La cultura heroica y la biografía

Por: | 27 de febrero de 2014

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'Bonaparte en el Gran San Bernardo', obra de Jacques-Louis David en el Museo Mailmaison.

“Nuestra suerte no resistirá nuestra voluntad”.

Con esa frase resume Patrice Gueniffey la creencia del hombre moderno en su capacidad de autocreación, de resistencia y superación antes las condiciones heredadas, ambientales, sociales y familiares. Esa es, a su juicio, una de las razones por las que Napoleón (el hombre y también el mito) apela todavía a nuestra imaginación y merece la pena volver sobre él. Lo que sigue es una reflexión sobre el interés de una empresa como la que propone Gueniffey en el contexto de la reflexión actual sobre cómo puede la biografía histórica desembarazarse de los supuestos más convencionales y simplistas del llamado “modelo heroico” y al mismo tiempo abordar el papel de los individuos sobresalientes en la historia.

El indiscutible prestigio de la historia social y su capacidad de disrupción de las convenciones historiográficas clásicas ha generalizado la suposición de que la verdadera historia es la historia de la llamada “gente común”, la historia “desde abajo”, frente a la historia aparente, superficial y personalista de los grandes personajes y los grandes sucesos. “¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?/En los libros aparecen los nombre de los reyes/¿Arrastraron los reyes los bloques de Piedra?(…)/El joven Alejandro conquistó la India/¿El sólo?/César derrotó a los galos/¿No llevaba siquiera cocinero?/Felipe de España lloró cuando su flota /Fue hundida ¿No lloró nadie más?...”. El famoso poema de Bertolt Brecht recoge muy bien ese esfuerzo por recuperar las historias, los puntos de vista, los sufrimientos, y en su caso las alegrías, de las personas anónimas que están detrás de las grandes gestas, que las hacen posibles, o que se ven arrastradas por ellas.

Precisamente por su importancia moral, intelectual y política, la cuestión no es tan simple. En el momento en que ella y su amigo Lytton Strachey señalaban el camino para la revolución de la biografía, y en parte también de la historia, que comenzó a operarse en las primeras décadas del siglo XX, Virginia Woolf [abajo, en la fotografía, en una fecha sin determinar] ya planteó la pregunta verdaderamente interesante. “And what is greatness? And what smallness?”. No se trata sólo de extender el interés biográfico o histórico a la gente corriente (y en su caso, fundamentalmente, a las mujeres) sino de reflexionar sobre los mecanismos que propician las inclusiones y las exclusiones, aquellos procedimientos sociales, culturales y políticos que definen qué es ser grande y qué es  ser pequeño.

  PeticionImagenCAHK00M0En estos momentos, casi un siglo después, sigue siendo importante analizar bien las características del llamado “modelo heroico” de biografía y la noción de vida significativa, de “vida importante” en que ese modelo se basaba y que tanto contribuyó a  asentar una visión elitista y personalista de la historia. Sin embargo, la crítica a ese modelo no conduce necesariamente al abandono ingenuo del análisis de las condiciones de aparición, y del impacto histórico, de los llamados “grandes hombres” (o en su caso de “las grandes mujeres”) sino a un tratamiento nuevo que sea capaz de cuestionarse, precisamente, el problema de la excepcionalidad y el impacto de los individuos excepcionales en la historia. 

A mi juicio, lo crucial en la evolución reciente de la historia biográfica no es sólo su mayor respetabilidad académica o el favor indiscutible de los lectores cultos que la siguen considerando una de las formas más inteligibles de acercarse a los procesos históricos. Lo crucial es que –en sus mejores versiones- viene demostrando que el estudio de una trayectoria individual es una manera particular, y particularmente útil, para abordar y formular problemas históricos que importan, para hacerse preguntas relevantes, para iluminar y rescatar la pluralidad del pasado, para recordar y analizar las diversas formas posibles de ser, de estar en el mundo, en un determinada época. Nos permite además algo que a mi juicio es fundamental en este momento: entender el alcance y los límites de la responsabilidad individual;  las formas en que lo colectivo y lo individual se requieren mutuamente como lo hacen también los personajes llamados extraordinarios y ordinarios, las conductas habituales y las diferentes, transgresoras o marginales.

