Egipto ante el espejo argelino (I)

Por: | 29 de agosto de 2013

ARC234033                        Mujer superviviente de la matanza en Bentalha en 1998. / AGENCIA FRANCE PRESS 

“Llegaron desde el bosque que hay detrás de los campos y lo saquearon todo, degollaron a cientos, arrasaron con toda la comida que encontraron, violaron y secuestraron a nuestras hijas”. Así describe un anciano campesino superviviente el infierno que se desató sobre el pueblo de Sidi Rais, en la región de Blida, una noche de agosto de 1997 cuando centenares de hombres, presuntamente del GIA (Grupo Islámico Armado), irrumpieron en la aldea y durante cinco largas horas mataron hasta 500 personas y se llevaron secuestradas a las jóvenes como esclavas sexuales mientras a escasa distancia el ejército argelino, que podía ver las llamas y oír los gritos, esperaba inmóvil en sus bases la llegada del día para contabilizar las víctimas. Este es, quizá, el más terrible episodio que se vivió en la guerra civil argelina de los años noventa, entre islamistas y defensores del régimen del Frente de Liberación Nacional (FLN), que alcanzó un nivel de violencia de tal calibre y ensañamiento (entre 150.000 y 200.000 muertos), que sería comparable a genocidios como el de Guatemala en los años 80.

Estos días, Egipto se encuentra en una situación que para muchos analistas recuerda a Argelia, cuando en el mes de enero de 1992, siendo el FIS (Frente Islámico de Salvación) vencedor en la primera vuelta de los comicios, el ejército canceló el proceso electoral forzando la dimisión del presidente Chadli Benyedid y el regreso a la clandestinidad del movimiento islamista. En el caso egipcio, el presidente Mohamed Morsi, líder de los Hermanos Musulmanes, ha sido desalojado del poder por un golpe de estado de los militares.

La república argelina había comenzado su andadura como país independiente con la energía de afrontar un proyecto nacional nuevo, pero que no estuvo exento de conflictos, como el golpe contra Ben Bella en 1965, o el exilio de importantes personajes de la lucha por la independencia como Budiaf o Buteflika, entre otros. Su papel internacional preeminente en el Movimiento de Países No Alineados o las declaraciones  grandilocuentes de convertir a Argelia en el Japón de África daban cierta imagen optimista. No obstante, el régimen socialista de partido único fue cerrando las puertas a la participación de la sociedad, instituyendo al ejército como auténtico poder fáctico y creando una nomenklatura, al estilo soviético, parasitaria del estado, corrupta e ineficaz. Esta oligarquía político-financiera que controlaba los recursos y las empresas estatales, era la única capaz de acceder a productos suntuarios importados de Occidente que llegaron con la política de apertura económica de Benyedid, y exhibían sin el más mínimo pudor una vida lujosa, provocando el escándalo del resto de la sufrida sociedad argelina. En lo económico, se tomaron decisiones fallidas que llevaban a una industrialización forzosa, improductiva y sin salida, que acabaron llevando a una economía con cierto grado de diversificación a la mera dependencia de la exportación petrolífera y del gas. En el sector agrario, las cosas no fueron mejor. Tras el periodo colonial, Argelia pasó de ser un país exportador en ese ámbito, a terminar importando el 80% de los productos agroalimentarios. Desde el punto de vista demográfico, a finales de los 80, la sociedad argelina se convirtió en una potencial bomba de relojería. El 75% de la población era menor de 30 años. Se trataba de una juventud que en estos años sufre la degradación de las condiciones de escolarización y pasa a engrosar las filas del desempleo.

 

Mujeres tocadas con el chador en Argel. / REUTERSARC117755         

La caída fuerte del dólar desde 1985 trajo una bajada de ingresos por la exportación de petróleo y gas, que llevó a las finanzas de la nación al colapso. Los salarios perdieron valor, el paro aumentó a niveles desconocidos. Las capas medias de la sociedad se vieron sumidas en la pobreza. La sociedad argelina, tan joven, vio que el régimen nacido de la lucha por la independencia era incapaz de solucionar sus necesidades básicas, mientras que los privilegios de esa oligarquía revolucionaria no se ponían en cuestión. En octubre de 1988, el alza de productos de primera necesidad lanza a la calle a la juventud, harta de carencias y sin perspectivas de futuro, en lo que se conoció como la “revuelta de la sémola”. Las luchas callejeras imitando la intifada palestina provocaron la reacción violenta del poder que proclamó el estado de excepción y segó la vida de 500 jóvenes. Pero el régimen argelino de Chadli Benyedid, ante el clamor popular a favor de los jóvenes, no tuvo otra salida que proclamar el inicio de un proceso político de reformas que debería desembocar en el multipartidismo.

