Manuel Montobbio

Del por qué, para qué y cómo del orientalismo

Por: | 13 de julio de 2013

El-orientalista-tom-reiss-L-Y2SiXe    Concluíamos la anterior entrada de este blog, De Oriente, el orientalismo y Edward Said, con la que iniciábamos la aproximación al orientalismo que en este año del décimo aniversario del fallecimiento de Edward Said vamos a acometer en éste, señalando que la consideración de qué del orientalismo nos lleva a preguntarnos por su por qué, para qué y cómo.

    ¿Por qué, para qué y cómo?. La del orientalismo no es la Historia de un conocimiento puro, sino, como señala Said, la de un conocimiento político o, si se prefiere, la de la creación y utilización de conocimiento científico para la realización de un proyecto político, útil precisamente en la medida en que es presentado y afirmado como científico. Para la realización de un proyecto político, y al tiempo generador del mismo.

    No por casualidad – nos dice Said en Orientalismo - “el período en que se produjo el gran progreso de las instituciones y del contenido del orientalismo coincide con el de mayor expansión europea”, de 1815 a 1914. No por casualidad el conocimiento del objeto va acompañado de la intervención en el mismo. Y si en su origen está el interés y la búsqueda de las fuentes clásicas de las culturas orientales, su lengua y literatura, contempladas como definidoras de la esencia de ese Oriente inmutable que subyace o dormita en el letargo presente, pronto ese conocimiento de Oriente estará presente y justificará la presencia e intervención de Occidente en el mismo. Oriente como misión o idea a realizar en la Historia, que deja de constituir una mera explicación o discurso sobre la realidad para orientar a la acción transformadora de ésta.

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    “Para Occidente – sostiene Said -, en otros tiempos, Asia había representado el silencio, la distancia y lo extraño; el Islam constituía una hostilidad militante para la cristiandad europea. Para superar esas temibles constantes, Oriente requería primero ser conocido, después invadido y conquistado, y luego ser creado de nuevo por los eruditos, los soldados y los jueces que habían desenterrado unas lenguas, unas historias, unas razas y unas culturas olvidadas, para proponerlas – en medio de la incomprensión del Oriente moderno – como el verdadero Oriente clásico que podía ser utilizado para juzgar y gobernar al Oriente moderno”.

  Orientalismo   Así, “un arco ininterrumpido de conocimiento y poder conecta a los hombres de Estado europeos u occidentales con los orientalistas occidentales y  conforma el escenario que contiene a Oriente”.

    Pues “se trataba para ellos de conservar el control del hombre blanco sobre Oriente y el Islam”, por lo que “una nueva dialéctica surge a partir de este proyecto. Lo que se exige al experto oriental ya no es simplemente “comprender”, ahora hace falta lograr que Oriente entre en acción, su poder debe ser alistado al lado de “nuestros” valores, de “nuestra” civilización, de “nuestros” intereses y de “nuestros” objetivos. El conocimiento de Oriente se traduce directamente en una actividad cuyos resultados dan lugar a nuevas corrientes de pensamiento y acción en Oriente. No obstante, en su momento éstas exigirán al hombre blanco que reafirme de nuevo su control, y esta vez no como autor de un trabajo erudito sobre Oriente, sino como creador de la Historia contemporánea de Oriente como actualidad brutal (ya que, puesto que él la ha comenzado, solamente el experto puede comprenderla adecuadamente). El orientalista ahora se ha convertido en una figura de la Historia de Oriente que no se puede distinguir de ella, es quien le da forma, y es su signo característico para Occidente”.

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    Acción transformadora, creación de la Historia que llevará a la extensión del Imperio de Occidente sobre buena parte de Oriente; pero a partir de ahí, cuando tras la primera Guerra Mundial “el ámbito del orientalismo coincidía exactamente con el del imperio”, “fue esa unanimidad absoluta entre los dos la que provocó la única crisis de la Historia del pensamiento occidental referente a Oriente. Y esta crisis todavía continúa”. Crisis provocada por un Oriente real que lucha por su independencia y la consigue, toma las riendas de su Historia, marioneta que adquiere su propia vida y actúa conforme a guiones no escritos, no previstos o no explicados. Que no vive ya como creación o sujeto pasivo de Occidente, metamorfoseado en un Tercer Mundo que responde a otros conceptos, a otros discursos. Incapaz de superar las limitaciones del orientalismo, “que se derivan de reconocer, reducir a la esencia y despojar de humanidad a otra cultura, a otro pueblo y a otra región geográfica. Pero el orientalismo dio un paso más: consideró Geromeque Oriente era algo cuya existencia no sólo se mostraba a Occidente, sino que también se fijaba para él en el tiempo y en el espacio. Los éxitos descriptivos y textuales del orientalismo han sido tan impresionantes que algunos períodos enteros de la Historia cultural, política y social de Oriente se han considerado meras reacciones a Occidente. Occidente es el agente, Oriente el paciente, Occidente es el espectador, el juez y el jurado de todas las facetas del comportamiento oriental”. Por ello, “si la Historia del siglo XX” – y la del XXI – “ha provocado cambios intrínsecos en Oriente y para Oriente, el orientalismo se ha quedado estupefacto”.

    Manifiesto o latente, “transmitido de generación en generación” el orientalismo “formaba parte de la cultura en la misma medida que lo hacía también el lenguaje sobre una parte de la realidad como la geometría o la física” y “fundamentaba su existencia más que en su apertura y receptividad hacia Oriente, en su coherencia interna, en su repetitiva consistencia acerca de su poder constitutivo sobre Oriente”.

    ¿Oriente u orientes?. ¿Orientalismo u orientalismos?.

    Oriente e Islam: ¿cuál es la relación entre ellos?. ¿Tiene el islamológico alguna especificidad diferenciadora entre los orientalismos, o constituye éste simplemente una expresión más del enfoque o aproximación orientalista?.

    Quedan en el tintero de este blog estas preguntas…

El patio del Serrallo (Gérôme)


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¡Qué manera tan barroca de no decir nada! Medio post dedicado a lo que pensaba Said, la otra mitad, elucubraciones subjetivas sobre una entelequia indefinible.

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Sobre el autor

Manuel Montobbio, diplomático y doctor en Ciencias Políticas con formación pluridisciplinar, ha desempeñado diferentes responsabilidades en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y ha estado destinado en San Salvador, Yakarta, México, Guatemala y Tirana. Paralelamente, ha desarrollado una trayectoria académica y literaria, que le ha llevado a publicar diversos libros, ensayos y obras de pensamiento y creación como Salir del Callejón del Gato. La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global, Guía poética de Albania y Tiempo diplomático. Acaba de publicar Mundo. Una geografía poética.

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Tiempo diplomático

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