Genial, extraño, terco y fofo: homenaje al agente de la Continental

Por: | 01 de agosto de 2014

 

Continental
Detalle de la portada de la edición de RBA

“Dios mío, para ser un tipo entrado en años, amargado, terco y cebón tienes la manera de hacer las cosas más confusa que he visto en mi vida” espeta Dinah Brand, mujer fatal de Cosecha Roja, al agente de la Continental, ese hombre sin nombre, ese profesional, ese detective fundacional que Dashiell Hammett (1894-1961) nos regaló en dos novelas, siete relatos de tamaño medio y un puñado de cuentos. Un personaje impagable y extraño, que se ve arrastrado por pasiones que trata de evitar, que evoluciona de manera casi imperceptible hacia un visión oscura y violenta de la vida. Su extraña relación con las mujeres o el dinero, su físico poco agraciado y su amor por su trabajo y el método hacen de él un detective adorable.

Con el agente de la Continental (cuya obra se puede encontrar completa en un excelente volumen de RBA muy bien traducido por Eduardo Iriarte) recuperamos la serie Los detectives de nuestra vida, que tanto disfrutamos el verano pasado.

Durante el mes de agosto publicaremos varios perfiles de personajes que nos fascinan, clásicos y contemporáneos, famosos y casi desconocidos. Aquí tienen todos los anteriores. Lean y disfruten. 

Hay una escena en el relato La chica de los ojos plateados por la que muchos escritores darían un brazo y que deja en un puñado páginas muchos detalles de este agente de la Continental del que su creador nunca nos quiso dar el nombre. Jean Delano, Elvira en La casa de la calle Turk, guapa, mala, muy mala, de mirada criminal, viaja con nuestro hombre en un coupé a toda velocidad, camino de la noche. Ella trata con todas sus fuerzas de salir bien parada de la situación que le espera. Él lucha por no caer en sus redes, por que no se note que le tiemblan las manos al coger el tabaco, que los labios se le han secado, que tiene miedo de volver a mirar a esa mujer que se sienta a su lado y no cumplir con su deber. Y ahí está el drama, porque el agente de la Continental es, por encima de todo, un profesional. No me gusta estropear los relatos así que sólo diré una cosa: léanlo.

En el prefacio a esa joya de la que ya hemos hablado aquí titulada Disparos en la noche (RBA, gran traducción de Enrique de Hériz), el profesor Richard Layman realiza un perfil impecable: 

El detective de la Continental es un profesional que hace su trabajo con la intensidad de los que no piensan en otra cosa. Escucha con atención, sólo habla cuando es necesario; casi nunca desvela nada de sí mismo porque eso lo haría potencialmente más vulnerable ante los demás. Si quiere sobrevivir, ha de seguir siendo objetivo respecto a su trabajo. A medida que se fue desarrollando el personaje, las mujeres ponen cada vez más a prueba su determinación.

 

Hay algo dentro de esta objetividad, de esta aparente distancia que toma con las cosas que siempre le agradeceré a nuestro protagonista y a su creador: no se pone elocuente. La elocuencia no le va a este hombre cercano a los 40 años, 86 kilos, 1,65, fofo y de físico poco agraciado. Eso y su paso por las delegaciones de la Continental en Boston y Chicago, amén de San Francisco, ciudad donde desarrolla gran parte de su vida y su carrera, son de las pocas cosas que sabemos de él. También que fue a la guerra, detalle que nos da en un pequeño párrafo, nada habitual, a modo de confesión en El Fulano.

Fatima
El agente de la Continental fuma Fatima y bebe cuando le apetece o es necesario. Recuerdo esos tres días que se pasa completamente borracho en La herradura dorada sólo para acercarse a un sospechoso. O ese momento glorioso en Cosecha Roja cuando se da cuenta al llegar al hotel de que va borracho, se ha hecho de día y tiene que seguir investigando y dice con total tranquilidad: “Preferiría haber estado totalmente sobrio, pero no lo estaba. Si esa noche tenía por delante más trabajo no quería que el alcohol dejara de hacerme efecto. El trago me animó. Eché más King’s George a una petaca, me la metí en un bolsillo y bajé al encuentro del taxi”.

