La Segunda República: de la fiesta popular al golpe de Estado

Por: | 14 de abril de 2014

SigloXX.14“Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”, dejó escrito el rey Alfonso XIII en la nota con la que se despedía de los españoles, antes de abandonar el Palacio Real la noche del martes 14 de abril de 1931. Cuando llegó a París, comienzo de su exilio, Alfonso XIII declaró que la República era “una tormenta que pasará rápidamente”. Tardó en pasar más de lo que él pensaba, o deseaba. Más de cinco años duró esa República en paz, antes de que una sublevación militar y una guerra la destruyeran por las armas.

La República llegó con celebraciones populares en la calle, mucha retórica y un ambiente festivo donde se combinaban esperanzas revolucionarias con deseos de reforma. La multitud se echó a la calle cantando el Himno de Riego y La Marsellesa. Allí había obreros, estudiantes, profesionales. La clase media “se lanzaba hacia la República” ante la “desorientación de los elementos conservadores”, escribió unos años después José María Gil Robles. Y la escena se repitió en todas las grandes y pequeñas ciudades, como puede comprobarse en la prensa, en las fotografías de la época, en los numerosos testimonios de contemporáneos que quisieron dejar constancia de aquel gran cambio que parecía tener algo de magia, llegando de forma pacífica, sin sangre.

A la República la recibieron unos con fiesta y otros de luto. La Iglesia católica, por ejemplo, vivió su llegada como una auténtica desgracia. Con luto, rezos y pesimismo reaccionaron, efectivamente, la mayoría de los católicos, clérigos y obispos ante esa República celebrada por el pueblo en las calles. Y era lógico que así lo hicieran. Como lógico era también que mostraran su desconcierto y estupor todos esos terratenientes ennoblecidos y muchos industriales y financieros con título nobiliario, que perdieron de golpe al rey, su fiel protector, al que muchos de ellos abandonaron en las últimas semanas de su reinado.

El gobierno provisional lo presidía Niceto Alcalá Zamora, ex monárquico, católico y hombre de orden, una pieza clave para mantener el posible y necesario apoyo al nuevo régimen de los republicanos más moderados. Sus ministros, republicanos de todos los colores y tres socialistas, representaban a las clases medias profesionales, a la pequeña burguesía y a la clase obrera militante o simpatizante de las ideas socialistas. Ninguno de ellos, salvo Alcalá Zamora, había desempeñado un alto cargo político con la Monarquía, aunque no eran jóvenes inexpertos, la mayoría rondaba los cincuenta años, y llevaban mucho tiempo en la lucha política, al frente de partidos republicanos y organizaciones socialistas. Tampoco era, frente lo que se ha dicho a menudo, un gobierno de intelectuales. Salvo Manuel Azaña, presente en el gobierno como dirigente de un partido republicano, no estaban allí esos intelectuales que tanto habían contribuido con sus discursos y escritos a darle la estocada a la Monarquía durante 1930. Ni Unamuno, ni Ortega, ni Pérez de Ayala o Marañón. Estos últimos desaparecieron muy pronto además de la vida pública o acabaron incluso distanciados del régimen republicano.

Lo que hizo ese gobierno en las primeras semanas, todavía con la resaca de la fiesta popular, fue legislar a golpe de decreto. Difícil es imaginar, efectivamente, un gobierno con más planes de reformas políticas y sociales. Antes de la inauguración de las Cortes Constituyentes, el gobierno provisional de la República puso en práctica una Ley de Reforma Militar, obra de Manuel Azaña, y una serie de decretos básicos de Francisco Largo Caballero, ministro de Trabajo, que tenían como objetivo modificar radicalmente las relaciones laborales. Tal proyecto reformista encarnaba, en conjunto, la fe en el progreso y en una transformación política y social que barrería la estructura caciquil y el poder de las instituciones militar y eclesiástica.

El camino marcado por el gobierno provisional pasaba por convocar elecciones a Cortes y dotar a la República de una Constitución. “Una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de libertad y justicia”, proclamaba el artículo primero de su Constitución, aprobada el 9 de diciembre de 1931, tan solo siete meses después de que cayera la Monarquía de Alfonso XIII.

