado "la edición en español". Tampoco incluyó el nombre de los traductores (cuatro en total) que han reescrito en castellano las diez novelas de Sjöwall y Wahlöö, en la entrada de 7 de febrero en que se anunciaba el concurso para conseguir el lote de esas diez novelas. (Puse un comentario al respecto, diciendo que podría haber sido una de las preguntas del concurso, bastante difícil de contestar, ya que ni la propia editorial incluye esa información en sus fichas y no se puede encontrar en otros posts de este blog, pero no obtuve ningún "feed-back").

Elda, muchas gracias por tus comentarios. En este artículo pone quién lo ha traducido. En el de George V. Higgins no lo ponía, error que ya he corregido. Estaba redactado desde antes de comprometerme públicamente en este blog a incluir siempre al traductor. Es un trabajo que merece respeto. Lo que no hago es loar las traducciones. No es mi trabajo y casi nunca leo las originales y luego el traducido, o una cosa o la otra. Eso sí, cuando son malas y chirría algo, lo digo. Insisto, gracias por comentarios y puntualizaciones como estos, incisivos y argumentados. Un saludo

Ayer, en cambio, en esta crítica de Craig Johnson, me doy cuenta de que retoma esa buena costumbre que estaba adquiriendo. Pero, por si se le vuelve a olvidar (pues, al fin y al cabo, usted es humano y esas cosas pasan), o por si puede difundir esta reivindicación entre sus colegas, publico de todos modos este extenso comentario, que escribí anteayer. Comprendo que cuando a menudo ni las propias editoriales mencionan al traductor en sus fichas (como es el caso de RBA), averiguar quién ha vertido la obra a nuestro idioma supone un esfuerzo extra. (De todas formas, en el caso de Higgins, eso ni siquiera sirve como excusa, porque Libros del Asteroide los nombra en las fichas de su página web e incluso -¡oh, milagro!- Magdalena Palmer, traductora de "Mátalos suavemente", ¡aparece en la portada del libro! ) Pero ocurre que, aunque a veces sea difícil, es una obligación legal, ya que la Ley de Propiedad Intelectual otorga al traductor la condición de autor (derivado), y por tanto le corresponde, entre otros, el derecho moral irrenunciable e inalienable de "exigir el reconocimiento de su condición de autor de la obra" (art. 14.3 en relación con el art. 11 de la LPI). Y eso independientemente de que la traducción sea buena o mala. ¿O es que acaso no se nombra al autor primario porque escriba mal?

Con eso debería bastar para zanjar la cuestión. No obstante, en segundo lugar, querría llamar la atención sobre el reverso de la tortilla: que, así como el traductor tiene derecho a que se le nombre, el lector tiene derecho -un derecho quizá más importante, aunque no esté consagrado legalmente- a saber quién ha traducido la obra. Muchos aplicamos ese criterio a la hora de comprar un libro, sobre todo si hay varias versiones en castellano: intentamos encontrar la mejor traducción. Por poner un ejemplo significativo y que yo es el que mejor conozco, volvamos a las novelas de Sjöwall y Wahlöö: fueron por primera vez publicadas en España en los años 70 por editoriales como Bruguera, Noguer y Versal. El problema no es que sus traductores de entonces fueran malos, sino que trabajaban a partir de las ediciones inglesas, con lo cual los errores y omisiones de estas se traspasaban a la versión española. Sin ir más lejos, la versión inglesa de "Los terroristas" tiene unas cien (!) páginas menos que el original sueco, pues omiten la mayoría de los excursos políticos y le pegan "hachazos" a las escenas más hilarantes y farsescas del original. Los "extractos deliciosos" que usted citaba en la reseña de 23 de enero no aparecen en las ediciones de los años 70. Por eso no es lo mismo leer estas (que aunque estén descatalogadas se pueden encontrar en bibliotecas y librerías de viejo) que las actuales, traducidas directamente de la lengua original.

En tercer lugar, no estoy de acuerdo con la afirmación de que, excepto cuando la traducción es excelente, la crítica no suele nombrar al traductor. Yo creo que ocurre justamente lo contrario, que de la traducción no se habla (o no se repara en ella) salvo para señalar errores. Le recomiendo la lectura de un estupendo artículo de Muñoz Molina sobre los traductores, publicado en El País el 20 de septiembre de 2012, donde, entre otras reflexiones muy acertadas, dice: "Que pensemos casi exclusivamente en el traductor cuando intuimos que se ha equivocado es una prueba simultánea del valor de ese trabajo y del poco reconocimiento que suele recibir..." Por otra parte, otro colaborador de este periódico, Juan Cruz, comenta en una entrada de 9 de junio de 2012 publicada en el blog "Mira que te lo tengo dicho" que: "Hubo una época en la que, gracias a la presión de Esther Benítez y de Javier Marías, excelentes traductores ambos, las editoriales aceptaron nombrar a los traductores de los distintos autores extranjeros en las portadas de las obras. Y no sólo eso, se hizo costumbre, en las reseñas bibliográficas, incluso en aquellas que eran presentadas como información, nombrar a los respectivos traductores de las distintas, y numerosas, obras que por fortuna se vierten al idioma español. Pero esa costumbre se ha diluido, en los medios, en las editoriales [...] "

