Fondo de Armario

Los primeros reportajes sobre la inmigración en España

Por: | 16 de enero de 2014

Inni

La inmigración genera una preocupacion social cuyo reflejo en EL PAÍS es proporcional a su importancia. Miles de informaciones y artículos de opinión, además de 400 editoriales escritos a lo largo de su historia, son buena muestra de la relevancia y la preocupación que genera un fenómeno que no es exclusivo de nuestra época y que configurará la vida futura de nuestro planeta.

Cuando el periódico nació, en 1976, la situación de la inmigración en España era muy diferente a la actual. Prácticamente no se escribía de inmigrantes en España. En cambio, se escribía con asiduidad de la emigración de españoles a otros países, una realidad que seguía vigente tras la muerte de Franco. El 2 de enero de 1977 se publicó en EL PAÍS Semanal un reportaje de Lola Galán sobre un libro de fotografías de emigrantes españoles de Jean Mohr, que reflejaba las inquietudes, las vivencias y  los temores de los emigrantes, entre ellos los españoles, en países europeos como Francia, Suiza y Alemania: "En la pesadilla hay siempre un sueño, y este sueño se repite infinitas veces: el regreso. Volver es la obsesión que se persigue a sí misma y que acaba por no realizarse nunca."

El 6 de noviembre de 1977 se publicó en el Semanal un reportaje sobre una familia española emigrante en Alemania desde hacía 17 años. Tenía la particularidad de estar escrito por un alemán emigrante en España, Rienhard Gäde. Se hacía un retrato de la familia Rial, que salió de la localidad gallega de Cambados para trabajar y vivir en Hamburgo. La madre no hablaba ni una palabra de alemán tras tantos años allí y el relato ponía el acento de nuevo en la nostalgia, en el deseo inequívoco de regresar, por otra parte esperable en una familia que no estaba integrada en la sociedad alemana. El padre, pescador gallego que trabajaba en un almacén de productos farmacéuticos, añoraba volver a dedicarse a su oficio en España, y aunque reconocía que las cosas estaban difíciles, expresaba así sus anhelos: "Pues tengo la esperanza de vivir mejor. Más humanamente. No sé cómo decirlo. ¡Es que Galicia es mi patria!"

El primer reportaje sobre inmigrantes en el mismo suplemento de color (en una época tan en blanco y negro) abrió la revista el 5 de febrero de 1978. Chinos en España. El dragón silencioso fue su título de portada y sus autores fueron Luis Reyes, que firmó el texto, y César Lucas, que realizó el reportaje fotográfico. Se hablaba de que entonces había unos 2.000 chinos en España que pasaban desapercibidos: "Su aspecto externo es inconfundible y llamativo, pero se han movido con tal discreción, de tal modo han superado y resuelto sus problemas por sí mismos, que prácticamente no se ha notado su presencia. Son el dragón silencioso". Eran en su mayoría refugiados políticos y se diferenciaba entre una primera oleada de inmigrantes, desde 1950 y durante dos décadas, "formada por jóvenes católicos que venían a estudiar carreras universitarias, orientados por los misioneros españoles de Formosa y sostenidos en buena parte por las becas del Gobierno español, que sentía una obligación de solidaridad moral con el régimen más puramente anticomunista del mundo", y una segunda oleada, más reciente, de "camareros y cocineros del centenar de restaurantes chinos que hay en toda España". El reportaje ofrecía varios testimonios de inmigrantes chinos en España y en un recuadro se ofrecían 3 recetas de comida china: sopa de pepinos con ternera, carne de vaca con repollo y crema de almendras fritas.

En marzo de 1981 se publicó otro reportaje sobre inmigrantes es España en el Semanal. Ay Albertina, ¿por qué no te vienes a España? se tituló y en la entradilla, con algunas expresiones que ahora chirrían, se decía: "Este país, maltrecho por el paro, se ha convertido en los últimos años en el paraíso europeo más cercano para exóticos emigrantes tercermundistas. Africanos, portugueses de las colonias, marroquíes, filipinos, paquistaníes empiezan a instalarse entre nosotros con cierta avidez soñadora de prosperar en poco tiempo." Albertina Masiche era una mujer de 17 años que vino a España desde Portugal aunque ella había nacido en Mozambique. Se hablaba de su caso como uno más de las chicas de servicio doméstico que trabajaban en casas de la periferia de Madrid. En boca de una española que tenía a una de estas chicas a su servicio en su casa de Pozuelo se ponían estas palabras: "La verdad es que son muy torpes, se encuentran muy despistados en las costumbres, son muy primitivos, casi guturales en los gestos, pero como son de buen conformar, tienen buena voluntad y nosotros no somos racistas, estamos contentos con ellos." También se registraba la llegada de inmigrantes de otras partes del mundo. La lectura del reportaje muestra que los problemas de marginación inherentes a la inmigración estaban presentes y que se tenía una visión paternalista, un cierto colonialismo acaso adobado con dosis de piedad antes que de solidaridad.

