Jesús A. Núñez

Kuwait, nepotismo en cuestión

Por: | 19 de junio de 2012

La decisión del emir kuwaití, Sabah al Ahmad al Jaber al Sabah, de suspender por un mes las actividades del parlamento (Majlis al Umma) ni sorprende ni arregla nada, en un proceso que crecientemente cuestiona el poder de la familia reinante.

No sorprende porque es la quinta vez que ocurre en los últimos seis años. El clima político de este rico emirato del Golfo se ha ido progresivamente emponzoñando en la medida en que el actual emir rompió en 2006 la regla no escrita entre las dos ramas de la familia al Sabah- los al Jaber, por un lado, y los al Salem, por otro-, por la que ambas se turnan en el puesto de emir y de príncipe heredero. Tras su acceso al trono, en 2006, el emir al Sabah decidió nombrar como heredero a su hermanastro, Nawaf al Ahmed al Jaber al Sabah, y primer ministro a su sobrino, Nasser al Mohammad al Ahmed al Sabah. La reacción de la rama al Salem no se hizo esperar, en un intento por evitar su alejamiento del poder central, para el que viene contando con el apoyo táctico de aliados tribales e islamistas políticos en un Majlis más potente hoy de lo que nunca lo ha sido. Recordemos que en las elecciones del pasado febrero los opositores (islamistas suníes y líderes tribales) lograron 34 de los 50 escaños, en un parlamento que ya puede proponer o bloquear leyes y, sobre todo, obligar a comparecer a miembros del gobierno.

Precisamente la suspensión de la asamblea decretada ayer se produce, no por casualidad, la víspera de que el ministro de interior tuviera que comparecer ante los diputados. Basta con recordar, para entender lo que esto significaría, que desde el arranque de la actual legislatura, y como resultado de esas comparecencias, ya han tenido que dimitir los ministros de finanzas, trabajo y exteriores, así como el jefe del banco central. Estamos, por tanto, ante un reto directo al emir- que aún conserva la potestad de nombrar al primer ministro y a los quince miembros del gabinete-, con la intención de lograr la dimisión en pleno del gobierno y el nombramiento de otro en el que la oposición tenga 9 representantes.

Sin embargo, en el mejor de los casos, el gesto de nepotismo del emir únicamente le otorga un corto periodo de tregua (previsiblemente hasta octubre, si a la suspensión se suma el ramadán y las vacaciones posteriores), pero dejando sin solucionar ninguno de los problemas a los que se enfrenta. Por un lado, nada apunta a un inmediato apaciguamiento de las tensiones internas en la familia al Sabah. Por otro, la evolución demográfica ha debilitado su base de poder- la clase comerciante y la minoría chií-, al tiempo que ha beneficiado a los actores tribales y a los suníes. Aunque los partidos políticos siguen sin estar permitidos, estos últimos cuentan hoy con más y mejores palancas de poder para erosionar estructuralmente a un emir que tampoco ha logrado activar la economía nacional- a pesar de contar con más de 200.000 millones de dólares de reservas.

Mientras se ciernen negros nubarrones sobre los procesos que afectan a Egipto (con los militares incapaces de ocultar por más tiempo que la defensa de sus privilegios y el mantenimiento del statu quo actual son sus prioridades absolutas), Libia e incluso Túnez, la familia al Sabah debería haber aprendido a estas alturas que no es suficiente con adoptar reformas cosméticas para mantenerse en el poder. ¿O sí basta?

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Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

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