Esa Constitución, que decía que la República era “un Estado integral, compatible con la autonomía de los Municipios y de las Regiones”, declaraba también la no confesionalidad del Estado, eliminaba la financiación estatal del clero e introducía el matrimonio civil y el divorcio. Su artículo 36, tras acalorados debates, otorgó el voto a las mujeres, algo que sólo estaban haciendo en esos años los parlamentos democráticos de las naciones más avanzadas.

Constitución, elecciones libres, sufragio universal masculino y femenino, gobiernos responsables ante los parlamentos. En eso consistía la democracia entonces. No era fácil conseguirla y menos consolidarla, porque todas las repúblicas europeas que nacieron en aquellos turbulentos años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, desde Alemania a Grecia, pasando por Portugal, España o Austria, acabaron acosadas por fuerzas reaccionarias y derribadas por regímenes fascistas o autoritarios.

Nunca en la historia de España se había asistido a un período tan intenso y acelerado de cambio y conflicto, de avances democráticos y conquistas sociales. En los dos primeros años de la República se acometió la organización del ejército, la separación de la Iglesia y del Estado y se tomaron medidas radicales y profundas sobre la distribución de la propiedad de la tierra, los salarios de las clases trabajadoras, la protección laboral y la educación pública.

 Pero esa legislación republicana situó en primer plano algunas de las tensiones germinadas durante las dos décadas anteriores con la industrialización, el crecimiento urbano y los conflictos de clase. Se abrió así un abismo entre  varios mundos culturales antagónicos, entre católicos practicantes y anticlericales convencidos, amos y trabajadores, Iglesia y Estado, orden y revolución. La Segunda República pasó dos años de relativa estabilidad, un segundo bienio de inestabilidad política y unos meses finales de acoso y derribo.

 Como consecuencia de esos antagonismos, la República encontró enormes dificultades para consolidarse y tuvo que enfrentarse a fuertes desafíos. En primer lugar, del antirrepublicanismo y posiciones antidemocráticas de los sectores  más influyentes de la sociedad: hombres de negocios, industriales, terratenientes, la Iglesia y el ejército. Tras unos meses de desorganización inicial de las fuerzas de la derecha, el catolicismo político irrumpió como un vendaval en el escenario republicano. Ese estrecho vínculo entre religión y propiedad se manifestó en la movilización de cientos de miles de labradores católicos, de propietarios pobres y “muy pobres”, y en el control casi absoluto por parte de los terratenientes de organizaciones que se suponían creadas para mejorar los intereses de esos labradores. En esa tarea, el dinero y el púlpito obraron milagros: el primero sirvió para financiar, entre otras cosas, una influyente red de prensa local y provincial; desde el segundo, el clero se encargó de unir, más que nunca, la defensa de la religión con la del orden y la propiedad. Y en eso coincidieron obispos, abogados y sectores profesionales del catolicismo en las ciudades, integristas y poderosos terratenientes como Lamamié de Clairac o Francisco Estévanez, que con tanto afán defendieron en las Cortes constituyentes los intereses cerealistas de Castilla; y todos esos cientos de miles de católicos con pocas propiedades pero amantes del orden y la religión.

Dominada por grandes terratenientes y sectores profesionales urbanos, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), el primer partido de masas de la historia de la derecha española, creado a comienzos de 1933, se propuso defender la “civilización cristiana”, combatir la legislación “sectaria” de la República y “revisar” la Constitución. Cuando esa “revisión” de la República sobre bases corporativas no fue posible efectuarla a través de la conquista del poder por medios parlamentarios, sus dirigentes, afiliados y votantes comenzaron a pensar en métodos más expeditivos. Sus juventudes y los partidos monárquicos ya habían emprendido la vía de la fascistización bastante ante. A partir de la derrota electoral de febrero de 1936, todos captaron el mensaje, sumaron sus esfuerzos por conseguir la desestabilización de la República y se apresuraron a adherirse al golpe militar.