Yo soy traficante de norteafricanos fue el título de un reportaje sobre un parado español que se dedicaba a transportar inmigrantes por España hasta Francia... en 1983. Un mes más tarde se publicó otro reportaje alertando del fuerte aumento de enfermedades en España, atribuyendo sus causas al tráfico de trabajadores africanos y al turismo. Y pocas semanas después, el reportaje Africanos, indocumentados y con problemas de salud ponía el acento sobre un problema que preocupaba de forma creciente, creado por "los 3.000 africanos de raza negra, la mayoría de exultante juventud, que trabajan en el Maresme de sol a sol por una miseria. Malviven donde pueden y cuando están enfermos, no tienen a dónde acudir, porque oficialmente no existen. Alguien dijo un día que podrían transmitir a la población blanca graves enfermedades tropicales. Poco después, unidades móviles de la Generalitat comenzaron a recorrer el Maresme recogiendo muestras de sangre y orina. Los responsables del hospital de Mataró, con la autoridad moral que les da los seis años de asistencia gratuita a cuantos africanos se han acercado a sus puertas, han querido terciar para decir que el problema no se resuelve con unidades móviles." Leyendo estos 3 reportajes publicados en apenas 3 meses del año 1983 se adivinan las fauces de la xenofobia, detrás de tanta preocupación ciudadana, tanto desvelo sanitario ante una realidad que colocaba a la sociedad ante el reto de integrar o marginar... y eso ocurría en España hace 31 años.

La inmigración fue creciendo paulatinamente en la década de los ochenta y para tratar de encauzarla se aprobó una ley de extranjería en 1985, cuya entrada en vigor fue muy accidentada y que generó descontento y muchos problemas. En febrero de 2006 se publicó un reportaje en Domingo titulado Nuestros 'espaldas mojadas'  que trataba sobre la situación de los 750.000 inmigrantes (según estimaciones no oficiales) que había en España entonces y  la posible incidencia en su vida de la ley de extranjería, que les obligaba a enfrentarse a la burocracia y a una temida expulsión. Aunque extenso, este texto es esclarecedor del estado de la cuestión: "La política restrictiva de la mayor parte de la Europa Occidental y de Estados Unidos y Canadá a la emigración en los últimos años, consecuencia de la crisis económica, ha pesado en la mente de los legisladores españoles. Se han dejado contagiar de este estado de ánimo (en algunas de estas naciones han aparecido brotes de xenofobia) y han temido que España deje de ser país de paso para la emigración del Tercer Mundo y se convierta en objetivo prioritario de asentamiento de los mismos. El primero de los razonamientos es ridículo, dado que España es un país esencialmente emigrante (cerca de tres millones de conciudadanos viven y trabajan en el exterior), víctima de las políticas internacionales de restricción a la inmigración (es frecuente que nuestros políticos se rasguen las vestiduras cada vez que se celebra un referéndum en Suiza para devolver a los trabajadores españoles a nuestro país), y escasamente receptor, en valores relativos, de mano de obra extranjera. La cifra de 750.000 inmigrantes (150.000 de los países desarrollados y el resto de Portugal y el Tercer Mundo) sobre unos 40 millones de habitantes en España (es decir, uno cada 54 nacionales) no resiste la más mínima comparación con las de Francia (un inmigrante por cada 13 habitantes), República Federal de Alemania (un inmigrante por cada 15 habitantes) o Suiza (uno por cada 6 habitantes).

De cara a la opinión pública española, por otra parte, se ha hecho hincapié sobre la incidencia negativa de este colectivo de extranjeros sobre las altas cifras de desempleo que padecemos, cuando la mayor parte de estos inmigrantes no consta en ningún censo y menos aún en los de paro (están trabajando en la economía sumergida o subsistiendo de la caridad). Y también se ha resaltado el elevado nivel de delincuencia que aportan los extranjeros. Aspecto refutado por algunos jueces y abogados, como es el caso de Jesús Fernández Entralgo y de Francisca Cobos, que indican que el aumento de la criminalidad es consecuencia de la marginación, y muchos extranjeros viven marginados y condenados a la ilegalidad y a la explotación económica, y no de la emigración. Los grandes delincuentes asentados en España, señalan, no figuran como inmigrantes y difícilmente van a ser erradicados por la ley de extranjería." Esto se escribió en 1986, hace casi 28 años.

