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Recetas para padres y VIII. Y cuando el niño va mal...

Por: | 16 de septiembre de 2013

Cuando un niño no está motivado en el colegio, en casa tampoco lo estará para estudiar. Si el alumno además no ha adquirido el hábito de estudio desde pequeño, su situación escolar se complica. Quizás ha llegado a ese punto (6 de primaria o 1º de ESO, generalmente, es decir, a los 11 o 12 años) en el que los contenidos se vuelven más complicados y, aunque hasta entonces se fuera acordando de lo aprendido en clase sin casi estudiar en casa o haciéndolo solo para el examen, este sistema ya no le funciona. Es posible que le cueste seguir algunas lecciones en clase -porque algunas previas no se las ha aprendido, no ha interiorizado su aprendizaje- (de matemáticas, por ejemplo) y entonces el proceso de que empiece a ir mal en los estudios está en marcha. ¿Qué hacer en esta situación?

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FOTO: ULY MARTÍN

En muchos de estos casos surge la tensión entre los padres y el hijo cuando éste empieza a llegar con las primeras malas notas. Los expertos calculan que más o menos a partir de los ocho años se empieza a detectar que un 10% o un 15% de los estudiantes tiene problemas de aprendizaje. Unos por dificultades en mantener la atención, otros por falta de hábito de estudio en casa o porque no entienden los contenidos. Las razones son tan diversas como lo es el universo de escolares. Cada niño es un caso distinto. De ahí la dificultad de abordar estos problemas y la necesidad, a su vez, de establecer un plan entre los padres del alumno y el tutor.

Lo primero que se aconseja es hacer hincapié en la motivación. Es importante evitar que hagan actividades aburridas, que se les programe actividades de estudio que no sean repetitivas y que puedan
relacionarse con los temas que le interesen. Por ejemplo, las animales, la naturaleza, los deportes… Obviamente, cuanto más pequeño sea el niño, es decir, cuanto antes se tomen medidas al percibir su bajada de rendimiento, más fácil será ponerle un remedio y reconducir su aprendizaje y su hábito de estudio. Es asimismo relevante evitar, con las medidas pertinentes adoptadas entre padres y escuela, que se retrase respecto a la media de su clase.

Cuando son pequeños ayuda que se los progenitores dediquen bien un tiempo diario o bien durante el fin de semana a leer con ellos para asegurarse de que entienden bien lo que leen. Cuando un niño va mal hay que idear formas alternativas de motivarle, como decía antes, tanto en casa como en el colegio.

Pero, ¿qué pasa si el niño ya está en secundaria? Generalmente, buena parte del problema cuando un estudiante de secundaria empieza a ir mal es que únicamente estudia para los exámenes. Entonces, hay que idear un plan de estudio semanal y hablar con ellos para enseñarle a hacerlo y realizarle un seguimiento de cerca para que lo realice. No tiene que ser un plan muy rígido ni que le haga sentir asfixiado de repente con muchos contenidos que aprender. Pero este sistema hace posible que se tenga una idea a corto plazo de los resultados del esfuerzo del alumno. Así se puede ver si tiene problemas de
aprendizaje adicionales o simplemente hay que corregir sus hábitos y con eso puede alcanzar el ritmo de las clases y lograr unas buenas notas.

Cuando el caso es difícil requiere organizar un plan personalizado, una vez que se ha detectado entre padres y centro dónde está el problema. En muchos de estos casos, los orientadores recomiendan recurrir a profesores de apoyo (en los centros en los que disponen de ellos) especialmente para las asignaturas de lengua, matemáticas y conocimiento del medio. Estos docentes lo que hacen es explicar la materia de una manera distinta, más práctica y desmenuzada, con lecciones de menos contenidos. Los profesores de apoyo con clave en esas situaciones complicadas. Trabajan además con los alumnos, en pequeños grupos, cuestiones como el hábito de estudio, el orden a la hora de aprender, y suelen estar muy especializados en este tipo de apoyos.

Pero lo que nunca hay que olvidar, la llave para que un hijo vaya bien en sus estudios, es prestar mucha atención a su aprendizaje desde que es pequeño. Eso no solo le motivará a aprender sino que permitirá a muchos padres detectar cualquier problema casi en el momento mismo de que aparezca. Eso será clave para solucionarlo. No olvidemos que la prevención en educación es tan importante como en sanidad.

