Manuel Montobbio

De la celebración de Europa

Por: | 03 de julio de 2012

    ¿Recuerda Usted qué hizo o qué pasó o qué celebró el seis de Enero o el primer de Mayo, el veinte y cinco de Diciembre o el doce de Octubre?. ¿A qué madrileño no evoca el quince de Mayo San Isidro, o a qué barcelonés el veinte y cuatro de Septiembre la Mercé?. ¿Quién no sabe que los franceses celebran  su día nacional el catorce de Julio por la toma de la Bastilla; o los catalanes el suyo el once de Septiembre por la caída de Barcelona en 1714?. ¿A quién no le sabe en Barcelona a libro y a rosa el veinte y tres de Abril?. ¿Y a quién no le huele a palma o palmón el Domingo de Ramos?:

    Y sin embargo, ¿recuerda Usted qué hizo, qué pasó o qué celebró el nueve de Mayo?. A todos aquellos que sientan un silencio tras esta pregunta les diré que fue el día de Europa. A quienes la hayan respondido pensando que fue el día de Europa, y a todos, les preguntaría, nos preguntaría, , por qué no lo celebramos; o por qué se celebró como se celebró – con unos actos conmemorativos en las instituciones europeas en Bruselas y recepciones de sus representaciones en todo el mundo, y algunos actos y debates académicos -, sin que nos diéramos cuenta la mayoría de los ciudadanos, sin vivirlo como vivimos esos otros días; por qué no fue como ellos, y varios otros, festivo en toda la Unión Europea (y no solo para los funcionarios de sus instituciones, que llaman a ese puente el de “Saint Schuman”); por qué no somos los europeos las mujeres y los hombres que juntos celebramos el día de Europa. ¿Por qué hemos dejado pasar tantos nueves de Mayo sin hacerlo, sin siquiera preguntarnos por qué no lo hacemos?. ¿Por qué, me pregunto yo, habiendo tenido tan presente en mi trayectoria profesional e intelectual, en mi visión personal, la construcción europea desde que a mediados de los ochenta hice mis estudios de posgrado en el Colegio de Europa en Brujas, no me lo he preguntado hasta este nueve de Mayo?. ¿Por qué no se lo ha preguntado Usted?. ¿Por qué no nos lo preguntamos?.

    ¿Acaso nos importan más todas las conmemoraciones religiosas, históricas, temáticas, nacionales o locales a las que dedicamos los catorce días festivos de nuestro calendario laboral?. ¿Acaso es Europa tan solo cosa de las instituciones y funcionarios de la Unión Europea; algo que les pasa a los otros y no a nosotros?. ¿Acaso no es el que somos como europeos tan nosotros como los que celebramos los festivos que celebramos?. ¿Acaso no es Europa algo a celebrar; y, si fuera el caso, por qué?.

    Preguntas que nos llevan a preguntarnos por Europa y su construcción; y por el sentido, el qué, por qué y para qué celebramos los días que celebramos.

    Celebramos aquello que somos y en lo que creemos. Celebramos lo que pasó para que fuéramos lo que somos y quienes somos y queremos seguir siendo. Celebramos en lo que creemos y celebramos que creemos. Celebramos los momentos hermosos de la vida, y los celebramos para hacerlos más hermosos. Y la vida misma, y haber nacido. Y la muerte para que en nosotros sigan vivos quienes en nosotros viven. Celebramos que estamos juntos, para estar juntos; y nos juntamos para celebrar. Celebramos que somos nosotros, el nosotros que somos y para ser nosotros. Celebramos lo que hemos hecho, lo que hemos conseguido, lo que hemos sido y queremos ser.

