Sobre el autor

Xosé Hermida

El periodista es delegado de EL PAÍS en Galicia y lleva cubriendo la información de esa comunidad para este periódico desde 1989.

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En la esquina La campaña electoral vista con distancia, desde la esquina noroeste de la península.

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Dimisiones preventivas en el PP gallego

Por: Xosé Hermida | 29 oct 2011

El episodio de la dimisión del diputado autonómico Javier Escribano, inmerso en una investigación judicial por presunta corrupción, ha traído viejos recuerdos de aquel Feijóo que enarbolaba, enérgico y juvenil, la bandera de la regeneración democrática en la campaña de las autonómicas de 2009. Entonces, el ahora presidente llegó a compararse con Obama tras un episodio muy similar al de Escribano. A punto de iniciarse la campaña, Feijóo anunció la dimisión de su cabeza de lista por Ourense y candidato a conselleiro de Economía, Luis Carrera, minutos antes de que la Cadena SER revelase que tenía una cuenta bancaria en un paraíso fiscal. Lanzado en su carrera hacia la Xunta, el futuro presidente se adelantó a los acontecimientos y logró ser presentado como un implacable defensor de la pureza, dispuesto a no pasar ni una.

Como aquella, la de Escribano ha sido también una especie de dimisión preventiva, una retirada voluntaria antes de que el escándalo estallase otra vez en puertas de una campaña electoral. El jueves 27 de octubre, el Parlamento gallego conoció por una comunicación del Tribunal Superior que un juez había encontrado indicios de que el ya exparlamentario coruñés pudo haber cometido delitos de cohecho y tráfico de influencias por sus gestiones a favor de un empresario. El caso podía explotar en cualquier momento y, 48 horas después, a las nueve de la mañana de un sábado en que toda la cúpula del PP gallego se iba a A Coruña a arropar a Rajoy en una comida mitin, Escribano envió la carta de dimisión al Grupo Parlamentario Popular. Como en el episodio de Carrera, el PP logró coger a todo el mundo por sorpresa.

Y ya es el segundo golpe fulminante en menos de un mes. El pasado 4 de octubre, también dimitió sin más dilaciones otro diputado autonómico, Pablo Cobián, en cuanto se publicó que un empresario de Lugo le acusaba de haberle cobrado comisiones por gestiones a su favor ante la Xunta de Galicia. En ese momento las elecciones estaban un poco más lejos, pero había otro motivo de mucho peso: el empresario también aseguraba haber pagado comisiones al ministro de Fomento, José Blanco. En cuanto Cobián, un diputado autonómico de segunda fila, se quitó de enmedio a toda prisa, el PP nacional, secundado por Feijóo, se lanzó a pedir la dimisión de Blanco, una pieza de caza mayor.
Estos episodios suelen servir a los políticos -no solo a los del PP, claro- para presumir de sus códigos éticos. El problema es que esos códigos son de goma, y se encogen y estiran a gusto del que los ha aprobado, siempre en función de las circunstancias (la cercanía electoral suele ayudar mucho a aplicarlos con rigor). Y así no es extraño que los mismos que piden ahora la dimisión de Blanco -sobre el que no pesa aún ninguna imputación judicial- llevasen en sus listas a imputados como Francisco Camps. El propio Feijóo se lavó las manos -vino a decir que no era asunto suyo- cuando organizaciones provinciales de su partido decidieron también incluir como candidatos a alcaldes imputados, en algunos casos por recibir sobornos, en las elecciones municipales del pasado mayo.

La contundencia del presidente gallego puede verse sometida a prueba de nuevo en poco tiempo, solo cinco días antes de las elecciones. El próximo día 15, el Tribunal Supremo debe decidir si ordena que se someta a juicio al conselleiro de Medio Ambiente de la Xunta, Agustín Hernández, acusado de falsedad documental por avalar un certificado de final de obra de una carretera que ni siquiera había empezado a construirse. Hernández era entonces jefe de Infraestructuras de la Dipùtación de Pontevedra y ese documento permitió cobrar de inmediato a una constructora para la que el ahora conselleiro había trabajado anteriormente. El Tribunal Superior de Galicia archivó el caso, que parecía muerto hasta que el Supremo admitió hace unos días un recurso del PSdeG. Si el asunto llega a juicio, veremos qué Feijóo nos encontramos esta vez. El intrépido émulo de Obama que fulminó a Carrera, Cobián y Escribano o el presidente que dice que no van con él las corruptelas consentidas por las organizaciones provinciales del PP gallego.

¿Despacho o gasolinera?