Recetas para padres VII. Cuándo y cómo castigar y premiar a los hijos

Por: | 13 de septiembre de 2013

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La clave del castigo y del premio es hacerlo siempre en relación con el esfuerzo del niño. Cuando un hijo empieza a flaquear, los expertos aconsejan que los padres se planteen un castigo siempre y cuando ese mal resultado se deba a una falta de esfuerzo. Y es que el castigo solo sirve cuando se quiere que el niño se dé cuenta que debe eliminar determinada conducta. Es decir, debe ser una forma de corregir que ayude al hijo a aprender lo que debe y lo que no debe hacer.

Las formas más habituales de castigo son el negar algo deseado por el hijo, el retirarle un privilegio que se le haya dado o el obligarle a hacer algo que no le apetece. Pero de nada sirven estas medidas si no se consigue que el niño entienda por qué se le reprende y que le quede claro cuál es la manera de que él pueda evitar que se le vuelva a castigar. De ahí que sea fundamental que haya una buena comunicación entre los padres y el niño.

En cuanto al polémico castigo físico, todos los organismos internacionales de defensa de los derechos de los menores coinciden en que de ninguna manera es aceptable. Una bofetada lo único que provoca en el niño es miedo y solo sirve para que se olvide del verdadero motivo por el que se le ha regañado. La violencia física acalla a los niños y hace que se refugien en sí mismos. Aparte de no ser razonable, en sí misma no corrige la mala conducta respecto al estudio.

Un error común entre algunos padres es el de no relacionar los privilegios que se le dan al hijo con el resultado obtenido en sus estudios. Es decir, un chico que suspende de forma permanente no puede estar recibiendo los mismos juguetes que si su rendimiento fuera bueno. Aunque sea a veces difícil, los padres deben mantenerse firmes y explicar a su hijo las medidas que van a tomar por sus malas calificaciones  y por qué. Hace unos años una madre me comentaba que su hijo había terminado 3º de ESO con cinco suspensos y que, claro, como se iban de vacaciones toda la familia a Nueva York le iba a resultar difícil aprobar todo en septiembre. La pregunta es, ¿un chico que ha suspendido cinco materias se merece un viaje como ese? Claramente, no. Debería quedarse en casa con algún familiar a estudiar. Porque el mensaje que se le está dando en ese caso es contradictorio. Se le reprende por suspender pero luego se le lleva con 15 años a un viaje estupendo en verano durante el tiempo que debe estar estudiando. 

También se recomienda que los padres tengan una política propia sobre el castigo, que decidan qué van a hacer y se mantengan firmes, para que los hijos aprendan cuál es la consecuencia en su casa de que saque malas notas por no esforzarse lo suficiente. A nadie le gusta castigar, pero si no se toman medidas desde la primera vez que percibimos que el niño flojea, irá a más. Además, no es que haya que estar todo el rato castigando. De hecho, los castigos son más útiles cuanto menos se usan. Su valor está en su efecto disuasorio. El castigo por sistema, acaba resultando inútil.

En cuanto al premio, por lo general, tiene un mayor efecto corrector que el castigo, excepto en situaciones graves. Premiar tiene la ventaja de que promueve que el niño cumpla sus objetivos, que se esfuerce por sacar buenas notas. Si un niño suspende un par de asignaturas por primera vez, podemos intentar, antes de castigarle, prometerle un premio si se vuelve a esforzar como antes, para así intentar que reaccione. Si el premio le interesa y es algo que no hace habitualmente, en muchos casos es un sistema que funciona.

En todas estas reflexiones lo que se ve es que el premio y el castigo forman parte del proceso educativo y son positivos si se enfocan bien sus objetivos, su utilidad y si se explica bien al niño o adolescente la razón de cada uno. Algo que no hay que olvidar es que un hijo siempre debe tener claro que se le regaña, castiga o promete un premio porque ha hecho mal un examen, por ejemplo, pero nunca debe pensar que es porque es malo. Un castigo nunca debe suponer una descalificación del niño. Eso minaría su autoestima y tendría consecuencias muy negativas para su motivación por aprender y para su desarrollo como persona. 

 FOTO: Getty Images/National Geographic Creative

Recetas para padres VI. Internet y los robatiempos

Por: | 02 de septiembre de 2013

El uso de Internet para el estudio es difícil de controlar. La realidad es que los niños asocian más la red con el juego o con hablar con sus amigos que con el estudio. Aunque cada vez está más instaurado su uso en clase, y también para el estudio en casa. Pero si no se utiliza de forma adecuada en el hogar se pierde su control y el niño se puede pasar horas ante el ordenador sin que sepamos bien si está estudiando o no.

