León Krauze

Sobre el autor

León Krauze es periodista, conductor y escritor. Conduce la Segunda Emisión de W Radio y Hora 21, el noticiario principal del canal Foro Tv , de Televisa. Es miembro de la redacción de la revista cultural Letras Libres. y columnista del diario Milenio, de publicación mexicana. Escribe con frecuencia en la revista Letras Libres y lo ha hecho también en Newsweek, Washington Post, El País, The New Republic y diversas otras publicaciones.

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NRA: sangre en las manos

Por: | 11 de octubre de 2011

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El problema de la estupidez es que tiene consecuencias inesperadas. Tal es el caso de los programas de seguimiento de tráfico de armas conocidos como “Rápido y Furioso” y “Receptor Abierto”, coordinados, en circunstancias aún nebulosas, por la  Oficina para el Control de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego (ATF) en Estados Unidos. La idea de permitir que miles de arman “caminaran” para poder seguirles la pista hasta identificar a vendedores, traficantes y compradores resultó una quimera: no solo no consiguió su propósito sino que agilizó el trabajo de varias organizaciones criminales mexicanas. Es difícil imaginar un operativo más torpe, menos coherente y más peligroso. Las autoridades que lo llevaron a cabo deberían avergonzarse.

Pero hay algo que ha pasado desapercibido. Se trata del papel que ha jugado en todo esto la Asociación Nacional del Rifle (NRA, en inglés).  La NRA es, quizá, la agrupación de cabildeo más eficaz de Estados Unidos. Su poder de veto en el partido Republicano es absoluto. Fundada hace 140 años, la NRA pretende defender la Segunda Enmienda de la Constitución estadounidense (“el derecho del Pueblo a tener y portar armas no será vulnerado”).  Pero lo que la asociación en realidad busca es muy distinto. La NRA protege el inmenso negocio de la venta de armas en Estados Unidos, un negocio que ha puesto en las calles de ese país 300 millones de armas, cifra incomparable en el planeta. Quizá el mayor triunfo de la NRA fue comprometer al gobierno estadounidense a no renovar la prohibición de la venta de armas de asalto, que expiró en el 2004. Presionado, George W. Bush se negó a continuar la proscripción, que impedía la venta de rifles semiautomáticos o armas de alto poder que lejos están de servir para proteger el hogar o, mucho menos, para la caza deportiva. En el contexto de la psicosis que dejara el 9-11, Bush no tuvo mayor problema en darle a la NRA lo que quería.  Las consecuencias han sido brutales, especialmente para México. Para los cárteles de la droga, la aprobación de venta de armas de asalto ha sido un regalo de Navidad que dura el año entero. Después del 2004, México se llenó de armamento terrible, flamante y de fácil acceso. Al acabar con la prohibición de armas de asalto, la NRA consiguió articular varios ejércitos en México, huestes que buscan usurpar las funciones del Estado mexicano. Así de fácil. 

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De Monterrey a Disneylandia

Por: | 04 de octubre de 2011

Curioso acto de congruencia: empiezo este blog – que, por cierto, me honra y agradezco – mientras visito la ciudad de Monterrey, en el norte de México. Fue aquí donde comencé, hace casi veinte años, mi carrera periodística. César Luis Menotti había sido despedido como técnico del equipo mexicano de futbol (en México lo escribimos así, sin acento) y yo, en mi indignación adolescente, había escrito un texto repudiando la decisión. El Norte, el periódico más importante de esta ciudad, me abrió las puertas en un pequeño espacio de sus páginas deportivas. 

Era 1993. Recuerdo bien el ir y venir de la redacción del diario. Y las conversaciones.  Había un entusiasmo producto del espíritu de la ciudad, su esencia. Después de todo, Monterrey mismo nació desde el trabajo, desde lo improbable. Como el resto del noreste de México, esta ciudad se fundó en el medio de la nada, asediada no sólo por las tribus locales, las inundaciones que caían desde las montañas que aún la rodean y hasta el desdén de la autoridad central. Monterrey creció aislado, incómodo. Floreció en la aridez solo gracias al esfuerzo, a la terquedad, incluso. Y nada tiene de romántico decir que ese mismo espíritu se percibía en aquellos años cuando por primera vez visité la ciudad. Lo mismo sentí después, cuando tuve la oportunidad de hablar con los empresarios locales. Vaya, hasta en el futbol hay diferencias: no hay afición más impetuosa y leal que la de los dos equipos regiomontanos. En los dos estadios de la ciudad nunca hay asientos vacíos. 

Han pasado 18 años de aquello y esta ciudad no es la misma. Por supuesto, sigue teniendo ese espíritu original, pero la violencia lo ha desgastado. Muchos se han ido de la ciudad. En el gesto más sintomático imaginable, el dueño de El Norte ya no vive aquí. Otros empresarios – como el admirable Lorenzo Zambrano, de Cemex – han decidido quedarse y twittean arengas cívicas que, de verdad, conmueven. Pero la ciudad está herida. Y no me sorprende. Después de todo, desde hace un par de años, Monterrey está en el centro de una disputa territorial del narcotráfico. El cártel del Golfo y los Zetas han destrozado el noreste de México, extorsionando, torturando, asesinando con una impunidad prácticamente total. Monterrey está rebasado. La vida nocturna se ha reducido al mínimo. El Barrio Antiguo, orgullo de rescate urbano, se ha hundido en el silencio. Hoy, la página principal de El Norte incluye un mapa de la actividad delictiva en la ciudad.  Cada punto rojo identifica un incidente. Sobra decir que el crimen ha hecho metástasis. ¿Y el gobierno? El joven gobernador Rodrigo Medina parece un pez fuera del agua. Sus índices de aprobación, aparecidos también esta semana, no alcanzan el seis puntos entre los ciudadanos. Los líderes de la ciudad le dan menos de tres. Nada ayuda a su causa que, en plena crisis de inseguridad, Medina decidió tomarse unos días para visitar Disneylandia. Un poco de fantasía, supongo, para poder lidiar mejor con el horror. Pobre Monterrey…

 

El País

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