Manuel Montobbio

Sobre el autor

Manuel Montobbio, diplomático y doctor en Ciencias Políticas con formación pluridisciplinar, ha desempeñado diferentes responsabilidades en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y ha estado destinado en San Salvador, Yakarta, México, Guatemala y Tirana. Paralelamente, ha desarrollado una trayectoria académica y literaria, que le ha llevado a publicar diversos libros, ensayos y obras de pensamiento y creación como Salir del Callejón del Gato. La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global, Guía poética de Albania y Tiempo diplomático. Acaba de publicar Mundo. Una geografía poética.

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Mis libros

MUNDO Una geografía poética

MUNDO

Una geografía poética

Toda poesía reunida refleja un mundo, como el recogido en esta geografía poética que, siguiendo la figura del héroe que lo sostiene, ofrece al lector un viaje por éste en cuyas estaciones o etapas encuentra los poemarios y poemas que lo habitan, sean éstos los que sostienen el mundo o los que relatan sus lugares perdidos, soñados o encontrados, sus fronteras, viajes o lugares-siempre.

Tiempo diplomático

Tiempo diplomático

Una invitación a vivir un destino diplomático en sus diferentes etapas y una aproximación a las funciones del diplomático que, entre el ensayo y el relato, intenta responder a las preguntas de qué es la diplomacia, qué es y qué hace un diplomático y su sentido, y al tiempo va más allá.

Guía poética de Albania

Guía poética de Albania

Una aproximación a la esencia y el alma de Albania, su drama, sus mitos y su universo simbólico en un viaje sinfonía en cinco movimientos —Guía de Albania, Tirana, Búnkeres, Mujeres-hombre y Cielos de Albania—, en que nos adentramos en su realidad y referentes colectivos y en las grandes cuestiones y anhelos que afrontamos en nuestro navegar con la vida en el mundo.

Salir del Callejón del Gato

Salir del Callejón del Gato

La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global

Un viaje por los espejos que condicionan nuestra visión de la realidad y del mundo y de búsqueda de nuevos paradigmas sobre la democracia, el desarrollo, la paz, la diversidad cultural y otros elementos para la construcción de la gobernanza global.

La metamorfosis del Pulgarcito

La metamorfosis del Pulgarcito

Transición política y proceso de paz en El Salvador

Un análisis del proceso salvadoreño y la problemática de la construcción de la paz y la democracia en El Salvador desde la doble perspectiva de la Sociedad Internacional y la sociedad nacional, como proceso de paz y a la luz de las teorías de la transición democrática, la revolución y el contrato social, y sus lecciones para otros procesos.

Del cilindro de Trotsky

Por: | 24 de octubre de 2012

    “Sin el partido bolchevique, el descontento popular sería como el vapor no encerrado en un cilindro”: ha llevado esta frase de Trotsky a los teóricos del cambio político, y en concreto a los teóricos de la revolución, a hablar de “la condición del cilindro de Trotsky” – de la existencia de un partido político u organización que canalice la acción colectiva – como necesaria para la realización de ésta. Y, más allá de dicho contexto, puede la del cilindro de Trotsky constituir la metáfora del funcionamiento del sistema político entre las demandas de los ciudadanos que constituyen la comunidad política y las instituciones que ejercen el poder político que pueda desarrollar las políticas públicas que las satisfagan: se necesitan entre el vapor y la máquina cilindros que apresen el vapor, lo transformen en la energía que la hagan funcionar, y permitan que se muevan el barco o el tren. Tal es el rol que desempeñan, o deberían desempeñar, en el sistema político las estructuras de intermediación, sean éstas con vocación de realizar las demandas de la ciudadanía en su conjunto, e incidir en todas las políticas que puede desarrollar el poder, como los partidos políticos; o con la de atender éstas en determinado ámbito o representar cierto interés colectivo, como las organizaciones empresariales y los sindicatos.

    ¿Qué máquina pretende hacer funcionar el cilindro, qué sistema político intenta mover?. Desde luego el del Estado en que la ciudadanía se organiza; mas, ¿qué pasa más allá o más arriba, en el sistema político que constituye la Unión Europea; o en el sistema internacional?. Bien pudiera decirse que más allá o más arriba del Estado son los estados las estructuras de intermediación entre la ciudadanía y el poder supraestatal; pero también preguntarse si no constituirá una de las debilidades de la construcción europea la ausencia de cilindros de Trotsky – de partidos políticos u otras formas de organización colectiva – que capten y transmitan directamente las demandas de los ciudadanos y ciudadanas europeos al poder europeo. Si no es éste el poder que podría ser del todo precisamente por ser una máquina de vapor sin cilindros.