Por todo ello, lo que cambia –lo que debe seguir cambiando- no es sólo el quién sino el cómo. Es decir, no se trata de sustituir a los reyes por los campesinos, a los generales por los soldados, a los hombres por las mujeres, etc. Se trata de argumentar el principio de individualidad significativa para todos ellos y las complejas redes de relaciones que los constituyen, los enfrentan y también les unen.  Suponer que todo está solucionado (y alterado) cambiando de personajes y abandonando a los llamados “grandes” me parece demasiado simple. Me parece también que con ello se corre el riesgo de dejar el análisis de ese tipo de personajes a la historia más convencional que puede, por lo tanto, seguir perpetuando visiones conservadoras y antidemocráticas de la historia.

Algunos de los trabajos biográficos que más me han interesado en los últimos años –como, por ejemplo, el magnífico Garibaldi. Invention of a Hero de Lucy Riall o la biografía ya clásica de W.B. Yeats de Roy Foster- se plantean precisamente ese problema de la construcción histórica del personaje excepcional o carismático; del héroe moderno y su profunda implicación en la conformación de la mística de las nuevas naciones, Italia en un caso e Irlanda en el otro. Esta cuestión la aborda también, desde una óptica distinta y con un personaje mucho menos conocido, Alain Garrigou en su análisis de la leyenda del diputado Alphonse Baudin que formó parte de la resistencia de los republicanos al golpe de estado de Luis Napoleón en 1851 y murió en el intento. Su famosa frase “¡Ahora veréis cómo se muere por veinticinco francos!” -en respuesta a la desengañada alusión de los obreros a su sueldo de diputado- contiene en sí misma toda una definición del heroísmo cívico y su importancia en la concepción de sí, en la narración de sí misma, de la política democrática de la Francia y la Europa decimonónicas. De la misma forma que la incapacidad de diputados como Baudin para movilizar a los trabajadores desengañados, su muerte solitaria e inútil, nos habla de las tensiones y las fisuras sociales de la política demo-republica, de los desencuentros entre representantes y representados, entre los líderes burgueses y las clases populares, entre el proyecto democrático y el mundo obrero. [1]

PeticionImagenCAGGNS3WGrabado sobre la entrada de Garibaldi en Palermo el 27 de mayo de 1860.

En otro lugar (la revista Ayer 93/2014) he escrito y me gustaría recuperarlo aquí que, si la llamada “conducta heroica”, como el carisma, no es un problema individual o singular sino una conducta social, es necesario analizarla en todas sus dimensiones. Al hacerlo, la cuestión trasciende la memoria, la trasmisión (o la impostura) y obliga al análisis de cómo las culturas heroicas o carismáticas no sólo se alimentan de relatos sino de “conductas heroicas”; de “héroes” modelados y hechos posibles en un proceso de doble dirección que requiere un análisis complejo de las disposiciones que lo engendran y de las acciones que lo perpetúan o modifican. Así, el heroísmo de Baudin o de Garibaldi se conforma y conforma a su vez narrativas de larga duración sobre el valor y la hombría (lo que para la historia atenta a las relaciones de género es fundamental) en la definición de la política democrática y de la nueva patria. La historia de la muerte del primero y “la vida tempestuosa del segundo” son de ese tipo de relatos que han contribuido a forjar la figura del héroe cívico decimonónico y, más en extenso, la propia “Era de los Héroes”, con sus convicciones sobre la naturaleza de la historia y el papel de los “grandes hombres” en ella.

En este ámbito de preocupaciones y de posibilidades de análisis es en el que adquiere interés la excelente biografía de Napoleón de Patrice Gueniffey, (París, Gallimard, 2013)) que se ha convertido rápida y merecidamente en un éxito editorial y ha recibido el Grand Prix de la Biographie Politique de 2013. Gueniffey, alumno de François Furet, pertenece al “momento anglosajón y liberal”, no sólo de la historiografía sino de la tradición política intelectual francesa. Sus obras sobre la Revolución Francesa, sobre el Terror, sobre el 18 de Brumario y el fin de la revolución, son buena muestra de ello: desde el tono narrativo (siempre excelente y alejado de las tentaciones de la jerga teórica al uso en ciertos sectores de la academia francesa) hasta la sustancial crítica al llamado “modelo jacobino” de interpretación de la revolución y de la historia francesa.