    ¿Por qué y para qué son festivos los días festivos?. ¿Cómo llegaron a serlo?. Tal vez sean hoy para muchos días de descanso, para el ocio; mas en su origen su carácter no laborable se debió a la necesidad de dedicación de ese día a otras ceremonias, otras actividades colectivas o familiares, la necesidad de que ese día fuéramos parte del ser social de manera distinta a la que somos como trabajadores, y al respeto a lo que conmemoramos, que pareciera mostrarse mejor a través de esa dedicación en exclusiva a ello, con la excepcionalidad de la ruptura de la rutina de lo cotidiano. Pues también excepcionales - de esa excepcionalidad última e inapelable de los momentos que marcan un antes y un después en la naturaleza y en la vida – fueron en su origen los motivos de su celebración, como los solsticios de invierno o verano, o la llegada de la lluvia, o el nacimiento o la muerte, o el entierro o la boda, o la coronación de un Rey, o la victoria que exige el desfile triunfal de los guerreros que regresan a casa, o la cosecha o la siembra. Se va uniendo a esta excepcionalidad universal, común a todas las sociedades, aquella propia de cada sociedad o grupo humano, que hace de su nosotros un nosotros; y para hacerlo y sentirlo se celebra. El nosotros de la familia, con su propio y único calendario de cumpleaños y santos, aniversarios de boda o fallecimiento, de conmemoraciones que marcan la vida común, festivos de todos que se celebran en cada familia de una particular manera. El nosotros de la religión compartida, que exige para ella sus ritos y sus días reservados, en la tradición bíblica uno por semana desde que en el Génesis al séptimo día Dios descansara. El nosotros de la comunidad política, que a medida que hace y avanza en la Historia y cambia sus planteamientos y fuentes de legitimidad, las creencias e ideas que la mueven y pretende realizar, cambia también sus celebraciones, pretende en ellas reflejarlas.

    Podemos así considerar los catorce días que figuran como laborables en el calendario laboral de los españoles – y los que fueran en cada Estado de la Unión Europea – como una conquista del movimiento sindical y de la progresiva expansión de los derechos sociales que conlleva el desarrollo del Estado del bienestar. Y sin duda en su existencia lo es. Mas es al tiempo en su contenido – en la decisión de cuáles son esos días festivos y en la celebración de qué – un pacto entre las creencias y las ideas; un acomodo y reconocimiento del pasado, de la tradición, un intento de recoger el legado de la Historia; pero también de crearla, de hacer de las ideas tradición, de asociar su celebración a la manera que se celebran las creencias, de consagrar un día a su celebración como para ellas se hace, de igualarlas en el plano simbólico y en el imaginario colectivo, impregnar a sus motivos de socialidad, promover de alguna manera una socialidad civil, ciudadana o republicana, una mitología y discurso narrativo del Estado y su comunidad. El establecimiento y declaración de un nuevo día festivo – sea el de los trabajadores o el de la Constitución – busca el mito, el símbolo, la ejemplaridad, el tótem.


    Esa búsqueda del símbolo, el rito, el mito, el tótem se da en todo poder político que se instaura, y en toda comunidad política que se constituye como tal. Y de alguna manera buscan también éstos a éste y a ésta; como si quisieran ayudarles a ser, a alumbrarse del todo. Cuántas veces una época, un hecho, un anhelo colectivo, un pueblo o un sistema de poder no han quedado atrapados en un símbolo. Cuántas el símbolo mismo puede ser poder.

    El símbolo adecuado en el momento adecuado, que puede llegar a hacer un instante único e irrepetible de la Historia, que quienes lo hayan vivido querrán repetir. Quienes hayan leído Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig recordarán que entre los catorce escogidos por él se encuentra el de la creación y difusión de La Marsellesa. “El genio de una noche”, titula Zweig el capítulo en que nos lo narra. Pues genio de una noche fue la euforia, la inspiración, el duende que poseyó al capitán Rouget de Lisle aquella noche del veinte y cinco de Abril de 1792 en Estrasburgo, en que, tras la declaración de guerra, su general le había encargado que compusiera un canto de guerra para el Ejército del Rin. Y con ese título hubiera muerto en el olvido si, con la libertad amenazada por el avance enemigo, un joven estudiante de Medicina no la hubiera cantado en el baile de los amigos de la Constitución el veinte y dos de Junio en Marsella. Resulta emocionante sentir, al deslizarse los ojos por la pluma vibrante de Zweig, cómo a partir de ese momento se extiende como un polvorín, primero por Marsella, y, al desfilar el treinta de Julio por las calles de París el batallón recién llegado de Marsella, contagia a toda Francia.