Si, frente a la democracia, la derecha creía en el autoritarismo, una parte de la izquierda prefería la revolución como alternativa al gobierno parlamentario. La insurrección como métodos de coacción frente a la autoridad establecida fue utilizada primero por los anarquistas y detrás de sus sucesivos intentos insurreccionales –en enero de 1932 y enero y diciembre de 1933- había, esencialmente, un repudio del sistema institucional representativo y la creencia de que la fuerza era el único camino para liquidar los privilegios de clase y los abusos consustanciales al poder. Sin embargo, como la historia de la República muestra, desde el principio hasta el final, el recurso a la fuerza frente al régimen parlamentario no fue patrimonio exclusivo de los anarquistas ni tampoco parece que el ideal democrático estuviera muy arraigado entre algunos sectores políticos republicanos o entre los socialistas, quienes ensayaron la vía insurreccional en octubre de 1934, justo cuando incluso los anarquistas más radicales la habían abandonado ya por agotamiento.

Esas graves alteraciones del orden, como lo había sido ya la fracasada rebelión del general Sanjurjo en agosto de 1932, hicieron mucho más difícil la supervivencia de la República y del sistema parlamentario, demostraron que hubo un recurso habitual a la violencia por parte de algunos sectores de la izquierda, de los militares y de los guardianes del orden tradicional, pero no causaron el final de la República ni mucho menos el inicio de la guerra civil. Y todo porque cuando las fuerzas armadas y de seguridad de la República se mantuvieron unidas y fieles al régimen, los movimientos insurreccionales podían sofocarse fácilmente, aunque fuera con un coste alto de sangre. En los primeros meses de 1936, la vía insurreccional de la izquierda, tanto anarquista como socialista, estaba agotada, como había ocurrido también en otros países, y las organizaciones sindicales estaban más lejos de poder promover una revolución que en 1934. Había habido elecciones en febrero, libres y sin falseamiento gubernamental, en las que la CEDA, como los demás partidos, puso todos sus medios, que eran muchos, para ganarlas y existía un Gobierno, presidido de nuevo por Manuel Azaña,  que emprendía otra vez el camino de las reformas, con una sociedad, eso sí, más fragmentada y con la convivencia más deteriorada que la de 1931. El sistema político, por supuesto, no estaba consolidado y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados.

Nada de eso, sin embargo, conducía necesariamente al final de la República ni a una guerra civil. Ésta empezó porque una sublevación militar debilitó y socavó la capacidad del Estado y del Gobierno republicanos para mantener el orden. El golpe de muerte a la República se lo dieron desde dentro, desde el propio seno de sus mecanismos de defensa, los grupos militares que rompieron el juramento de lealtad a ese régimen en julio de 1936. La división del Ejército y de las fuerzas de seguridad impidió el triunfo de la rebelión, el logro de su principal objetivo: hacerse rápidamente con el poder. Pero al minar decisivamente la capacidad del Gobierno para mantener el orden, ese golpe de Estado dio paso a la violencia abierta, sin precedentes, de los grupos que lo apoyaron y de los que se oponían. En ese momento, y no en octubre de 1934 o en la primavera de 1936, comenzó la guerra civil. Atrás quedaban cinco años de cambio, conflicto, esperanzas rotas y proyectos frustrados. Nada sería ya igual después del golpe de Estado de julio de 1936.

HECHOS A RECORDAR

TRES FASES:

-Bienio reformista (Primero, un gobierno provisional, presidido por Alcalá Zamora; después, a partir de octubre de 1931, gobierno de Azaña, hasta septiembre de 1933)

-Bienio radical-cedista: desde noviembre de 1933 a diciembre de 1933, con gobiernos presididos por dirigentes del Partido Radical de Lerroux, con apoyo de la CEDA de Gil Robles.

