Jesús A. Núñez

Yemen, ¿un ejemplo para Siria?

Por: | 13 de junio de 2012

Al igual que en España el gobierno se resistió a llamar crisis a lo que estalló en 2008 y el actual hace lo mismo evitando denominar rescate a lo que va a poner en marcha Bruselas para tratar de salvar al sistema bancario, los responsables políticos del sangriento régimen que domina Siria desde hace décadas rechazan de plano la idea de la ONU de que el país está ya sumido en una guerra civil. Desgraciadamente, eso es lo que allí viene ocurriendo al menos desde finales del pasado año, en una dinámica que ya ha contabilizado más de 10.000 muertos y para la que no se adivina final inmediato.

Mientras se acumulan los síntomas de pasividad internacional y se acentúa la fragmentación interna de la oposición al régimen de Bachar el Asad, ha comenzado a circular la idea de que Yemen podría servir como modelo para resolver el drama sirio. Recordemos que en noviembre de 2011, y tras un proceso de violencia creciente que casi llegó a la eliminación física del entonces presidente Alí Abdulah Saleh, se alcanzó un acuerdo entre las partes enfrentadas (en el que Arabia Saudí tuvo un papel destacado) por el que el mandatario abandonaría el cargo (con plenas garantías de inmunidad). Se ponía así en marcha un proceso que llevó, ya en febrero de este año, a la celebración de elecciones (con Abd Rabo Mansur Hadi como candidato único) y al arranque de un diálogo nacional en el que deberían estar representadas todas las sensibilidades políticas.

Conviene no dejarse engañar por las apariencias. Ni desde el punto de vista de la estabilidad, ni mucho menos desde el de la reforma democrática puede tomarse a la Arabia Felix de los romanos como modelo de nada positivo. En el primer caso, porque el país sigue inmerso en un largo conflicto que tiene a los rebeldes hutis soliviantados en el norte (con apoyo más o menos directo de Teherán) y a diversos grupos secesionistas en el sur empeñados en poner en cuestión la unidad política lograda en 1990. A eso se une el hecho de que la presencia de Al Qaeda para la Península Arábiga (AQPA) no ha hecho más que incrementarse, con un salto cualitativo innegable desde que estalló abiertamente la disputa violenta por el poder en Saná. Aprovechando la espiral de violencia entre los partidarios de Saleh y los del general Ali Mohsen al Ahmar, los terroristas de AQPA han ido ampliando su radio de acción, incluso más allá de la provincia de Abyan, hasta el punto de lograr el control efectivo de varias ciudades.

Ahora las fuerzas armadas yemeníes- que todavía no han vuelto a unificarse realmente tras el trauma que supuso su división en clave tribal en la confrontación Saleh-Mohsen- anuncian la recuperación manu militari de algunas de esas localidades con un alto número de bajas entre las que cabe imaginar que hay también población civil. Mientras continúan las operaciones (con notable implicación estadounidense mediante los drones que ya se han hecho tristemente famosos en la región), cabe cuestionar que la recuperación de esas ciudades pueda interpretarse como una victoria definitiva. Dado que las fuerzas yemeníes no tienen capacidad para mantener sus posiciones actuales, ni para eliminar a todos sus enemigos, se impone la necesidad de lograr la colaboración de los jefes tribales de la zona (una tarea que supone la compra de su lealtad, al menos temporal, y en la que Arabia Saudí vuelve a ser un actor clave movilizando fondos que apacigüen los ánimos).

En paralelo a ese complejo escenario de seguridad, el político no ha registrado avance alguno, al menos en clave democrática. Hoy el país sigue estando básicamente en las mismas manos que lo han controlado desde hace décadas. Y esto es así no solo porque Hadi haya sido un fiel colaborador del anterior presidente, sino porque siguen siendo los familiares de este último los que controlan directamente las principales palancas de poder económico, político y militar de Yemen. Las claves tribales continúan definiendo la agenda nacional y la instauración de un Estado de derecho sigue siendo, hoy como ayer, una asignatura pendiente que ninguno de los actores que realmente cuentan parece tener interés en aprobar a corto plazo.

¿Y es esto lo que también se quiere para Siria?

Hay 1 Comentarios

En el pasado, el mundo cristiano, fragmentado en sectas rivales, conoció las guerras de religión, con miles de muertos, asesinatos y torturas, y todo ello en nombre de Dios. Pues bien, algo semejante ocurre en el mundo islámico con sus dos cabezas principales, los suni de Arabia Saudita y los chiis de Irán, y todo ello en nombre de Alá. Ahora bien, detrás de todas esas rivalidades (por un lado, entre cristianos y por otro, entre islamistas) se esconden los grandes intereses económicos que mueven a la jauría humana, sea del color que sea. Creo que Jesús y Mahoma, desde lo alto, deben estar cansados de tanto teatro y de tanta hipocresía.

Los comentarios de esta entrada están cerrados.

Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal