Hoy el escritor Carlos Salem (Buenos Aires, 1959) escribe sobre Todos los buenos soldados (Planeta) la última novela de David Torres.
CARLOS SALEM
—¿Está el enemigo? Que se ponga.
Y el enemigo siempre se ponía. Se sigue poniendo, porque el enemigo vive en casa y a veces se llama España. Como la perra que sigue, silenciosa, por las calles de Sidi Ifni, al sargento Fox, legionario, espía, contrabandista, tan mimetizado con el paisaje de arena y desaliento que todos confían en él, porque todos desconfían.
1957. La ciudad ha de caer, tarde lo que tarde, porque el desierto es patria de paciencias. Todos los saben pero nadie lo dice. Acaso para no enterrar en suelo africano el último sueño imperial de una España que se ha vuelto provinciana tras dos décadas de franquismo.
—¿Está el enemigo? Que se ponga.
Y el enemigo se ponía. Porque despintado bajo el sol, se parecía a esos soldados españoles en alpargatas y armados ( es un decir) con fusiles de la Guerra Civil. Bebían en las mismas tabernas, compartían los mismos prostíbulos, los mismos vicios, el mismo tedio. Ese es el escenario de "Todos los buenos soldados", la última novela de David Torres, quien se ha documentado durante años pero no agobia con cifras ni fechas. No presume de lo que sabe del conflicto, aunque sabe mucho. No. Torres le llena al lector los ojos de esa arena y esa premonición de caída, y nunca es fatigosamente didáctico, porque no estamos invitados a un tour por la ciudad artificial (incluido el pulguiento zoológico, en el que nunca se sabe quién está del lado "bueno" de las jaulas); somos uno más en esa tierra cansada, en esa guerra que para los periódicos de la época fue apenas una rebelión menor.
—¿Está el enemigo? Que se ponga.
Y es Miguel Gila quién tenía que preguntarlo. Un Gila casi "perdonado" por el régimen por haber luchado en el bando republicano, pero sólo casi; poco menos que obligado junto con otros artistas, a desembarcar en Ifni para divertir a las tropas. Un Gila con su teléfono con el cable cortado, alegoría tan clara de la comunicación del país con su historia, que ni los censores pudieron advertirlo, más preocupados por la moral que por la vida. Un Gila metido a detective improvisado, como su delirante personaje que obligaba a Jack el Destripador a entregarse, a fuerza de comentar por los pasillos "Alguien ha matado a alguien...". Y en Ifni,alguien ha matado a alguien, a más de un alguien, a veteranos de la Guerra Civil más que condecorados.
Y las sospechas caen sobre Gila, rojo y mal fusilado veinte años antes.
Que nadie espere de este libro una historia de humor. Ni una de guerra. Aquí hay novela, dura, pura, afilada y punzante. Cada frase, cada diálogo, además de narrar lo que ocurre, le hace a uno pensar que no hemos cambiado demasiado. Es una novela de gente mutilada por su propia historia y por la historia de todos, y hasta el propio asedio por parte de un enemigo tan visible que no se llega a ver, tiene algo de metáfora. Aquí no hay inocentes y los culpables llevan media vida tratando de olvidar que lo fueron.
Soy de los fans de David Torres, de los que creen que es uno de los mejores novelistas de nuestra lengua, porque le sobra talento y escribe lo que quiere, no lo que recomienda (u ordena) el caprichoso oleaje del marketing editorial. Y cada vez lo hace mejor. Si Niños de tiza fue una despedida del barrio y de una época que ya no volverá, y Punto de fisión un retrato de este tiempo de opereta que vivimos, "Todos los buenos soldados" es la mirada hacia atrás sabiendo que no hemos adelantado casi nada. Una novela modélica, por su factura y por su alma, que sí, señores: las buenas novelas tienen alma. Aunque cuenten la vida de personajes desalmados.
Un vicio inconfesable de escritor (compartido en secreto con muchos colegas): cuando lees un libro excelente, incluso uno que te gusta a rabiar, es inevitable el proceso mental y subconsciente de ir "quitando" o "agregando" frases o párrafos. Es decir: el miserable y humano oficio de la envidia al pensar cómo habríamos escrito nosotros la novela.
Pues bien, de "Todos los buenos soldados" yo no quitaría nada. Ni una coma. En todo caso, el nombre del autor para cambiarlo por el mío, si fuera capaz de escribir así.
—¿Está el enemigo? Que se ponga.
Y el enemigo se pone. Porque vive en los espejos.
Y somos nosotros mismos.
Hay 1 Comentarios
El enemigo antes era basto, sin modales ni remilgos, el enemigo daba un vistazo al corral desde lejos y decía para sus adentros, hoy me pongo las botas.
Y ponerse las botas el enemigo significaba dejarnos en ayunas, una o dos generaciones juntas.
De un tirón.
El tiempo ha ido limando asperezas a fuerza de tener que mirarse a si mismo a cada momento en el espejo de sus propios actos y dichos.
Atropellado por la velocidad del tiempo actual, cuando el enemigo piensa en asaltar el corral, ya los pollos y las gallinas se han hecho un seguro a todo riesgo.
Y contratado un mastín, que lanza espumarajos por la boca mientras se limpia los dientes con un palillo.
Pura fachada, pero que impone un montón.
Hoy el enemigo está aprendiendo informática, porque lo antes ya no le sirve para asustar.
Encontrándose con los problemas de la improvisación, con la cara negra y los ojos rojos.
De los tiros que le salen por la culata.
Y es que son otros tiempos, y los enemigos de antes también están en paro y buscando trabajo de vigilantes.
En precario, y a las mismas gallinas que antes asustaban con espavientos.
Ya nada es igual al pasado.
El enemigo de Gila se quedó obsoleto en el armario de los recuerdos.
Publicado por: Castillo | 16/02/2014 18:35:05