A tumba abierta, el ajuste de cuentas de Argemí con la vida

Por: | 17 de septiembre de 2015

A-tumba-abiertaEste mundo del libro es maravilloso. Uno siempre anda descubriendo cosas y en este caso toca un argentino. Tengo pendiente a Guillermo Orsi, me he quedado epatado con algunas historias de Guillermo Saccomanno, me he reído y alucinado con Carlos Salem y estoy prendado hasta las cachas del mal y la maldad que hay en Subsuelo, de Marcelo Luján, por poner algunos ejemplos. Pero no tenía bajo el radar a Raúl Argemí, un narrador de raza (y no lo digo yo, lo dice Alexis Ravelo), un escritor visceral, excesivo, honesto hasta el dolor.

La editorial Navona acaba de publicar A tumba abierta, una historia sobre la resistencia política, sobre el amor que se cansa, sobre las vidas que no van por donde le gustaría a quien las vive. Un noir y algo más.

Juan Hiram, Carles Ripoll o Enrique Meléndez, dependiendo del momento de la historia en la que nos encontremos, es un antiguo militante izquierdista argentino que nos cuenta por qué vuelve a su patria tras años de buena vida, decepciones, lujo y miseria en Madrid y Barcelona. El protagonista está en condiciones de hacerse con un jugoso fondo que depositó en un banco suizo, ay, junto a sus compañeros. Lo hizo cuando seguir la lucha contra los militares significaba la muerte segura y la caída de varios de ellos en manos de los torturadores fascistas ponía en peligro a todos. Algunos puede que sigan vivos, otros no. Hacerse con el dinero puede ser más peligroso y menos interesante de lo que parecía.

El argumento es una excusa para una historia llevada con flash back continuos en la que vemos cómo se sufría y se luchaba en la izquierda clandestina de los setenta en Argentina; cómo se desangró en cuitas internas y traiciones; cómo los militares torturaban y otros aplaudían y miraban a otro lado. Todo contado a través de la mirada desengañada de Ripoll, un misántropo, un cínico, un hombre culto, a veces un desgraciado. Un hombre antipático metido en una historia torrencial, un personaje verdadero.

Me gusta el ajuste de cuentas que hace con el exilio más estupendo, el de quienes se llenaban la boca de resistencia y solidaridad en la distancia. Me gusta que Argemí, como un boxeador hábil, se agazape y suelte de repente esas “piñas” de las que habla Alexis Ravelo. Ahí va un ejemplo, tras una fiesta con exiliados argentinos a la que asiste el protagonista. Pónganse el casco:

“A veces el exilio, o jugar en un escenario donde nadie nos conoce, saca a la luz nuestras peores mugres. Más de una vez había oído, siempre desde la periferia de ese gueto extendido, comentarios que me ponían muy violento, porque, de ser ciertos, había gente que se merecía con creces que le patearan la cabeza. Vivos, avispados, que organizaban festivales de solidaridad para los presos argentinos, juntaban basantes pesetas, y vivían de eso, cuando en Argentina, estaba seguro, todavía alguno caminaba sobre el filo de la navaja con la cápsula de cianuro en el bolsillo. Gente que, con sus camisas con charreteras, hacía discursos incendiarios, cuando allá, probablemente, no habían pasado de la militancia en alguna agrupación universitaria y tres o cuatro manifestaciones”.

La vida a salto de mata del protagonista en España le lleva al negocio de la publicidad, al de la asesoría política, a conocer el éxito literario, el desamor, la miseria y la soledad en una narración que a veces es demasiado torrencial, siempre excesiva, siempre personal.

Como decía, el protagonista puede ser un indeseable que dice que su único día feliz en España fue cuando supo que habían tirado abajo las Torres Gemelas de Nueva York, un asesino si hace falta serlo, un tipo lleno de dobleces, como los hombres de verdad. No hay héroes en A tumba abierta, tampoco buenismos ni hipocresía.

El autor tiene otras novelas de prestigio como Los muertos siempre pierden los zapatos o Penúltimo nombre de guerra, con la que ganó el Dashiell Hammett en Gijón en 2005. Navona va a ir recuperando algunas de ellas. Esperamos con ganas para volver a darnos de morros con la realidad más sincera y negra. Vive le noir!!

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Gracias por tu lectura. Al fin, un escritor solo puede ser tan inteligente como el lector que lo lee. Si nos toca un estúpido, ahí nos quedamos.

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