Manuel Montobbio

De la vacuidad del espacio público europeo

Por: | 19 de julio de 2012

    ¿Cuál es el cemento, la argamasa, la sustancia que aglutina o el aire que respira una unidad u organización política, sea ésta una polis, un Imperio, un Estado o cualesquiera otras de las que hayan podido darse en la Historia?. ¿Cuáles son sus ingredientes?. Y en concreto, ¿cuáles los que pueden unir a la Unión Europea?.

    Podríamos responder, como nos señala Leonardo Morlino en Cómo cambian los regímenes políticos, que la estabilidad y viabilidad de éstos viene determinada por la legitimidad, la eficacia y la movilización. Podríamos volver a las páginas que Pascal Lamy dedica en La démocratie-monde a la construcción europea, y señalar con él que ésta necesita de legitimidad, eficacia y un espacio público común.

    Legitimidad, eficacia, movilización: ingredientes que hacen posible que exista y funcione todo sistema político, que determinan su transformación o evolución: de ellas habrá que hablar en otras entradas de este blog. Y un espacio público común, entre cuyas fronteras habita el nosotros político que camina o hace la Historia. Pues ha sido ésta hasta ahora en general la de un nosotros frente o contra los otros, la de su construcción y acción. Y para que haya nosotros tiene que haber frontera, imaginaria o real, línea o límite a partir del cual habita el otro, comienza su territorio; o simplemente lo desconocido o ignoto, el “non plus ultra” de los romanos en el cabo de Finisterre. Frontera, a menudo, entre civilización y barbarie, que la misión civilizatoria como argumento de la Historia llama a civilizar. Frontera, a veces, entre civilizaciones o culturas, con otros dioses, otras creencias o ideas, otros mitos y relato cosmogónico, otro imaginario colectivo. Otro pueblo y otra organización política, otro nosotros con el que hay que relacionarse, convivir o confrontarse.

    Frontera que supone que fuera hay un mundo que no es tan nuestro como el de dentro, un estado de naturaleza en que ya no son válidas las normas de nuestro contrato social, en que somos extranjeros y extraños; y ya no es normal lo normal, ni cierto lo cierto. Y que supone que dentro hay un espacio común, compartido, único.

    Un espacio físico, que podemos recorrer libremente, donde nos podemos hace entender y entendemos a las gentes que a nuestro paso encontramos. Un espacio jurídico, donde es la misma la ley; y es ley, y ejerce el poder el monopolio de la fuerza si no se cumple y para que se cumpla; y hay fuerza y monopolio de la fuerza y orden público y protección de nuestras personas y bienes si las leyes cumplimos. Un espacio político, conformado por las personas y el territorio frente a los que se extiende el poder del poder, la comunidad política en la que éste se origina y a la que se dirige. Habitado, cuando es democracia, por ciudadanos que eligen en común una autoridad común. Un espacio en que nos sentimos en casa; que es, de alguna manera, nuestra casa ampliada. Que es nuestro; pues en él somos y podemos ser nosotros. Es el de las sociedades humanas un nosotros que comparte un espacio.

    Pero también un espacio imaginario, que en cierto modo se reproduce doquiera que estemos quienes de él venimos, a él pertenezcamos, nos encontremos. Pues en el otro lo vemos, lo sentimos. En las palabras, los referentes, las historias, los mitos, las experiencias comunes. Es por ello también un espacio interior, que nos habita por dentro, que en nosotros habita, de nosotros necesita para ser, como nosotros de él. Y un espacio ideal, una idea del espacio; y del mundo, de su centro y periferia, nuestra posición en él, una mirada del mapa y un mapa. Y el espacio de un idea, unas ideas y creencias, unos universales, cerrados o abiertos, compartidos; con vocación, al menos, de llegar a serlo.

    Y es por ello un espacio común de debate, y el espacio sobre y para el que en común debatimos. Donde nos importa lo que pasa y nos importa que pase; pues lo que pase nos pasa. Donde somos polis y queremos que se haga y hacer política, políticas públicas. Donde es la política interior, o simplemente política. O el espacio común que en común tiene una política exterior para el espacio exterior.

    De debate; y de opinión pública, para la opinión pública. Pues en la era de los medios de comunicación de masas, en la aldea global de la sociedad de la información, no sólo se expresa en una democracia la voluntad general de los ciudadanos a través de las elecciones y los partidos políticos y las estructuras de intermediación; sino también a través de la opinión pública. Una opinión pública común para un espacio común, que se pronuncia sobre una agenda, políticas y problemas comunes. Con instrumentos e instituciones de medición comunes. Se realizan en un espacio público común encuestas de opinión comunes, comúnmente conocidas.