Europa vivía esos años un espectacular auge de la inmigración extracomunitaria y un paralelo aumento de los brotes xenófobos en varios países europeos, lo que era motivo de enorme preocupación. "La Europa rica y próspera, históricamente una región de emigrantes, no quiere a los cientos de miles de refugiados que acuden en busca de asilo o huyendo del hambre. Africanos de color, kurdos, magrebíes, gitanos y asiáticos son rechazados, incluso con violencia, en los suburbios de París, Marsella, Roma o Hamburgo. La ola de xenofobia y racismo, según los sociólogos, no tiene precedentes desde las vísperas de la II Guerra Mundial." Esta era la entradilla de un reportaje publicado en el suplemento Domingo del 20 de octubre de 1991. En 1989, el 8 de enero, se publicó un reportaje en Domingo que reflejaba los contrastes en el proceso de integración de inmigrantes: mientras de El Bierzo y sus explotaciones mineras, que atraían a portugueses, caboverdianos y paquistaníes, se describía un panorama de integración aceptable, "nada que ver con las zonas donde los extranjeros se enfrentan al ambiente cerrado, hostil y empobrecido de la agricultura. Nada que ver con el Maresme, es verdad. Ni con Valencia. Ni con Galicia. Y, sobre todo, nada que ver con la huerta leridana." El título del reportaje fue Esto no es América. Integracion y racismo conviven en la geografía de la inmigración en España.

España, parecía imposible, se encaminó en los ochenta hacia una inversión del flujo migratorio. Volverían muchos emigrantes y se aceleraría el ritmo de llegada de inmigrantes, incesante e imparable. Los noventa ya fueron muy diferentes. También se escribieron muchos reportajes que merecerá la pena recordar en una próxima entrada.

Una pancarta contra la ley de extranjería portada por varios inmigrantes africanos en la manifestación contra el racismo y en favor de los derechos de los inmigrantes en Madrid el 18 de noviembre de 1990 / BERNARDO PÉREZ

Hay 4 Comentarios

Es genial tener inmigrantes indocumentados: se les puede explotar, no hay que darles de alta en la seguridad social y si las cosas van mal se les echa a patadas. Además se les puede echar la culpa del aumento en la criminalidad... todo ventajas!

Lo que no varía son sociedades que los necesitan para hacer los trabajo sucios que los del país no están dispuestos. A los que ahora apelan a la xenofobia, que le echen una ojeada al informe de la familia gallega en 1977 en Alelania, ni conocían el idioma, ni en el edificio sabían que existían, claro, al nivel de ellos ni los veían,.

Las migraciones (no las migrañas) en su doble faceta de emigración (salida) y de inmigración (entrada) han tenido y tienen, por lo general, un sentido económico... tales fueron, en su tiempo, el origen de los antiguos imperios. Adquieren un sentido político cuando surgen los totalitarismos, y un sentido social cuando adquieren un carácter educativo.

Aplicando la normalidad que se nos aplica a la ciudadanía la normal y la corriente, parece raro que al resto de los ciudadanos y ciudadanas extranjeros se les quiera tratar diferente, y con otras normas.
A las adquiridas para los que vivimos aquí desde siempre.
Tenemos unos derechos, luchados y mantenidos con nuestros esfuerzos sociales y cuotas.
Pagando sin demoras.
Es lícito y normal, que si hay quienes vienen a convivir con nosotros se incorporen en igualdad de condiciones.
Se incorporen, quiere decir que se acepten y compartan las mismas obligaciones y deberes sociales.
Es lo justo.
Nadie entra en un trabajo el primer día cobrando atrasos.
Solidaridad y colaboración, es lo lógico, pero dentro de un orden para no hacer de menos a quienes sin tener culpa de injusticias ajenas y lejanas, tengamos que dar de lo nuestro, dar gratuitamente lo que a nosotros nadie nos regala ni nos paga.
Dentro de una normativa, y conscientes de ser solidarios y de lo que nos cuesta a los naturales ayudar.
Pagando.
Por una regla de tres muy sencilla, toda la ciudadanía desde sus impuestos solidaria con cualquiera que se presente.
A la vista de la ley.

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Sobre el autor

Juan Carlos Blanco

, filólogo y periodista, tiene una larga trayectoria profesional vinculada al archivo de EL PAÍS, del que ha sido responsable durante más de 15 años. Por sus manos ha pasado mucho de la Historia, con mayúsculas, de este periódico y este país.

Sobre el blog

Noticias antiguas, historias ya contadas. Siempre de actualidad. Una mirada a las informaciones de hoy tomando como referencia la hemeroteca de EL PAÍS, donde se guarda mucho y muy valioso de lo que hemos sido y somos como ciudadanos.

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