Manuel Montobbio

De la contradicción in términis de la universalidad occidental

Por: | 24 de marzo de 2013

    Decíamos en la entrada de este blog De la construcción de Occidente, que es la de éste la Historia de las ideas que han movido la Historia, le han exigido sacrificio, y en parte en ella se han realizado. Y señalábamos en De la supremacía de Occidente que ésta es al tiempo la de una supremacía y una limitación. Y no dejábamos de advertir que Occidente mismo es a su vez, en definitiva, una idea.

    ¿Occidente?. Occidente no es, no ha sido siempre el mismo. Como demuestra el hecho de que, si en el siglo XIX se afirma la diferencia entre arios y semitas como base de la distinción y la fractura entre Occidente y Oriente – incluyendo en éste tanto al Islam como al judaísmo –, con las consecuencias trágicas que dicha argumentación diferenciadora, llevada al extremo, acabará generando; hoy se proclama con absoluta convicción la civilización judeocristiana como la encarnación de Occidente. “Golpe de Estado cultural”, en expresión de Corm en La fractura imaginaria. Las falsas raíces del enfrentamiento entre Oriente y Occidente, que pone de manifiesto la doble contradicción de que una civilización que afirma su esencia en la voluntad y el consentimiento colectivo de los seres humanos como única fuente del Derecho considere que “el judaísmo, pese a su inserción secular en culturas diferentes, es equivalente a un vínculo nacional que da derecho a la constitución de un Estado en el que la mayoría de su población seguiría residiendo fuera de su territorio nacional”; y la de que una civilización que afirma la laicidad como base de su universalidad se defina como judeocristiana. “Una laicidad engañosa- nos sigue señalando Corm -, de la que la cultura occidental está encantada, pero que la lleva hoy a descubrirse raíces judeocristianas en lugar de las viejas raíces grecolatinas que el Renacimiento europeo se había inventado para legitimar sus conquistas frente a la inmóvil ideología de la Iglesia”.

    ¿Occidente u occidentes?. La construcción y afirmación de Occidente plantea la cuestión de su homogeneidad y sus líneas de fractura interna, sus diferencias de visión y aproximación, frecuentemente determinantes del debate global, como pudo comprobarse en la guerra de Irak. Entre esos europeos de Venus y esos americanos de Marte de los que hablaba entonces Robert Kagan. La pregunta de si Estados Unidos y la Unión Europea constituyen dos polos, encarnaciones o visiones distintas del sueño occidental y de la construcción del nuevo orden o sistema global, de si el Atlántico está destinado a constituirse en puente de Alianza o línea de fractura entre ambas. Mas también la de los occidentes o las europas que han convivido y conviven en Europa, la de si la idea o el sueño de Europa va a seguir alentando la Unión Europea, o diferentes ideas – o falta de éstas – de Europa, cuya emergencia observamos en estos tiempos de crisis, van a llevar a que ésta deje de ser Unión. Pues ha sido Europa también división, confrontación, y si de ella surge lo que hoy consideramos Occidente, también de ella ha surgido lo que hemos contemplado como su opuesto, su enemigo. También de ella y en ella ha surgido el nazismo y el comunismo realmente existente. Si de ella y en ella ha surgido y se ha realizado la democracia, también el totalitarismo. Si la sociedad abierta, también la cerrada.

    Es la de Occidente la Historia de una supremacía y de una limitación; mas también la de una incoherencia: la de la proclamación y afirmación de la universalidad occidental. Pues la coherencia en dicha afirmación debe llevar necesariamente a que al salir de la crisálida ésta se transforme en mariposa que adquiera su propio vuelo, marioneta que adquiera su propia vida, ya no controlable por su concebidor o creador. Si la universalidad es por esencia para todos, extendida y compartida con todos, no puede ser ya nuestra, de un nosotros frente a los otros, sino del todo frente a la parte que la originó. Y si es por esencia abierta y definida por la voluntad colectiva, si esta es de todos y nosotros no somos todos, si todos es un nosotros que compartimos con otros, aunque su origen venga de nosotros, su resultado o concreción ya no nos pertenece, vida propia que excede a nuestro control, voluntad colectiva que puede no coincidir con la nuestra. De ahí la contradicción: para hacer ese imposible posible, la incoherencia de que sea al tiempo universal y de un nosotros frente a los otros.

    La incoherencia de Occidente no está sin embargo sólo en el qué, sino también en el cómo, en la que Sophie Bessis denomina en Occidente y los otros la paradoja de Occidente, que – nos dice - “reside en su facultad de producir universales, elevarlos al rango de lo absoluto, violar con fascinante espíritu sistemático los principios que de ellos derivan, y elaborar las justificaciones teóricas de estas violaciones”. Cómo, más que ningún otro factor, en el origen de las acusaciones de doble rasero en que se amparan quienes cuestionan tales universales y sus principios. Cómo del que la Historia nos ofrece múltiples y reiterados ejemplos.

    La universalidad occidental es, así, una contradicción in términis: su superación conlleva necesariamente la de Occidente. A partir de la asunción de que una vez fuera de la crisálida no es ya oruga la mariposa; y vuela su propio vuelo. De que si es occidental – de un nosotros frente a los oros, entre los otros -, o como tal es contemplado, difícilmente puede ser universal. Y si es universal, si ciertas ideas-fuerza o principios configuradores son asumidos como tales, universalmente contemplados como ideas a realizar en la Historia universal, sea cual sea su origen, difícilmente puede seguir siendo occidental.

    La universalidad occidental lleva así en su propia lógica, su coherencia interna, su esencia, su sentido último, el dejar de serlo. Dejar de ser occidental, y dejar de alguna manera de ser Occidente, al menos en cuanto concebidor, encarnador y portaestandarte de la universalidad.

    Pues la encarnación y construcción de la universalidad no está solo en el qué; sino igualmente en el quiénes. No en su afirmación frente al otro; sino en su construcción con él o con ella. No en la afirmación de nuestro nosotros frente a los otros; sino en su superación. Superación del nosotros y de los otros: asunción de que los otros son nosotros y nosotros somos los otros. Pues somos todos común y fieramente humanos. De que nosotros somos todos, y entre todos afrontamos el reto de construir y compartir universales que posibiliten el entendimiento y viabilidad de la humanidad sobre la Tierra. Pues, como señalo en mi libro Salir del Callejón del Gato. La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global, estamos todos en el mismo barco, en la misma nave espacial Tierra destino futuro, y necesitamos códigos comunes y hojas de ruta compartidas para su navegación.

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Sobre el autor

Manuel Montobbio, diplomático y doctor en Ciencias Políticas con formación pluridisciplinar, ha desempeñado diferentes responsabilidades en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y ha estado destinado en San Salvador, Yakarta, México, Guatemala y Tirana. Paralelamente, ha desarrollado una trayectoria académica y literaria, que le ha llevado a publicar diversos libros, ensayos y obras de pensamiento y creación como Salir del Callejón del Gato. La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global, Guía poética de Albania y Tiempo diplomático. Acaba de publicar Mundo. Una geografía poética.

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MUNDO Una geografía poética

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Toda poesía reunida refleja un mundo, como el recogido en esta geografía poética que, siguiendo la figura del héroe que lo sostiene, ofrece al lector un viaje por éste en cuyas estaciones o etapas encuentra los poemarios y poemas que lo habitan, sean éstos los que sostienen el mundo o los que relatan sus lugares perdidos, soñados o encontrados, sus fronteras, viajes o lugares-siempre.

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