-Período del Frente Popular, desde febrero de 1936 hasta el golpe de Estado de julio de 1936. Dos gobiernos: uno de Azaña y otro de Casares Quiroga

La República en paz duró cinco años. Y duró tres años más en guerra, desde julio de 1936 hasta su derrota definitiva el 1 de abril de 1939. Tuvo dos presidentes: Alcalá Zamora, desde diciembre de 1931 (cuando se aprobó la Constitución) hasta abril de 1936 y Manuel Azaña, desde mayo de 1936 hasta el final de la guerra.

Hubo 3 elecciones generales: las Constituyentes, con sufragio universal masculina, ganadas por republicanos y socialistas; las de noviembre de 1933, la primera vez que en España votaban las mujeres, ganadas por el Partido Radical (centro) y la CEDA (derecha católica); y las de febrero de 1936, ganadas por la coalición del Frente Popular, socialistas y republicanos (y algunos comunistas, por primera vez en la historia de España).

Hay 141 Comentarios

¿Es que han cerrado el blog de Pío Moa?

Perfecto por mi tocayo Jesús recordando como la existencia de la república fue el disparadero para que la izquierda se lanzara a la barbarie empezando desde las quemas de conventos el 11 de mayo de 1931 que motivaron la dimisión de Maura, ministro repúblicano del interior, desolado porque Azaña, Presidente del Gobierno, le impidió controlar a los izquierdistas pirómanos con el argumento de que "todas las iglesias de Madrid no valen la vida de un republicano". En 1936 el Frente Popular se atribuyó una mayoría de 300 a 125 en un colosal pucherazo como primera etapa de un proceso revolucionario que iba a eliminar la democracia. Mientras las izquierdas no pasen el reexamen que ha afrontado la derecha y se den cuenta de que su historia hasta 1975 ha sido vergonzosa y no para celebrarla con versiones tan falsas como esta no podremos tener una auténtica democracia, ni en Monarquía ni en República

Artículo, como es de esperar en este periódico, bastante sectario. Ni siquiera se menciona el asesinato de Calvo Sotelo, desencadenante de la Guerra Civil: "En la madrugada del 13 de julio de 1936 un grupo de guardias de asalto y de militantes socialistas le secuestró en su domicilio -simulando una detención- y le asesinó... Tras su entierro los congregados trataron de marchar en manifestación hacia el centro de Madrid, y tras haber sido cacheados varios veces por guardias de Asalto fueron tiroteados por las fuerzas de seguridad cuando se hallaban en la confluencia de las calles Goya y Alcalá. Hubo cinco muertos y treinta y cuatro heridos"...¡Bonita "República en paz!

La II República fue un desatino y una tragedia para los españoles.

ESTO FUE UN GENOCIDIO
Citado como referencia en numerosas otras obras, un detallado estudio publicado en 1961 por Antonio Montero Moreno,identificó a un total de 6.832 víctimas religiosas asesinadas en el territorio republicano, de las cuales 13 eran obispos, 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos y 283 religiosas

Lo que un poquito fastidia de estos artículos son los comentarios, para qué negarlo. Porque aparecen los "republicanos de carné" muy indignados porque aquí escriben algunos que discrepan de sus tesis. Y claro, como ciudadano demócrata (pero de derechas, sí, en serio, se puede) uno se queda de piedra antes comentarios como "para votar habría que examinarse antes, hombre" que dan una idea del talante (puede traducirse quien no vote como yo que no vote porque no tiene ni idea); o como otro que, muy demócrata él, viene a decirnos que el sufragio femenino fue un error porque claro las mujeres votaron a las derechas (eran casi todas monjas ya se sabe). En fin

Bernardo

Sí, efectivamente, muchos gobernadores civiles, al día siguiente de las elecciones, huyeron, no fueron al despacho temiendo por sus vidas. Esto lo cuentan ilustres republicanos. Del lamentable discurrir de ese régimen desastroso no sólo tratan los sumarios franquistas. a propósito, Mercè Rodoreda (exiliada tras la guerra y amante de Andreu Nin, anarquista desollado vivo en Barcelona por las chekas afectas a Negrín) en su bellísima obra "La plaça del diamant" narra cómo meses antes de la guerra en Barcelona el ambiente revolucionario ya se traducía en desorden y falta de subsistencias. Mi abuelo, comandante médico, ya de paso, huyó de Barcelona a los pocos meses de comenzada la guerra en vista del ambiente criminal y asesino que se respiraba. Se pasó al bando de Franco, donde fue encarcelado varias semanas, temiendo que fuera espía. En fín, desgraciadamente son hechos que han pasado a la historia, y la historia en estos tiempos es pasto abonado para la propaganda de "eruditos orientados" como el señor Casanova

