Golpe Franco

Sobre el blog

El balonmano español ha logrado todos los títulos de clubes habidos, medallas olímpicas, europeas y dos oros mundiales. Fuera del 40x20, la gloria se esfuma rápido ante la poca hucha y los escasos altavoces de este deporte. Este espacio pretende poner ojos y voz para trasladar lo que surge en la pista fuera de ella. Un golpe franco a la actualidad del balonmano.

Sobre el autor

es periodista, redactor de la sección de Deportes y cubre la actualidad del balonmano.

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El legado de Valero

Por: | 26 de enero de 2013

Cuando España ganó la medalla de bronce en los Juegos de Pekín en 2008, puso fin también a un ciclo marcado por el estilo y el método de Juan Carlos Pastor. El técnico vallisoletano entendió que su etapa en la selección había finalizado y recuperó la calma de la familia y de su club, el Valladolid. Y la selección española entró en una nueva dinámica marcada esta vez por el exentrenador del Barcelona Valero Rivera. Suponía un cambio bastante radical a nivel conceptual, porque los esquemas tácticos de estos dos entrenadores difieren en muchos conceptos. El técnico aragonés tenía claro que debía generar su propio grupo de jugadores y llevarlo de la mano hasta los Juegos de Londres y el Mundial de España, que se convirtieron en sus objetivos prioritarios.

“Venía con ilusión y ganas y con el objetivo de cubrir todo el ciclo olímpico y hacer algo importante en Londres”, comenta el lateral Alberto Entrerríos, que fue una pieza clave en el engranaje de Pastor y siguió siéndolo en el de Rivera. “Pero en nuestros primeros encuentros, no creo que mirara mucho más allá del Mundial de Croacia”. Entrerríos asumió, como el resto del equipo, los cambios que introdujo Rivera. “Como entrenador es muy diferente a Pastor. El sistema de Juan Carlos es distinto al resto. Con Valero se abandonó y empezamos a trabajar de una forma distinta. La dinámica de grupo, sin embargo, era parecida porque en la selección nos vemos pocas veces y se funciona igual”.

Lo que pedía Rivera a sus jugadores era lo mismo que siempre había pedido a los del Barcelona en los 20 años que estuvo allí y en los que ganó más de 70 títulos. “Intensidad. Partir de una portería y una defensa muy sólida para conseguir que el ataque rival se vea obligado a concluir los ataques en el extremo y no en lanzamientos de los laterales. Que nuestro ataque dé valor a los lanzamientos exteriores y que saquemos los golpes francos con criterios tácticos. Un estilo de juego más vertical que el de Pastor”, analiza Entrerríos.

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Valero River da instrucciones durante el partido de semifinales contra Eslovenia. / Foto: EFE

La idea inicial de Rivera era la de seguir con el mismo grupo de jugadores de principio a fin. Pero los resultados le obligaron a realizar algunas modificaciones. El sexto puesto en el Europeo de Austria (2010) sirvió para paliar el mal regusto que había dejado su debut en el Mundial de Croacia 2009, donde acabaron 13º. Y después, cuando llegó la medalla de bronce en el Mundial de Suecia en 2011, pareció que la selección había asumido las señas de identidad de Rivera. Pero hubo gente que se quedó en el camino. Los casos más llamativos fueron los de Iker Romero y Alberto Entrerríos, que no fueron llamados para los Juegos de Londres.

“Esperaba estar allí, por tanto fue una decepción para mí”, confiesa Entrerríos. “Sin embargo, lo asumí porque era algo que podía pasar. Yo nunca tuve la sensación de que Valero se hubiera casado con aquel grupo. Había hecho una mala temporada y sabía que existía la posibilidad de que no me llamara. Pero me llenó de satisfacción que volviera a llamarme para el Mundial de España. Me dijo que quería contar conmigo, que en Londres me había echado de menos en algunos momentos. Y le respondí que iría encantado”.

En los Juegos de Londres, España sufrió una fuerte conmoción cuando perdió contra Francia por un gol de Accambray en el último segundo un partido que había dominado. Ahora, el ciclo de Valero Rivera –al margen de si sigue o no- y el de Alberto Entrerríos –que disputará en la final su último partido con la selección- se cerrará con dos medallas. Una es de bronce, la del Mundial de Suecia. La otra será de plata o de oro. “Después del durísimo palo que sufrimos en los cuartos de final de los Juegos contra Francia, empezamos ya a pensar en el Mundial la última semana. Y eso nos ha ayudó. Un equipo que sufrió tanto, ahora está en la final. Es un buen colofón para este ciclo. Y lo único que lamento es que Raúl Entrerríos, lesionado, no pueda estar entre nosotros ahora”. Este es el legado de Rivera.

Un oro prodigioso

Por: | 24 de enero de 2013

La historia es caprichosa. El único oro que ha logrado el balonmano español en las tres grandes competiciones internacionales (Juegos Olímpicos, Mundial y Europeo), lo consiguió un técnico que llegó a la selección de una forma totalmente rocambolesca y para resolver un problema puntual. A finales de 2004, la Federación Española de Balonmano estaba en un proceso electoral del que salió vencedor Jesús López Ricondo. El ciclo de César Argilés al frente de la selección había concluido y el equipo español no tenía entrenador, a falta de poco más de un mes para el inicio del Mundial de Túnez. Y entonces, como salido de la manga, surgió el nombre de Juan Carlos Pastor. Tuvo un mes para preparar el Mundial.