Debo reconocer que en un periódico serio como El País, al menos en las críticas aparecidas en Babelia, el nombre del traductor figura religiosamente, si no en la crítica misma (eso, efectivamente, es raro) en la ficha bibliográfica adjunta. Pero, sí, es verdad, en contadas ocasiones la reseña en sí habla de la excelencia de la traducción. En mi opinión, eso suele ocurrir cuando el traductor tiene una larga experiencia profesional (y menos mal que después de años y años de duro oficio obtiene ese reconocimiento) y, sobre todo, cuando traduce de un idioma, digamos, "común" entre nosotros (inglés, francés, incluso alemán...) y además la obra se ha traducido en anteriores ocasiones, de modo que resulta más fácil (o el crítico se atreve a ello) hacer un juicio sobre la traducción, ya que puede cotejarla con el idioma original y/o con traducciones preexistentes. En cambio, por poner otro ejemplo significativo, cuando un traductor y escritor de la talla de Jesús Pardo, con cientos de libros traducidos de trece lenguas distintas -y él me consta que sí ha leído los originales de corrido y ha traducido obras inéditas en español- culminó la titánica y dificilísima tarea de traducir, directamente del sueco (fue uno de los primeros en no hacerlo a través de una lengua intermedia) toda la obra poética de Strindberg, no recibió, a mi juicio, todo el aplauso crítico que merecía, y lo poco que se comentó fue por ser él quien es. Pero claro, trabajaba a partir de un idioma "raro" y con una obra hasta ahora no trasladada al español...

Por cierto, la entrada en el blog de Juan Cruz a que antes me he referido lleva el título "Los escritores extranjeros no escriben en español". Así es, aunque nuevamente, como en todo, hay excepciones: Gombrovicz, por ejemplo, versionó él mismo su "Ferdydurke" en castellano, si bien "asesorado por un comité de traducción". Pero en la inmensa mayoría de los casos, a quienes los lectores leen (salvo que conozcan el idioma original) no es a Tranströmer, ni a Mo Yan, ni a Murakami, etc. Leen a quien ha "reescrito" las obras de estos autores en castellano. Y como no conozco a nadie que sepa todas las lenguas del mundo, todos (incluso mi admirado Jesús Pardo) en algún momento tenemos que leer traducciones, es decir, obras "reescritas" en nuestro idioma. Pero, mira tú por dónde, así como, cuando hay algo que "chirría", casi invariablemente se le atribuye al traductor, cuando la obra destaca por su cuidado lenguaje, ritmo adecuado, riqueza léxica u otras cualidades, se suele dar por sentado (salvo en esos escasos supuestos a que me refería más arriba) que el mérito es exclusivo del autor originario.

Cuando hace unos tres años, una bloguera publicó en Internet su opinión sobre un libro por mí traducido, concluía que: "es una novela impecable, bien escrita, con esa prosa tan maravillosa que solo encontramos en las novelas del XIX". Yo le pregunté: "¿A nadie se le ocurre que la traducción tiene algo que ver con eso? " Se daba la circunstancia de que uno de los mejores y más conocidos traductores del sueco de nuestro país me había comentado con anterioridad que el texto sonaba y se leía mucho mejor en español, ya que el original se había quedado anticuado y su lenguaje resultaba hoy en día pesado y farragoso. (Esa es, por cierto, otra de las virtudes de la traducción: actualizar constantemente las obras literarias). He de aclarar que la respuesta de esa crítica aficionada y lectora empedernida no pudo ser más amable y empática: ojalá fueran así las de todos los profesionales. Y hablando de los no profesionales, mi labor en un par de casos ha recibido elogios en diversos blogs, otra vez de críticos amateur, a pesar de no cumplir ninguno de los requisitos antes señalados, pues aún soy bastante nueva en el oficio -aunque estos años desde que empecé en serio han sido intensísimos- y mi principal lengua de partida es aún un tanto "exótica". En cambio usted, señor Galindo, que sí es profesional, no hace ninguna referencia al trabajo de Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté, traductores de "Los amigos de Eddie Coyle", ambos recientemente fallecidos, que no eran precisamente novatos y traducían de "ese idioma tan común y tan fácil" que es el inglés (otro tópico: yo sostengo que es el más difícil y creo que Borges estaba de acuerdo conmigo). José María Guelbenzu escribió una reseña de este libro en Babelia, donde afirmaba que "La escritura es directa, precisa y al cuerpo, como el despliegue de brazos de un buen peso welter a lo largo de un combate estelar." Y el mérito, cómo no, parece ser solo de George V. Higgins...