    Se condensa a veces el vapor de las demandas populares en el rechazo a la situación presente, o en una demanda, una idea cuya realización en la Historia requiere al poder. ¿Qué pasa si no capta el vapor el cilindro?. ¿O si no lo utilizan para hacer funcionar la máquina, o lo que ésta produce o el camino por el que avanza no satisface las demandas, y entre tanto aumenta la densidad del vapor en la olla social, va alcanzando el agua su punto de ebullición?. ¿Busca el vapor al cilindro, el cilindro al vapor?.

    Cuando la sociedad ebulle y el o los cilindros no saben o pueden captar su vapor, no da salida a éste el cilindro o la máquina que mueve, ni apaga o modera el fuego que lo origina, de manera que mantenga la caldera la temperatura, el corazón el bombear de la sangre, de manera que no estalle la caldera, ¿cómo ser cilindro y no olla a presión?

    ¿Y si el cilindro no mueve la máquina, sino la cambia, la transforma, hace la revolución como pretendía Trotsky?. Nos plantea esta pregunta, en primer lugar, que para afrontar el descontento popular, para canalizar el vapor a veces la cuestión no es solo la respuesta del sistema, sus políticas públicas, sino el sistema mismo: el vapor no se dirige a lo que hace, sino a lo que es. Pregunta no solo qué cilindro; sino qué sistema, qué tren y qué destino. No solo moverse, sino hacia dónde y quiénes vamos en él.

    Nos recuerda, por otro lado, que cada era vive en sus paradigmas conceptuales, sus supuestos implícitos. Vive la nuestra en el paradigma sistémico y su transformación y la canalización del cambio político por las vías por él ofrecidas; mas no siempre ha sido éste el paradigma de referencia. Basta volver la vista a tiempos no lejanos para contemplar la revolución, o la fundación del sistema a través de la suscripción del contrato social, como paradigmas de referencia para la realización del cambio político.

    Pareciera como si fueran el sistémico y el de la revolución/fundación paradigmas dicotómicos, como si una incompatibilidad maniquea entre uno y otro se diera. Y bien pudiera ser, sin embargo, que existan entre ellos vasos comunicantes; que rija en relación a ellos y el funcionamiento de los cilindros de Trotsky un implícito principio de Arquímedes marcado por el punto de ebullición. Si los cilindros - los partidos políticos u otras estructuras de intermediación entre la ciudadanía y el régimen político – captan adecuada o suficientemente el vapor y las necesidades y demandas que los ciudadanía expresa la poder o las ideas que formula en las plazas y las calles, en las urnas y por las diferentes vías y canales por los que se expresa la opinión pública, y las canalizan hacia el régimen y el poder político, promoviendo que éste desarrolle políticas públicas que satisfagan esas necesidades y demandas y realice progresivamente esas ideas en la Historia; mantendrá su viabilidad el sistema político y seguirá el nosotros de una sociedad navegando en su barco a través de la Historia. Si no consiguen captarlo suficiente o adecuadamente o mover en el sentido apuntado la maquinaria del poder, seguirá aumentando el vapor y su densidad en la olla social, y entrando cada vez más agua en ebullición, hasta que estalle la máquina e incluso tal vez la olla o el barco. Y sea la revolución – que algunos de sus teóricos explican recurriendo, además de a la metáfora del cilindro de Trotsky, a la de la erupción volcánica – la vía y el paradigma para el cambio político y la realización de las ideas en la Historia. De modo que después de destruida la máquina y tal vez la olla, el barco o el tren, suscriban los ciudadanos otro contrato social, construyan otra máquina y otros cilindros captadores y transformadores de vapor. Otra máquina que pueda producir esas políticas públicas o realizar esas ideas, que mantenga el vapor entre la densidad suficiente para moverla y la necesaria para que no estalle. Otra máquina, u otro barco u otros barcos en los que pueda o puedan el nosotros o los nosotros navegar en la Historia. Pues no han sido pocas en ésta las veces que cuando ha estallado la olla que contenía una sociedad o naufragado el barco en que viajaba un nosotros, se ha disgregado éste, y ha afectado el nuevo contrato social no solo al qué, sino al quiénes; y quienes antes viajaron en el mismo barco se han echado de nuevo a la mar en barcos distintos.