Pastor era un técnico de prestigio. Había transformado por completo el Valladolid hasta llevarlo a disputar la final de la Recopa de Europa y haber ganado dos copas del Rey. Lo había hecho implantando un estilo propio, muy personal al equipo. “Complicamos la vida al Barcelona y al Ciudad Real”, confiesa Pastor, que a los 44 años se ha visto obligado a firmar un contrato con el Szeged húngaro por dos años más otros dos ante las dificultades económicas de la mayoría de equipos españoles y la caída que ha sufrido la Liga Asobal. “Así que había demostrado que el sistema de juego que apliqué en el Valladolid funcionaba”-

Con los mismos esquemas técnicos y tácticos cogió el mando de la selección y buscó a los jugadores que mejor podían interpretar sus ideas en el campo. Hombres que él mismo había formado como los centrales Chema Rodríguez o Raúl Entrerríos se convirtieron en piezas fundamentales de la selección. Un equipo que contaba además con jugadores tan consolidados como David Barrufet y JJ Hombrados, Mateo Garralda, Alberto Entrerríos, Iker Romero, Juanín García, Albert Rocas y muy especialmente el pivote, Rolando Uríos.

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Garralda eleva el trofeo de campeón ante sus compañeros. / Foto: EFE.

“Siempre he creído que un equipo debe partir de una gran solidez en la portería y en la defensa. Y luego saber aprovechar los contraataques. Y en ataque basarse mucho en dos piezas clave que son el central y el pivote, con mucha movilidad, para acabar resolviendo por los extremos si falta lanzamiento exterior, como nos ocurría en Túnez”, explica Pastor. “Así que implantamos la defensa disuasiva para evitar exclusiones. Saliendo hasta buscar a los laterales, obligando a pensar a los rivales. Y dando mucha velocidad y continuidad al juego”.

El mundo entero se llevó una sorpresa al ver este estilo de juego y las acciones de Chema en ataque, encontrando soluciones inéditas para penetrar hasta los seis metros o para conseguir que el balón llegara al pivote Uríos. El cubano estaba en su mejor momento: balón que recibía o se transformaba en gol o en penalti y exclusión. “Era una garantía”, recuerda Pastor. “Un jugador enorme y comprometido con la selección. Nos dio mucha confianza. Igual que Chema o Raúl, dos hombres que sabían interpretar exactamente en el campo lo que yo les pedía en el banquillo. Nos valía una seña para entendernos”.

Las victorias fueron llegando, pero se produjo una situación límite, en la última jornada de la segunda fase. Entrar o no en las semifinales dependía del resultado del partido entre Serbia y Croacia. “Un empate nos dejaba fuera. Y si uno de ellos ganaba, dependíamos de nosotros mismos y debíamos ganar a Noruega. Al final, Croacia ganaba de uno y los serbios tuvieron una última oportunidad con un tiro de Sudzum que paró Sola. Aquello nos dio alas hasta la final”.

En la final se encontraron con la mejor Croacia, un equipo liderado por Balic, con Metlicic, Dzomba, Vori. “Les metimos 20 goles en la primera parte y conseguimos una ventaja de 13 goles, pero ellos se nos fueron acercando hasta ocho”, explica Pastor. “Entonces les dije a mis jugadores: ‘ni una exclusión y vamos a intentar no perder balones’. Y logramos el título con un resultado de 40-34, impensable contra un equipo tan sólido”. Claro que hubo celebraciones, telegramas, felicitaciones, pero Pastor solo tenía ganas de recuperar el calor de su familia y su club. “Fue gracias a ellos, que yo pude tomar la decisión de ser seleccionador”.

Pastor era aún interino tras ganar el primer y, hasta ahora, único oro de la historia del balonmano español. Pero allí no acabo la historia. Siguió otros tres años. Y fue y sigue siendo el único seleccionador español que ha ganado una medalla sin ningún jugador nacionalizado. En la Plata del Europeo de Suiza (2006) todavía estaba Uríos. Pero en el Bronce de los JJOO de Pekín 2008, no. “Cierto. Allí todos los jugadores habían nacido en España. Y pudimos hacer más, porque contra Islandia en semifinales no hubiéramos perdido si Alberto Entrerríos, lesionado, hubiese podido jugar”, se lamenta Pastor. “Sin embargo, la experiencia de estar en unos JJOO ya es un premio. Y colgarte una medalla, una gozada. Quizá no tenga el mismo valor que el Oro del Mundial, pero la sensación es mucho más fuerte”.

El oro de Túnez fue prodigioso. Y el impacto brutal. “Pero no supimos aprovecharlo. El balonmano no lo vendió bien y no sacamos el rendimiento que se podía sacar”, comenta Pastor. “Sin embargo, me siento orgulloso de todo lo que hicimos. Y creo que, de alguna forma, pusimos nuestro grano de arena para que la selección pueda seguir creciendo”.

Una saga de grandes porteros

Por: | 24 de enero de 2013

Que la portería de España ha estado siempre muy bien defendida no es ningún secreto para nadie. Solo hay que revisar el listado de porteros de la selección española para descubrir la calidad que atesoraban. Partiendo de Papitu Perramón, los nombres que le han seguido no tienen desperdicio: Patxi Pagoaga, Juan Pedro De Miguel, Lorenzo Rico, José Javier Hombrados, José Manuel Sierra y Gonzalo Pérez de Vargas, que parece asegurar el futuro.
           Todos ellos hombres de largas trayectorias tanto en los equipos de club como en la selección. La muestra más evidente es el hecho de que David Barrufet encabeza la lista de jugadores más prolíferos con la selección, con un total de 280 partidos, y le sigue otro portero, Lorenzo Rico. “Aquí no podemos hablar de una metodología de entrenamiento programada por la federación como ocurre en los países nórdicos, donde todos los porteros tienen un mismo estilo de parar”, explica Barrufet, que se mantuvo fiel al Barcelona toda su carrera. “En España, todos los porteros paramos de forma distinta. Cada cual tiene su propio estilo, basado en la experiencia personal y en la mejor utilización posible de las características de su cuerpo”.