    Y por ello, en fin, un espacio de comunicación, un espacio informativo; el espacio común en el que informan y sobre el que informan los medios de comunicación comunes.

    ¿De qué se debate, de qué se opina, sobre qué se informa en Europa?. ¿De qué está lleno el espacio público europeo?. ¿De qué Europa está llena el espacio público?.


    Encendamos la televisión, abramos el periódico, consultemos las encuestas del CIS, o las que publica cualquier diario los domingos, asistamos en los parlamentos a los debates de política general. Veremos a España – o a Francia, Alemania o cualquier otro Estado miembro – en Europa; veremos debatir, opinar e informar sobre nuestros objetivos o papel en ella, lo que hacemos, somos u obtenemos de Europa; sobre lo que otros hacen, quieren u obtienen de ella; sobre quién gana o pierde en Europa, o qué queremos de ella y en ella. Veremos también a Europa en nosotros, justificación o causa de lo que hacemos o tenemos que hacer, de las decisiones políticas en el Estado y de las políticas públicas del Estado.

    No veremos, sin embargo, debatir, opinar, informar a los europeos sobre Europa. Debatir, opinar, informar, en definitiva, en europeo. Una visión europea – y no española, alemana, francesa u holandesa – de Europa.

    Bien es cierto que si apretamos el zoom no dejaremos de ver algunas excepciones, semillas o embriones del espacio público que podría ser. Como, en el ámbito de la producción de ideas y propuestas, la emergencia de un think tank como el European Council for Foreign Relations, que inter o paneuropeamente desde sus diferentes sedes intenta ver y pensar Europa desde Europa. O como el Eurobarómetro o Euronews. Mas no lo es menos que no cuenta Europa con una gran medio de comunicación paneuropeo de referencia; y que la opinión y visión de las élites sobre Europa se ve en buena medida a través de los ojos del Financial Times, The Economist y otros medios globales de referencia anglosajones. Ni que, si apretamos de nuevo el zoom para contemplar en gran angular el especio público europeo exterior e interior, constituyen la excepción a la regla.

    Contemplaremos más bien en gran angular un espacio como el de la caverna de Platón, en el que se reflejan las sombras, los focos, los haces de luz que difunden hacia y sobre Europa los diferentes espacios públicos nacionales. Y ese espacio público contemplado a la luz de ese foco, desde ese particular ángulo, es necesariamente parcial e incompleto; deja en la oscuridad parte esencial del espacio común, que así, de alguna manera, deja de serlo. Y sobre todo deja de ser uno; pues, aunque puedan darse intersecciones entre los diferentes espacios públicos que alcancen a verse o imaginarse desde el foco de cada Estado miembro, difícilmente resultarán coincidentes, alumbrarán un espacio común. Comparte el sujeto colectivo que avanza en la Historia, o la hace, un imaginario colectivo. Un imaginario colectivo que se realiza y representa en un espacio público común, que necesita de un espacio colectivo. Necesita la construcción europea de símbolos, de relato cosmogónico, de alma; y de espacio para realizarse, para ser. Y necesita que sea colectivo.

    Necesita, por así decirlo, el espacio público europeo para serlo del todo, frente y junto a los focos que lo iluminan desde diferentes ángulos del suelo y del subsuelo, de una luz en el techo que lo ilumine todo, en su conjunto. O tal vez, simplemente, que lo miremos o aprendamos a mirarlo desde arriba, en gran angular; a Europa desde Europa. A sentir y vivir, en definitiva, ese espacio como propio, como nuestro, como el de un nosotros más amplio que convive con aquellos otros que vivimos como los naturales y propios de la comunidad política de nuestra identidad colectiva. Más amplio, pero igualmente nuestro, igualmente vital: identidad múltiple, ciudadanía múltiple, espacios múltiples. Y entre ellos un espacio común.

    Necesita, en fin, llenarse. Pues es el espacio público europeo un espacio vacío, donde habita el vacío. Y es esa vacuidad lo que más definitivamente lo define. Fuera; y dentro, en el espacio público europeo que en cada uno de nosotros habita, es.

    Necesita, definitivamente, ser.