    Cuando la sociedad ebulle, se manifiesta en las calles, expresa en ellas sus demandas, se convierte en símbolo, lema, referente o movimiento, cristaliza o cataliza en sus consignas un sentir colectivo, un mensaje, una reivindicación de la ciudadanía frente al poder. Y puede convertirse la fecha de esa manifestación, esa efervescencia o expresión de un sentir colectivo, como hemos visto el 15-M en la Puerta del Sol o el 11-S en el Paseo de Gracia, en referencia que marque un parteaguas en la conformación de la agenda política, las demandas o cuestiones que, quiéralo o no éste, deben ser objeto de respuesta, de acción y de política pública desde el poder político; objeto de la atención de la opinión pública y la actualidad informativa.

    Puede esa ebullición, ese aumento, esa concentración o efervescencia del vapor constituir una fuente de energía que, captada adecuadamente por los cilindros, se transforme en poder, en movimiento, en políticas públicas, en transformación de la realidad, en realización de ideas en la Historia, en conversión en hechos de las palabras que corean en las calles o en las plazas las multitudes. Puede ese vapor diluirse en el aire, evaporarse o perderse en el recuerdo o el olvido de un pudo ser que no fue, diluirse en la imaginación o el desencanto. Puede aumentar progresivamente, arrolladoramente, descontroladamente - tal vez más allá de la imaginación o intención de quienes comenzaran a hervir el agua -, hasta estallar la olla.

    Puede el vapor buscar los cilindros, llenarlos, pedirles que muevan la máquina del poder para realizar sus demandas, introducir éstas en sus programas, en la agenda o el horizonte hacia el que se dirige la máquina del poder. Puede intentar crear un cilindro, en él transformarse, convertir así en estructural a la agenda política una demanda o una idea, una visión, un programa, conseguir con él llevar el vapor a la máquina, transformar la reivindicación en la calle en programa de acción política, input que influye – o determina – en el output del sistema político.

    Se plantea así a toda sociedad organizada u organizable en un sistema político no solo la cuestión y reto de la conformación de las instituciones que configuran el régimen político que pueda producir las políticas públicas que atiendan las necesidades y demandas de la ciudadanía, no solo la cuestión de garantizar los derechos fundamentales para cuya realización suscriben los ciudadanos y ciudadanas el contrato social, muy especialmente entre ellos el de participación política; sino también la cuestión y el reto de la conformación de los cilindros de Trotsky que puedan articular adecuadamente la relación y retroalimentación positiva entre la comunidad y el poder político.

    Y se plantea al político, a los políticos, el reto de hacer de su partido cilindro de Trotsky que capte el vapor de las demandas y propuestas de la ciudadanía y mueva la maquinaria del poder para satisfacer y realizar en la Historia las ideas y políticas que las encarnan.

Del descubrimiento del diario de Colón

Por: | 12 de octubre de 2012

    Sostiene Sloterdijk en Normas para el parque humano que en el fondo la cultura, toda cultura, se compone de una serie de cartas que unos hombres escribieron para los demás hombres – los de su época y aquellos que vendrían después -, intentando en ellas compartir lo vivido y lo soñado, lo aprendido en el camino de  la vida y sus lecciones, escritas tal vez desde la intuición o el convencimiento de que ese compartir al escribir diera sentido a la vida y la prolongara más allá de la vida, con la esperanza tal vez de ser de algún modo en quienes leyeran lo escrito, que pudieran éstos vivir incluso más allá, más lejos, al recibir el saber transmitido en esas cartas, esas obras y esos libros antes escritos. A veces esas cartas, esas obras, se convierten en otras, y ésas en otras; y las primeras y muchas otras incluso se olvidan, o se saben tanto que hasta se pierde la conciencia de que se saben, pasan a formar parte de lo supuesto, lo implícito, lo evidente, lo que no se cuestiona, los supuestos tácitos, los mitos, los axiomas, los teoremas y dogmas, las ideas subyacentes a toda cosmovisión, a toda cultura.

