William McIlvanney, caballero, poeta, grande de la novela negra

Por: | 08 de diciembre de 2015

McIlvanney en Madrid
McIlvanney en Madrid | FOTO: CLAUDIO ÁVAREZ


Desde el sábado las letras escocesas y la novela negra mundial están de luto, son un poco más pobres, un poco menos elegantes. Ha muerto William McIlvanney y me cuesta decirlo en alto. No es que fuéramos amigos, no, pero el brillante poeta, el humilde caballero dejó una profunda impresión en este pobre bloguero cuando lo entrevisté. Antes, su policía Jack Laidlaw se había convertido en uno de mis ídolos, en un personaje a cuyos pensamientos volvía a menudo, en un lugar de mi geografía negro criminal.

McIllvanney ha muerto con 79 años y ha dejado al menos un Laidlaw empezado (a mí me confesó que soñaba con escribir dos, incluida una precuela) y un pequeño agujero en las letras escocesas. Ian Rankin, Val McDermid y otros muchos le consideraban el padre del tartan noir. No lo decían en vano, no era una etiqueta, les dejo con mi pequeño homenaje.

Si quieren, pueden leer el post sobre Laidlaw para descubrir las virtudes de un personaje muy especial y la entrevista al autor publicada en EL PAÍS.

McIlvanney llevaba aquel día de octubre de 2014 chaleco y chaqueta. Estaba sentado en un rincón del bar de un céntrico hotel madrileño, vaso de whisky al lado, bigote elegante que se veía de perfil, mirada risueña en unos ojos empequeñecidos. Todo elegancia. Con una voz ronca, con su poderoso acento y casi en susurros, respondió a todo porque para eso estaba allí. Al hijo de aquel rudo líder sindical minero no se le caían los anillos.

Me contó cosas que nunca escribí por falta de espacio en una entrevista que nunca se publicó en papel. Es decir, que las dejé fuera innecesariamente. Así es el periodismo. Ahora puedo rescatar algunas. Me gusta mucho la relación que tuvo con Laidlaw, amistosa y distante, casi como la que tenía con la novela negra. Decía del personaje que le hizo famoso y al que abandonó para no traicionarse, para no caer en la rutina:

“Sueño con escribir dos novelas más de Laidlaw: la primera, una precuela, Laidlaw joven; la segunda sería su último caso como policía, que será muy oscura. Y creo que al final del libro sigue vivo, aunque todavía no lo sé, pero seguro que es víctima de una desilusión total sobre la vida. Vuelve tras una suspensión que no voy a decir a qué se debe y resuelve el caso, pero lo pierde todo. Creo que se merece sobrevivir. No creo que sea alguien depresivo. Su carácter es una consecuencia inevitable de estar vivo. La vida es una brillante ilusión, como dice Laidlaw en uno de sus libros. Como una actuación brillante, en la que no está realmente toda la verdad y cuando te das cuenta de eso decepciona”. Quería que lo interpretase en el cine Sean Connery. No habría estado mal.

Socialista, independentista escocés, gran orador, divertido y, sobre todo, un tremendo escritor que amaba lo que hacía, que escribía poesía para centrarse en las palabras, para ser preciso. La carga moral de sus obras es inmensa. “Como policía, Laidlaw tiene que enfrentarse a los oscuros designios de la vida” me contaba. “Todos los demás podemos vivir ajenos a ellos, pero la policía tiene que afrontarlos. Tienes que tener una filosofía muy fuerte para tratar con ello”.

Sus influencias iban por Camus, Shakespeare, Unamuno, mucha filosofía, mucha poesía. Se sentía tontamente culpable de no haber leído suficiente sobre el género que le dio la fama (otros hemos leído demasiado y no escribiríamos por ejemlo Strange Loyalties ni en siete vidas) y tenía una rutina de lo más variopinta:

“Cojo un trozo de papel, me pongo a escribir. Escribo miles de papeles, muchos incomprensibles. Escribo sobre la vida cotidiana, ideas, y no hago distinciones. Pero antes de eso me voy a algún lugar apartado, porque soy un experto en distraerme. Soy un genio. Al menos durante un mes o dos, hasta que tengo bien construida la idea”.

McIlvanney iba a venir a BCNegra, donde tantos le esperábamos. Vivió una vida plena, escribió novelas memorables, nos regaló sus palabras y nos dejó disfrutar de su elegancia. No está mal, caballero escocés. Descanse en paz.

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Me encontré con McIlvanny hace pocos años cuando, entusiasmado por la desgarrada prosa de Ian Rankin, decidí explorar más en la novela negra escocesa. Me leí en un suspiro sus tres Laidlaw y, por azar, me topé con una obrita sobre el mundo sin salida de las minas escocesas, "Docherty", que recomiendo a quien no lo haya leído. Esta obra tiene una continuación en The Kiln, que no he leído.
Adiós, McIlvanny, que tantos ratos buenos nos has hecho pasar.

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