¿Despacho o gasolinera?

Por: Xosé Hermida | 28 oct 2011

Blanco
Desde que ganó las elecciones gallegas en 2009, a Feijóo solo le ha faltado jurar sobre las sagradas escrituras que no tiene ninguna ambición política en Madrid. Da igual: casi nadie le ha creído. En el mismo intervalo de tiempo, José Blanco ha repetido en decenas de entrevistas que Galicia no figura en su horizonte político inmediato. Pero le pasa como a Feijóo: muy pocos toman en serio tales promesas. Ya sabemos que la credibilidad de los políticos lleva tiempo bajo mínimos demoscópicos. Y en este caso ambos han hecho además todo lo posible para que sus actos pareciesen desmentir siempre las declaraciones más solemnes e insistentes. Feijóo ha vivido tan obsesionado por su proyección mediática nacional como Blanco por asegurarse siempre un hueco en la agenda política gallega. ¿Cómo creer que las metas del presidente de la Xunta no van más allá de Galicia mientras dedica horas y horas a tertulias y platós de televisión en Madrid? ¿Cómo aceptar que el ministro de Fomento no tiene ninguna aspiración en su tierra si se pasa la vida anunciando inversiones en el AVE gallego e inaugurando viaductos y estaciones?

En medio de esas conjeturas sobre hipotéticos caminos de ida y vuelta, los destinos de Feijóo y Blanco han marchado juntos desde que el PP recuperó el poder en Galicia, hace dos años y medio. Todo comenzó con abrazos y promesas de lealtad mutua a los pocos meses de la llegada de Feijóo a la Xunta, cuando el ministro, contra la opinión de su propio partido, selló con el presidente gallego el Pacto del Obradoiro para garantizar la conexión por AVE a la Meseta. Pero estaba claro que en Galicia no hay sitio suficiente para los dos. Y lo que se anunciaba como el principio de una gran amistad no pasó de una breve y poco intensa relación. Enseguida se desató el duelo, que ha acabado de la peor manera posible, con ambos echándose en cara sus relaciones con un empresario presuntamente corrupto. ¿Qué es peor, citarse con él en una gasolinera, como hizo Blanco, o recibirle en su despacho oficial, como prefirió Feijóo? Un debate político de altura que en los últimos días ha ido a menos. El presidente gallego empezó echándose a la yugular del ministro cuando se aireó que el empresario de Lugo Jorge Dorribo acusaba a Blanco de cobrar comisiones ilegales. Tal vez Feijóo, un rey del desparpajo, contaba con que nunca se supiera lo suyo. Pero en cuanto el PSOE desveló la visita de Dorribo a la presidencia de la Xunta y la concesión, dos meses después, de importantes ayudas a sus empresas, el caso ha desaparecido de la cháchara electoral del PP gallego.

La sombra de Blanco ha pesado demasiado en estos años sobre Feijóo. Desde la distancia, el ministro ha ejercido un verdadero contrapoder, seguramente el único de cierta entidad al que ha tenido que medirse el líder de los populares gallegos. Con el goloso presupuesto de Fomento en sus manos, el también vicesecretario general del PSOE nunca ha dejado de mover influencias en Galicia para amortiguar, en la medida de lo posible, la natural imbricación del PP gallego con los poderes económicos y mediáticos locales. Se vio muy claro en el proceso para fusionar las dos cajas de ahorros. Feijóo tejía a la luz del sol y Blanco destejía entre bastidores. Primero pareció que ganaba el presidente de la Xunta (hubo fusión), pero el fiasco de las últimas semanas ha acabado inclinando la balanza hacia las tesis del ministro.

Con la atmósfera aún fétida por el asunto Dorribo, las elecciones del 20-N van a ser otro gran momento del largo duelo entre los dos políticos más poderosos de Galicia. Blanco es cabeza de lista por Lugo y dedicará a su tierra la mayor parte de la campaña. Habrá, que nadie lo dude, intercambio de artillería de gran alcance. Y también pequeños piques. El lunes, sin ir más lejos, Feijóo recibe a Rajoy en Santiago para que el líder del PP presente su programa (al parecer, existe) y Blanco pretende repartir cariños a Zapatero llevándoselo a Lugo.

Entre las lecturas secundarias que se harán en Galicia de los resultados del 20-N ninguno de los dos podrá evitar que se vuelvan a cuestionar sus promesas. Los hermeneutas electorales se lanzarán a medir si la fuerza del PP gallego es suficiente para propulsar a Feijóo a metas mayores. Y el desenlace de la contienda en Lugo se verá bajo el prisma de las hipotéticas posibilidades de Blanco de refugiarse en la política gallega. Apuesten, además, a que, en cualquier momento, surgirá una guinda con nuevos detalles para enriquecer ese otro debate de gran calado: ¿en el despacho o en la gasolinera?

Hay 3 Comentarios

Nuestro pais se ha convertido en un reino de taifas. Al principio eran las diferencias culturales e historicas las que justificaron la descentralizacion. Ahora no hay sino autentico mangoneo local o pertidista y el estado a penas controla, ni siquiera el fraude fiscal con la falta que hace

Un 9,5 de artículo. Propongo un debate cara a cara conectados ambos a un detector de mentiras. No sé si servirá de algo, pero unas buenas risas nos podemos echar.

Un análisis dende a equidistancia. Diría que non todo é igual. Rajoy e Blanco, tampouco!

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Sobre el autor

Xosé Hermida

El periodista es delegado de EL PAÍS en Galicia y lleva cubriendo la información de esa comunidad para este periódico desde 1989.

Sobre el blog

En la esquina La campaña electoral vista con distancia, desde la esquina noroeste de la península.

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