El último buen beso tiene el sabor amargo de la cerveza y la derrota

Por: | 04 de julio de 2013

Beso ok

Les presento a un personaje de primera categoría: C.W. Sughrue, veterano del Vietnam, investigador privado, alcohólico, visceral y honesto, con cierta tendencia a encariñarse y enamorarse de la gente a la que busca. Un personaje tierno y duro, que puede llegar a ser despreciable y adorable. Un hallazgo.

El responsable de esta creación es James Crumley (Texas, EE UU, 1939- 2008), que escribió cuatro novelas de C.W. Sughrue. RBA ha recuperado dos de ellas, El pato mexicano, con la que ganó el Dasshiell Hammett en 1994 y El último buen beso, en la que la grandeza de la prosa y la rabia de Crumley y el atractivo de Sughrue alcanzan sus más altas costas. George Pelecanos, autor negrocriminal y productor de The Wire situó la novela como la tercera en su top ten sobre el género.

 

“Estuve nueve años en el Ejército, en tres periodos consecutivos, básicamente jugando al rugby, sentado en un gimnasio o escribiendo artículos de deportes para la prensa diaria, pasé también cuatro años en los equipos de rugby de tres colegios universitarios diferentes bajo dos nombres distintos y entré en este negocio de manera estrictamente accidental, así que no soy ni Johnny Quest ni el árbitro moral de Occidente. Yo me definiría más bien como un pistolero a sueldo de segunda categoría o un alma errante de primera división”.


Tomen aire. Ahí está todo el personaje, definido por él mismo en las páginas de El último buen beso (RBA, traducción de Marta Pérez Sánchez). También es un hombre que trata de ir “dos copas por delante de la realidad y tres por detrás de la borrachera” y que controla como puede su alcoholismo, decisión que tomó cuando se despertó en un garito de mala muerte con el encargo de limpiar los ceniceros para ganarse una copa. Perdedor a tiempo completo y nómada automovilístico, odia los aviones, Sughrue tiene una patria: el lugar donde pueda colgar su resaca.

A los 38 años, nuestro protagonista tiene la nariz rota, andares raros y tripa cervecera, pero atesora cierto atractivo. Viste Levi’s y sudadera y los días de fiesta los Levi’s nuevos.

En la novela, este investigador tiene que buscar a un escritor acostumbrado a largas escapadas y cuyo alcoholismo deja en broma macabra el del propio protagonista. Cuando lo encuentra, en un bar, cómo no, se inicia la verdadera trama, una historia llena de perdedores y derrotas, una road movie desarrollada entre moteles, parajes áridos y un San Francisco que vive la resaca de la época hippy.

El escritor, egoísta, soez, miserable y cobarde es un buen personaje, al que acompaña en el plantel de secundarios un bulldog alcohólico absolutamente delicioso. Sughrue tiene que buscar a una mujer, Betty Sue, hija de la dueña de un bar, desaparecida hace 10 años y desenterrar muchos secretos y heridas sin curar, tramas familiares dolorosas al más puro estilo de Ross MacDonald. Y lo hará a la desesperada, sin método, porque su método es “vagar por ahí”, pero con inteligencia y entrega a la causa y al dolor de una madre.

La novela deja sabor amargo, como en realidad todo buen beso, sobre todo si es el último, pero destila fuerza, rabia, desesperación, en un estilo crudo que a veces recuerda al mejor Jim Thompson. En un gran obituario en The Guardian, Maxim Jakubowski, crítica y amiga del escritor, recuerda que Crumely influyó en toda una generación de autores como Michael Connelly, George Pelecanos, Dennis Lehane, aunque nunca fue ni mucho menos tan reconocido como ellos y no terminó de encontrar su sitio en las letras norteamericanas. Como C.W. Sughrue, como los grandes perdedores.

Hay 3 Comentarios

Parece que el argumento es demasiado trillado, pero habrá que leer para criticar.
Gracias por la recomendación

No me gusta mucho la etiqueta "novela negra". ¿Cuántos asesinatos tiene que haber en una novela para que sea negra? ¿Cómo de canalla tiene que ser el detective? ¿Cómo de criminales tienen que ser los malos?

Muy interesante este escritor Crumley y su personaje.
Excelente la reseña del Sr. Galindo
Afortunadamente, los españoles leen mucho. Y bien.
Algo que me gustaría:
no hablar de "perdedores".
Viviendo todos perdemos algo.
Pero,¡¡cuánto ganamos siempre!!
Ah, y también siempre nos espera algún beso no amargo.

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