 

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Cordon Press
       

    Barrufet fue la mejor muestra del estilo de los porteros españoles, que siempren han sido autodidactas.  Él mismo confiesa que no se miró en ningún espejo cuando se estaba formando como portero. “Aprendí de Lorenzo Rico que, para mí, ha sido el mejor portero español de la historia. Me explicaba detalles, cosas que ayudaban”, confiesa Barrufet. “Pero yo paraba de forma distinta, porque tanto él como De Miguel o Jaume Fort tenían menos envergadura que yo. Nunca he sido un estudioso del balonmano. La única cuestión que me planteaba era mejorar por mí mismo, ser yo mismo en todos los sentidos”.
            Lo más curioso es que ni Barrufet ni la mayoría de porteros tuvieron de entrada la vocación de colocarse entre los tres postes. “En mi caso, me puse de portero porque nadie quería serlo”, explica Barrufet. “Pero cuando llegué a casa, mi madre me dijo que aquello sí que no, que no jugase de portero porque era el puesto más sacrificado, que recibiría muchos balonazos y que no era lo mejor. Pero tenía ocho años cuando tomé la decisión de que me gustaba ser portero. Y hasta ahora”.
            Es probable que la historia de Perramón, Pagoaga y Rico comenzara de una forma similar. Y todos acabaron siendo grandísimos porteros. “A Perramón le he visto jugar en vídeos, no puedo juzgarle. Era un portero de mucha envergadura. Pagoaga era el gran portero, un jugador explosivo, era una maravilla verle jugar. De Miguel se parecía mucho a Pagoaga en su estilo, tal vez algo menos explosivo y rápido. Rico fue mi maestro. El mejor portero que ha tenido España, muy elegante parando. Lo que más me gusta de Hombrados es su vitalidad, sigue teniendo un cuerpo tan flexible como el de un chico de 18 años. Y Gonzalo es un portero del tipo de Rico. Lee muy bien los partidos, es inteligente, sabe aprovechar los recursos de su cuerpo. Puede ser uno de los grandes”.
La carrera de Barrufet fue ejemplar. Jugó siempre en el Barcelona y ganó más de 70 títulos como azulgrana. Y en la selección estuvo en las medallas desde Sidney 2000 hasta Pekín 2008, pasando lógicamente por el único oro español, en el Mundial de Túnez de 2005. “Tal vez el peor momento que recuerdo fue cuando perdimos contra Croacia en las semifinales del Mundial de Portugal en 2003. Nos dolió. Pero también aprendimos de aquello y nos sirvió para ganar el Oro en 2005”. En cambio, el momento que le produce incluso ahora, a sus 42 años y trabajando ya en el departamento jurídico del Barça, más emoción es el día de su despedida. “Lo que más me gustó fue comprobar que la gente me quería. Aquél fue el mejor título que podía llevarme del mundo del balonmano”.
Barrufet prosiguió un camino abierto por Perramón, Pagoaga y Rico. La senda la siguen ahora Hombrados y Sierra. Y el futuro debería marcarlo Pérez de Vargas. La saga de los grandes porteros españoles parece no tener fin.

Una torre en defensa y un toro en ataque

Por: | 23 de enero de 2013

A lo largo de la historia, la selección española estuvo siempre marcada por algún jugador que le dio identidad. Fue el caso de Papitu Perramón, en los primeros años; del central Gregorio López, Goyo, cuando el equipo comenzó a despuntar; de Juan Francisco Muñoz Melo, en la etapa de consolidación; o de Enric Masip y David Barrufet cuando llegaron las medallas. Todos ellos tuvieron un papel determinante en la evolución de la selección. Y hubo muchos más que aportaron tanto como ellos hasta conseguir que España lograra el oro en el Mundial de Túnez en 2005, el punto culminante del balonmano hasta ahora.

Entre tantas estrellas, la de Melo tal vez no fue la que más brilló. Era un cántabro (Revilla de Camargo, 1959) muy normal al que tal vez le faltaba algo de carisma para convertirse en un líder como Perramón, Goyo o Masip. Pero cuando entraba en la pista se transformaba en una auténtica torre en defensa y en un toro en ataque. “Yo no tenía las condiciones de Wunderlich –jugador alemán de más de dos metros con el que jugó en el Barcelona-“, confiesa Melo, que cumplirá 54 años y es propietario de una asesoría fiscal en Alicante. “Cuando le veía jugar le admiraba. Se levantaba y lanzaba con una potencia increíble. e daba lo mismo tirar de 10 que de 12 metros. Pero yo sabía que no podía hacer lo mismo que él. Mi juego siempre se asó en la fuerza, era más agresivo, un jugador de choque. Y en defensa a Novoa a mí nos llamaban las torres gemelas”.

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Juan Francisco Muñoz Melo durante su época en el Teka Cantabria

Melo llegó al balonmano por casualidad cuando un mpañero de clase que jugaba de portero le insistió para que le acompañara. El balonmano fue un deporte más para él hasta que se incorporó al equipo de los Salesianos. Entonces la cosa fue en serio. Y cuando jugó el Campeonato de España juvenil, Miquel Roca, entonces entrenador del Calpisa, se lo llevó a Alicante. “Estuve un año en el juvenil y al
siguiente salté al primer equipo”, recuerda. “Y allí me encontré con grandes jugadores como Yosu Albizu, Santos Labaca, Nacho Novoa, y gané mis primeros títulos”.