Como consecuencia de la crisis económica y social, el régimen argelino pierde la base de apoyo social necesaria que es ocupada por la alternativa del islamismo integrista. Las presidencias de Huari Bumedian y Benyedid habían promocionado un “islamismo oficial” subordinado a sus intereses y que rechazaba la esencia de la religión musulmana. El Estado decidió una política intolerante de arabización que relegase a la francofonía y entró en conflicto con culturas minoritarias como la de la Cabilia beréber.  Esos gobiernos facilitaron la construcción de más mezquitas que escuelas y se trajeron de Oriente Próximo miles de “profesores coránicos” que deberían implantar ese islam oficial y acabaron alimentando el integrismo. La errática política religiosa instaura en 1984 un Código de Familia de carácter medieval que discrimina a la mujer en mayor medida que en los países de su entorno. El FIS supo poner el foco sobre la crisis y los efectos sociales y culturales nefastos de una pseudomodernización impuesta desde arriba y no igualitaria.

Tras la “revuelta de la sémola” el presidente Benyedid impuso su agenda reformista al sector inmovilista del régimen con la victoria en las elecciones anticipadas de diciembre de 1988 y en febrero del año siguiente se aprueba una reforma democrática de la Constitución. A finales de 1989 son legalizados los partidos políticos de la oposición, incluido el FIS. Este movimiento integrista estaba dirigido principalmente por Abasi Madani, un filósofo y teólogo moderado, luchador por la independencia, y Alí Belhadj, joven con una menor base intelectual y teológica pero de verbo más encendido y radical. El FIS asume cuotas de poder al arrollar en las elecciones locales de junio de 1990 y desde este momento se empieza a dejar sentir en todos los espacios públicos argelinos. Las manifestaciones son habituales y los piquetes integristas circulan por las ciudades vigilando que se cumpla la moral de su visión rigorista del islam. El mayor desafío llega cuando a finales de mayo se convoca una huelga general indefinida por el FIS a lo que responde el primer ministro Ahmed Gozali con el estado de sitio, la suspensión de las elecciones legislativas y el encarcelamiento de Madani y Belhadj.

                                                               Abasi Madani vota en Argel en 1990. / ASSOCIATED PRESS   ARC226571

Finalmente, el 26 de diciembre de 1991 se celebran las elecciones y la victoria del FIS es arrolladora. Los líderes integristas proclaman la futura reforma constitucional con la perspectiva de instaurar un Estado teocrático y el Gobierno de Gozali no sabe cómo gestionar el dilema que se le plantea. El Ejército y la oligarquía político-financiera trasladan toda la presión al presidente Benyedid, que se ve forzado a dimitir el 11 de enero de 1992. El proceso electoral se paraliza y el FIS ve cerrado su acceso al poder de manera democrática.

A partir de ahora, Argelia va a emprender su particular descenso al infierno. La Junta cívico-militar que asume las riendas del país pide a Mohamed Boudiaf, líder carismático y personalidad íntegra de los tiempos de la independencia, que regrese del exilio y asuma la presidencia. El FIS es declarado ilegal a la vez que se decreta el estado de excepción por un período de un año. 

Durante los primeros meses de 1992 son arrestados miles de islamistas y en junio, cuando iba a comenzar un juicio contra los 7 líderes principales del FIS, el presidente Budiaf es asesinado por un miembro de su guardia personal. Abasi Madani y Alí Belhadj son condenados a 12 años de prisión y la ilegalización del movimiento integrista es vista como una declaración de guerra desde el Estado. Paralelamente, se empiezan a articular las guerrillas islamistas que pretenden convertirse en el brazo armado del FIS, y que encuentran un semillero ilimitado de adeptos en los jóvenes árabes de los suburbios de las ciudades  argelinas. Las dos guerrillas principales en un primer momento son el MIA (Movimiento Islámico Armado), dirigido por Abdelkader Chebuti, y el MEI (Movimiento por un Estado Islámico), que en febrero de 1994 se fusionan en el EIS (Ejército Islámico de Salvación). Su estrategia será la de hostigar a las fuerzas de seguridad con una combinación del terrorismo urbano y la guerrilla rural sobre todo en la zona norte del país. Más o menos era lo que se entendía como una acción de guerrilla clásica más cercana a un movimiento de liberación nacional que a un grupo terrorista. 

Quien va a ocupar el espacio del terrorismo indiscriminado y extremadamente violento será el GIA. El Grupo Islámico Armado se hace tristemente popular desde 1993. Constituido en gran parte por afganos, veteranos de las guerrillas pro-talibanes en Afganistán durante la época soviética, rechaza cualquier compromiso con el Gobierno argelino. El GIA propugna la lucha sin cuartel y condena las desviaciones de los liderazgos del FIS, tanto el del exilio como el del interior, que no perdían la perspectiva de una negociación de paz y habían condenado los ataques que no fuesen contra objetivos de las fuerzas de seguridad. A la vez que ataca al régimen, inicia una guerra fratricida contra el EIS, y no serán pocos los choques armados entre ambos grupos. 

El GIA asume efectivos de manera masiva y su poco control ideológico hará que esta guerrilla sea fácilmente infiltrada por los servicios de información del Ejército. Barriadas de la capital como Bab el Ued, El Harrach o La Kasba son tomadas de noche por las fuerzas de seguridad, pero de día son controladas por los milicianos islamistas. Las guerrillas se reparten las zonas de influencia. El GIA se hace fuerte en la zona  central al sur de Argel. El EIS dominará la zona oriental fronteriza con Túnez y la occidental cercana a Marruecos. 

Mañana, viernes: Egipto ante el espejo argelino (II)

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