Gueniffey ofrece ahora una primera parte de su proyecto biográfico sobre Napoleón hasta 1802, el momento de su conversión en cónsul vitalicio (lo que rompe la cronología habitual), que contiene –además de novedades interpretativas sustanciales- una reflexión sobre “la fabricación del gran hombre” que, no por discutible, deja de ser muy interesante. El héroe, dice Gueniffey, se juega en la imaginación y por eso su poder es tan profundo y al tiempo tan precario.[2]

Se juega también en el ámbito de las posibilidades de despliegue e imposición de las propias cualidades sobre entornos y contextos cada vez más amplios que son, a su vez, los que hacen posible la fabricación y proyección social y política del “gran hombre”. El análisis de las condiciones creadas por la revolución para alguien como el joven y ambicioso militar corso que acabaría siendo Emperador y alterando sustancialmente la historia europea,  constituye la trama rica e inteligente, alejada de tópicos, de interpretaciones fácilmente sociologistas y de mitificaciones individualistas, que se despliega en este libro.

Napoleón, que en este libro es todavía Bonaparte (con su apellido italiano ya afrancesado), es un personaje complejo, con identidades múltiples y no necesariamente sucesivas: el nacionalista corso que aprende las reglas de la política en el asfixiante nudo de relaciones de patronazgo de su tierra natal; el joven resentido con Francia que acaba abrazando la nación revolucionaria y recorre todas sus posibilidades, incluida la robespierrista; el burgués y el militar del pueblo que siente fascinación por la aristocracia y contribuye a crear una nueva y postrevolucionaria. Es especialmente lúcido, en este sentido, el análisis de cómo Bonaparte –y con él los generales y los oficiales de la revolución- convierten los campos de batalla en un lugar de aprendizaje y mezcla de viejos y nuevos valores aristocráticos al tiempo que se van constituyendo, cada vez más, en los árbitros de la política francesa. Cómo en esos campos de batalla, y en su proyección sobre la política civil, se va jugando la definición –las posibilidades y los límites- de un “hombre nuevo”, un héroe moderno que cree y actúa como si nada pudiera resistir a su voluntad y que contribuye a minar la leyenda y la ilusión democrática de la revolución. A través de una trayectoria individual como ésta, enraizada en condiciones colectivas que la permiten pero no la agotan, llegamos más cerca y de forma más compleja a las formas en que los ideales burgueses y aristocráticos se fueron mezclando en aquellos años, a cómo el tiempo viejo y el tiempo nuevo se entrecruzan y crean un nuevo tiempo mestizo, incierto, en el que Bonaparte es posible y que a su vez él mismo hace posible.

No puedo detallar aquí mucho más. A mí me ha interesado especialmente la implicación del joven Bonaparte en la política nacionalista corsa así como el Bonaparte robespierrista; la espléndidamente narrada campaña de Egipto con la poderosa imagen de los soldados marchando agotados bajo sus uniformes de lana y los “sabios” académicos que fueron con ellos –en uno de los proyectos pioneros del orientalismo occidental- enfrascados en sus guerras internas; el capítulo sobre “el último día de la revolución” y el proceso que condujo a la entrega de la “corona republicana” al general que llegó a demostrar, a un tiempo, su enorme capacidad de adaptación al medio (a los medios cambiantes) y su voluntad de cambiarlos en propio interés.  Me ha interesado, sobre todo, el encuentro entre el nacionalista corso y Francia, entre un hombre, una ambición, un mito cultural y una revolución.

Al acabar la lectura de un libro que me parece excepcional lo que queda es el deseo de que la segunda parte llegue pronto y también, curiosamente, la duda -en contra de alguna declaración más o menos provocadora de su autor- de que este Bonaparte sea un vivo desmentido de la concepción “democrática” de la historia. Me ha resultado tan interesante porque me parece más que eso y más complejo: un lugar de análisis sobre las posibilidades, las tensiones y los mitos, la fuerza y las debilidades de esa concepción de la historia.  Una contribución importante, en suma, a lo que constituye uno de los objetivos de reflexión general de toda biografía que merezca la pena leer y escribir: la tensión constante e irresoluble entre lo individual y lo colectivo, lo particular y general, el todo y las partes. [3]

 

[1] Las referencias son las siguientes: Lucy Riall, Garibaldi. Invention of a Hero, Yale University Press, 2007; Roy F. Foster, W.B. Yeats, A life. 2vols, Oxford University Press, 1997 y Alain Garrigou, Mourir pour des idées. La vie posthume d’Alphonse Baudin. Biographie, París, Les Belles Lettres, 2010.

[2] Aquí convendría quizás recordar la espléndida novela de Joseph Roth, Los cien días,  publicada en castellano por Los Pasos Perdidos en 2013.

[3] Algo sobre lo que ha escrito páginas brillantes Sabina Loriga, una colega de Gueniffey en l’École des Hautes Études en Sciences Sociales de París.  Le petit X. De la biographie à l’histoire, París, Seuil, 2010.