El que más recuerda, sin embargo, fue el de su despedida: la Recopa de Europa de 1980. “Nos enfrentamos al Gummersbach en la final. Habíamos ganado en la ida por cinco goles en Alicante y en la vuelta nos esperaba un infierno en Alemania, ante 10.000 espectadores. Su pivote me rompió la nariz en una acción defensiva que ni siquiera fue sancionada. Recibimos lo que no está escrito. Pero nos llevamos el título. Y de allí viajamos directamente a Girona para jugar la final de la Copa del Rey contra el Atlético de Madrid. Y les ganamos. Fue la mejor despedida para mí, porque aquel año me fui al Barcelona”.

Fue también aquel año el de su debut en la selección española. Lo hizo en los Juegos de Moscú. “Solo defendí”, reconoce. “Pero para todos los que estuvimos allí fue una experiencia imborrable. Nunca lo
olvidaremos. Aquello fue un gran éxito de nuestro balonmano, un quinto puesto”. Su trayectoria en la selección se alargó 12 años hasta los JJOO de Barcelona en 1992.

Y nunca logró pasar de un quinto puesto. “Hubo momentos difíciles. Recuerdo que en Seúl en 1988, Juan de Dios nos hacía entrenar más que a los coreanos, acabamos muy mal, novenos. Teníamos equipo para dar mucho más. Y, tal vez por eso, cuando en los Juegos de Barcelona acabamos quintos, todos tuvimos una decepción. La mía fue mayor, porque allí puse fin a mi paso por la selección y quería cerrar el ciclo con una medalla”. Melo se fue con 243 partidos con la selección –el jugador de campo con más partidos, solo superado por Barrufet. Hombrados y Rico- y con 701 goles, el cuarto máximo goleador por detrás de Juanín, Iker Romero y Alberto Entrerríos. Pero su vida deportiva prosiguió todavía algunos años. Del Calpisa se fue al Barcelona. Y de ahí regreso al Tecnisan y acabó en el Teka de Santander, donde fue campeón de la Copa de Europa (1994), ganó dos Recopa, dos ligas, dos copas del Rey y una copa EHF. “El balonmano me dio mucho”, confiesa ahora. “Y me emociona todavía ahora ver al equipo español luchando por los títulos”.

 

El rey de la última década

Por: | 21 de enero de 2013

El predominio del Barça de Valero Rivera hizo pasar más desapercibidos a otros clubes como el Teka de Santander o el Portland de Pamplona, que tenían potencial para adquirir mucho más protagonismo que el que ya tuvieron. También ellos lograron inscribir su nombre en el palmarés de la Copa de Europa y de la liga española, al igual que el Elgorriaga Bidasoa. Pero ninguno de ellos consiguió reunir un potencial tan brillante como el Ciudad Real, que se convirtió en el rey de la última década a nivel continental.

Su historia comenzó cuando los grandes clubes del Este de Europa habían caído de forma inexorable y sus jugadores estaban ya llenando los equipos españoles. No todos los que llegaron brillaron a la misma altura, ni mucho menos. Pero en la primera década de este siglo el Ciudad Real consiguió reunir una plantilla tan potente que no solo acabó con la hegemonía del Barça, sino que impuso la suya hasta llegar a ganar los cinco títulos que disputó en la temporada 2007-2008, entre ellos la Copa de Europa, la Liga Asobal y la Copa del Rey.

“Creo que fue el momento más brillante de nuestra historia”, asegura Luis Miguel López, que fue director general del Ciudad Real y ahora lo es del Balonmano At. Madrid. “El equipo fue evolucionando desde la incorporación de Manuel Díaz de Mera como presidente y llegamos a construir una plantilla impresionante: 18 jugadores que eran todos superestrellas. Ahí estaban Sterbik, Uríos, Hombrados, Stefansson, Chema Rodríguez, Alberto Entrerríos, Pajovic, Abaló, Dinart, Davis, Kallmann, Rutenka, Morros, Metlicic, Dzomba, Parrondo, Zorman. Creo que ningún otro equipo ha logrado nunca una plantilla similar”.

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Los jugadores de balonmano del Ciudad Real celebran el título de Campeones de 2008. /AFP

Cuando Domingo Díaz de Mera, destacado empresario de La Mancha, llegó a la presidencia, a principios de los años noventa, el club Caserio Vigón había atravesado momentos difíciles en los que estuvo en cuestión incluso su supervivencia. Fueron las aportaciones económicas de Díaz de Mera las que permitieron asegurar su continuidad. Y después, su consolidación como uno de los grandes equipos de la historia del balonmano español y europeo bajo el nombre de Ciudad Real. El club recibió ayudas de la Comunidad, del Ayuntamiento y de varias empresas de Díaz de Mera. La economía se saneó, hasta el punto de que el equipo llegó a tener un presupuesto de seis millones de euros.

