Manuel Montobbio

De la ciudadanía europea

Por: | 01 de octubre de 2012

    Nace la democracia en la polis. Es a ella consustancial en su concepción, en su ser. Es el gobierno de la ciudad, la polis o la entidad política – la polity, como se señala en la Ciencia Política anglosajona -, por los ciudadanos, constituidos en demos. Se define por el origen del poder en aquellos sobre los que se ejerce; por el carácter vicario, delegado, mandatorial de éste. De modo que lleva implícito el ideal – o la idea – rousseauniano de que al obedecer la ley se obedezca uno a sí mismo; lleva implícito el contrato social. Se define por de quiénes surge el poder; y no por sobre quiénes se ejerce. Y lleva implícita, también, la voluntad, la opción de los ciudadanos no sólo de constituirse en poder, en origen del poder, sino, también, de constituirse en demos, en nosotros que camina junto en la Historia, junto quiere hacerla y la hace. En cuyo seno la política es interior, ciencia y arte de la realización del interés general de la polis que somos todos, en la que somos.

    Nace el imperio con la extensión del poder por los vastos territorios en que para cultivarlos se han asentado los seres humanos. Y se define por los territorios y las personas sobre los que se ejerce, sobre quienes impera. Quienes en él habitan están sujetos, sometidos a ese poder; son súbditos. Están juntos en esa sujeción, y conforman el nosotros de quienes están sometidos al mismo poder.

    Ese poder y su legitimidad cambian a partir de las revoluciones que pretenden realizar en la Historia las ideas de la Ilustración. Deja la ley de reflejar la voluntad de Dios o sostenerse en la legitimidad religiosa y conformarse por la voluntad y decisión del soberano: pasa la soberanía al pueblo, se transforman los súbditos en ciudadanos, y la ley en expresión de la voluntad popular, el poder a ser detentado por quienes los ciudadanos han elegido para ello, ante los ciudadanos responsables, a la ley sometidos en su ejercicio del poder. Se da en ese paso de súbditos a ciudadanos la transformación de qué del poder, mas no del quiénes: es el nosotros de los ciudadanos el de los súbditos históricamente sometidos al mismo poder. Así ha sido en los estados que como tales se han mantenido tras la instauración de la democracia y el Estado de Derecho.

    Es el contrato social el origen de la ley que obedeciéndola se obedece uno a sí mismo – o cree que de alguna manera lo hace, por haber de alguna manera participado en su elaboración -, cúspide de la pirámide kelseniana, base a partir de la que emana y se desarrolla el ordenamiento jurídico. Señalábamos en una  entrada anterior de este blog – Del contrato social europeo – que es el contrato social europeo el que por primera vez da lugar a una ley común en un territorio común sin monopolio común de la fuerza, la capacidad de coerción para garantizar su ejecución, de modo que los estados que conforman la Unión Europea ponen la suya en su respectivo territorio no solo al servicio del cumplimiento de su propio ordenamiento jurídico, sino también del de ésta.

    Tiene por objeto en su inicio la ley común el mercado común, las políticas comunes que se construyen, la integración económica. Mas llega un momento en que se plantea llevar la integración más allá, hacia ámbitos tradicionalmente reservados al núcleo duro, esencial, al que se dedica la capacidad de coerción del Estado, el orden que caracteriza al contrato social, que motiva en última instancia huir del estado de naturaleza hacia él. Ante los retos de la inmigración y la amenaza compartida del terrorismo o el crimen organizado, la necesidad y conveniencia de articular una respuesta compartida y desarrollar una política común frente a ellos, se dota la construcción europea de un tercer pilar, promueve a partir de la Cumbre de Tampere la Unión su conformación como espacio común de Justicia y Asuntos de Interior – conocido en la jerga comunitaria como pilar o espacio JAI.

    No es casualidad que ello coincida con el lanzamiento y progresiva concreción, como si fuera otra cara de la misma moneda, de la ciudadanía europea. Inicialmente propuesta por el entonces Presidente del Gobierno Felipe González – se trata de una de las aportaciones fundamentales, junto a la cohesión, que desde España se han hecho a la construcción europea -, será desarrollada en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea elaborada por la Convención instituida al efecto por el Consejo Europeo de Colonia (Junio 1999), y entrada después en vigor a través del artículo 6.1 del Tratado de Lisboa, que le confiere “el mismo valor jurídico que los Tratados” de la UE.