ASI EMPEZO EL GENOCIDIO DE CATOLICOS
Sin embargo, menos de un mes después de la proclamación de la Segunda República Española existieron episodios de anticlericalismo, como la quema de conventos e iglesias ocurrida el 11 de mayo de 1931 ). En este lamentable episodio se acusó al gobierno republicano de connivencia . Hasta tal punto, que el general Gómez García Caminero, gobernador militar de Málaga, llegó a enviar un telegrama a Madrid que indicaba escuetamente:

"HA COMENZADO EL INCENDIO DE IGLESIAS. MAÑANA CONTINUARA"

El propio Manuel Azaña, presidente de la República, describía así la situación en una carta :

Creo que van más de 200 muertos y heridos desde que se formó el gobierno, y he perdido la cuenta de las poblaciones en que han quemado iglesias y conventos (...) Ahora vamos cuesta abajo, por la anarquía persistente en algunas provincias, por la taimada deslealtad de la política socialista en muchas partes, por las brutalidades de unos y otros, por la incapacidad de las autoridades, por los disparates que el «Frente Popular» está haciendo en casi todos los pueblos, por los despropósitos que empiezan a decir algunos diputados republicanos de la mayoría. No sé, en esta fecha, cómo vamos a dominar esto .

No se puede resumir la República en una docena de párrafos. Y le concedo la buena fe. No se puede conceder legitimidad a unas eleciones cuando se ganan y no cuando se pierden (la victoria de las derechas de 1933 es arrasadora). Pienso que la República nació con grandes expectativas para mucha gente pero sigo considerando erróneo achacar su fracaso a las maniobras de Ejército e Iglesia; quien más hizo por su caída es quien más debiera defenderla. La radicalización de sectores anarquistas y socialistas vista como "travesuras" por el Gobierno imperante llevó a una parte muy significativa (no entraré en el adjetivo mayoritaria) de la población a saltar del barco buscando el "orden". Más allá de que se quiera o no creer que el levantamiento revolucionario de 1934 fue o no ya guerra civil lo que es innegable es que fue un levantamiento armado contra un gobierno democráticamente elegido y cuyo fin no era otro que imponer una dictadura. Fueron esas situaciones las que llevaron a parte de la población a descreer en la República. ¿La Iglesia estaba en contra de la República? Sí, claro. De momento le quitaban privilegios. Pero para incorporar a la Iglesia a la República se podía poner de presidente a un católico moderado (como Alcalá Zamora) o se podían quemar iglesias. La República tras iniciar el conciliador primer camino optó finalmente, llevada por sus vanguadias radicales, por el segundo. ¿De verdad se podía esperar que la Iglesia pusiese la otra mejilla?

De todas maneras, teniendo en cuenta que la constitución de 1931 definía a Cataluña y al País Vasco como potenciales "regiones autónomas", que no establecía ningún tipo de competencia exclusiva para dichas regiones autónomas, que el gobierno de la república se reservaba el derecho de articular su acción de gobierno en las regiones como estimara conveniente, y que el idioma oficial en todo el territorio de la república era, textualmente, "el español", sin ambages, creo que muchos españoles suscribiríamos hoy la constitución del 31 entusiásticamente.

Porque esos temas están tratados, con detalle, en algunos de mis libros, Sr. Maynard, como el citado hoy en este blog, y publicado en Cambridge University Press, y en "De la calle al frente". Pero hay que leer libros, claro, y no sólo artículos de blogs.

