La batalla de Covadonga: mitos y hechos

Por: | 20 de abril de 2015

Document(1)-page-001Vista general de Covadonga en una postal de 1905. / BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA

Si ustedes conocen a un medievalista y quieren hacerle pasar un mal rato, pregúntenle por la batalla de Covadonga. ¿Realmente se produjo esa célebre batalla? ¿fue Pelayo el jefe de un grupo de visigodos que huyeron a los Picos de Europa para resistir a los árabes? ¿murieron allí más de ciento veinte mil musulmanes? Cuando alguien me plantea tales preguntas, confieso que me entra cierta aprensión motivada por la complejidad y  vacilaciones que existen sobre el asunto. El nuestro es, además, un país aficionado a las verdades tajantes en los temas históricos, de tal manera que lo más probable es encontrarse bien con algún fervoroso partidario de ver en Covadonga el glorioso inicio de la Reconquista, bien con quien desea ver en el episodio una muestra de la identidad ancestral de los pueblos astures, o bien con ese grupo de escépticos a los que últimamente les ha dado por decir que todos estos sucesos no son más que mitos a los que seguimos agarrándonos los historiadores por no tener nada mejor que hacer. Ninguno de estos grupos tiene razón alguna, lo que no obsta para que se apropien de parte de lo que se puede decir del asunto para convertirlo en su "histórica verdad", tan exclusiva como excluyente.

En realidad, casi todo lo que sabemos sobre la batalla de Covadonga nos lo cuentan unas crónicas que se redactaron en Asturias en torno al año 880: la llamada Crónica de Alfonso III (de la que existen dos versiones) y la Crónica de Albelda. No tenemos, pues, un relato periodístico e inmediato de los hechos, sino una narración escrita más de ciento cincuenta años más tarde. Tener esto en cuenta es fundamental, dado que en el momento en que se escribieron estos textos se vivía una situación sin precedentes: a fines del siglo IX el hasta entonces incontestado dominio árabe en al-Andalus atravesaba una crisis muy profunda.  Graves rebeliones se extendían por todo el territorio y en algún momento parecieron que iban a  acabar con el emir omeya, encerrado en los muros de Córdoba. Muchos pensaban que el ocaso del islam en la península estaba próximo, pues circulaban profecías musulmanas, cristianas e incluso judías que vaticinaban el fin del dominio árabe instaurado en el año 711. Si los presagios eran ciertos, el entonces rey astur Alfonso III podía verse pronto gobernando en toda Hispania después del hundimiento de al-Andalus.

IMG_0295 Estatua de Don Pelayo, en Covadonga. / MANUEL MORALES


En este ambiente tan caldeado, el recuerdo de lo que había ocurrido siglo y medio antes en Covadonga adquiría un relieve muy especial. No es extraño que los autores de esas crónicas asturianas, todos ellos cercanos a Alfonso III, recrearan la batalla como un acontecimiento providencial, en el que la ayuda divina había permitido derrotar a los sarracenos gracias a un caudillo llamado Pelayo, que había despreciado someterse, en contraste con lo que otros muchos habían hecho en los turbulentos años que siguieron a la conquista árabe. Uno de los episodios más dramáticos del relato narra el intento de evitar el combate por parte del obispo Oppa, que acompaña al ejército invasor e intenta convencer al rebelde de lo inútil de la resistencia y de las bondades del dominio árabe, a lo que Pelayo contesta con un tajante e inapelable "nuestra esperanza es Cristo". Cabe imaginar el regocijo que la escena provocaba en el entorno de un Alfonso III, sucesor de Pelayo y convencido de estar viviendo unos tiempos que daban la razón a su ancestro. Dado que los cristianos estaban llamados a recuperar el dominio de la península, los cronistas insistían en que los monarcas astures eran los sucesores de los reyes visigodos de Toledo. A ellos, y a nadie más que a ellos, debía corresponderles su herencia. La intervención divina o el milagroso hundimiento de una montaña que habría aniquilado a los musulmanes componían un relato colorista que buscaba resaltar la idea de que los grandes cambios que se adivinaban en torno al año 880 habían tenido su glorioso origen en las fragosidades de los Picos de Europa más de siglo y medio antes.