Entonces fue cuando las vitrinas se llenaron de trofeos: tres copas de Europa (2006, 2008, 2009), dos Recopas (2002 y 2003), cinco Ligas Asobal (2004, 2007, 2008, 2009 y 2010) seis Copa Asobal, tres Copa del Rey, tres Supercopa de España y de Europa y campeón de la Super Globe. “El mayor mérito fue que todo el mundo era consciente de que aquello no era un proyecto a corto plazo”, recuerda Luis Miguel López, que había formado un tándem histórico con Juan de Dios Román como comentarista de balonmano en TVE. “Los jugadores tenían trayectorias muy largas en el Ciudad Real. Y las renovaciones se producían de forma escalonada, sin roturas. Así fueron llegando Aguinagalde, Parrondo, Cañellas. Y el equipo fue manteniendo el nivel”.

Veselin Vujovic fue el primer entrenador de este nuevo equipo, pero estuvo solo una temporada. Después le sustituyó Juan de Dios Román, que marcó la historia del club. Hasta que después de los Juegos de Atenas, en 2004, llegó al banquillo Talant Duishebáev, el hombre clave de toda esta historia, tanto por lo que aportó como jugador como por lo que ofreció como entrenador. “Sin embargo, los problemas económicos también afectaron al club”, concluye López. “El presupuesto ha caído, las ayudas oficiales se perdieron y tuvimos que marcharnos de Ciudad Real para recalar en Madrid y recuperar la historia del Atlético. Pero seguimos siendo un gran equipo y aspirando a todo”.

El ‘dream team’ de Valero

Por: | 21 de enero de 2013

Que el Barcelona de balonmano no es solo Valero Rivera es una verdad incuestionable. Pero también lo es que nadie entiende esta sección del FC Barcelona sin pensar automáticamente en este técnico que ahora busca con la selección el segundo título mundial para España. Rivera ganó ocho títulos jugando como central con Pepe Vilà como entrenador. Pero lo que realmente le inmortalizó fue su paso por el banquillo blaugrana. Fue allí donde se constituyó como una pieza indispensable en la historia del Barça, porque en los 20 años que mandó en el banquillo (de 1983 hasta 2003) ganó la friolera de ¡70 títulos!

¿Alguien puede cuestionarle? “No”, asegura Xavi O’Callaghan, uno de los jugadores que formó parte del dream team, el equipo que ganó cinco títulos consecutivos de la Liga Asobal y de la Copa de Europa (ahora Champions) entre 1996 y 2000. “Valero cambió los esquemas del balonmano, porque hizo jugar al Barcelona como un equipo distinto a todos los demás. Implantó una defensa en 5-1, que nos dio un rendimiento extraordinario, y dio una velocidad en el juego que no se había visto hasta entonces. Y para conseguirlo mejoró mucho la preparación física de los jugadores y implantó los cambios constantes en la pista para que llegáramos frescos a la parte final del partido. Fueron aportaciones cruciales”.

El Barça tenía una larga historia detrás cuando Rivera se convirtió en entrenador en 1983, sustituyendo a Sergi Petit a mitad de temporada. La sección se había fundado en 1942, cuando el balonmano todavía se jugaba con 11 jugadores y en campos de fútbol. Después fue evolucionando de la mano de Pepe Vilà y de otros técnicos como Miquel Roca o Sergi Petit. Pero la llegada de Valero transformó la sección. Fundamentalmente, porque Josep Lluís Núñez confió ciegamente en él y le concedió los medios necesarios para hacer el equipo que quería.

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Los jugadores del Barça celebran la Copa de Europa ganada en 2000, con Valero y Núñez en el centro.

Ese fue un elemento básico. Pero otros técnicos también tuvieron los medios y nadie llegó tan lejos como Rivera. Implantó un código disciplinario estricto en el vestuario y cuidó muchísimo la salud interna: prefirió renunciar a un buen jugador si pensaba que podía ser conflictivo. “Un buen equipo siempre debe construirse a partir de la portería y una gran defensa”, decía siempre Rivera. Esa fue y sigue siendo una de sus tesis fundamentales. “Los jugadores deben tener una imagen impecable, porque representan al club”, decía también. E impuso un código de conducta estricto, que a algunos jugadores les costó aceptar.

Pero el tiempo le dio la razón. Rivera lidió con los mejores jugadores del mundo. En su equipo estuvieron Vujovic, Portner, Wenta, Cavar, Masip, Urdangarín, Guijosa, Ortega, Chepkin, O’Callaghan, Barrufet, Svensson, Garralda, Lozano, Alberto Entrerríos, Barbeito, Serrano, Cabanas, Rico, Cecilio, Sagalés, De la Puente y Melo, entre otros. “Coincidí todavía con Vujovic algunos años y aprendí de él todo lo que pude”, explica Masip, el gran capitán de aquel equipo al que se calificó como el dream team del balonmano. “El 5-1 en defensa nos diferenciaba de todos los demás. Éramos jugadores relativamente bajos y debíamos jugar de otra forma, mucho más rápido y con más intensidad. Y esta defensa nos concedía la posibilidad de robar balones y salir como flechas al contraataque. Pero creo que el equipo tenía raza y mucha calidad.  Y haber formado parte de aquel equipo y del FC Barcelona es lo mejor que me ha ocurrido. Tener la camiseta colgada en el Blaugrana es un orgullo”, concluye Masip, director técnico de la sección azulgrana.

La única cuestión que puede plantearse a la brillante trayectoria de Rivera y del Barça es si se habrían conseguido tantos títulos si algunos de los grandes equipos del Este de Europa que dominaban el balonmano internacional no se hubieran hundido con la caída del Telón de Acero (1989). Algunos de los grandes fichajes del Barça precedían de aquellos países. Y probablemente contribuyeron también de forma decisiva en la construcción de la leyenda del dream team.