    Hay cartas, obras, que se escriben para contar, reflexionar sobre lo vivido. Y hay hechos que se viven para poderlos contar: constituye su objetivo último y su sentido haberlos hecho, mostrar que era posible hacerlos, que lo que se suponía que no existía existe, lo que se creía que no era es.

    Cuenta Cristóbal Colón en el diario de su primer viaje a las Indias que, ya de regreso hacia España en medio de la inmensidad del Atlántico, la noche de jueves 14 de Febrero de 1493 padecieron una gran tormenta que temieron seriamente que les llevara al naufragio; y entre el fragor de las olas y los vientos, tras los rezos y los votos a la Virgen rogando por su salvación, por si ésta no se diera y “porque si se perdiese con aquella tormenta los Reyes hubiesen noticia de su viaje, tomó un pergamino y escribió en él todo lo que pudo de lo que había hallado, rogando mucho a quien lo hallase que lo llevase a los Reyes. Este pergamino envolvió en un paño encerado, atado muy bien, y mandó traer un gran barril de madera y púsolo en él sin que ninguna persona supiese qué era, sino que pensaron todos que era alguna devoción; y así lo mandó echar en la mar…”

    No sabemos qué hubiera pasado si la Niña y la Pinta no huyeran sobrevivido a esa tormenta. Ni tenemos noticia de que ese barril lanzado entonces al mar hubiera llegado a costa alguna. Ni qué hubiera pasado si de la expedición de Colón hubiera llegado de vuelta solo ese barril, ni si la carta entonces escrita pudiera en tal caso leerse, ni quién la hubiera leído y creído. Pero sí que ante el peligro inminente de que aquella tormenta acabara con el viaje a las Indias y el viaje de su vida, Cristóbal Colón quiso dar cuenta de él, sobre él escribir una carta a los demás hombres. El objetivo y el sentido del viaje no era llegar a las Indias, sino volver de ellas; el descubrimiento, informar sobre él, haberlas descubierto. Pues tal era también el propósito y sentido que había dado a su vida, al que la había dedicado, por el que la había puesto en riesgo.

    Afortunadamente fueron las cosas como fueron y superó esa tormenta; y es hoy esa carta última en ese barril lanzado a la mar en tempestad apenas un párrafo en ese diario cuyo original entregó Colón a los Reyes Católicos como prueba y testimonio de su gesta, y que nos ha llegado resumido y copiado por Fray Bartolomé de Las Casas. Un primer diario, primer escrito, junto a la carta que sobre ese viaje escribiera a Luis de Santángel, sobre un nuevo mundo sobre el que se escribirían después muchas cartas, muchas vidas, hasta hacerlo plenamente el mundo, parte integral y esencial de él, sin el que el mundo no sería ya el mundo. Hasta el punto de que los millones de viajes que apenas en horas se hacen hoy a través del Atlántico, los millones de cartas y libros sobre ese mundo después escritos, los millones de libros de texto y de relatos sobre ese viaje y ese descubrimiento después escritos, nos hacen olvidar o perder el interés por leer aquel diario, testimonio y relato de aquel viaje único e irrepetible por serlo a lo entonces desconocido e incierto, por serlo para que dejara de serlo, para hacerlo conocido y cierto, como después de él sería ya.

    Un diario que vale la pena leer, pues podemos y podremos a lo largo de nuestras vidas realizar infinitos viajes a América; mas solo a través de los ojos de Colón avanzando en sus páginas podremos hacer ese viaje primero, único e irrepetible, del que nacen todos y de alguna manera el mundo. Un viaje que vale la pena hacer en cualquier momento – y a ello, a quienes no lo han hecho todavía, quisieran invitar esta líneas -, pero para el que pueden resultar especialmente propicios estos días de finales de verano y principios de otoño, coincidentes con aquellos en que tuvo lugar, en que – después de tantos viajes a América, años en ella vividos y parte de mi vida a ella dedicada – yo lo he hecho cuando se cumplen quinientos veinte años de él; y particularmente propicios pueden serlo a partir de este doce de Octubre.

