Jesús A. Núñez

La causa kurda nuevamente ensangrentada en Turquía

Por: | 21 de enero de 2013

Desde hace décadas no ha habido un tema que haya registrado mayor nivel de cooperación entre regímenes tan diversos como el turco, el sirio, el iraquí y el iraní como la supresión de todo sueño de estatalidad para los kurdos que se localizan en cada uno de esos países. Hablamos de no menos de 30 millones de personas, de confesión mayoritariamente suní, que con diferentes niveles de esfuerzo persiguen la creación de un Estado (no necesariamente único), tal como en principio les reconocía el tratado de Sèvres (1920), modificado inmediatamente por el de Lausana (1923), que lo fragmentaba en varios países. Es bien sabido que ninguno de ellos lo ha logrado, aunque los kurdos iraquíes son los que más se han acercado a ese objetivo, mientras que los que habitan en Siria están ya empezando a beneficiarse de la crisis general que puede derribar a corto plazo al régimen alauí, que le ha negado hasta hoy sus derechos más elementales.

Es en este contexto en el que Turquía está tratando de mover ficha en la resolución de su principal problema interno. Por un lado, teme que la convulsión que afecta a las comunidades kurdas vecinas pueda inflamar aún más a los 15 millones de kurdos que habitan en su seno. Con un balance de unos 40.000 muertos (unos 500 solo en el pasado año) desde que el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) se levantó en armas en 1984, el recrudecimiento de la movilización debilitaría y desestabilizaría a Ankara, dificultando aún más su pretensión de ser el actor dominante en la región. Por otro, es consciente de que por la fuerza no logrará eliminar la identidad política kurda y de que la estrategia seguida hasta ahora por Recep Tayyip Erdogan- invirtiendo en infraestructuras en las zonas mayoritariamente kurdas del sureste- no basta para “comprar” la lealtad de una población que plantea demandas más amplias (desde el reconocimiento público de su lengua hasta la reducción de la barrera del 10% de votos necesarios para que los partidos kurdos puedan acceder al parlamento nacional).

En un serio intento por modificar el errático rumbo de una agenda que solo conducía a más crispación y violencia, Erdogan ha optado por entablar negociaciones directas con el emblemático líder kurdo Abdulah Ocalan. Encarcelado desde 1999 y condenado a cadena perpetua, Ocalan sigue siendo el referente principal no solo del PKK- todavía en noviembre pasado demostró su carisma y autoridad ordenando el fin de una huelga de hambre que centenares de presos kurdos estaban llevando a cabo-, sino también de la gran mayoría de los kurdos turcos. Esa vía se inició ya el pasado año con la mediación de Noruega, pero el representante turco- Hakan Fidan, jefe de los servicios de inteligencia- no logró convencer a sus interlocutores de la sinceridad de las intenciones de Ankara. En respuesta, el PKK volvió a las armas, especialmente desde sus bases en las montañas de Qandil, al entender que el gobierno solo estaba buscando su desarme incondicional.

En su segundo intento, Erdogan reconocía públicamente a finales del pasado año que miembros de los servicios de seguridad turcos están desarrollando contactos con Ocalan. Sobre la mesa está efectivamente la demanda de un desarme completo del PKK (y la renuncia a la lucha armada) a cambio de la liberación de presos vinculados a este grupo (considerado terrorista tanto por EE UU como por la UE) y el progresivo reconocimiento de derechos para la comunidad kurda, incluyendo una amplia autonomía política bajo bandera turca. El proceso cuenta con el apoyo de actores tan significativos como el principal grupo de oposición en el parlamento- el Partido Popular Republicano, CHP- y el principal grupo político kurdo- el Partido Paz y Democracia, BDP.

Pero también cuenta con duros opositores, tanto en la filas del PKK- con líderes que se han instalado en un statu quo que les permite también beneficiarse económicamente del contrabando que fluye en las fronteras con Irak- como en las del denominado eufemísticamente “Estado profundo”- conformado por ultranacionalistas procedentes de los servicios de seguridad, las fuerzas armadas y el mundo empresarial. Todo apunta a que es en el seno de alguno de ambos extremismos- sin olvidar otras hipótesis que llevan hasta Teherán, abiertamente interesado en debilitar a Ankara- donde puede identificarse a los autores del triple asesinato de militantes kurdas, cometido en París el pasado 9 de enero. Quienes han eliminado a Sakine Cansiz- cofundadora del PKK, muy cercana a Ocalan y favorable a la negociación con el Estado- y a sus dos acompañantes han querido provocar el colapso de este nuevo esfuerzo por poner fin a una violencia de la que ninguno de los contendientes saca beneficio a largo plazo. Queda por ver si, sean quienes sean sus autores, logran desbaratar el proceso o si Erdogan y Ocalan consiguen disciplinar a los suyos y rematan una faena que favorecería a todos.

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El pueblo Kurdo es un colectivo etnico-religioso que nunca logro consolidar una cultura que lo diferenciara de sus vecinos, siempre fueron peones(sea como mercenarios, a veces fueron pretorianos) de los imperios que nacian, crecian, y morian a su alrededor, incluso como regentes supremos(Saladino), fueron incapaces de darse una identidad, o fusionarse con sus vecinos, su aspecto europeo tampoco les ayuda, tal vez por su fe islamica, al igual que los vascos o lapones, su destino es integrarse a la unidad politica dominante, procurando conservar su identidad por medio de su lengua y algunas costumbres folkloricas.

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Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

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