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Del Libro Consecuencias de la tumba
Urruchua Pantaleoni
Nací en Pérez Millán, Argentina, en 1950 en el seno de una familia muy pobre y desestabilizada. Mi padre resero, llevaba vacas de un lado a otro, Me veía de vez en cuando, mi madre con un pastel mental que no se aclaraba. Un día decide separarse. Mi madre le otorga mi custodia a mi padre, yo apenas tenía cuatro meses.
Así comenzó mi historia,
Vivíamos en una casa muy precaria, cuando llovía los tarros que teníamos eran pocos para poner en las goteras del techo, hasta las ollas cumplían su función. Pero era muy feliz, sentía el amparo de mi padre. Después de un tiempo mi padre ya no estaba en casa, venia cada tanto a verme, por suerte tenía un amigo que éramos inseparables, yo me refugiaba mucho en él. Un día estábamos jugando en un campo de trigo donde un avión estaba fumigando, nos hacía gracia escondernos y que el avión pasase por encima nuestro, sin saber el peligro que eso tenía. Él tuvo la mala suerte de envenenarse y en muy poco tiempo falleció, ese fue el primer golpe de mi vida. Nadie se enteró del porqué de mi tristeza. Recuerdo que tenía el deseo de decirle a alguien algo que tenía muy dentro de mí, pero no pude hacerlo, no tenía a nadie. Ya tenía siete años cuando un día me encuentro con una tía y su hija de mi misma edad, yo no sabía que existían, me vio un poco flaco, abandonado y sucio y decidió llevarme con ella. Vivía en un pueblito muy pequeño llamado Castro. Su marido Mansilla, policía que se desentendía de mí, Mi tía me enseño a llamarle mamá, cosa que yo nunca había pronunciado. De un abandono total a una casa dónde no llovía, comida todos los días, dormir con sábanas, que yo no las conocía, una hermana y una madre,… Para mí era demasiado. Tantas cosas en tan poco tiempo, no podía entender por qué me habían pasado tantas cosas feas estando tan cerca de todo esto tan lindo. Tarde unos días en asimilarlo, ya por las noches no me sonaban las tripas de hambre. Ahí me di cuenta lo mal que vivía. Mi tía me dijo que existía un dios que nos cuida, me aferre a él con mis oraciones para que nunca me falte un amparo y alguien que me quiera y no pasar más hambre. Recuerdo que cuando me sobraba mi pan en las comida disimuladamente me lo ponía en el bolsillo y después lo escondía en algún lugar de la casa, para comerlo más tarde.,… Pero esta felicidad me duro pocos meses, Una noche noto un ambiente no muy agradable en la cena, no se cruzaban palabras en el matrimonio pero la vista estaba más clavada en mí. __-He hecho algo mal hoy?- Pregunté __ -No Juancito, no has hecho nada mal, respondió mi tía madre, Me tranquilizo un poco pero yo sabía que algo pasaba, ya había vivido situaciones similares en el matrimonio de mi padre. Esa noche recé mucho pidiendo lo de siempre, una familia y que me quieran mucho.
A las cinco de la mañana se enciende la luz de mi habitación y mi tía nos ordena a mi hermana y a mí a levantarnos que teníamos que viajar. Yo no entendía nada. Viajamos cerca de 2 horas y llegamos a la ciudad de San Nicolás. Fuimos a una casa muy grande. Cuando entramos veo a un señor escribiendo a máquina. Mi tía se acerca al señor y hablan en voz baja mirándome a mí. Se cruzaban mil cosas por mi cabeza: ¿Estaré enfermo y no me lo quieren decir? Ya no sabía que pensar. Estaba cabalgando entre lo bueno y lo malo. Terminan de hablar, mi tía firma unos papeles y se dirige hacia nosotros, nos levantamos con mi hermana ya para irnos, cuando mi tía, mi querida madre, me dice -Vos, Juancito te quedas, después te pasaré a buscar-. Me hice el fuerte pero en ese momento no aguantaba esa soledad, y lloraba en silencio. Después de unos minutos de una tremenda soledad el señor se levanta y me dice: __-Ven, te mostraré algo- Abre una puerta y veo en un patio muy grande muchos niños. Cuando vi eso me derrumbé, me puse a llorar desconsoladamente. Pensaba que era un error, y ahí me di cuenta que lo que avía hecho mi tía era abandonarme donde están todos los niños sin padres. Sentía tanta impotencia, mi ropa, mis cosas, mi hermana, mi madre, ¿cómo podía conseguir nuevamente todo eso? Era imposible para mí... Había perdido todo… ya no quería vivir.