    España en Europa; Europa en España. Nosotros en Europa; Europa en nosotros: en. En, que implica, significa, estar. Y el reto no es estar en Europa o que Europa esté en nosotros, hacer de ella algo en lo que estamos o que en nosotros está; sino ser, ser Europa. Y por ello y para ello Europa = nosotros. Asumir que somos Europa, que Europa somos nosotros; y es el suyo el espacio en que somos nosotros. En que somos.

    En que somos, y en que celebramos. Celebramos que somos. Pues es, finalmente, también un espacio de celebración (que no celebramos). Un espacio en el que celebramos y un espacio para celebrar. En el que celebramos Europa. Que supone, que busca, que quiere – como señalábamos en la entrada de este blog De la celebración de Europa – que Europa sea algo a celebrar, y que sea una democracia en el espacio y un espacio democrático; y para ello la construye y lo construye.

    ¿Cómo y con qué llenar el vacío?. ¿Cómo y con qué llenar el espacio público europeo?. La construcción europea nos plantea, entre otras, estas preguntas.

Hay 4 Comentarios

¡Hombre! ¡Qué enredado y redundante! Le sugiero que practique más a la simpleza expresiva y concisa, si no quiere ser de la élite intelectual de supuestos "hípercultos" que adoran las extravagancias por sobre la sensatez objetiva y verdadera claridad conceptual.

Fíjese cómo estimo que puedo resumir las cosas:
Europa, como cualquier grupo humano, debe tener claro que "la unión hace a la fuerza" (a la solidez ante problemáticas de toda índole). Y ése es el principio motriz de toda clase de asociaciones y grupos de seres vivos: poder ser más fuertes y resistentes que de modo individual ante cuestiones que pueden afectar individualmente a todos, sea por turno o masivamente.
Para lograr durabilidad, impera el respeto mutuo por la individualidad, pero con criterios consensuados en la COLABORACIÓN RECÍPROCA con parámetros y reglas parejas, justas y equitativas para todos; pero sin perder de vista al concepto de solidaridad o ayuda recíproca.
El EGOÍSMO (del individualismo excesivo, mal considerado cultura propia) que pretende que los demás se amolden o adapten a uno "porque lo digo yo", es a lo que alude como focos (y son más bien sombras, que no vacuidad ni vacío) de la alegoría del mito de la caverna de Platón. Con el agravante que, además, consideran como óptima a una conducta tan aberrante como la anglosajona, que es la que más desequilibrios y daños planetarios ha ocasionado en el último siglo, con el hipócrita argumento de "progreso" o "defensa" de valores humanos.
MAL describe a Europa como si tuviera una unidad cultural "vacua" o de "vacío interior"; ya que es un conjunto de identidades que debe (y se están esmerando por lograr) una conciliación de principios unificadores, precisamente en la comprensión de lo que enuncié al comienzo: Que "la unión hace a la fuerza" y, en este mundo cada vez más globalizado y avasallado por unos relativamente pocos capitalistas salvajes y apátridas, no queda más alternativa que hacerles frente común, en bloques ideológicamente unidos por principios comunes de autodefensa en apoyo y colaboración recíproca ante los gigantescos depredadores económicos y del modo de vida digna.
Si este interés común no es suficiente razón para brindar solidez y consistencia a la unión de las individualidades comunitarias y culturales europeas en un sano entendimiento... ¡la humanidad entera estará perdida! (porque será clara evidencia que el resto del planeta tampoco, o muy difícilmente, podrá lograr actitudes similares contra los bestiales avasalladores).

Das en el clavo con una precisión que sería feliz si no fuera trágica. Efectivamente, no hay medios de comunicación realmente europeos, ni debate público que sea europeo de naturaleza. La simple razón es que no hay lengua que vehicule una visión del mundo identitariamente europea, o más bien que no se quiere aceptar que la hay y que la ha habido siempre. Como bien dices, el sucedáneo que más se acerca son algunos medios británicos, de referencia claramente anglosajona. Cada vez más comentaristas se hacen eco de este problema; sin embargo, todavía no veo prácticamente a ninguno que se atreva a poner sobre la mesa la única solución posible y defenderla públicamente. Los medios británicos y su lengua nunca podrán reflejar una vox populi continental, secularmente tan distinta, casi opuesta. Europa sólo ha tenido y podrá tener jamás una lengua común en que expresar su vox populi europea. Mientras nos dé miedo asumirla sin tapujos, no habrá nación europea posible. Si hicera falta que la nombrara, ello sería sólo medida directa de lo lejos que aún estamos de pensar en europeo.