A propósito del señor Guelbenzu (cuyos artículos por otro lado leo con fruición), en un artículo publicado en Babelia el 30 de julio de 2011 con el título "La frescura de los clásicos" se incluían citas textuales de mi postfacio a "Banderas Negras", de Strindberg, sin citar la fuente, y algo parecido ocurrió en una reseña posterior de Sergio Ramos, de 3 de septiembre ("Extremo Strindberg, templado Söderberg"). Y del postfacio, señores, ya no soy la traductora, sino la autora original. Debería haberme quejado en su momento, pero no lo hice. No obstante, esa es otra historia: volviendo al tema de la traducción, al único traductor al que se citaba en el cuerpo del artículo de Guelbenzu (no en la ficha adjunta, en la que sí figurábamos todos) era a Gabriel Ferrater. Justa mención, ya que indudablemente era un genio (aunque, pese a lo que se dice por ahí, es harto dudoso que "Doctor Glas" la tradujera directamente del sueco). Pero hombre, entre los demás traductores había excelentes profesionales con décadas de trayectoria a sus espaldas. (Perdón, rectifico, ahora que releo el artículo veo que también se menciona en él a Mauro Armiño).


En fin, reiterando una idea que he expuesto más arriba, esa "frescura de los clásicos", ¿a quién se debe, al autor original o al traductor que quizá los ha "refrescado"? En la recensión de Sergio Ramos, que reseñaba tanto la hasta ahora inédita en español "Banderas Negras" como "Doctor Glas", se ponía de relieve, refiriéndose a Strindberg,"la expresividad única de esa escritura convulsa o la maestría en los diálogos propia de un dramaturgo de primera." De acuerdo, jamás en la vida habría logrado yo sola esa expresividad ni esa maestría sin la ayuda del gran y terrible August. Pero algún granito de arena habré puesto, digo yo: por lo menos, sudé sangre en el intento. De hecho, me habría gustado que Strindberg hubiera escrito en español (lo hizo en francés, que, a mi modo de ver, no le pegaba nada), pues nuestro riquísimo idioma, a la vez rudo y espiritual, que igual sirve para proferir los insultos más hirientes y malsonantes (Ian Gibson afirmó una vez que los tacos españoles no tenían parangón) como para "hablar con Dios", y nuestra insuperable literatura, con sus maestros del ingenio y su invención del esperpento, habrían sido el vehículo perfecto para que el genial sueco escribiera, como decía Kafka, todavía más "a puñetazos" que en su elegante y educada lengua materna, además de para que diera rienda suelta a la sincrética religiosidad que le caracterizó en sus últimos años. Parafraseando de nuevo a Borges (quizá el mejor traductor del mundo) para eso sirve la traducción, para producir el comercio entre dos lenguas y dos tradiciones literarias, y así enriquecerlas.

Para terminar, solo me queda informarle de que entre esos " defensores a ultranza del traductor sin fronteras" (sé que no ha sido su intención ofendernos y que debe de ser medio en broma, pero reconozca que suena un poco como si fuéramos una secta de fanáticos) se incluye -además de los citados Antonio Muñoz Molina y Juan Cruz- el Premio Nobel José Saramago, quien, en un encuentro internacional en la Escuela de Traductores de Toledo acontecido el 9 de noviembre de 1999, pronunció las siguientes palabras: "Los escritores hacen las literaturas nacionales y los traductores hacen la literatura universal: nos permiten a los que no podemos conocer todas las lenguas que se pueda leer algo escrito en Japón, Rusia, Finlandia... Los traductores convierten las lenguas en mi propia lengua; por eso seríamos más pobres sin ellos. Yo he aprendido muchísimo con ellos, he aprendido a leerme, porque a veces se plantean dudas que no sé aclarar. Todo está claro para mí en lo que escribo, pero no en lo que significa, y tengo que pensarlo varias veces. Ellos me han dicho que lo que uno escribe en su lengua no es tan fácil de entender".

Y con esto me despido: voy a tomarme un descanso en esta cruzada a favor a del traductor (lo de sin fronteras es tautológico: el traductor por definición las rompe) que he emprendido aquí y en otros foros porque... ¡tengo que traducir!

Así que "all the rest is silence": esa es bastante fácil, ¿verdad? Pero leer (y no digamos ya traducir) "Hamlet" completa tal y como la escribió Shakespeare es algo que muy pocos pueden hacer. Vamos, ni los propios anglófonos, que por eso a menudo recurren a "traducciones" a un inglés más moderno y comprensible...

Un saludo y (a pesar de esta crítica, que espero considere constructiva) enhorabuena por el blog,

Elda García-Posada

Félix y John M. muchas gracias por señalarlo. Corregido queda. Besos.

Efectivamente, el autor de la entrada ha tenido un lapsus. Es Wyoming y no Wisconsin. Arreglado, muchas gracias

Wyoming, Wisconsin. Qué mas da!

Wyoming, es Wyoming! Nada que ver con Wisconsin!!

El estado no es Wisconsin, sino Wyoming. Wisconsin se encuentra en el mediooeste y sus raices culturales son muy diferentes.

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