Jesús A. Núñez

El Ártico también existe

Por: | 18 de mayo de 2013

Es un axioma generalmente asumido que un país actúa en el concierto internacional en función de su localización geográfica. Vista a escala humana, la geografía (forma y posición, principalmente) es una referencia prácticamente inalterable, un dato de partida, que determina en gran medida las ventajas (oportunidades) y desventajas (amenazas y riesgos) con las que interactuar en el mundo globalizado que corresponde a nuestros días. Nada parece escapar a la dictadura de la geografía, que, en consecuencia, fija los alineamientos y las prioridades de los Estados a largo plazo.

Solo en raras ocasiones, como sucede ahora en el Ártico, esa realidad cambia ante nuestros ojos. Si en otros casos ha sido el avance tecnológico-como ocurrió con la construcción del Canal de Suez o del Canal de Panamá- aquí se trata de una versión más problemática de la acción humana- el cambio climático-, la que ha propiciado un acelerado interés por lo que hasta hace bien poco era apenas territorio para investigadores científicos y para viajeros muy aventureros. Hoy- como acaba de verse en la reunión ministerial del Consejo Ártico, celebrada en Kiruna (Suecia) el pasado día 15- esta inmensa región suscita un inusitado protagonismo en el que se entrecruzan intereses relativos a la posible apertura de rutas comerciales transoceánicas y a la explotación de sus potenciales riquezas.

El Consejo Ártico se puso en marcha en 1996- por iniciativa de los 8 países con territorio en el Círculo Polar Ártico: Estados Unidos, Canadá, Islandia, Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia- con el propósito de impulsar la cooperación en materia medioambiental y para la investigación científica. Aunque no tiene ningún poder ejecutivo, es evidente que permite a esos países ir tomando posiciones de ventaja para futuros desarrollos en el área. En esa misma línea, la reunión de Kiruna se ha cerrado con la admisión, como observadores, de China, India, Italia, Japón, Corea del Sur y Singapur. Una señal bien clara de que la reducción de la capa de hielo- en septiembre del pasado año la superficie ártica era casi un 49% menor que el promedio del periodo 1979-2000, llegando a los 3,6 millones de kilómetros cuadrados- está abriendo el apetito de muchos Estados.

Hasta ahora el Consejo Ártico- al que acompañan otros organismos regionales como el Consejo Nórdico, el Consejo Euro-Ártico del mar de Barents y hasta la Conferencia Parlamentaria de la Región Ártica- era una instancia de coordinación intergubernamental que apenas había logrado establecer algún acuerdo sobre respuestas a accidentes medioambientales o para búsqueda y rescate ante accidentes marítimos. Pero ahora, sin que se haya oficializado ningún cambio hacia un organismo con capacidad ejecutiva, es bien visible el intento de situarse en posiciones favorables para intentar sacar más tajada de los previsibles cambios a corto plazo.

Para entender lo que está en juego, basta con recordar que la ruta marítima Rotterdam/Shanghái es un 20% más corta si se opta por la ruta ártica (frente a las costas rusas) en lugar de hacerlo por la mediterránea. Ya en 2012 fueron 46 (frente a los 34 de un año antes) los buques que siguieron este rumbo, transportando un total de 1,3 millones de toneladas (820.000 en 2011) y todo indica que, pese a la falta de infraestructuras y a las dificultades de la travesía, el ritmo aumentará sensiblemente a muy corto plazo. Por otro lado, las estimaciones sobre las enormes riquezas que alberga el subsuelo marino en recursos naturales y materias primas energéticas (con cifras muy diversas, pero siempre en alza, que incluyen petróleo y gas) no hacen más que llamar la atención de responsables gubernamentales y de entidades empresariales ávidas de lograr un trozo de la tarta que el cambio climático está aflorando.

Ni que decir tiene que esta imparable dinámica va a tener también su correlato en clave militar, alimentando la competencia también en este escenario. En claro contraste con todo lo anterior, lo que no se percibe en modo alguno es el mismo nivel de interés por hacer frente conjuntamente al cambio climático en el que ya estamos metidos. Algunos quieren verlo como una buena oportunidad de negocio, mientras otros lo perciben como una amenaza global que no está siendo tratada de manera adecuada. Si tuviera sentido cruzar apuestas sobre temas como este, ¿alguien apuesta a que la inquietud medioambiental se va a imponer a la economicista/militarista?

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Bajo la excusa de la cooperación científica y la armonía de los pueblos se mueve, como de costumbre, el más cínico interés por el control de los recursos naturales que encierra el continente helado. A medida que esquilmamos, vamos más lejos y con más rabia a controlar los últimos restos.

http://casaquerida.com/2013/05/16/no-me-fiscalices-tanto-que-me-da-la-risa/

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Sobre el autor

Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

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