Covadonga debía de ser, además, un lugar muy especial. Inaccesible entre los Picos de Europa, estaba marcado por una majestuosa cueva, la célebre Cova Dominca, tal vez una referencia a una antigua deidad femenina pagana transfigurada en la Virgen en cuyo santuario las piedras lanzadas por los infieles se volvían contra ellos. No se conoce muy bien qué fisonomía adquirió el lugar durante la Edad Media. Hasta que Alfonso XII lo visitó a fines del siglo XIX no se conoce que ningún otro rey se acercara a Covadonga. En época moderna allí se levantaba una colegiata y una capilla de madera dentro de la cueva, que fueron destruidas en 1777 por un incendio propagado por la presencia en el santuario de exvotos tales como mortajas infantiles o coletas de pelo, una buena muestra del carácter semi-pagano que siempre mantuvo el lugar. La actual basílica de Santa María la Real de Covadonga fue construida entre 1877 y 1901, tratándose de un empeño del rey Alfonso XII que coincidía con el momento en que empezaba a popularizarse la palabra moderna "Reconquista" para designar la lucha de la cristiandad ibérica frente al islam (hagan la prueba aquí; introduzcan la palabra "reconquista" y vean el resultado). A medida que la "Reconquista" iba introduciéndose en libros de texto e imaginarios colectivos, la consideración de Covadonga como lugar donde se había originado la "nación española" no hizo más que crecer. Infinidad de estudios eruditos, por lo general muy imaginativos, se dedicaron a describir la batalla, caracterizar a sus protagonistas o ensalzar las virtudes del célebre Pelayo.

Document-page-001Monasterio de Covadonga, en una estampa de 1759 de Jerónimo Antonio Gil. / BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA

Sería absurdo, sin embargo, negar que algo debió de ocurrir en la zona oriental de Asturias en los años posteriores a la conquista musulmana. Los autores árabes confirman que, en efecto, un individuo llamado Pelayo resistió al hostigamiento de los ejércitos musulmanes, pero que éstos cesaron sus ataques al comprobar que sus partidarios habían quedado reducidos a treinta hombres acompañados de diez mujeres que apenas si podían sobrevivir. La idea de que Pelayo era un caudillo local encuentra fundamento en estos relatos y en ciertos detalles contradictorios de las crónicas asturianas. Todo ello cuadra con lo que conocemos sobre estas zonas, que en tiempos del reino visigodo siempre habían sido conflictivas. Esto mueve a pensar que Pelayo era uno de esos jefezuelos que afloraron después de la conquista árabe, enriscado en un terreno de difícil acceso y que contaba con el apoyo de las poblaciones de la zona. Para el poder hegemónico, se tratara éste del romano, del visigodo o del árabe, este tipo de caudillos eran siempre un quebradero de cabeza y no había cosa que ansiaran más que verles abandonar las alturas y establecerse en el llano, manteniendo así sobre ellos un control que evitara sus posibles desmanes. Es evidente que los árabes fracasaron en este empeño. En Covadonga o en sus inmediaciones debieron darse una o varias escaramuzas que convencieron a los gobernadores musulmanes de que en esas zonas había poco que ganar y mucho que perder. A lo largo del siglo VIII, sin embargo, la rebelión de los astures fue consolidándose y adquiriendo mayores proporciones al instalarse los sucesores de Pelayo en la ciudad de Oviedo. Cuando los emires omeyas de Córdoba quisieron reaccionar, el reino de Asturias no sólo estaba ya formado, sino que además recibía el apoyo político del vecino imperio carolingio.