    Un viaje que vale la pena porque no es una epopeya, ni una odisea, ni una leyenda heroica: es un diario, pero y precisamente por ello tiene más fuerza que cualquiera de ellas. Pues es el relato real de un hombre real, el relato de un viaje cuya realidad supera la imaginación. El relato de un hombre de carne y hueso en que están presentes las grandezas y pequeñeces del alma humana, las pasiones y los vicios, ambiciones y mezquindades, valentías y miedos que alientan el comportamiento de los seres humanos. Y que por ello, precisamente por ello, podemos hacer, sin quedar indiferentes, cualquiera de los seres humanos.

    Quienes lo emprendan conocerán a través de sus páginas la preocupación por anotar y comunicar distancias menores a las recorridas en el viaje de ida, y evitar así el miedo a la lejanía y el deseo de volver atrás; la esperanza y la duda ante los primeros signos de la cercanía de tierra; la emoción ante su descubrimiento; el deslumbramiento, el embelesamiento, la maravilla ante ese nuevo mundo, nuevos paisajes, nuevos seres, nueva flora y nueva fauna; y la impresión, por momentos diríase admiración, nostalgia de la inocencia, el paraíso o la edad de oro perdida, ante la mansedumbre, desprendimiento y bondad natural de los indígenas – siempre desnudos ellos y ellas, como observa en cada caso o encuentro Colón, “tal como sus madres los parieron” -, mas al tiempo la preocupación, en parte obsesión, por buscar y dar cuenta de todo aquello que justificara ante los Reyes la rentabilidad e interés de la empresa, como las riquezas y potencialidades de la tierra encontrada, y especialmente la búsqueda y los signos de oro, y destacar lo dispuestos que estarían los indígenas a hacerse cristianos, la preocupación por acumular objetos, y también indígenas, que mostrar a la vuelta; los riesgos y la preocupación por la desunión que pudiera desatar la codicia, y la desconfianza ante la autonomía en la Pinta de Martín Alonso Pinzón, el hundimiento de la Santa María y la decisión al partir de ella de dejar a parte de la tripulación en el fuerte de Navidad, y de emprender el viaje de regreso a España, a la que subyace la intuición de que solo de nuevo en la mar desconocida mantendrá su autoridad, de que resulta más importante poder regresar para contar lo descubierto que seguir descubriendo, que tras la pérdida de la Santa María resulta demasiado grande el riesgo de no volver y que sin esa vuelta nada habría tenido sentido; la preocupación, acertada, por ganarse a los indígenas con la amistad y el mantenimiento de la creencia de que habían venido del cielo, y la angustia por las consecuencias que pudiera tener, después de amistosos y cordiales encuentros con miles de indígenas a lo largo del viaje, el único enfrentamiento violento con los indios caribes para quienes quedaban en el fuerte de Navidad; la mayor confianza en la vuelta que depende en buena medida de sus conocimientos del rumbo, y la preocupación por contar solo con tres gentes del mar en la Niña; las tormentas y las angustias, de las que la citada de la noche del 14 de Febrero resulta el punto culminante; y avistar Santa María de las Azores cuando ya todo pareciera perdido; el reto de hacerse respetar por los portugueses de allí, la angustia de ver retenida por ellos la mitad de la tripulación y la alegría de recuperarla; la llegada a Lisboa y ese primer fluir de las multitudes maravilladas por el acontecimiento, que intuían que inauguraba una nueva era; ese llamado para verle del Rey de Portugal que anunciaba la atención a su gesta; y entrar por fin el 15 de Marzo en la misma barra de Saltes de donde salió, donde tantos de sus habitantes temían que nunca los volverían a ver.

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De la ciudadanía europea

Por: | 01 de octubre de 2012

    Nace la democracia en la polis. Es a ella consustancial en su concepción, en su ser. Es el gobierno de la ciudad, la polis o la entidad política – la polity, como se señala en la Ciencia Política anglosajona -, por los ciudadanos, constituidos en demos. Se define por el origen del poder en aquellos sobre los que se ejerce; por el carácter vicario, delegado, mandatorial de éste. De modo que lleva implícito el ideal – o la idea – rousseauniano de que al obedecer la ley se obedezca uno a sí mismo; lleva implícito el contrato social. Se define por de quiénes surge el poder; y no por sobre quiénes se ejerce. Y lleva implícita, también, la voluntad, la opción de los ciudadanos no sólo de constituirse en poder, en origen del poder, sino, también, de constituirse en demos, en nosotros que camina junto en la Historia, junto quiere hacerla y la hace. En cuyo seno la política es interior, ciencia y arte de la realización del interés general de la polis que somos todos, en la que somos.

