Kostas Jaritos: clasicismo deductivo

Por: | 17 de agosto de 2013



Grecia
Qué sabemos del comisario Kostas Jaritos además de conocer que su plato favorito son los tomates rellenos que hornea Adrianí, su esposa y novia de toda la vida con la que mantiene una de esas relaciones de pareja que van del amor al odio. La serie policiaca del escritor Petros Márkaris (Estambul, 1937), protagonizada por este peculiar funcionario, que antes trabajó como policía bajo la Junta Militar, que gobernó en Grecia hasta 1974, y que ahora ejerce como teniente del grupo de Homicidios, puede leerse cómo una historia realista sobre la vida en ese país mediterráneo tras su ingreso en la Comunidad Económica Europea. Jaritos no sólo investiga homicidos, vive dedicado a constatar los fallos experimentados por una democracia en peñales. Frases del tipo: “Que mierda de Estado, solo sabe cobrar impuestos”, salpicadas de personajes-empresarios dedicados a defraudar a Hacienda o ejemplos de cómo algunos funcionarios ponen también su granito de arena para sacar tajada de una situación en la que la corrupción alcanza todo, flotan en cualquiera de sus títulos. Jaritos nunca toma notas. Todo queda registrado en su memoria. Fuma cada vez menos, su corazón se ha vuelto viejo, pero en estado de máxima tensión todavía recurre al cigarrillo.  

Sus novelas sirven también como un tratado sobre las relaciones de pareja. Como muchos matrimonios felices, Jaritos y Adrianí se nutren de las contradicciones: ella tiene pánico a las enfermedades y él a los médicos. Sus choques dialécticos por cualquier asunto, en ocasiones intrascendente, son antológicas.  Ella, encerrada todo el día en casa viendo los reality shows en la tele, y él que llega a última hora a casa con un cabreo de narices. En el salón saltan chispas. Jaritos aplica sin pudor su filosofía: “tres necesidades acompañan al hombre hasta la tumba: mear, cagar y el deseo de venganza”, y ella no se arredra. Cuando quiere reconciliarse, Adrianí prepara una bandeja de tomates rellenos. Es la señal de que se ha roto el hielo. No pide perdón ni rompe el silencio sólo cocina. Naturalmente Jaritos adora sus platos, se puede pasar con el café pero en cuestiones gastronómicas tiene clara la dieta mediterránea.  A través de sus aventuras hemos visto crecer a su hija Katerina, la hemos acompañado a la universidad, presenciado su ruptura con Panos y su compromiso con Fanis Uzunidis, su cardiólogo con el que ha acabado casándose.

Jaritos no tiene demasiados hobbies. Colecciona diccionarios y le gusta relajarse buscando palabras entre sus páginas. En el estante superior de la librería de su dormitorio guarda desde el Liddell-Scott, hasta el Británico o el de enfermedades más comunes. Suele escoger palabras cuyo significado tiene que ver con  preocupaciones del momento o la investigación que lleva a cabo.

De entre las páginas de sus múltiples casos, brillan con luz propia sobre el papel, algunos  secundarios. No hay homicidio que no requiera unas líneas en la prensa. Los periodistas, liderados por Sotirópulos con el que mantiene una relación más cercana, siempre andan al acecho de noticias. No hay caso en el que Sotirópulos no aguarde hasta el final de la rueda de prensa para colocarse en el despacho del teniente Jaritos y conseguir información adicional sobre algunos de los crímenes que investiga. “La manada” o “los rumiantes” son algunos de los apelativos para referirse al grupo de redactores de sucesos que acude puntual a la Jefatura para asistir a las escuetas conferencias de prensa. Ya se sabe también que las cosas con los jefes no son nunca del todo cordiales. Guikas, el director, tiene un sentido de la conspiración muy desarrollado y Jaritos le dosifica la información para que no asuste ante las repercusiones políticas de los casos que investiga, sobre todo si hay disputados o ministros de por medio.

No faltan tampoco en ninguno de sus relatos, como un personaje más, alusiones a los emigrantes. “Los asesinatos de albaneses, rusos y  árabes están a la orden del día. Mueren tantos que los expedientes ni siquiera llega a Jefatura: los cierran las comisarías locales”, cuenta a modo de descripción de la situación actual en Defensa cerrada (Tusquets), una de sus mejores novelas. De entre los emigrantes, Jaritos tiene especial fijación por albaneses, a los que sitúa en el último escalón de la pobreza con alusiones del tipo:  “El vestíbulo apesta a fritanga. Antes aquí meaban los perros, ahora mean los albaneses” o “ con lo que tenía el cestillo del pan comía una familia de albaneses una semana”.   

Da igual el caso de que se trate, no hay historia en la que Jaritos no agote las horas muertas en los fenomenales atascos de Atenas, toqueteando el volante y las marchas. A la pésima circulación se une ahora con la crisis económica las manifestaciones, autorizadas o no, que cada día invades las calles. Las seguimos al minuto en cada uno de sus relatos, como los desplazamientos por las calles hasta el punto que ya casi dominamos el callejero.

 Con todo, pese a  la humanidad e inteligencia del personaje, no conviene olvidar que Jaritos es un agente del orden, un poli capaz de poner firme, cuando la situación lo requiere, al ciudadano que se resiste a facilitar su trabajo. Usa el modelo perro guardián o el fanfarrón y siempre para esos casos se reserva el tuteo de rigor y la amenaza sibilina. Un ejemplo:

-¿Está aquí el señor Jortiatis?, pregunta a un tipo alto y macilento.

-¿Qué quiere?

-Eso no es asunto tuyo. Yo hago las preguntas y tú me das respuestas. –La última frase es la clave para que entienda que soy policía.

-Pase –dice- abriéndome la puerta.          

Pie de foto: Una mujer, en su tienda de muebles en Atenas. / ANGELOS TZORTZINIS (BLOOMBERG)

Hay 5 Comentarios

Un post muy humano, exquisitamente deleitable.

Fantástico.

Fantástico.

Markaris tiene una de las caracteristicas que más se tienen que valorar en la novela negra (sobre todo europea): La descripción costumbrista y local. Jaritos es uno de los detectives de nuestra vida, seguro.

y si a los tomates rellenos los acompanias con un buen trozo de feta baniada en aceite de oliva y oregano...no hay mas que pedirle a la vida.

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