Se le conoce sólo un amigo, ese Fitzstephan de La maldición de los Dain, intelectual y escritor, amante de lo extraño y de las buenas conversaciones. A pesar de que nuestro agente finge un desdeño propio de los tipos duros de la época por el conocimiento y los libros los diálogos son jugosos. Aparte de las mujeres, otros secundarios como El Viejo, su jefe, o Dick (“el mejor detective que he visto en mi vida”) y Mickey y otros agentes que lo ayudan no aportan muchas claves sobre el personaje.

Hacia la oscuridad

Su empeño por negar su apego a la violencia, bien como herramienta, bien como forma de vida no deja de ser curioso. En La herradura de oro habla del carácter violento y el amor por las trifulcas que tenía cuando empezó en la profesión y se desmarca de ello. Sin embargo, en La chica de los ojos plateados o en El fulano vemos a un hombre que no duda en recurrir a la violencia. Y es en esos ambientes sórdidos, sucios y violentos donde mejor se encuentra, quiera o no. Está mucho mejor en esos cuentos poblados de delincuentes, chivatos, atracadores y mafiosos que, por ejemplo, en La maldición de los Dain, a mi parecer algo sosa. 

Hammett
Hammett fumando. Paul Dorsey/Time Life Pictures/Getty

Esta deriva vital culmina en Cosecha roja, esa obra maestra, esa novela rompedora en la que el quién dejó de ser importante para pasar el testigo al porqué, pero que alcanza su máxima cota porque tiene un protagonista en la plenitud de su amargura, de su visión turbia de la vida, de su descenso al infierno. Y ningún sitio mejor para descender al averno que ese Personville que todos llaman Poisonville, una ciudad carcomida por una violencia que se apodera de todo y de todos.

¿Exagerado? Aquí tienen algunas pruebas.

1.- El profesional deductivo y casi holmesiano, pero sin superpoderes, de, por ejemplo, La décima pista, da paso a un detective capaz de decir cosas como: “Necesito resultados tras los que ocultar los detalles. Así que de nada me sirven las pruebas. Necesitamos dinamita”.

2.- El hombre que no concebía la venganza y encajaba los golpes de la vida y el trabajo con estoicismo suelta casi al principio de la fiesta y tras un episodio que le pudo costar la vida: “El gordo de su jefe de policía intentó asesinarme anoche. Tengo la suficiente mala leche para querer arruinarle la vida a ese tipo. Ahora voy a pasármelo en grande. Tengo 10.000 dólares suyos para correrme una buena juerga. Voy a usarlos para abrir Poisonville en canal desde la nuez hasta los tobillos”.

3.- ¿Quieren más? El detective que se pasa media vida renegando de la violencia suelta en un ataque de ira: “No, no me gusta cómo me ha tratado Poisonville. Ahora que tengo la oportunidad pienso tomarme la revancha (...). Queréis que os dejen en paz. Yo también quería que me dejaran en paz. De haber sido así, tal vez ahora ya estaría camino de San Franciso. Pero no me dejaron en paz. No me dejó en paz ese gordo de Noonan, sobre todo. Ha intentado arrancarme la cabellera dos veces en dos días. Eso es más que suficiente. Ahora me toca a mí hacerlo trizas. Y eso es justo lo que voy a hacer. Poisonville está madura para la cosecha. Me gusta el trabajo, y voy a hacerlo”. Nunca me cansaré de leer está andanada.

Habrá quien diga que está trasnochado, que es un machista, que basta de violencia. Muy bien, nunca serán parte de mi club, de este club de adoradores del hombre sin nombre, un detective anónimo que no anodino que cambió para siempre el género. Viva el hard boiled, vive le noir.

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