    Nace el imperio con la extensión del poder por los vastos territorios en que para cultivarlos se han asentado los seres humanos. Y se define por los territorios y las personas sobre los que se ejerce, sobre quienes impera. Quienes en él habitan están sujetos, sometidos a ese poder; son súbditos. Están juntos en esa sujeción, y conforman el nosotros de quienes están sometidos al mismo poder.

    Ese poder y su legitimidad cambian a partir de las revoluciones que pretenden realizar en la Historia las ideas de la Ilustración. Deja la ley de reflejar la voluntad de Dios o sostenerse en la legitimidad religiosa y conformarse por la voluntad y decisión del soberano: pasa la soberanía al pueblo, se transforman los súbditos en ciudadanos, y la ley en expresión de la voluntad popular, el poder a ser detentado por quienes los ciudadanos han elegido para ello, ante los ciudadanos responsables, a la ley sometidos en su ejercicio del poder. Se da en ese paso de súbditos a ciudadanos la transformación de qué del poder, mas no del quiénes: es el nosotros de los ciudadanos el de los súbditos históricamente sometidos al mismo poder. Así ha sido en los estados que como tales se han mantenido tras la instauración de la democracia y el Estado de Derecho.

    Es el contrato social el origen de la ley que obedeciéndola se obedece uno a sí mismo – o cree que de alguna manera lo hace, por haber de alguna manera participado en su elaboración -, cúspide de la pirámide kelseniana, base a partir de la que emana y se desarrolla el ordenamiento jurídico. Señalábamos en una  entrada anterior de este blog – Del contrato social europeo – que es el contrato social europeo el que por primera vez da lugar a una ley común en un territorio común sin monopolio común de la fuerza, la capacidad de coerción para garantizar su ejecución, de modo que los estados que conforman la Unión Europea ponen la suya en su respectivo territorio no solo al servicio del cumplimiento de su propio ordenamiento jurídico, sino también del de ésta.

    Tiene por objeto en su inicio la ley común el mercado común, las políticas comunes que se construyen, la integración económica. Mas llega un momento en que se plantea llevar la integración más allá, hacia ámbitos tradicionalmente reservados al núcleo duro, esencial, al que se dedica la capacidad de coerción del Estado, el orden que caracteriza al contrato social, que motiva en última instancia huir del estado de naturaleza hacia él. Ante los retos de la inmigración y la amenaza compartida del terrorismo o el crimen organizado, la necesidad y conveniencia de articular una respuesta compartida y desarrollar una política común frente a ellos, se dota la construcción europea de un tercer pilar, promueve a partir de la Cumbre de Tampere la Unión su conformación como espacio común de Justicia y Asuntos de Interior – conocido en la jerga comunitaria como pilar o espacio JAI.

    No es casualidad que ello coincida con el lanzamiento y progresiva concreción, como si fuera otra cara de la misma moneda, de la ciudadanía europea. Inicialmente propuesta por el entonces Presidente del Gobierno Felipe González – se trata de una de las aportaciones fundamentales, junto a la cohesión, que desde España se han hecho a la construcción europea -, será desarrollada en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea elaborada por la Convención instituida al efecto por el Consejo Europeo de Colonia (Junio 1999), y entrada después en vigor a través del artículo 6.1 del Tratado de Lisboa, que le confiere “el mismo valor jurídico que los Tratados” de la UE.

    Es así Europa hoy un espacio común de Justicia e Interior, donde cualquier frontera ya no es solo del Estado donde se sitúa, sino de la Unión, de modo que el acceso a través de cualquier de ellas garantiza la movilidad a través de él, siempre y cuando se disponga previamente de un visado común, conforme a lo previsto en el Convenio de Schengen. Un espacio en que cooperan las fuerzas policiales y los poderes judiciales en la persecución del delito y la violación de la ley, dotado de instrumentos como Europol o la orden de arresto europea. Mas también y sobre todo un espacio en que todos los ciudadanos tenemos garantizado el respeto a unos derechos y libertades fundamentales comunes, no solo frente al Estado del que somos nacionales según establezca su Constitución, sino también frente a y en cualquier Estado de la Unión, conforme a lo establecido en la Carta, del mismo modo que están éstos garantizados para los nacionales de los demás estados miembros en el nuestro. Y somos así ciudadanos en todo el espacio común, en todo él tenemos garantizados los derechos y libertades fundamentales cuya salvaguarda motiva la suscripción del contrato social, frente a  las autoridades de cualquiera de sus estados podemos exigir su respeto, y a ellas estamos a su vez sometidos en su acción de persecución de su violación, de garantía de su cumplimiento. En ello se realiza y se cumple nuestra ciudadanía europea, simultáneamente y más allá del Estado del que somos nacionales.

