Mitos y verdades de la educación financiera

Por: | 04 de diciembre de 2018

Verónica López Sabater (*)

La gestión de las finanzas personales es un ámbito de nuestras vidas -uno entre muchos otros- que debemos cuidar para llevar una vida equilibrada en sociedad. Vivimos en una sociedad crecientemente compleja, rodeados de información relevante para nuestro bienestar que a menudo no entendemos, malinterpretamos, negamos o simplemente ignoramos. Recibimos avisos y alertas de todo tipo: sobre la amenaza del cambio climático, el cambio de paradigma de la digitalización, la crisis de refugiados, la contaminación, la protección de la privacidad de nuestros datos personales, la sostenibilidad del Estado del bienestar, la desigualdad creciente, la soledad, el futuro del trabajo, y un largo etcétera.

Son estos determinantes de nuestro futuro cuya materialización en un sentido u otro (más utópico, más distópico) depende de nuestras acciones individuales y colectivas, porque toda acción tiene implicaciones en el corto y, lo que resulta más difícil de visualizar porque los humanos somos miopes, en el largo plazo.

La adopción de soluciones a estos problemas globales, por quien le competa directamente abordarlos -soluciones fundamentalmente de carácter técnico o científico- requiere tomar decisiones, seleccionar entre varias alternativas en función de criterios diversos: costes, beneficios, tiempo de implementación, complejidad de la transición, existencia y fortaleza de los grupos de interés y resistencia al cambio, entre otros.

La economía y las finanzas van de eso, de procurar seleccionar la mejor alternativa entre las opciones disponibles en función del contexto, del momento, de las prioridades, de las preferencias y de las expectativas... que determinan lo que es “mejor” en cada caso para el conjunto de la sociedad.

Explicar por qué lo considerado “mejor para todos” lo es efectivamente, y procurar que todo el mundo lo entienda -y cuestione-, es aún hoy una asignatura pendiente en España.

Mejorar la comprensión de las causas, efectos y mecanismos de transmisión de las decisiones económicas, ya sean particulares o colectivas, es el objetivo fundamental de la educación financiera que asocio al concepto más sencillo de “saber llevar las cuentas de las cosas”. Así, “llevar las cuentas de las cosas”:

  1. Permite visibilizar el esfuerzo que supone hacer que todo funcione –miremos a nuestro alrededor, es fascinante- a modo de reconocimiento y de ejercicio de rendición de cuentas, a todas luces necesario.

Y es que a menudo damos por hecho que “las cosas se hacen solas”, sin pararnos a pensar quién, cómo, cuándo y por qué las hace quien está llamado a hacerlas, que todo supone un esfuerzo, independientemente de quién lo asuma directa o indirectamente.

  1. Permite cuestionar con espíritu crítico –espíritu crítico a fomentar-, y exigir la revisión, el análisis y la actualización desde una perspectiva no tradicional, porque el mundo cambia, todo está interrelacionado, son vasos comunicantes, nos guste o no, lo que implica que:
    • elegir la opción A sobre la opción B es precisamente una renuncia a B, cuyos detalles e implicaciones no siempre nos son presentados o explicados adecuadamente, a menudo se ocultan.
    • el mal uso o abuso (free-riding) repercute en la cantidad y calidad del resto de prestaciones, servicios, equipamientos con las que ha de compartir los recursos disponibles, generalmente escasos.
    • detectar situaciones ineficaces (que no sirven para el objetivo que persiguen) o ineficientes (sobre-dimensionadas, infra dotadas, lentas, etc.), y comunicarlas a quien corresponda para que las revise y corrija si es que existen los canales habilitados, sea práctica habitual. Las dudas en este punto son: ¿Existen estos canales? ¿Se utilizan? ¿Cumplen su función?
  2. Facilita la toma de decisiones complejas sobre alternativas disponibles en nuestra vida cotidiana (presupuestos, hipótesis, escenarios, contratos, financiación, ahorro, seguros, por mencionar algunos), ayudar a otros a tomarlas o pedir y recibir ayuda sin complejos.
  3. Permite distinguir lo razonable de lo sospechoso, ayuda a fomentar la autoprotección y a entender que derechos y obligaciones son las dos caras de una misma moneda, la moneda con la que interactuamos en sociedad.
  4. Fomenta la participación activa. Cada día es más habitual que empresas, ayuntamientos y otras instancias (p.e. Unión Europea) fomenten la participación de sus grupos de interés (empleados, clientes / ciudadanos, contribuyentes) en las tomas de decisiones. Participación que, no obstante, cuesta mucho despertar porque como sociedad no estamos acostumbrados a ella, no estamos “entrenados”, no nos fiamos cuando se nos pide nuestra opinión. Y es que participar supone un esfuerzo adicional a los ya de por sí demandantes ámbitos de la vida a los que hacía referencia al inicio: dedicar tiempo a entender, proponer, debatir, argumentar, comparar y elegir. La participación activa se resume en que si nos preguntan, debemos contestar y, para contestar (esto es, hacer el esfuerzo que conlleva), necesitamos dos incentivos básicos: (i) entender lo que se nos pregunta (por qué es importante y cuáles son las opciones) y (ii) sentir que nuestras respuestas sirven para algo.

Con estos antecedentes ¿cuáles son entonces los mitos de la educación financiera?

  • Mito número 1: la educación financiera es difícil de explicar / entender: sin embargo, todo evento complejo es susceptible de ser explicado de forma sencilla. Todos lo hacemos con nuestros hijos. Es lo que hacen las y los docentes en los colegios con nuestros hijos. Requiere preparación, empatía, paciencia y colaboración.
  • Mito número 2: la educación financiera es difícil de articular / impartir: no obstante, lo circunscribiría al hecho de que por no ser un tema prioritario, por no ser considerado importante, no está debidamente posicionado en la agenda y por tanto, no se diseña con el cariño debido. Además, a menudo queda circunscrito a ámbitos muy específicos (colegios, talleres, herramientas online), cuando su presencia debería ser transversal y permanente en todos los ámbitos de nuestra vida (medios de comunicación, relaciones personales, relaciones laborales, etc.)
  • Mito número 3: la educación financiera está exenta de subjetividad y sentimientos como el pudor, los tabús y la ideología. Este es, en mi opinión, el mito más difícil de admitir, y en gran medida, el quid de la cuestión aquí y ahora. Parafraseando a Chris Skinner en su libro Digital Human, “el dinero es como el sexo, la religión o la política, tres cosas sobre las que desde niños se nos anima a no hablar abiertamente”.

¿Y las verdades?

  • Verdad número 1: la educación financiera es cada día más necesaria y en pleno siglo XXI no debe concebirse de forma aislada a la educación digital. .
  • Verdad número 2: impartir educación financiera no debe ser un ejercicio aislado a un momento o lugar determinado; puede y debe ser ejercida de forma cotidiana, por todos nosotros, de forma permanente.
  • Verdad número 3: impartir educación financiera exige ponerse en la piel del otro para evitar caer en la maldición del conocimiento -cuando sabemos algo, resulta difícil ponerse en el lugar de quien no lo sabe- y despertar el interés de los destinatarios. En definitiva.  

 

Versión editada de la ponencia realizada por Verónica López Sabater en el Encuentro Internacional de Educación Financiera (Edufinet Congress) celebrado en Málaga los días 22 y 23 de noviembre de 2018.

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