“…La Revolución ha reconocido su propia voz. La Revolución ha encontrado su himno. – nos dice Zweig – Se extiende como un alud. Imparable en su marcha triunfal. El himno es cantado en los banquetes. En los teatros, en los clubs, después incluso en las iglesias tras el Te Deum y pronto en lugar del Te Deum. En uno o dos meses, La Marsellesa se ha convertido en la canción del pueblo y de todo el ejército. Servan, el primer ministro de guerra republicano, tiene la perspicacia de reconocer la tonificante y exaltadora fuerza de tan particular canto de guerra. Rápidamente da órdenes para que se distribuyan cien mil ejemplares por todos los pelotones. En dos o tres noches, la canción de un desconocido se ha difundido más que todas las obras de Molière, Racine y Voltaire. No hay fiesta que no acabe con La Marsellesa. No hay batalla en que los músicos del regimiento no entonen primero el canto de guerra de la libertad. En Jemappes y Nerwinde, los regimientos, cantando a coro, se organizan para el salto decisivo. Y los generales enemigos, que solo pueden alentar a sus soldados con la vieja receta de la doble ración de aguardiente, ven con horror que no tienen con qué enfrentarse a la fuerza explosiva de ese himno “terrible” que, como una ola resonante y estrepitosa, se lanza sobre sus propias filas, cuando lo cantan al unísono miles y miles de voces. Sobre todas las batallas de Francia, arrastrando a incontables seres al entusiasmo y la muerte, se cierne ahora La Marsellesa, como en otro tiempo Niké, la diosa alada de la victoria.”

Pareciera como si no hubiera encontrado un pueblo su canción, sino una canción a su pueblo; que para cantar juntos esa canción mereciera la pena ser pueblo, por cantarla defender esa patria, para quien haya sentido el orgullo de cantarla ninguna dignidad mayor que la de ser uno de los ciudadanos a los que la canción apela.

    Canciones, desfiles, uniformes, banderas, arcos de triunfo, estatuas o monumentos, días proclamados sagrados para honrar a la patria. Ese parteaguas o punto de inflexión, ese paso de las creencias a las ideas como motor y objeto de realización en la Historia, de la voluntad de Dios a la del pueblo como fuente de legitimidad, de afirmación del contrato social y la soberanía popular, de la nación como sujeto colectivo de la Historia, que se da a partir del triunfo de la Revolución Francesa y su extensión napoleónica, tiene una voluntad y vocación fundacional, de ruptura con lo hasta entonces existente y afirmación de lo nuevo como prueba y símbolo del progreso y avance de la Historia, del nuevo orden y la nueva era que en ella inaugura e instaura; y al tiempo de creación, adopción de nuevos ritos bajo viejas formas, de dotación de los símbolos, la magia, los mitos, el ceremonial y los ritos que definían el carácter irracional y canalizaban la vivencia social del orden que en nombre de la razón se abate. Una simbología, ritual y ceremonial republicano, ciudadano, nacional, que gira en torno a los nuevos astros, conceptos y conmemoraciones referenciales aglutinadores del nosotros, articuladores de la vida colectiva: diferente, distinta, si se quiere rupturista – como nos muestra el intento de la Revolución Francesa de cambiar hasta los nombres de los meses, y nos recuerda en diez y ocho Brumario de Napoleón Bonaparte -; mas no carente de la misma simbología, grandeza y solemnidad del discurso cosmogónico y del relato de lo político que lo precedió.