Lo realmente positivo es que el hecho de que las tecnologías les resulten tan cercanas a los alumnos es muy bueno para motivarles al aprendizaje, bien usado. Los especialistas insisten en la importancia de encauzar este tema de forma adecuada desde el principio, desde que son pequeños, porque, si se deja, a los 13 años será más difícil (en muchos casos, será ya imposible) llegar a un acuerdo con ellos sobre las pautas para el uso de las tecnologías en casa, sobre todo en el tiempo que deben dedicar al estudio.

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FOTO: GETTY IMAGES

Para los alumnos de hoy en día las tecnologías son como una extensión de sus sentidos. No conciben un mundo sin ellas y las han aprendido sin querer, de forma automática, las usan como un adulto conduce un coche porque ya sabe hacerlo, no es consciente de lo que hace. Muchos padres actuales ya forman parte de las generaciones que crecieron con el mundo de la tecnología, pero quizás no tantos han nacido ya cuando casi todo el mundo lleva un móvil (y mucha gente, una tableta) encima. Sus hijos sí. Este mundo ha cambiado y no nos quepa duda de que seguirá cambiando de forma permanente a una velocidad de vértigo. De ahí la importancia de establecer pautas y límites.

La rapidez y la interactividad son los valores más atrayentes para los niños y jóvenes. Por eso hay que animarles a que usen las bondades de Internet para buscar información que les permita complementar sus trabajos, mejorarlos, o para despertar su curiosidad sobre lugares o actividades que tienen lugar en otras partes del mundo. Y es bueno sentarse con ellos a mirarlo un rato, de forma periódica, cada ciertos días o los fines de semana (si no se puede de diario), desde que son pequeños. Que el niño lo vea como un hábito y que además disfrute de ese rato en el que le prestamos toda nuestra atención. En cuanto a los aspectos a vigilar, uno de ellos es que al niño le quede claro que el lenguaje críptico que se usa en los mensajes de los móviles o de los correos electrónicos no lo puede usar para trabajos escolares ni lo podrá usar en su futuro laboral para ningún papel que tenga que escribir ni para escribir un currículo para pedir un empleo. Y, claro está, que es vital la ortografía.

Otra cuestión son los llamados robatiempos: videoconsolas, televisión... Los jóvenes están cada vez más interesados en el mundo que se les abre por Internet (a través de cada vez más soportes: sus portátiles, tabletas, teléfonos inteligentes...), como el de los vídeos a través de Youtube o de los videojuegos por la red (mucho más ya que por sentarse frente al televisor), pero, aparte de éstos entretenimientos, otros aparatos contribuyen a aumentar el tiempo que dedican desde bastante pequeños a estos juegos.

Los expertos aconsejan controlar el tiempo que dedican los niños a estos entretenimientos al menos desde los ocho años, como decía antes. Conviene acostumbrales a que hay una pautas establecidas sobre su uso para que asuman de forma natural la existencia de límites puestos por los padres. Se suele recomendar a los progenitores que pongan un tope, un horario límite, para el uso de estos robatiempos, y siempre tras haber cumplido con el tiempo de estudio. Y advierten que o se mantienen estrictos con lo pactado o no va servir de nada,ese límite que habían puesto se romperá para siempre.

También es positivo poner una edad al acceso y de los niños a las tecnologías. La de poder usar las de las personas mayores de la familia y también la de tener móvil propio o tableta propia, por ejemplo. Y conviene decírselo a los hijos para que lo tengan presente y sepan que esas son las reglas en la casa. Cuando los niños son pequeños se recomienda que los padres estén presentes cuando usan el móvil o la tableta. No dejársela para que se la lleve a su cuarto, porque de esa forma se descontrola su uso. 

 

Sobre la autora

Sue Pérez de Pablos

Susana Pérez de Pablos. Periodista apasionada por la información educativa, por contar las historias y miradas de alumnos, profesores, padres…, las buenas y malas iniciativas de los gobiernos y el inmenso cambio que vive ese mundo, incluidos los temas relacionados con la tecnología, la ciencia y el desarrollo. Viajera inquieta, por los países y por la red, tras dirigir la sección de Educación de EL PAÍS durante más de una década, se propone difundir las ricas experiencias educativas de la emergente y heterogénea Latinoamérica.

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