Mi apellido ya no era el mismo. Cuando era feliz estando en la miseria, era Urruchua y después fui Mansilla Pantaleoni, Mansilla por el marido de mi tía que no tenía nada que ver conmigo. Lo único que habían logrado con esto es arruinarle toda la niñez a una criatura, dándole todo un mundo de fantasía y mentiras, que pensándolo bien no tendría que haber nacido. Éramos noventa niños con una soledad compartida. Después de convivir algunos meses con niños con mi mismo problema, Pensé que la vida era esa, hoy estas bien mañana estas mal pasado puedes estar peor, pero la cuestión es sobrevivir. Pensaba que el equivocado era yo, y que sufría porque era muy débil, pero mi debilidad me vencía. Todavía las echaba mucho de menos a mi madre adoptiva y a mi hermana, estaba dispuesto a dar parte de mi vida por estar con ellas. No me podía adaptar a esa vida. Los maestros no parecían maestros sino guardias de una cárcel. Eran duros y fríos. Juancito ya no existía, me llamaban Mansilla. Tuve varios cambios de reformatorio, así le llamaban: reformatorio, A los 9 años de edad, termine en el instituto Unzué. Para ese tiempo ya no sabía ni quién era, no me importaba nada ni nadie ya mi vida era otra, avía perdido todo el cariño. Se había borrado de mi mente todo, ya no quería a nadie. Ni había nadie a quien querer, ni creía en nadie. Tenía una amiga, entre comillas, que se encargaba de la cocina, se llamaba Angelita. Un día dejo de venir, pregunté que le avía pasado y me dieron la amarga noticia que se había arrojado debajo de un tren por problemas amorosos. La quería pero pensé que era parte de la vida. Ya no sufría, no era más ese niño frágil y llorón. Dentro de mi frialdad empezaba a ser feliz con el frio y cruel sistema de los reformatorios. Jugábamos a la pelota y en ocasiones nos caíamos y nos pelábamos las rodillas, ocultábamos el dolor y la herida para evitar el castigo. El castigo era, con un cepillo y jabón nos fregaban la herida hasta sangrar. Yo pensaba que esa gente que nos cuidaba odiaba a los niños y que ellos no tenían hijos.. Teníamos penitencia de rodillas toda una tarde y castigo con toallas mojadas. Terminábamos adaptándonos a ello. Vivía sin recuerdos ni ilusiones, antes de las torturas tenia momentos felices, pero eran momentos muy cortos. Una tarde cuando ya tenía once años estábamos jugando a la pelota, yo jugaba de portero y me tiran un pelotazo muy fuerte casi imposible de parar, me tiro y milagrosamente lo paré. Todo mi equipo me abrazaba, cuando veo que la directora viene en mi dirección. Yo pensé que me iba a castigar por tirarme así, se me acerca y me pregunta: Mancilla, __ ¿vos no Tenés familia?-__ No - Le respondí. __ ¿Cómo te llamaban en tu casa? ¿Te llamaba __Juancito? __ En ese momento me quede paralizado, no sabía que decir, me vinieron todos los recuerdos y llorando le respondi: __ Sí- __ Ven, que hay una persona que quiere verte-. ..Yo era el único niño que nunca nadie había ido a ver. No sabía qué hacer ni quién podía ser. Llegamos a su despacho, abre la puerta y veo a mi padre. Nos abrasamos y echamos a llorar los dos. Me contaba cosas que yo ya no entendía, yo no tenía que contarle, no podía hablar pero fue el momento más feliz de mi vida. Mi padre era un hombre muy bueno, callado, con muy buen carácter, yo lo tenía como el más fuerte. Al verlo llorar me sentí culpable y le decía que no pasaba nada, que no llore más. A pesar de estar tan decepcionado de la palabra de la gente creí en mi padre cuando me dijo: -No te preocupes Juancito, después te vendré a buscar-. Creí ciegamente que mi padre vendría por mí, no hizo falta ni despedirnos. Espere que él se marcharse, lo vi cómo se alejaba con los hombros caído, como cansado, él ya era mayor. Después me conto que me estuvo buscando por todos los reformatorios, la policía, le decía que yo no existía, después de varios meses de búsqueda llega al reformatorio Unzué, pregunta por Juan Urruchua y le dicen que no hay ningún niño con ese nombre, -lo que tenemos es, a un niño que nunca nadie ha venido a ver y su apellido es Mansilla- DIOS nuevamente se había acordado de mí. No sabía cuándo mi padre me vendría a buscar, pero yo sabía que de un momento a otro vendría. Éramos muchos niños, según nos informaban. Mi espera estaba llena de felicidad, no me importaba el tiempo que mi padre podría tardar. Mi padre ya me había hecho uno de los regalos más importantes de mi vida, me hizo recobrar todo lo feliz que había sido, y con eso no me importaba esperar. Además yo sabía que él no tenía dinero, porque siempre le costaba conseguirlo. Tardó cuatro meses en regresar por mí, pero yo lo estaba esperando sin sufrimiento. Le habían dicho que me traiga ropa y así lo hizo, pero el pantalón, la camisa y las zapatillas eran demasiado grandes. Igual me lo puse, salimos agarrados de la mano. Todavía hoy siento la sensación que sentí en ese momento. No quería mirar hacia atrás por si se habían equivocado en algo y me llamaban nuevamente. Cuando subimos al colectivo empecé a respirar tranquilo. Con mi padre aprendí a sobrevivir con menos que poco.