    Y no cabe duda de que constituye ello un logro, la realización de una idea y acaso de un sueño, un paso adelante en la Historia, difícilmente imaginable un suspiro antes en ella.

    Mas precisamente la plenitud muestra el vacío, la cara llena de la moneda la cara vacía. Y despierta al mostrarlo la conciencia de ese vacío, y tal vez su angustia, el deseo de llenarlo, de ser moneda del todo, el sueño.

    El sueño de completar la ciudadanía europea, de realizarla del todo. De no conformarnos – como, salvando las distancias, no se conformaron con el despotismo ilustrado quienes proclamaron los derechos del hombre y del ciudadano y elaboraron las primeras constituciones democráticas contemporáneas como contrato social regulador de la vida colectiva – con vivir y disfrutar sus ventajas, el disfrute y garantía de esos derechos y libertades fundamentales en todo el espacio europeo, su respeto por todas las autoridades en él. Con ese aspecto o lado, en definitiva, pasivo de la ciudadanía. No conformarnos con el pasivo, y querer pasar al activo. Con la ciudadanía otorgada, y querer la otorgante. Con el respeto y garantía por parte del poder político de los derechos y libertades fundamentales; sino querer constituirnos de él en origen, elegirlo y pedirle cuentas.

    Toda idea, una vez concebida, ilumina una posibilidad, llama a su realización, muestra una potencialidad que desea convertirse en realidad. Lleva implícita la de la ciudadanía europea en su lógica última, en el desarrollo de su potencialidad, la elección directa del poder europeo por los ciudadanos europeos y la legitimidad de origen y la accountability que ello conlleva. El poder que en una democracia ese origen otorga a una institución o poder frente a cualquier otro. Lleva implícitas, en definitiva, elecciones europeas de las que emane no sólo el Poder Legislativo europeo, sino también y sobre todo – sea por elección directa de los ciudadanos, sea por la indirecta de sus representantes en el Parlamento Europeo – el Poder Ejecutivo, que para y al ejecutar afecta, ordena y dirige la vida colectiva europea, y garantiza y promueve el respeto y la realización de los derechos y libertades fundamentales que conlleva la ciudadanía europea. Pasiva y activamente, impidiendo y haciendo.

    ¿Podría acaso de otro modo superar la construcción europea el déficit de legitimidad democrática del que sistemáticamente se le acusa?. ¿Podría acaso de otro modo el poder europeo ser del todo poder frente y junto al de sus estados miembros; ser igualmente poder, no solo en cuanto a poder, sino en cuanto a igualmente legítimo?. ¿Podría acaso de otro modo ser la europea del todo ciudadanía frente y junto a la nacional de cada uno de los estados miembros, en cada uno de ellos?. ¿Podría acaso de otro modo ser del todo el poder europeo poder que al obedecerlo se obedezca el ciudadano europeo a sí mismo?. ¿Podríamos acaso de otro modo como ciudadanos ser, también y al tiempo, del todo europeos; y no solo españoles, franceses, alemanes o griegos en Europa?. ¿Podríamos acaso de otro modo  llegar los europeos a sentirnos, a ser del todo un nosotros que junto avanza en la Historia?. ¿Podría acaso de otro modo ser nuestra polis Europa?.

    Se dice a menudo y con razón estos días que Europa no tiene demos, sino demoi. Largo, dificultoso, desconocido e incierto puede ser el camino que lleve de los demoi en Europa al demos europeo, sin duda. Mas, ¿podría acaso recorrerse sin dar, sin partir de ese paso?.

    ¿Puede acaso haber democracia sin demos, polis sin ciudadanos?. Nos plantea entre otras estas preguntas, la reflexión sobre ella, el reto de responderlas, la ciudadanía europea en su concepción y realización.

El País

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