Manuel Montobbio

De Ulrich Beck y la esencia del contrato social europeo

Por: | 20 de enero de 2013

    Tuve ocasión el lunes pasado de asistir a la conferencia de Ulrich Beck sobre Europa con que el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona ha inaugurado su ciclo de conferencias En común. Más allá del interés de su contenido, procede destacar el de la conferencia en sí misma, como el propio Beck ha destacado en la entrevista que ha concedido a El País: que más de quinientas personas hagan cola y paguen una entrada por escuchar a un pensador de la sociedad del riesgo, la globalización y la Europa cosmopolita es un fenómeno de la sociedad y la cultura contemporánea, esa que de manera única ha sabido captar, alojar en su seno y de alguna manera hacer el CCCB, esa institución única creada por Josep Ramoneda, que ha conseguido asociar el nombre de Barcelona con el de la cultura contemporánea.

    Desarrollaba Beck sus tesis sobre el momento actual de la construcción europea, recogidos en su libro Una Europa alemana, recientemente publicado, análisis de éste a la luz de ideas y conceptos que ya había desarrollado, entre otras obras, en La mirada cosmopolita, y que necesariamente llevan, le han llevado, a la reflexión sobre Europa y su construcción, como en Reinvertar Europa: una visión cosmopolita, que refleja la anterior conferencia sobre dicho tema que en 2005 dio ya Beck en el CCCB.

    Podríamos fijarnos en el “merkiavelismo”, o en la necesidad de evitación de la catástrofe que puede conllevar el riesgo con que define la actual coyuntura; mas más allá del diagnóstico quisiera resaltar la propuesta: la que hace, como recoge la entrevista de “la contra” de La Vanguardia, de suscribir un nuevo contrato social europeo “para blindar nuestras libertades, Estado del bienestar, sanidad y educación” en la Unión Europea y convertirla así en una auténtica sociedad europea; para lo que propone reunir a sus impulsores en Barcelona y firmar en ella un “Contrato de Barcelona 2013”.

    Una propuesta respecto a la que vale la pena fijar la atención en el quiénes y en el qué y el para qué.

    En el quienes, pues si – como señalábamos en una de las entradas iniciales del proceso de reflexión sobre la construcción europea acometido en este blog de Ideas subyacentes, De la lay y la ilusión en la construcción europea – el de la Unión Europea es de alguna manera el primer contrato social de la Historia, en el sentido de que es el primero que da lugar a un Derecho común sin un poder de coerción común; de que constituye el suyo, a diferencia de otros procesos constituyentes que en la Historia han realizado la idea del contrato social, un mero proceso de cambio de la legitimidad de origen de la ley que sostiene el ejercicio del monopolio de la fuerza por el poder político.

    Al serlo, como decíamos, el de la constitución de un quiénes distinto a aquel conformado o garantizado históricamente por el monopolio de la fuerza que ha caracterizado y acompañado el poder del Estado o las entidades políticas en que a lo largo de la Historia hemos vivido los seres humanos, y por ello verdaderamente libre, fruto de la libertad ejercida desde la conciencia.

    En el quienes, también, en el sentido, como señalábamos al hablar De la ciudadanía europea, de que el disfrute pasivo de ésta lleva al deseo de su ejercicio activo; a no conformarse con la ciudadanía otorgada y querer la otorgante. Otorgante del poder político, origen de éste para que al obedecerlo se obedezca, según la formulación rousseauniana, uno a sí mismo. Y para ello en su lógica última fundante, suscriptora del contrato social, promotora del mismo.

    En el quienes, finalmente, de los ciudadanos europeos que quieren ser tales, que desde la conciencia o el deseo de serlo, con el ánimo de asumir las riendas de su futuro común, en común, promueven la elaboración y suscripción del contrato social europeo, se constituyen en el vapor cuya ausencia de la construcción europea hemos denunciado en este blog; y tal vez, según como avance la iniciativa, en su cilindro de Trotsky catalizador. No el quienes, a sensu contrario, de los Estados miembros y sus autoridades negociadoras y suscriptoras de tratados, los que hasta ahora han constituido la forma del contrato social europeo. Quienes, así, de la doble legitimidad de los Estados y de los pueblos, de los titulares de la ciudadanía europea que al participar en la elaboración del contrato social europeo ejerce ésta en su dimensión última y fundacional.

