León Krauze

Sobre el autor

León Krauze es periodista, conductor y escritor. Conduce la Segunda Emisión de W Radio y Hora 21, el noticiario principal del canal Foro Tv , de Televisa. Es miembro de la redacción de la revista cultural Letras Libres. y columnista del diario Milenio, de publicación mexicana. Escribe con frecuencia en la revista Letras Libres y lo ha hecho también en Newsweek, Washington Post, El País, The New Republic y diversas otras publicaciones.

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Historia de un abuso

Por: | 09 de febrero de 2012

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Antes de llegar a Los Ángeles, un amigo estadounidense me advirtió de la abrumadora burocracia californiana. Le respondí que nada podría sorprenderme: después de todo, soy mexicano. En México, la burocracia es un laberinto tan extraordinario que alguna vez el gobierno organizó un concurso para encontrar el trámite más inútil (participaron 20 mil ciudadanos; ganó el proceso para obtener un medicamento controlado en el Seguro Social). Mi país, le recordé a mi amigo, es experto en los políticos de carrera, que se reciclan como papel cartón, apareciendo nuevecitos, dispuestos a seguir engarzados a la ubre del contribuyente. Esos mismos funcionarios que no saben lo que significa la rendición de cuentas ni mucho menos la responsabilidad política cuando es hora de dar la cara.  Los que no renunciaron después de la Guardería ABC, por ejemplo. Por todo eso, insistí, resultaba difícil que la burocracia de California me asustara, a pesar de su bien ganada fama de engorrosa y enredada. 

Pues resulta que me equivoqué. La burocracia en California tiene lo suyo. Y no me refiero a la odisea que implica existir legalmente en este estado (la licencia de manejo, por ejemplo, lo obliga a uno a convertirse en Job). Pienso, más bien, en un caso de verdad doloroso que ha exhibido no sólo los alcances del pulpo burocrático angelino sino de la capacidad infinita de la torpeza – y la maldad - humana para encontrar maneras de vulnerar a los indefensos. 

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Cifras para enfriar la xenofobia

Por: | 01 de febrero de 2012

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Desde hace algunos años he hecho un ejercicio periodístico enteramente informal. A cada oportunidad que se me presenta, pido a los gerentes de los restaurantes que he tenido el gusto (y a veces el disgusto) de visitar en Estados Unidos que me permitan echar un vistazo a su cocina. La gran mayoría accede gustosa, dada la generosidad de la cultura gastronómica. Siempre explico mi interés argumentando que algún día me gustaría administrar un pequeño bistró de diez mesas cuando la imaginación, y la pluma, no den mas de sí.  Pero mi intención es otra. Lo que realmente trato de hacer en esas breves visitas a la trastienda es contar el numero de trabajadores de origen hispano que laboran en las cocinas de los restaurantes estadounidenses. 

He hecho cuentas en al menos 25 ciudades. Desde Minnesota hasta Alabama, de Los Ángeles a Boston. En restaurantes de comida rápida, desayunadores, taquerías, hostales, mesas para trasnochados y uno que otro sitio digno de la pléyade Michelin. Todos tienen algo en común: dependen de la mano de obra hispana. Me sobran historias que algún día contaré con calma. Recuerdo, por ejemplo, al muchacho que llegó de Puebla a limpiar pisos en un pequeño restaurante en Brooklyn. Con el paso de los años se convirtió en un chef excepcional, casi socio de la dueña del aclamado sitio (pocas cosas he probado como los ravioles de maíz que ideó para el menú del restaurante). Hoy, el hombre es el jefe de cocina de un sitio de gran renombre, pero no tiene papeles. Si lo detienen mañana por alguna infracción de tránsito, podría ser deportado de inmediato. 

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