Gracias Sra. Isabel Burdiel. Estoy aprendiendo muchísimo con sus artículos. Un cordial saludo

Hola, amigos. Excelente análisis de la problemática que lleva consigo narrar hoy la historia. Brevemente, yo diría que la solución a la dialéctica entre lo individual y lo colectivo a la hora de escribir una biografía, está en dar una respuesta concreta a las preguntas del famoso poema de Brecht. ¿Solo se entristeció el rey Felipe II con la derrota de la Armada Invencible? No, además de él sufrieron y lloraron ....., etc.

Napoleón se anticipó a Hitler en eso de convertir las ideas en un mecanismo de poder. Pasó de la nada a león, una mutación muy interesante que explica su traición a la república y a la democracia. Y por ironías de la historia ambos personajes cometieron el mismo error... chuparse al imperio ruso que se extiende desde el este de Europa y ocupa todo el norte de Asia. Muchos na-pos, por no decir, ca-pos son, a escala planetaria, verdaderos virus de la
política y la economía mundial.

No se ha publicado aún en español, Pablo. Salió el año pasado en Francia en Gallimard.

¿No ha sido editado aún en España, no?

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Historia[S]

Sobre el blog

Dado que el presente se levanta sobre lo que ya pasó, no es mala idea echar un vistazo atrás para entender lo que está pasando. Cicerón lo dijo antes y mejor: “No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser eternamente niños”.

Sobre los autores

Tereixa ConstenlaCoordinadora: Tereixa Constenla. Periodista de EL PAÍS. Descubrió la Historia en 2008, cuando aterrizó en la sección de Cultura, y comprobó que el pasado era un filón para el presente.

Isabel Burdiel recibió el Premio Nacional de Historia en 2011 por su biografía sobre Isabel II. Es especialista en liberalismo europeo del siglo XIX y catedrática de la Universidad de Valencia. "Para que sirva para algo, la Historia no tiene que quedarse en el círculo de especialistas", sostiene.

Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, defiende, como Eric J. Hobsbawm, que los historiadores son "los 'recordadores' profesionales de lo que los ciudadanos desean olvidar". Es autor de una veintena de libros sobre anarquismo, Guerra Civil y siglo XX.

Manuel Morales es periodista de EL PAÍS y profesor de Periodismo Digital en la Escuela de EL PAÍS/UAM. Para liberarse de tanta actualidad busca refugio en historias del pasado, sobre todo las que han dejado huella en la fotografía.

María José Turrión fue la primera directora del Centro Documental de la Memoria Histórica, creado sobre el esqueleto del Archivo de la Guerra Civil de Salamanca. Cree firmemente que los archivos contribuyen "a la salvaguarda de los derechos humanos y al desarrollo pleno de las democracias".

Javier Herrero es documentalista de EL PAÍS y licenciado en Historia Moderna y Contemporánea. Le interesa indagar en los antecedentes históricos de acontecimientos que saltan a la primera línea informativa.

Eduardo Manzano Moreno es profesor de investigación del CSIC y autor de numerosos libros sobre Al-Andalus, la Edad Media y la memoria histórica. Cree en el poder transformador del conocimiento histórico y en la necesidad de forjar una conciencia que nos convenza de que se pueden cambiar las herencias recibidas.

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