    En el quiénes, y en el qué y el para qué: ese “blindar nuestras libertades, Estado del bienestar, sanidad y educación” y lo que queramos añadir que nos recuerda la que vino a denominarse la “polémica neocontractual” entre Rawls y Nozick en los años ochenta; extrañamente ausente, en su contenido más allá de denominaciones y referentes teóricos, del debate de esta crisis de pensamiento único. Una polémica definida, en esencia, por la contraposición, frente al Estado mínimo defendido por Nozick en Anarquía, Estado y utopía, limitado a la garantía fundamental del orden público y la vigencia del Derecho, y dejando al libre albedrío de los individuos y al mercado la conformación y funcionamiento de la sociedad, que presupone éste como objeto del contrato social; de la tesis de Rawls en Una teoría de la justicia, de que no suscriben los individuos el contrato social para garantizar simplemente el orden y la no agresión por el otro, sino también y sobre todo para hacer efectiva la vigencia de los derechos fundamentales que nos permiten ser personas, vivir y no solo sobrevivir, para conseguir en común ese mínimo bienestar común, de la justicia como equidad. Y para la satisfacción de ese bienestar y la realización de la justicia crean el estado y demandan que ejerza su poder. La democracia es así no solo electoral y ciudadana, sino también social. Y tiene así sentido social la suscripción y mantenimiento del contrato social: no se suscribe ni mantiene para sostener cualquier sociedad que en el marco del respeto del orden y la ley resulte de la acción de los individuos y sus organizaciones o del funcionamiento del mercado, sino aquella en que puedan realizarse y hacerse efectivamente esos derechos, en que las personas puedan satisfacer efectivamente sus necesidades fundamentales y efectivamente desarrollar y ejercer sus capacidades: ese estadio que, desde otra perspectiva, define Amartya Sen como desarrollo en Desarrollo y libertad. Derechos sustantivos para un contrato social sustantivo; un contrato social cuya sustancia importa, justifica su adopción, constituye su fin y lo define. Cuya sustancia es parte de su esencia. De su alma.

    Recuerda ese quiénes, ese qué y para qué el discurso que inspira el Nosotros, los pueblos de Europa. Lecciones francesas para pensar Europa y el mundo, en que Susan George argumenta el rechazo al Tratado Constitucional Europeo en el referéndum francés sobre éste en mayo de 2005 como rechazo a lo que contempla como “una tentativa de radicalización y de aceleración del proceso de fusión de Europa en el liberalismo global”, frente a lo que se pregunta: “¿Para qué construir Europa?. Precisamente para crear una tierra de excepción. Para hace en conjunto lo que ningún país europeo puede, en la actualidad, hacer solo. Para construir entre todos algo que no sea solamente un espacio de libre comercio donde el liberalismo salvaje se comerá cruda a la población. Ahora Europa carece de sentido e interés si no es capaz de ser una alternativa a la globalización neoliberal, si no conduce a un modelo de civilización diferente, haciendo que el bien común de los europeos sea un proyecto de identidad, un objetivo, un valor, una norma. Ésta es la Europa que queremos…” Para hacer surgir “una Europa social, política, ecológica y cultural común”, para la que, sostiene, “el debate pendiente debe responder, al mismo tiempo, al continente y al contenido”.

    Más allá del grado en que podamos estar de acuerdo con sus propuestas sobre la Europa a construir, no podemos sino estarlo en que la construcción europea tiene un debate pendiente y que éste debe responder, efectivamente, al mismo tiempo al continente y al contenido. Si geográficamente es Europa un continente, políticamente no puede sino ser un contenido. Un qué y un para qué, como nos propone Ulrich Beck.

    Un qué y un para qué, un blindaje de nuestras libertades y nuestro Estado del bienestar que no resulta posible ya hoy, en la era de la globalización de la sociedad de la información, realizar en Europa en el ámbito del Estado, de los estados, sino que resulta solo conseguible en el plano europeo y global: de ahí el por qué del contenido del contrato social europeo.

    De ahí que, si asumimos que el contenido, la sustancia, forma parte de la esencia del contrato social, y definimos ésta, como hace Beck, como el blindaje de “nuestras libertades y Estado del bienestar, de nuestra educación y nuestra sanidad”, la realización, en definitiva, de las condiciones sociales que a todos garanticen un vivir que no sea sobrevivir, la satisfacción de las necesidades y el desarrollo de las capacidades… el contrato social no puede ser sino europeo. De ahí que, en dicha perspectiva, el contrato social europeo, la idea de éste, su calificación como tal – constituya una tautología, una redundancia, una obviedad. Que el europeo sea, en definitiva, el contrato social.

Hay 5 Comentarios

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Sobre el autor

Manuel Montobbio, diplomático y doctor en Ciencias Políticas con formación pluridisciplinar, ha desempeñado diferentes responsabilidades en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y ha estado destinado en San Salvador, Yakarta, México, Guatemala y Tirana. Paralelamente, ha desarrollado una trayectoria académica y literaria, que le ha llevado a publicar diversos libros, ensayos y obras de pensamiento y creación como Salir del Callejón del Gato. La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global, Guía poética de Albania y Tiempo diplomático. Acaba de publicar Mundo. Una geografía poética.

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MUNDO Una geografía poética

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