Perdonen si hoy no hablamos de novedades

Por: | 22 de mayo de 2013

Michael

                                        Michael Connelly en Barcelona | FOTO: CARLES RIBAS

Perdonen si no hablamos hoy de novedades, pero les pongo en situación: En la mesilla de noche, el último Benjamin Black luchaba con un Andrei Camilleri recién salido del horno. Quirke frente a Montalbano. Qué mejor duelo que el que puedan librar estos dos héroes, probablemente los dos más legendarios que acompañan a quien esto escribe y a la que han hecho querer esta literatura con adicción. Elegir entre estos dos, comprenderán ustedes, es algo así como elegir entre el buen jamón ibérico o las mejores almejas, entre el Mediterráneo en Sicilia o en Menorca, entre las vacaciones o las vacaciones… Extremadamente difícil, imposible, incluso. Tal vez por ello, un tercer libro que languidecía en la balda sin los focos palpitantes de la novedad empezó a adquirir luz propia. Era uno de esos préstamos que alguien te hace sin habérselo pedido, que se van quedando sin leer y que acumulan polvo a la cola siempre de lo nuevo. City of bones (en España Ciudad de huesos, Ediciones B). Mi amiga Ana Alfageme me lo había dado un día al comentar su estimulante post “Diez motivos para amar a Harry Bosch” en este mismo blog.

Claro que había leído al maestro Connelly, pero no este libro en concreto. Recordé su insistencia y, sin más, este volumen de 2002 se coló a codazos hasta mis manos, adelantándose a Banville y Camilleri. Harry Bosch había entrado en acción. ¿Alguien se atrevía a no apartarse? En ese diálogo imaginario entre detectives, presiento que hasta el siciliano y el irlandés habrían estado de acuerdo conmigo: dejemos paso al americano, quitémonos el sombrero, hasta nosotros tenemos maestros, aunque sean de Los Ángeles. Por qué no reconocerlo.

AVISO: La entrada desvela algunas claves sobre la trama de la novela de Connelly.

Y así me sumergí en City of Bones. Es 1 de enero y el agente afronta los clásicos suicidios rutinarios (“Año Nuevo era siempre un gran día para los suicidios”) cuando una llamada supera las expectativas: un perro ha desenterrado unos huesos en lo alto de la colina. Bosch debe organizar una penosa búsqueda en la oscuridad, que se convierte en broma comparada con la investigación que debe iniciar cuando el primer análisis forense arroja los primeros datos: se trata de los restos de un niño de 12 años, abusado y golpeado, fallecido y enterrado muchos años atrás. Y todos sabemos lo que le pasa a Connelly cuando se encuentra ante un niño convertido en víctima. Su propia infancia empieza a regresar a su mente y sus recuerdos de las casas de acogidas por las que peregrinó y de la orfandad que ha hilado en su veintena de libros empiezan a salpicar de angustiosa soledad la intriga del caso. Soberbio.

Pero no es solo la intriga lo que funciona como un ronzal que te va llevando hasta el final independientemente de tu voluntad. En plena recta final, cuando parece que está en la pista correcta, algo feo en el estómago te va diciendo que falta algo, que falta alguien, que falta en realidad un mundo por descubrir.

Y es entonces, mientras se pierde el aliento, cuando el autor nos da un regalo extraño y bienvenido, por inusitado. De forma natural nos ofrece una lección técnica sobre la mente de Bosch que es también una lección sobre la construcción de una trama de toda novela negra. Esta es la situación: El padre de la criatura, el principal sospechoso, ha confesado. Es un alcohólico cuya detención nadie va a lamentar, se le fue la mano y por error le mató. El fiscal está encantado y todos los implicados en la investigación acarician ya el final. “Es pan comido”, dice el fiscal. Pero Bosch no está tan seguro. No cree en el arrepentimiento. “Se tomaba las confesiones con extremo cuidado, buscando siempre la actuación que se escondía detrás de las palabras”, nos dice Connelly. “Para él, cada caso era como una casa en construcción. Cuando se producía una confesión se convertía en el bloque de hormigón sobre el que la casa se iba a construir. Pero si se mezclaba o se vertía mal, la casa no aguantaría el impacto del primer terremoto. Mientras llevaba a Delacroix (el sospechoso) hacía Parker Center, Bosch no podía más que pensar que había grietas invisibles en este inicio de la casa. Y que el terremoto ya estaba llegando”.

Algo huele a podrido en el cemento de esa casa y no solo porque falten cien páginas para terminar. La maestría con la que enturbia el desenlace augura más imprevistos que no defraudarán. Y es esa escueta lección, corta pero hondamente explícita, la que nos guía. En la trama y en la técnica. Una perla para los lectores curiosos del policía más salvaje de Estados Unidos, como escribió aquí Rosa Mora.

City of bones vuelve ya a su dueña tan rápido como los huesos del menor que van a darse de bruces con la misma soledad en el entierro con la que transcurrió su vida.

A quien esto escribe, afortunadamente, le siguen esperando Quirke y Montalbano.

Hay 1 Comentarios

Una de las mejores novelas de Connelly con Bosch. Lo leí hace años en dos días estivales. Una masterpiece de orfebrería literaria, una delicatessen para paladares exquisitos. Sí, reconozco que le falta el humor de Camillieri y el factor azar, que tanto influye en Black/Banville, Pero es una obra maestra.

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