La obra de Bárcenas y Juan de Dios

Por: | 20 de enero de 2013

Mientras el balonmano estaba empezando a crecer de forma imparable en el resto de Europa, en España estaba todavía en ciernes. En Cataluña, el Granollers y el Barcelona ponían sus cimientos. Y en Madrid, estaba naciendo un club que marcaría de forma ineludible la historia de este deporte. El equipo de fútbol del Atlético de Madrid creó su sección de balonmano en 1947, bajo la presión de algunos socios interesados en jugar al balonmano. Entre ellos estaba Domingo Bárcenas y el periodista Carlos Piernavieja.

El Atlético creció rápidamente y, con el paso de los años, se fue convirtiendo en la obra de Bárcenas y de Juan de Dios Román. Ellos fueron los dos técnicos más emblemáticos de aquel equipo al que la historia no le hizo justicia. El Atlético fue nueve veces campeón de la Liga española entre 1962 y 1985, 12 veces campeón de Copa y disputó dos finales de competiciones europeas, pero nunca consiguió inscribir su nombre en un palmarés continental. Fue injusto. Porque, eso sí, fue el primer equipo español que alcanzó la final de la Copa de Europa, en 1985, y jugó la final de la Copa IHF en 1987. Y tuvo, además una sección femenina que ganó cinco títulos de Liga.

“Cuando yo llegué al Atlético, el club ya había ganado tres ligas españolas con Bárcenas; así que la historia no empezó conmigo ni mucho menos”, señala Juan de Dios Román, el entrenador más emblemático del club madrileño y actual presidente de la Federación Española de Balonmano. “Es cierto que me impliqué a fondo y que entre todos logramos convertir aquel equipo en uno de los mejores de Europa. Pero los cimientos ya estaban allí. Y el club hizo una apuesta muy fuerte por este deporte”.

Román se convirtió en entrenador del Atlético en 1971 con la misión de renovar el equipo y ofrecerle una imagen más moderna, más adaptada a las necesidades del nuevo balonmano.  Y ahí comenzó la mejor etapa del club, que culminó con la final de la Copa de Europa que aquel equipo perdió ante el Metaloplastika de Sabac. “Para mí”, explica Román, “hubo dos etapas muy brillantes. La primera entre 1961 y 1965 cuando se ganaron cuatro ligas. La segunda, entre 1978 y 1985, cuando se culminó la renovación de la plantilla y el equipo explotó a todos los niveles”.

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Cecilio Alonso, tras sufrir una lesión en el hombro en un duelo de 1988.

Lo que hizo Juan de Dios fue iniciar la transformación del equipo desde su llegada. El equipo comenzó a renovarse con la incorporación de valores procedentes de la cantera y algunos refuerzos fichados de otros equipos. Sin embargo, el Atlético ofreció su mejor cara cuando llegaron Novales, Morante, Aguirre, Pagoaga y los componentes de una generación que había sido campeona de España juvenil en 1974, 1975 y 1976: Cecilio Alonso, De la Puente, Manrique, Uría y más tarde Lorenzo Rico. También se incorporó Agustín Milián, procedente del Barcelona, y Rafa López León.

“Cuando este grupo se asentó, el club vivió sus mejores años”, recuerda Román. “Y fue entonces cuando llegó aquella final inolvidable contra el Metaloplastika”. Ninguno de los jugadores que estuvieron allí lo ha olvidado. “El ambiente en Sabac era bestial, infernal. Nosotros llegábamos tras haber eliminado al campeón, el Dukla Praga, y teníamos la moral muy alta. Pero nos enfrentábamos al mejor equipo del mundo”, comenta Cecilio Alonso. “Y hombres como Vujovic, Vukovic, Isakovic, Basic nos demostraron por qué habían cambiado el mundo del balonmano”.

Román dejó el Atlético al final de aquella temporada, para incorporarse a la federación  ganar las primeras medallas con la selección. El relevo lo cogió Jordi Álvaro, que llegó a la segunda final continental, la de la Copa IHF en 1987. La perdieron ante el Granitas Kaunas de Lituania. En 1992, Jesús Gil, entonces presidente del At. Madrid, decidió cerrar la sección de balonmano y el Atlético vivió sus dos últimos años en Alcobendas. Fue el final. Hasta que en julio de 2011, el Ciudad Real se instaló en Madrid y recuperó el nombre del Atlético y su brillante historia.

 

Los pioneros del balonmano español

Por: | 19 de enero de 2013

Hace ya muchos años que el Balonmano Granollers está luchando por su supervivencia, agobiado por unas deudas que ahora mismo superan el millón de euros. Sin embargo, el club vallesano fue durante muchos años el más grande del balonmano español, el campeón de Liga habitual y también el primero que conquistó un título continental.  Aquella fue una corona que marcó su historia y que siempre ocupará un lugar primordial en la larga historia de este club que nació en 1944, como una sección del equipo de fútbol local. El Granollers ganó la Recopa de Europa en 1976, superando al Dankersen alemán por 26-24. Y marcó un hito, puesto que hasta entonces ningún equipo español se había acercado ni por asomo a la final de una competición europea.

“Recuerdo perfectamente aquel partido”, explica Miquel Prat, capitán del Granollers en aquella época en que Joaquín Crespo, Quini, era el entrenador. “Habíamos ganado a los noruegos en semifinales de forma ya sorprendente y nos plantamos en la final contra el Dankersen. Ellos eran los favoritos. Pero aquel día todo nos fue de cara: la pelota tocaba al palo y entraba, todo lo que tirábamos acababa en gol. Jugamos un gran partido. Y cuando les ganamos, nadie se lo creía”.

