El veneno destilado de William C. Gordon

Por: | 01 de julio de 2014

GORDON
William C. Gorgon | FOTO: LAURA MUÑOZ

NOTA DEL COORDINADORComo ya hicimos en BCNegra, iniciamos nuestra serie de reseñas sobre libros actuales de autores que van a estar presentes en la Semana Negra de Gijón, esa locura total de la que vamos a disfrutar a lo grande. Les recuerdo que aquí dejamos algunas pistas para no perderse

El artículo de hoy lo elabora la periodista y fotógrafa Laura Muñoz, que ya nos ha regalado grandes fotos y excelentes colaboraciones en otras ocasiones. Gracias. Lean y disfruten.

La Conklin Chemical de San Francisco. Cae el año 1963 sobre la bahía. Y un accidente. Dos. Veintiuno. O no. Roberto y Carlos, primos de Jalisco y sin papeles que limpian el fondo de un tanque. Suben a una plataforma. Los hacen bajar. Obligados. Sin seguridad. Máscaras unidas a bombonas sin oxígeno, nada los separa de los vapores químicos de las fosas nasales. Hincan sendas palas en el lodo. Y respiran. Profundo por el esfuerzo, amplio por el calor, hasta el fondo por el miedo. Porque Chad, el dueño, mira y ordena. No le importa que mueran, siquiera lo piensa.  

En pocas páginas, William C. Gordon es capaz, una vez más, de sembrar la duda. De pellizcar el minúsculo e interno mecanismo de la curiosidad. Leer/ver y casi contener la respiración para no inhalar ese veneno que se destila.¿Y ahora qué? Así es, Las esferas del poder, la última novela del autor estadounidense publicada por Random House en España. 

Algo va mal en el tanque porque nadie sale. Lo siguiente es Poliscarpio que se asusta y entra a izarlos a la superficie. Sacarlos del lodo, quiere. Que respiren, si a esas alturas aún se acuerdan de hacerlo. Cuerpos sobre el suelo de la fábrica del gran Chad. Del poderoso hombre de negocios que le valen ocho pero también ochenta si le acerca al superávit. Cubierto de lodo es como Carlos muere. Del mismo modo que Roberto agoniza a pesar del rescate precoz de su compañero. Es extranjero, también. Obligado. Resignado, un poco. Como todos los que trabajan para y con el señor Conklin.

Pues ahora aparece en escena el bueno de Samuel. Cuaderno en el bolsillo, ojiplático y justo donde tiene que estar. Y más: antes que nadie lo haga. No es sencillo ser Samuel en las novelas de William. Nada fácil. Pero después de cuatro novelas y muchas páginas, se defiende bastante bien. Ya es viejo conocido del inspector Bernardi y, aunque nadie lo diga, admirado. Por eso cuando el cuerpo de policía, casi al completo, llega al lugar de los hechos y lo ve postrado en la puerta, hace lo imposible para que lo dejen entrar con ellos. Y entra. 

Los cuerpos de los empleados siguen en el suelo. Mojados, ahora, porque se han empeñado en eliminar los restos del lodo. Un trío de reanimaciones cardiorespiratorias y desesperadas. Carlos muere. Roberto y Poliscarpio son transladados al hospital.

Chad comienza a sentir el nervio pero sabe que él puede. Con todo, si quiere. Lo tiene claro. Y es esa arrogancia del empresario aprietacuellos la que hace que no tiemble. Un par de llamadas. Tres, a lo sumo, y la solución. La salida de emergencia.

Tras la ambulancia, los pasos de Samuel. Mismo recorrido y destino idéntico. Unos minutos de diferencia, eso sí. Accede al interior del centro hospitalario con la intención de hacer las primeras preguntas a los supervivientes de ese tan evitable accidente. Se le cruzan por la cabeza los datos de la investigación que paralelamente lleva respecto a un caso de intoxicación por arsénico en Chinatown. Botellas. Otra vez el elemento clave que William introduce para que queramos tocar el plástico y ver si es truco o dónde esconde la pista. Que veintiún ancianos mueran por intoxicación. Que todos ellos consuman la misma marca de agua embotellada... No. No puede ser casualidad y de hecho, no lo es. Eso le cruza la mente mientras intenta localizar a los malparados empleados de la Conklin.

Uy. Falta uno. Poliscarpio no figura en admisiones, urgencias, ni unidad de cuidados intensivos. No ha llegado. O más certero: llegó junto a Roberto pero fue trasladado a otro hospital. ¿Por qué? Buena pregunta. Gran incógnita que Samuel no parará de perfilar hasta que el círculo una el principio con el fin. Con dificultades, como siempre. Impedimentos, casi todos, y ayudas las justas. Un número de ambulancia como única referencia. Y ya. Al ruedo. A los leones. Así, con poco o nada donde agarrarse más que el ingenio y la perseverancia entre sorbos de wisky on the rocks.

(¿Dónde está Poliscarpio?)

Porque estamos en los 60 y los personajes aún necesitan monedas sueltas en el bolsillo para llamar por teléfono, pegan sellos en las cartas y ni hablar de redes ni conexiones ni comunicación alguna que no sea la directa. Y las viejas costumbres, las visitas al bar del barrio para soltar lastre. Y penas. Donde Samuel encuentra el consejo que necesita, las pistas que ni soñaba, la ahumada voz de Melba que le guía sin querer porque ella está detrás de la barra para algo más que poner copas y escuchar gilipolleces.

(¿A dónde lo han llevado?)

Entre el lodo, Poliscarpio que no aparece, la veintena de muertes de los abuelos chinos y un artículo que nada gusta a las esferas del poder en San Francisco, Samuel se ve obligado a llevar de la mano al lector y hacer que camine por el suburbio, que sepa de las obsesiones que desatan el dinero y el poder, que la ley se entienda como ajena por injusta.

(¿Adónde se lo han llevado?)

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