    Tal vez porque, como nos señala en su agudo análisis de la Filosofía Política de Marx, el Psicoanálisis de Freud y la Antropología de Lévi-Strauss George Steiner en Nostalgia del absoluto, los saberes que en nombre de la ciencia y la razón han pretendido substituir el discurso cosmogónico de la religión han aspirado a la misma vinculación identitaria que las religiones respecto de sus creyentes. Pues, sostiene Steiner,

“…Las mitologías fundamentales elaboradas en Occidente desde comienzos del siglo XIX no solo son intentos de llenar el vacío dejado por la decadencia de la teología cristiana y el dogma cristiano. Son una especie de teología sustituta. Son sistemas de creencia y razonamiento que pueden ser ferozmente antirreligiosos, que pueden postular un mundo sin Dios y negar la otra vida, pero cuaya estructura, aspiraciones y pretensiones respecto del creyente son profundamente religiosas en su estrategia y sus efectos…”

    Tal vez, simplemente, porque, consciente o intuitivamente, el poder y las mujeres y los hombres sabemos, en lo profundo de nuestro ser social, que nuestra vida en común necesita de relatos, ejemplos, referentes, héroes y hechos heroicos, ideales e ideas, canciones, consignas y símbolos, rituales, conmemoraciones y tótems para construir, aglutinar y mantener nuestro imaginario e identidad colectiva. Y una Historia de donde venir y a donde ir, que nos ha hecho y por hacer. Y un futuro mejor y un ideal por y desde el que vivir y dar sentido al presente. Porque para ser nosotros necesitamos, sí, esas y otras muchas cosas. Y necesitamos, queremos, celebrar. Necesitamos y queremos días festivos; y con solemnidad fundacional los proclamamos y empezamos a celebrarlos un día. Porque somos y para ser.

    ¿Por qué no celebramos entonces el día de Europa, o lo hacemos como lo hacemos?. Por qué no es festivo el nueve de Mayo?. ¿Por qué no hacerlo tal?.

    Podríamos responder, a la luz de las consideraciones expuestas, como Pascal Lamy en esa lúcida reflexión que, tras años de dedicarse a la construcción europea, nos transmite sobre ella en La démocratie-monde (2004):

“…La ausencia de una escenografía inteligible por todos los europeos hace difícilmente aprehensibles y comprensibles los signos que emite el poder. Europa, desde ese punto de vista, es un poder sin tótem.”

Podríamos pensar que, efectivamente, es así y así tiene que ser. Que es distinta la construcción de Europa a la de cualquier otro sistema u orden político preexistente, que no podemos repetir en ella las mismas sustituciones de representación simbólica y totémica que han conllevado en la Historia otras construcciones políticas. Que Europa es, sí, un poder sin tótem; y así tiene que ser, así queremos que sea.

    Podríamos preguntarnos también si puede un poder sin tótem ser poder. Si el de la construcción europea no es, también, un reto de identidad colectiva; de construcción de ésta. O de toma de conciencia de la identidad común, complementaria de las identidades nacionales y colectivas existentes. De la común identidad humana, de nuestra común condición humana, de los derechos humanos que queremos preservar y realizar suscribiendo el contrato social.

    Nos decía Kant que el hombre es el único ser que se trasciende a sí mismo. Y Foucault que la cárcel está en uno mismo, como también la ley. También está y puede estar en nosotros Europa. Tal vez sea la europea una identidad distinta, aquella que resulte de ese asumir kantiano de la esencia de trascenderse a sí mismo, de trascender las identidades nacionales preexistentes y afirmar frente a ella nuestra común identidad humana.

    Humana, mas identidad al fin y al cabo; y por ello necesitada también de símbolos, de tótems, de celebración colectiva de la identidad colectiva.

    Asumir, en definitiva, nuestras identidades múltiples y ciudadanía multinivel, la identidad y la ciudadanía europea como elementos esenciales de la construcción europea. Recordar que, al volver la vista atrás sobre los inicios de la construcción europea que inició con la declaración que el nueve de Mayo se conmemora, dijo Robert Schuman que, si tuviera que volver a comenzar, empezaría por la cultura. Pensar que tal vez no hubiera podido empezarse la construcción europea por la cultura; pero preguntarnos si podrá concluirse sin ella.

    Podríamos preguntarnos, por otro lado, por qué no se promueve esa celebración desde el poder; si, tal vez subconscientemente, intuya éste que ésta pudiera acabar comportando su metamorfosis, la transformación de su poder en Europa, a través de Europa, en poder de Europa; y de alguna manera el hara kiri de su poder, de su exclusividad simbólica frente a los ciudadanos, tal como había existido hasta ahora.

