Brunetti contra los cruceros

Por: | 09 de mayo de 2014

DonnaLeon

Durante años, sin que nadie se diese cuenta, en medio de la más absoluta impunidad, fueron desapareciendo libros de la biblioteca napolitana de Girolamini, una de las más importantes de Italia y, por tanto, del mundo. El autor de los robos no era un profesional que se colaba por las noches en plan Fantomas y se iba llevando poco a poco libros de unos fondos casi infinitos. Los responsables del latrocinio eran, según la policía, el director de la biblioteca, Massimo Marino de Caro, un comisario, Sandro Marsano, y cuatro empleados. El método era más bien poco discreto: a veces salían coches llenos de volúmenes de esta librería del siglo XVI, que se habían cargado tranquilamente en el patio. Unos cuantos de aquellos libros acabaron en los estanterías de un coleccionista peculiar, Marcello dell'Utri, antiguo senador y consejero de Berlusconi que, en una entrevista con The New York Times, aseguró que no tenía la más remota idea de que joyas librescas como una edición de valor incalculable de Thomas Moro fuesen robadas, aunque todas ellas estaban perfectamente catalogadas. Muchos de los cientos de libros robados siguen desaparecidos. La última novela de Donna Leon (o, mejor dicho, del inspector Brunetti, porque el protagonista es ya más famoso que su autora, que es lo mejor que le puede pasar a una saga detectivesca) podría tener este caso como fuente de inspiración porque Muerte entre líneas (Seix Barral) transcurre en una biblioteca histórica italiana en la que se producen robos y porque la escritora estadounidense afincada en Venecia es una profunda observadora y gran cronista de la vida italiana.

Donna Leon (Nueva Jersey, 1942) creó al comisario Brunetti arrastrada por su amor a la música –es mecenas de una orquesta barroca,  Il Complesso Barocco, de Alan Curtis– y así nació Muerte en la Fenice, la primera entrega de la saga. También creó un personaje a su medida, en el que muchos ven su alter ego: la esposa del policía, Paola, hija de una de las mejores familias de Venecia, profesora de literatura que conoce de memoria las novelas de Henry James. En los 22 años que han pasado desde entonces, ha escrito una novela cada 12 meses. En una saga tan larga, es inevitable que haya algunos volúmenes mejores que otros pero el nivel medio se mantiene, seguramente porque se basa en tres claves que la escritura maneja con mucha habilidad: los personajes, Venecia y su despiadado retrato de Italia.

En esta última entrega, Leon se ceba en uno de los grandes problemas que padece su ciudad de adopción: el turismo de masas y, sobre todo, los gigantescos cruceros que surcan la laguna hasta atracar junto a la plaza de San Marcos. "Desde donde le miraban, aquel gigante tapaba la vista de la ciudad, la luz del sol y cualquier sentido de percepción, sentido o propiedad de las cosas. ¿Qué efecto podía tener el buque sobre la piedra de la riva y sobre el material de cientos de años de antigüedad?", relata ante el paso de uno de sus mamotretos. Resulta escalofriante pensar qué ocurriría si un Francesco Schettino condujese un Costa Concordia a través de la laguna y se produjese un accidente.  

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Como en todas las novelas de Donna Leon, hay bastante humor, crítica social –aunque a veces las ironías hacia el sur de Italia resultan excesivas– y el certero retrato de un país a través de una ciudad que encarna gran parte de sus problemas pero también de sus virtudes, sobre todo por la belleza tozuda que logra vencer a los elementos, humanos y materiales. En algún volumen anterior, daba la impresión de que la serie podía agotarse. Sin embargo, con Muerte entre líneas, gracias sobre todo a una trama sólida y llena de recovecos, recupera el vuelo de las mejores entregas. Eso sí, al llegar al final, los lectores temen más que nunca por el futuro de Venecia. 

Puede leer aquí las primeras páginas de Muerte entre líneas.  

Fotografías
Donna Leon en 2005. / Jesús Uriarte
Imagen promocional de la compañía de cruceros Cunard con un transatlántico navegando frente a la plaza de San Marcos.

Hay 2 Comentarios

No tiene cierta ironía que la escritora critique el turismo de masas, los cruceros... Y ella este viviendo en Venecia siendo estadounidense.....

A mi vez estoy totalmente en contra de esos gigantescos barcos cruceristas. Estando en Venecia en un vaporetto entró de pronto en el puerto un gran barco de estos que produjo en mí el efecto que tan bien describe Donna León.

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