Fue el último partido que disputó Miquel Prat. “Tenía 29 años. Era la mejor forma de dejar un deporte que me había dado mucho. Jugaba con mucha fuerza física y mi caída habría sido muy rápida. Por tanto, lo dejé… y rechacé una oferta para seguir de dos millones de pesetas, que en aquel momento era mucho dinero”, confiesa Prat, que en toda su vida falló un solo penalti de los 67 que lanzó. En aquel equipo campeón estaba Patxi Pagoaga en la portería y había nombres ilustres como Sagarribay, Aperador, Calabuig, Mora, Borrego y un tal Castellví, que todavía era reserva. La Recopa fue la guinda a una trayectoria que había permitido al Granollers ser campeón de la Liga española 10 veces entre 1959 y 1974. Ya después, en una etapa en que había fichado a Vujovic y Atavin, ganaron dos Copas EHF en 1995 y 1996.

Paro entonces, la grandeza del club vallesano había pasado ya a la historia. “Sí, comenzamos jugando balonmano a 11 y disputábamos los títulos con el Atlético de Madrid, el Barcelona y el Sabadell”, recuerda Pepe Vilà, que entrenó al Granollers y después al Barcelona. “Históricamente, el Granollers fue pionero en muchas cosas. Básicamente, en la formación de jugadores y en cuidar mucho la cantera”. Esa cantera, potenciada por la escuela de balonmano que fundó Emili Botey, fue la que permitió al Granollers mantenerse tantos años en primera línea. Ahora mismo el club tiene 32 equipos y mueve a 450 jugadores. Y, además, controla a los equipos de todo el sector.

Pero hace ya tiempo que está exportando a sus mejores jugadores para resolver sus problemas económicos. De ahí han salido ilustres como Masip, Marín, Garralda, Castellví, Serrano, Fort, Sergio Ariño, Jordi Núñez. Y ahora mismo al menos 20 jugadores de su cantera están jugando en la Liga Asobal o en ligas extranjeras. Tres de ellos han sido seleccionados por Valero Rivera: Albert Rocas, Joan Cañellas y Antonio García.

El Granollers fue pionero en Europa. Pero después, equipos como el Barcelona, el Atlético de Madrid, el Teka, el Bidasoa, el Calpisa o el Ciudad Real ensancharon aquel horizonte y convirtieron a España en el país más laureado de la máxima competición continental, con 14 títulos de la Copa de Europa.

La llegada de las medallas

Por: | 18 de enero de 2013

Tuvieron que pasar muchos años, pero al final las medallas llegaron. La selección española tuvo que madurar y quemar varias generaciones de buenos jugadores para poder colgarse un metal en el cuello. La primera medalla fue la Plata del Europeo de 1996 que organizó España con la clara intención de asegurarse su clasificación para los JJOO de Atlanta, que se disputaban aquel mismo verano. El objetivo era claro y los mimbres estaban ahí. Pero, además, el momento era óptimo porque habían desaparecido ya las potencias de la Europa del Este y algunos de aquellos grandes jugadores habían sido nacionalizados por otros países y estaban defendiendo otros colores.

Éste era el caso del ruso Talant Duishebáev, que había decidido convertir España en su segundo país después de haber sido fichado por el Teka de Santander y pasar unos años más tarde al Ciudad Real. En su posición de central no había nadie que pudiera discutirle su hegemonía. Y Juan de Dios Román, que entonces había regresado ya al banquillo de la selección española, no dudó en alinearle para poner orden a un grupo de jóvenes jugadores españoles que se habían incorporado en 1989 al equipo nacional de la mano de Javier García Cuesta. Cuando se le plantea a Duishebáev si su aportación resultó decisiva para lograr la primera medalla del balonmano español, su respuesta es honesta. “Sería muy injusto decir eso”, afirma. “España había crecido mucho y había disfrutado de algunas generaciones de grandes jugadores como Melo, Cecilio, Cabanas, Rico. Y todo ello permitió una evolución hacia un gran equipo”.

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Duishebáiev intenta zafarse de dos jugadores rusos en el Campeonato de Europa de 1996 / JOSE MANUEL PÉREZ CABO

“No creo exagerar si digo que fuimos la mejor generación de jugadores que ofreció no solo España sino cualquier país”, explica Enric Masip, considerado uno de los mejores jugadores del mundo en su posición de central y lateral. “Juntos ganamos el Mundial Junior en 1987 y luego, García Cuesta hizo la renovación de la selección y nos llevó a todo el bloque en 1989. Podíamos configurar todo un siete con jugadores procedentes del Granollers: Mateo Garralda, Marín y yo mismo en la primera línea, Jordi Núñez y Jordi Fernández y Aleix Franch en la segunda línea y Jordi Núñez y Jaume Fort en la portería. Un grandísimo grupo de jugadores, que con la experiencia de Duishebáev y la aportación de Iñaki Urdangarín, Rafa Guijosa, David Barrufet y Fernando Barbeito entre otros, formábamos un bloque muy sólido”.

España entró en las medallas en aquel Europeo. Pero luego se instaló en el podio y ganó el Bronce en los JJOO de Atlanta en 1996 –donde Masip no jugó por lesión y Garralda le ofreció la mitad de su medalla-, la Plata en el Europeo de Italia (1998), el Bronce en el Europeo de Croacia y en los juegos Olímpicos de Sidney en 2000 y culminó su hazaña con el primer y único Oro de la historia, ya con otra generación y con Juan Carlos Pastor como responsable del equipo, en el Mundial de Túnez en 2005.