En mi opinión Payne es un autor que lee. En el enlace que copie en el comentario número 2 cita a Tusell cuando escribe que la II República fue una democracia en la práctica poco democrácita; y Payne habla de las elecciones de febrero del 36 como un momento en que la democracia electoral sufrió un eclipse total; que hubo pucherazos en 12 provincias, y que las elecciones en segunda vuelta en Cuenca y Granada fueron fraudulentas. Lo cual encaja con lo que leímos algunos en el sentiddo de que tras el abandono o huida de Portela Valladares, con él se fueron muchos de sus gobernadores civiles. Esa ocasión fue aprovechada por comités del Frente Popular para tomar el mando de la provincia, y con los resortes del poder en la mano destituyeron a funcionarios de Correos encargados de recibir las sacas electorales del resto de la provincia; dieron licencias a funcionarios que estos no habían pedido; sustituyeron a la Guardia Civil que custodiaba las sacas por guardias de Asalto; pararon el escrutinio contra la prohibición establecida en la ley electoral para poder contar con más tiempo a la hora de transcribir los nombres de los censos en las actas, y dar el correspondiente cambiazo.

El desastre de la II República aún nos persigue. Sólo desde la más absoluta irresponsabilidad o desde la ignorancia más desoladora puede alguien reclamar siquiera su espíritu fratricida a tenor de las funestas consecuencias que se derivaron de semejante engendro.

Porque aparece tratado con detalle, Sr. Maynard, en algunos de mis libros, como el citado en Cambridge University Press o en De la calle al frente. Pero hay que leer libros, claro, y no sólo artículos breves en blogs.

No, no he leído la tesis de Tusell de 1971. Pero no parece haber tenido mucho éxito, a tenor de que innumerables obras que circulan desde entonces hacen mención a esos hechos cuya investigación quedó suspendida por el alzamiento de 1936. Y no los mencionan por ser franquistas, a no ser que usted considere franquista a Preston.

Señor Casanova:

¿Por qué, con arreglo a su talla intelectual y académica, no aprovecha su presencia en este Blog para informar a todos los lectores del "impresionante nivel democrático" de las leyes de orden público de las que se sirvió la república para gobernar?

¿Por qué no nos habla del "estatuto jurídico del Gobierno Provisional de la República", auténtica ley de esdcepción que rigió hasta que las Cortes Constituyentes elaboraron las "súper democráticas" "Ley de Defensa de la república" y la "Ley de Comisión de responsabilidades"?
¿por qué no nos ilustra sobre los períodos en los que la República gobernó sin "normalidad constitucional", apelando a declaraciones de estado de alarma y por tanto suspendiendo las garantías constitucionales? Porque se gobernó más de esa manera (muchísimo más) que de manera normal...

Vea usted, Maynard, la obra, fruto de su tesis doctoral, de Javier Tusell sobre las elecciones de de febrero de 1936 publicada en 1971. En fin, Javier Tusell ya lo dejó suficientemente demostrado. Pero hay que leer, obviamente.

Desgraciadamente parece que en la II República todos lo hicieron bastante mal, y al final no fue una guerra de buenos contra malos sino de malos contra malos. Era nuestro karma nacional. Esperemos que la tercera sea la buena y definitiva y salgamos de la edad media o al menos del siglo XIX de una vez.

Señor Casanova

¿Cómo puede decir que las elecciones de febrero del 36 fueron limpias? Fueron impugnadas (y aceptadas a trámite las impugnaciones) en varias provincias. El propio Alcalá Zamora (destituído en un golpe parlamentario impresentable bajo los estándares democráticos) lo narra en sus memorias. El mismo Alcalá Zamora que le pide a Azaña su opinión sobre volver a España (estaba de vacaciones al comienzo de la guerra) y Azaña le advierte que no responde de su vida.

Lo peor de los defensores de l desastre histórico de la II república no es que escriban para una generación de desinformados, sino lo que callan y ocultan

A la tercera va la vencida. Ya no hay apenas anarquistas ni comunistas que fastidien ni 50 % de analfabetos, ni pobreza extrema, ni un Hitler que incline la balanza. Solo quedan la iglesia y los militares, que no sabemos si son iguales que los de aquellos tiempos o han cambiado. Y qué harán esta vez los EEUU, que son los que deciden. Es posible que lo averigüemos tarde o temprano.