"Legitimidad, eficacia, movilización". Aunque el debate es extenso, yo diría que la movilización y la eficacia traerán la legitimidad que, hoy por hoy, Europa no tiene.
¿Que política europea puede ser eficaz para defendernos de la especulación que, atacando un día a cada víctima consigue ganar, enfrentándonos?. Hoy Grecia está peor, mañana España, el "salvado" de hoy respira aliviado (le ha tocado a otro). Los "ricos" contra los "pobres". Separados y enfrentados por fuerzas que ganan de esto, Europa irá a peor.
Alguien dijo (creo que Shaube o Juncker) que habría que elegir un presidente europeo. Seguirá siendo un personaje lejano. Los diversos intentos de hacer Europa se hicieron tomando como modelo un Estado, pero más grande. Habría que acentuar el modelo red.
Imaginemos que en lugar de Presidente se creara un Ministerio de Crecimiento y Empleo (es lo que puede unir a Europa). ¿Con qué dinero?. Nixon era una persona deleznable pero un político genial y dijo: "si tengo la máquina de imprimir billetes, no tengo problemas de deuda, el problema lo tienen los acreedores". Así desligó el dolar de la rigidez y trajo 40 años de crecimiento al mundo, a China (que sigue atesorando dólares sin miedo).
Por supuesto habría que cuidar ese dinero, evitar que termine en el pozo sin fondo de la política (la española, por ejemplo) o en manos de la mafia y las grandes empresas. En eso Merkel tiene razón ¿y si, cuando pierda las elecciones se le adjudicara este proyecto?
Ese nuevo dinero debe apoyar proyectos eficaces, y el seguimiento debe ser estricto. Aquí entra a jugar la eficacia y la movilización: ya existen herramientas de democracia directa y crowdsourcing para que los europeos validen, promuevan, elijan y auditen los proyectos de crecimiento. Las decisiones a puertas cerradas, con una burocracia cada vez más sofisticada y las elites de think tank, fundaciones y similares aleja a Europa de los ciudadanos. Queremos opinar y participar. No hace falta una revolución, sustitución total, sino añadido, en informática se llama plug-in.
El Partido Pirata utiliza http://liquidfeedback.org/. Nos gusten o no sus propuestas, su organización de democracia directa es eficaz e impecable. La democracia de "una vez cada cuatro años" no sirve ya.
Si las elites abren las puertas de la participación y las del crecimeinto, habrá Europa, si no, la realidad alternativa on line la dejará atrás y con ello mucho de lo defendible de esta experiencia histórica. Para describirlo de otra manera: el mail no nació con el plan de sustituir el correo postal, eso sucedió por sí mismo. Los europeos querrán europa si puede tener un futuro y si pueden participar. También si pueden sentirse los mejores. Cuando cada mañana se les dice que su vida será peor, se les amenaza por encargo (de los especuladores)...

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Sobre el autor

Manuel Montobbio, diplomático y doctor en Ciencias Políticas con formación pluridisciplinar, ha desempeñado diferentes responsabilidades en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y ha estado destinado en San Salvador, Yakarta, México, Guatemala y Tirana. Paralelamente, ha desarrollado una trayectoria académica y literaria, que le ha llevado a publicar diversos libros, ensayos y obras de pensamiento y creación como Salir del Callejón del Gato. La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global, Guía poética de Albania y Tiempo diplomático. Acaba de publicar Mundo. Una geografía poética.

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Toda poesía reunida refleja un mundo, como el recogido en esta geografía poética que, siguiendo la figura del héroe que lo sostiene, ofrece al lector un viaje por éste en cuyas estaciones o etapas encuentra los poemarios y poemas que lo habitan, sean éstos los que sostienen el mundo o los que relatan sus lugares perdidos, soñados o encontrados, sus fronteras, viajes o lugares-siempre.

Tiempo diplomático

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Una invitación a vivir un destino diplomático en sus diferentes etapas y una aproximación a las funciones del diplomático que, entre el ensayo y el relato, intenta responder a las preguntas de qué es la diplomacia, qué es y qué hace un diplomático y su sentido, y al tiempo va más allá.

Guía poética de Albania

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Una aproximación a la esencia y el alma de Albania, su drama, sus mitos y su universo simbólico en un viaje sinfonía en cinco movimientos —Guía de Albania, Tirana, Búnkeres, Mujeres-hombre y Cielos de Albania—, en que nos adentramos en su realidad y referentes colectivos y en las grandes cuestiones y anhelos que afrontamos en nuestro navegar con la vida en el mundo.

Salir del Callejón del Gato

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La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global

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