Los próximos cincuenta años

Por: | 11 de septiembre de 2014

Algunos lectores pensarán que no es el momento para hacer ejercicios demasiado largos de prospección. Apenas empiezan a emerger señales de recuperación en algunas economías, y las dudas sobre el crecimiento potencial siguen presidiendo todos los ejercicios de anticipación, a plazos más razonables. No deja de ser sugerente, sin embargo, tratar de levantar la vista un poco y, asumiendo que no se acaba el mundo, identificar posibles tendencias, o prestar atención a quienes dedican a ese ejercicio algo de atención. A ese propósito he dedicado unos días este verano, tomando como referencia algunos trabajos que discuten la vigencia de un “estancamiento secular” en las economías avanzadas y el informe de la OCDE “Policy Challenges for the Next 50 Years”, de julio pasado.

El objetivo de ese Policy paper es identificar y analizar algunos de los retos que las economías avanzadas enfrentan en el próximo medio siglo, siempre que las tendencias globales hoy subyacentes de crecimiento económico, comercio, desigualdad y presiones medioambientales, mantengan su vigencia. Es decir, se supone que no ocurre nada suficientemente importante que altere la dinámica de integración global. Es verdad que puede ser mucho suponer, pero tampoco es tan descabellado. Resumo esas tendencias.

  1. Cambios en la distribución del poder económico a favor de las emergentes, en especial las asiáticas. En realidad las economías que hoy no pertenecen a ese club de las avanzadas que sigue siendo la OCDE, contribuirán al PIB global en mayor medida que las pertenecientes a esa organización, tal como ya hemos observado en los últimos años.

  2. Hasta 2060 el crecimiento económico global será significativamente inferior al registrado en las últimas décadas. En concreto, en los dos grupos de avanzadas y las emergentes pertenecientes al G20 será del 2,7% entre 2010 y 2060, frente al 3,4% correspondiente a 1996-2010. En todo el mundo el crecimiento será del 3% anual. Las emergentes irán perdiendo esa tracción diferencial gradualmente, debido a condiciones demográficas menos favorables en la mayoría de los países. Y es que el envejecimiento de la población y el consiguiente descenso en la población activa no es algo exclusivo de las economías avanzadas. En consecuencia, los avances en el PIB por habitante pasarán a depender en mayor medida de aumentos en la productividad, de la acumulación de habilidades y, en todo caso, de ganancias en la productividad total de los factores impulsadas por la innovación y el capital basado en el conocimiento.

  3. El deterioro del medioambiente constituirá una restricción importante al crecimiento de las economías emergentes más dinámicas, las asiáticas.

  4. La dinámica de globalización continuará, pero a un ritmo más lento. Con todo, el crecimiento de regiones como la eurozona dependerán en gran medida de las exportaciones a esas economías asiáticas. En 2060 pueden llegar a representar un 15% del PIB, tanto como el comercio en el seno del área monetaria. Esos avances en el grado de integración global también expondrá a todas las economías a shocks globales, a desequilibrios, haciendo menos eficaces las herramientas nacionales de política económica. En la medida en que las habilidades, la intensidad de capital y los patrones de consumo convergerán hacia los vigentes en las economías de la OCDE, las estructuras de producción también lo harán.

Llegados a este punto la OCDE se plantea qué cambios de política económica serán necesarios para mejorar el crecimiento económico. Identifica cuatro áreas fundamentales:

     a) Aceleración de la integración global, incluyendo los flujos migratorios.

     b) Fortalecimiento de las instituciones con el fin de hacer frente a shocks como los demográficos.

     c) Reducción de las emisiones a la atmósfera con el fin de mitigar el cambio climático.

     d) Aprovechamiento de la economía basada en el conocimiento, que será el principal vector de crecimiento económico en el futuro.

Para cada uno de los anteriores bloques se definen algunas acciones concretas, y se destacan los “trade-offs” a los que las autoridades han de enfrentarse. En mi opinión creo que merece la pena destacar el reto que supone profundizar en la cuarta de las direcciones antes citada con la neutralización de la desigualdad derivada de la diferencia de habilidades de los trabajadores. Los ajustes estructurales en las empresas antes las exigencias de desplazamientos hacia actividades más productivas también constituirán presiones en esa dirección. La OCDE advierte que de mantenerse las actuales tendencias la desigualdad en la percepción de rentas del trabajo podrá crecer en los países avanzados más del 30% en 2060, hasta alcanzar el grado de desigualdad que hoy es observado en Estados Unidos. Atender esas desigualdades y las consiguientes tensiones sociales con adecuadas políticas redistributivas es una de las condiciones necesarias para garantizar la propia estabilidad del crecimiento económico. No será un empeño fácil dadas las restricciones fiscales que pueden seguir imperando sobre las políticas nacionales y las amenazas asociadas a la deslocalización de actividades productivas.

A pesar de que pasen cincuenta años, en la escena central de la política económica, de la asignación de recursos públicos, volverán a situarse prioridades tales como la igualdad de oportunidades, especialmente en educación. Como se ve, algo no muy distinto a lo que hoy constituye una de las principales prioridades. De su atención dependerá que esa transición al próximo medio siglo sea suficientemente llevadera.

 

Gráfico

 

Este artículo ha sido publicado en la revista ‘Empresa Global’ (nº 143, septiembre)

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