Es imposible escribir o hablar de la II República sin acabar en la guerra terrible que la puso fin, con "los justamente vencidos y los injustamente vencedores". Lo cuenta muy bien Julián Marías en un ensayo tan breve como importante http://despuesdelhipopotamo.com/2013/08/27/los-justamente-vencidos-los-injustamente-vencedores/ Un saludo cordial.

Pues si quieres pensar que los que estamos hartos (HARTOS) de esos años es por la influencia del ABC eres muy libre, ya lo decía la filosofía pragmatista de William James, ante una situación no es lo importante analizar si es verdadera o justa o no, lo importante es si te es útil. Si a alguien que cree en Dios o en la República le es útil ... adelante, oiga, no entremos a analizar si Dios existe o la República fue lo que pensamos algunos, pase hasta el salón, ¡viva Dios y viva la República.! Por lo demás uno en su época universitaria antifranquista celebraba estos 14 de abril, pero tras la transición y con la actual Constitución de 1978 siento que esta fecha 14 abril contamina la belleza de un sano día de primavera. En dos palabras estos homenajes al 14 abrilñ o el flamear la bandera republicana en mi opinión son signos de que al fascismo de derechas afortunadamente periclitado le ha sustituído el fascismo de izquierdas. Qué hartura de país, ¡siempre entre fascistas!

Me temo que muchos comentarios no provienen de lectores de Pío Moa ni de entusiastas seguidores de Interlobotomía. Expresan, no una nostalgia de una dictadura que no conocieron, sino hartazgo de visiones edulcoradas, de presentificaciones interesadas del pasado, de sectarismos sin matices.

La gran tragedia de la segunda república fue llegar doscientos años tarde...

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Historia[S]

Sobre el blog

Dado que el presente se levanta sobre lo que ya pasó, no es mala idea echar un vistazo atrás para entender lo que está pasando. Cicerón lo dijo antes y mejor: “No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser eternamente niños”.

Sobre los autores

Tereixa ConstenlaCoordinadora: Tereixa Constenla. Periodista de EL PAÍS. Descubrió la Historia en 2008, cuando aterrizó en la sección de Cultura, y comprobó que el pasado era un filón para el presente.

Isabel Burdiel recibió el Premio Nacional de Historia en 2011 por su biografía sobre Isabel II. Es especialista en liberalismo europeo del siglo XIX y catedrática de la Universidad de Valencia. "Para que sirva para algo, la Historia no tiene que quedarse en el círculo de especialistas", sostiene.

Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, defiende, como Eric J. Hobsbawm, que los historiadores son "los 'recordadores' profesionales de lo que los ciudadanos desean olvidar". Es autor de una veintena de libros sobre anarquismo, Guerra Civil y siglo XX.

Manuel Morales es periodista de EL PAÍS y profesor de Periodismo Digital en la Escuela de EL PAÍS/UAM. Para liberarse de tanta actualidad busca refugio en historias del pasado, sobre todo las que han dejado huella en la fotografía.

María José Turrión fue la primera directora del Centro Documental de la Memoria Histórica, creado sobre el esqueleto del Archivo de la Guerra Civil de Salamanca. Cree firmemente que los archivos contribuyen "a la salvaguarda de los derechos humanos y al desarrollo pleno de las democracias".

Javier Herrero es documentalista de EL PAÍS y licenciado en Historia Moderna y Contemporánea. Le interesa indagar en los antecedentes históricos de acontecimientos que saltan a la primera línea informativa.

Eduardo Manzano Moreno es profesor de investigación del CSIC y autor de numerosos libros sobre Al-Andalus, la Edad Media y la memoria histórica. Cree en el poder transformador del conocimiento histórico y en la necesidad de forjar una conciencia que nos convenza de que se pueden cambiar las herencias recibidas.

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