    Es así Europa hoy un espacio común de Justicia e Interior, donde cualquier frontera ya no es solo del Estado donde se sitúa, sino de la Unión, de modo que el acceso a través de cualquier de ellas garantiza la movilidad a través de él, siempre y cuando se disponga previamente de un visado común, conforme a lo previsto en el Convenio de Schengen. Un espacio en que cooperan las fuerzas policiales y los poderes judiciales en la persecución del delito y la violación de la ley, dotado de instrumentos como Europol o la orden de arresto europea. Mas también y sobre todo un espacio en que todos los ciudadanos tenemos garantizado el respeto a unos derechos y libertades fundamentales comunes, no solo frente al Estado del que somos nacionales según establezca su Constitución, sino también frente a y en cualquier Estado de la Unión, conforme a lo establecido en la Carta, del mismo modo que están éstos garantizados para los nacionales de los demás estados miembros en el nuestro. Y somos así ciudadanos en todo el espacio común, en todo él tenemos garantizados los derechos y libertades fundamentales cuya salvaguarda motiva la suscripción del contrato social, frente a  las autoridades de cualquiera de sus estados podemos exigir su respeto, y a ellas estamos a su vez sometidos en su acción de persecución de su violación, de garantía de su cumplimiento. En ello se realiza y se cumple nuestra ciudadanía europea, simultáneamente y más allá del Estado del que somos nacionales.

    Y no cabe duda de que constituye ello un logro, la realización de una idea y acaso de un sueño, un paso adelante en la Historia, difícilmente imaginable un suspiro antes en ella.

    Mas precisamente la plenitud muestra el vacío, la cara llena de la moneda la cara vacía. Y despierta al mostrarlo la conciencia de ese vacío, y tal vez su angustia, el deseo de llenarlo, de ser moneda del todo, el sueño.

    El sueño de completar la ciudadanía europea, de realizarla del todo. De no conformarnos – como, salvando las distancias, no se conformaron con el despotismo ilustrado quienes proclamaron los derechos del hombre y del ciudadano y elaboraron las primeras constituciones democráticas contemporáneas como contrato social regulador de la vida colectiva – con vivir y disfrutar sus ventajas, el disfrute y garantía de esos derechos y libertades fundamentales en todo el espacio europeo, su respeto por todas las autoridades en él. Con ese aspecto o lado, en definitiva, pasivo de la ciudadanía. No conformarnos con el pasivo, y querer pasar al activo. Con la ciudadanía otorgada, y querer la otorgante. Con el respeto y garantía por parte del poder político de los derechos y libertades fundamentales; sino querer constituirnos de él en origen, elegirlo y pedirle cuentas.

    Toda idea, una vez concebida, ilumina una posibilidad, llama a su realización, muestra una potencialidad que desea convertirse en realidad. Lleva implícita la de la ciudadanía europea en su lógica última, en el desarrollo de su potencialidad, la elección directa del poder europeo por los ciudadanos europeos y la legitimidad de origen y la accountability que ello conlleva. El poder que en una democracia ese origen otorga a una institución o poder frente a cualquier otro. Lleva implícitas, en definitiva, elecciones europeas de las que emane no sólo el Poder Legislativo europeo, sino también y sobre todo – sea por elección directa de los ciudadanos, sea por la indirecta de sus representantes en el Parlamento Europeo – el Poder Ejecutivo, que para y al ejecutar afecta, ordena y dirige la vida colectiva europea, y garantiza y promueve el respeto y la realización de los derechos y libertades fundamentales que conlleva la ciudadanía europea. Pasiva y activamente, impidiendo y haciendo.

    ¿Podría acaso de otro modo superar la construcción europea el déficit de legitimidad democrática del que sistemáticamente se le acusa?. ¿Podría acaso de otro modo el poder europeo ser del todo poder frente y junto al de sus estados miembros; ser igualmente poder, no solo en cuanto a poder, sino en cuanto a igualmente legítimo?. ¿Podría acaso de otro modo ser la europea del todo ciudadanía frente y junto a la nacional de cada uno de los estados miembros, en cada uno de ellos?. ¿Podría acaso de otro modo ser del todo el poder europeo poder que al obedecerlo se obedezca el ciudadano europeo a sí mismo?. ¿Podríamos acaso de otro modo como ciudadanos ser, también y al tiempo, del todo europeos; y no solo españoles, franceses, alemanes o griegos en Europa?. ¿Podríamos acaso de otro modo  llegar los europeos a sentirnos, a ser del todo un nosotros que junto avanza en la Historia?. ¿Podría acaso de otro modo ser nuestra polis Europa?.

    Se dice a menudo y con razón estos días que Europa no tiene demos, sino demoi. Largo, dificultoso, desconocido e incierto puede ser el camino que lleve de los demoi en Europa al demos europeo, sin duda. Mas, ¿podría acaso recorrerse sin dar, sin partir de ese paso?.

    ¿Puede acaso haber democracia sin demos, polis sin ciudadanos?. Nos plantea entre otras estas preguntas, la reflexión sobre ella, el reto de responderlas, la ciudadanía europea en su concepción y realización.

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Sobre el autor

Manuel Montobbio, diplomático y doctor en Ciencias Políticas con formación pluridisciplinar, ha desempeñado diferentes responsabilidades en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y ha estado destinado en San Salvador, Yakarta, México, Guatemala y Tirana. Paralelamente, ha desarrollado una trayectoria académica y literaria, que le ha llevado a publicar diversos libros, ensayos y obras de pensamiento y creación como Salir del Callejón del Gato. La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global, Guía poética de Albania y Tiempo diplomático. Acaba de publicar Mundo. Una geografía poética.

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