Por: Xosé Hermida | 28 oct 2011

Blanco
Desde que ganó las elecciones gallegas en 2009, a Feijóo solo le ha faltado jurar sobre las sagradas escrituras que no tiene ninguna ambición política en Madrid. Da igual: casi nadie le ha creído. En el mismo intervalo de tiempo, José Blanco ha repetido en decenas de entrevistas que Galicia no figura en su horizonte político inmediato. Pero le pasa como a Feijóo: muy pocos toman en serio tales promesas. Ya sabemos que la credibilidad de los políticos lleva tiempo bajo mínimos demoscópicos. Y en este caso ambos han hecho además todo lo posible para que sus actos pareciesen desmentir siempre las declaraciones más solemnes e insistentes. Feijóo ha vivido tan obsesionado por su proyección mediática nacional como Blanco por asegurarse siempre un hueco en la agenda política gallega. ¿Cómo creer que las metas del presidente de la Xunta no van más allá de Galicia mientras dedica horas y horas a tertulias y platós de televisión en Madrid? ¿Cómo aceptar que el ministro de Fomento no tiene ninguna aspiración en su tierra si se pasa la vida anunciando inversiones en el AVE gallego e inaugurando viaductos y estaciones?

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Rajoy tiene programa

Por: Xosé Hermida | 26 oct 2011

Feijoo rajoy

Ejercicio de política ficción: ¿estaría Mariano Rajoy donde está ahora, erigido en prepresidente del Gobierno, sin la victoria en las elecciones gallegas de 2009? Recordemos las circunstancias de entonces, con el caso Gürtel en plena ebulllición, con Aznar y Aguirre de repartidores de cizaña, con la prensa afín rescatando la caricatura del maricomplejines... Nada está escrito, pero, fuese cual fuese el desenlace, la vida de Rajoy hubiera resultado mucho más dura sin el triunfo de Alberto Núñez Feijóo en Galicia hace dos años y medio. Victoria de Feijóo pero también del propio Rajoy, que abandonó su imagen diletante y sudó la camiseta como nunca pateando pueblos y aldeas. Vistas con perspectiva, esas elecciones autonómicas marcaron el comienzo del declive socialista y de la consiguiente crecida del PP.

Atraído por los buenos recuerdos, el prepresidente volverá a Galicia el próximo lunes para desvelarnos el gran misterio: su programa electoral. No hay que descartar que dentro del misterio solo descubramos otro enigma. De hecho, hace algunas semanas, Rajoy ya celebró una gran convención para exponer su programa y el asunto se resumió en que hay gobernar con sentido común para la gente normal. Aunque en Galicia el todavía líder de la oposición suele mostrarse un poco más concreto y dice que su modelo de Gobierno es el de Feijóo. Siempre que tiene ocasión, Rajoy ensalza la decidida apuesta del Ejecutivo de su tierra por la contención del gasto público, en la que el presidente gallego fue un adelantado, lo que sin duda le ha permitido que sus recortes -que existen y tienen víctimas con nombres y apellidos- no hayan sido tan abruptos -el adjetivo es del propio Feijóo- como los de su compañera Cospedal o los del liberalismo soberanista de Artur Mas.

Fuera de eso, tampoco sabemos mucho más de lo que admira Rajoy en la gestión de la Xunta. ¿Será un modelo también la política fiscal? En los impuestos, Feijóo ha dejado todo como estaba tras abandonar a las dos semanas de llegar al Gobierno sus promesas de rebajar el IRPF. Y al mismo tiempo se ha afanado en aumentar la recaudación, pero por la vía de las tasas, que, según reveló hace unos días su conselleira de Hacienda, Marta Fernández Currás, tienen un efecto más justo porque gravan un servicio concreto y no son "coactivas" como los impuestos (no está de más decir que la conselleira Fernández Currás es de profesión inspectora de la Agencia Tributaria).

De lo que seguro que no hablará Rajoy el próximo lunes en Santiago será de los datos macroeconómicos de Galicia. Ahí no hay mucho de lo que presumir. El paro, por ejemplo, no ha dejado de crecer en los últimos dos años y medio. Es verdad que ya estaba en escalada antes de la victoria del PP, pero entonces Feijóo le echaba la culpa al bipartito de socialistas y nacionalistas. Ahora, el presidente se excusa diciendo que no tiene competencias para combatir el desempleo y que, en todo caso, como en tantas otras cosas más, el único responsable es Zapatero. El corolario lógico lo ha expuesto el jefe del Ejecutivo gallego en más de una ocasión. Su plan para reducir el paro se asienta en un principio fundamental: que gobierne Rajoy. Con sentido común y para la gente normal.

El País

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