La dificultad de acceso desde la Meseta a la región de Asturias es otra de las razones que explican la supervivencia de la monarquía asturiana. La principal vía que en época romana permitía entrar allí desde León era la denominada Vía Carisa, que conducía hasta el puerto de Gijón, y donde se han localizado campamentos romanos. En 2003 un equipo arqueológico dirigido por Jorge Camino, Rogelio Estrada y Yolanda Viniegra, localizó en El Homón de Faro, cerca de la localidad de Ujo (Asturias) los restos de unos muros defensivos a más mil seiscientos metros de altura, sin duda construidos para vigilar la cordada por la que transcurrían muchos movimientos procedentes del sur. A una treintena de kilómetros al oeste, en un lugar llamado El Muro, enre Teverga y Somiedo, se localizaron otros restos defensivos también en altura y con una técnica de construcción similar. También en este caso la fortificación controlaba el paso en altura desde León esta vez a través de la llamada vía de La Mesa. A pesar de que en ambos casos los restos materiales son escasos, pues la construcción y la destrucción parecen haber ido muy rápidas, los análisis de Carbono 14 han permitido datarlos entre finales del siglo VII y finales del siglo VIII. Naturalmente, estos datos no permiten echar las campanas al vuelo de las ensoñaciones localistas que han querido ver en estos restos defensivos unas construcciones de urgencia realizadas por aguerridos astures para hacer frente a los conquistadores árabes. Los análisis dan un arco cronológico en el que no cabe descartar ninguna posibilidad, incluida la de que estas fortificaciones se realizaran en los últimos tiempos del reino visigodo o incluso más adelante, ya en época omeya. De lo que, sin embargo, no cabe ninguna duda es de que este reciente descubrimiento ha vuelto a poner de relieve algo que el análisis de los textos llevaba tiempo revelando: el carácter conflictivo de los territorios del norte frente a los poderes que se habían establecido en el resto de la península. Por una de esas extrañas paradojas que a veces produce la historia fue en esas zonas donde surgió uno de los principales focos de la resistencia frente a los musulmanes.

Fe de errores: en una versión anterior se señalaba por error a Alfonso III como "descendiente" de Pelayo, cuando se debe decir "sucesor".

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Dado que el presente se levanta sobre lo que ya pasó, no es mala idea echar un vistazo atrás para entender lo que está pasando. Cicerón lo dijo antes y mejor: “No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser eternamente niños”.

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Isabel Burdiel recibió el Premio Nacional de Historia en 2011 por su biografía sobre Isabel II. Es especialista en liberalismo europeo del siglo XIX y catedrática de la Universidad de Valencia. "Para que sirva para algo, la Historia no tiene que quedarse en el círculo de especialistas", sostiene.

Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, defiende, como Eric J. Hobsbawm, que los historiadores son "los 'recordadores' profesionales de lo que los ciudadanos desean olvidar". Es autor de una veintena de libros sobre anarquismo, Guerra Civil y siglo XX.

Manuel Morales es periodista de EL PAÍS y profesor de Periodismo Digital en la Escuela de EL PAÍS/UAM. Para liberarse de tanta actualidad busca refugio en historias del pasado, sobre todo las que han dejado huella en la fotografía.

María José Turrión fue la primera directora del Centro Documental de la Memoria Histórica, creado sobre el esqueleto del Archivo de la Guerra Civil de Salamanca. Cree firmemente que los archivos contribuyen "a la salvaguarda de los derechos humanos y al desarrollo pleno de las democracias".

Javier Herrero es documentalista de EL PAÍS y licenciado en Historia Moderna y Contemporánea. Le interesa indagar en los antecedentes históricos de acontecimientos que saltan a la primera línea informativa.

Eduardo Manzano Moreno es profesor de investigación del CSIC y autor de numerosos libros sobre Al-Andalus, la Edad Media y la memoria histórica. Cree en el poder transformador del conocimiento histórico y en la necesidad de forjar una conciencia que nos convenza de que se pueden cambiar las herencias recibidas.

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