    Podríamos pensar, en fin, que no hay Europa que celebrar más allá de la de la Copa de Europa. Pero, si así fuera, podríamos preguntarnos qué Europa queremos para que queramos celebrarla. Y como ciudadanos pedírsela a quienes en nuestro nombre y para la realización del interés general ejercen el poder en los estados y las instituciones europeas. Decirles que nos alegramos de lo decidido en el último Consejo Europeo, de que se haya evitado el naufragio y la Unión europea tenga una hoja de ruta para salir adelante, para seguir construyendo Europa. Decirles que queremos Europa. Y una Europa que celebrar. Y que queremos celebrarla.

    ¿Por dónde y cuándo empieza la celebración de Europa?. ¿Desde cuándo celebraremos su día?. Ha habido días festivos instaurados de arriba abajo, del poder a la ciudadanía; y de abaja a arriba, de la ciudadanía al poder. De nosotros, de todos y cada uno y cada una también depende. De alguna manera empieza su celebración cuando nos preguntamos por ella, cuando sobre ella en este blog escribimos, en él leemos; y a partir de ahí no olvidamos, se nos queda dentro la pregunta, la inquietud, el anhelo, el deseo, la aspiración de la celebración de Europa.

Hay 4 Comentarios

se dice que los franceses son muy nacionalistas, pero ea idea se basa en la intimidad de los politicos de izquierda. Lee este libro y veras que la invidia, uno de los siete pecados mortales del ser humano, es la responsable del estercolero que vivimos economicamanet hoy:

http://usaworldgaze.wordpress.com/2012/07/09/economic-social-envy-between-the-haves-and-the-have-nots-is-the-trope-of-progressive-leftist/

Pero qué identidad se va a promover desde la Unión Europea si desde que se empezó a construir no han hecho sino centrarse en la convergencia económica de cara a competir con otros países más sólidos y ahora-para más inri-no hacen más que pelearse entre ellos y demostrar que lo que pretendían unión no es sino competencia e insolidaridad. Los pueblos de los diferentes países que conforman Europa-pertenezcan o no a la Unión-creo que nos sentimos ya más hermanados que nunca. Lo han logrado las instituciones europeas que lidian ahora con la crisis. Unirnos a unos cuantos como hermanos en nuestra pobreza. Esa va a ser de aquí a no se sabe cuándo nuestra identidad,...


Hasta la fecha, la única celebración europea que conozco digna de tal nombre es el Festival de Eurovisión, que concentra a millones de europeos y no europeos en torno a un ceremonial muy lucido, en el que destaca, como diría el autor de este blog, la "ciudadanía multinivel". ¡Uff !

Lo otro, lo del 9 de mayo, no se lo cree nadie y a nadie divierte. Las antiguas celebraciones tenían raíz, se asentaban en creencias, pero las actuales son administrativas como un reglamento: carecen de emoción y sentimiento. Por eso nadie las recuerda o se la tienen que recordar constantemente en la tele como pasa con el día del clima o el día de las agencias de turismo, por ejemplo. De momento lo más sentimental que Europa tiene y que todos mimamos en nuestros bolsillos es el euro. ¿Por cuánto tiempo?

Muy bueno el artúculo¡¡ te felicito de un fiel seguidor¡¡ Y espero que no tardes en actualizar¡¡gracias¡
http://goo.gl/GbaMz

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Sobre el autor

Manuel Montobbio, diplomático y doctor en Ciencias Políticas con formación pluridisciplinar, ha desempeñado diferentes responsabilidades en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y ha estado destinado en San Salvador, Yakarta, México, Guatemala y Tirana. Paralelamente, ha desarrollado una trayectoria académica y literaria, que le ha llevado a publicar diversos libros, ensayos y obras de pensamiento y creación como Salir del Callejón del Gato. La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global, Guía poética de Albania y Tiempo diplomático. Acaba de publicar Mundo. Una geografía poética.

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