“Mi mejor recuerdo con la selección fue el momento en que subí al podio de los JJOO de Sidney para recoger mi medalla”, recuerda Xavi O’Callaghan, un buen organizador en ataque y ex jugador del Barcelona. “Entonces Andréi Chepkin ya se había incorporado al equipo. Suecia nos destrozó en las semifinales. Pero, al menos, supimos reaccionar y conseguimos resucitar para ganar el Bronce a Serbia. Todo fue muy emocionante”. Tal vez, Masip tenía razón al valorar la calidad de esta generación. Pero en todas las medallas que ganó España hasta el Oro de Túnez en 2005, siempre hubo la aportación de al menos un jugador nacionalizado.

“Teníamos equipo para hacer mucho más”, agrega Masip. “En realidad, ya rozamos la medalla en el Mundial de Suecia en 1993, cuando Valero Rivera cogió esporádicamente las riendas de la selección. Tuvimos a Francia en las cuerdas y pudimos ganar a Suiza para entrar en la disputa de las medallas. Con aquella generación fuimos cuartos en el Mundial de Egipto, la mejor clasificación hasta entonces, y cuartos en el Mundial de Portugal. El peor recuerdo que guardo en mi memoria es precisamente que no ganásemos ningún oro. Pero lo atribuyo al hecho de que nuestra generación coincidió también con el mejor equipo de Suecia –con Svensson, Wislander, Carlem, Olsson: ganaron dos Mundiales y tres platas olímpicas-, con una Rusia que seguía siendo muy potente, y con el inicio de la gran Francia, que ganó su primera medalla en los JJOO de Barcelona en 1992”.

Ellos abrieron la puerta de los metales. Pero la historia prosiguió. Con Pastor, España ganó además la Plata en el Europeo de Suiza (2006), y el Bronce en los JJOO de Pekín (2008). Y con Valero Rivera, el Bronce en el Mundial de Suecia en 2011, hasta alcanzar las nueve medallas que figuran en el palmarés de la selección… a la espera de lo que pueda ocurrir dentro de una semana en el Palau Sant Jordi de Barcelona.

La caída de las grandes potencias

Por: | 18 de enero de 2013

Las grandes potencias del balonmano mundial, las del Este de Europa, sufrieron un golpe definitivo con la caída del Telón de Acero (1989). La URSS, Rumanía, Polonia, RDA, Yugoslavia, Hungría y Checoslovaquia habían sido los grandes dominadores entre 1960 y 1990, pero la transformación social y económica que sufrieron sus países con la desmembración de la URSS y el paso a economías de cariz más capitalista dejaron en jaque a muchos de sus ciudadanos y, evidentemente, al mundo del deporte. “La cuestión primordial que todos debíamos resolver entonces era poder comer”, reconoce el exjugador ruso y actual entrenador del Atlético de Madrid, Talant Dujshebaev. “El deporte dejó de ser prioritario y dejó de recibir dinero. Y los jugadores tuvimos que buscarnos la vida fuera”.

Hasta aquel momento, las selecciones nacionales de balonmano tenían un carácter militar o paramilitar. Los jugadores vivían en un régimen dictatorial de internamiento y estaban al servicio de lo que decidiera el seleccionador nacional. La mayoría de jugadores de la selección de la URSS formaban el CSKA Moscú, que era uno de los grandes equipos europeos del momento. Y algunos tenían incluso rango militar, como explica César Argilés, exseleccionador español de balonmano. “Recuerdo que Stinga, un gran lateral, era teniente coronel del ejército rumano y que Voinea, el central, era comandante”. Los dos recalaron en España, al igual que muchos otros jugadores que fueron llegando del Este europeo: Dujshebaev, Xepkin, Jakimovich, Vujovic, Portner, Vukovic, Kalina, Fejzula y una lista interminable. Otros buscaron un destino más cercano en Alemania.

TALANT

“La consecuencia fue que estas dos ligas se convirtieron en las más potentes del mundo”, explica Argilés. “Porque todos estos jugadores aportaron un concepto de disciplina y trabajo impresionantes y una calidad técnica fuera de toda duda. Con la misma edad que nuestros jugadores, parecían sus padres por la profesionalidad con que afrontaban los entrenamientos y los partidos. Los nuestros aprendieron mucho. Pero también sufrieron porque los extranjeros asumieron la responsabilidad en los momentos clave y ocuparon las posiciones más comprometidas: básicamente la primera línea. Y eso mermó en parte el crecimiento de algunos talentos españoles”.

Hubo otra consecuencia evidente: el balonmano vivió una revolución a nivel mundial. Los equipos del oeste pudieron resurgir y volver a los podios de las grandes competiciones. Porque hasta entonces, las selecciones del Este de Europa habían arrasado. Algunos datos lo ilustran. Entre 1961 y 1990, los países del Este europeo ganaron siete de los nueve campeonatos del Mundo que se disputaron y coparon 22 de las 27 medallas posibles. Y en los JJOO el dominio fue todavía más atroz: entre 1972 (Múnich) y 1988 (Seúl), ganaron las cinco medallas de oro y 14 de los 15 posibles metales.

Pero, a partir de entonces, la diáspora de sus mejores jugadores provocó su caída. Rusia aguantó el tirón algunos años, pero dejó de ser aquel gran equipo. Rumanía desapareció. Y Yugoslavia dejó pasó a Croacia. Y pudo resurgir Alemania y pudieron nacer nuevas potencias como Francia y España que, en 1996, ya con dos rusos nacionalizados, pudo conseguir su primera medalla: la Plata en el Europeo de España.

El País

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