Manuel Montobbio

De Oriente y el Islam

Por: | 16 de septiembre de 2013

 

Edwardsaidonorientalism Hemos venido acometiendo en este blog, en este año del décimo aniversario del fallecimiento de Edward Said, una aproximación al orientalismo como concepto y visión, manera de captar la realidad y aprehenderla, partiendo de la consideración de su qué en De Oriente, el orientalismo y Edward Said, para abordar a continuación la de su por qué, para qué y cómo en Del por qué, para qué y cómo del orientalismo. Y nos preguntábamos al finalizar ésta: ¿Oriente u orientes?. ¿Orientalismo u orientalismos?. Nos preguntábamos, también, sobre la relación entre Oriente e Islam; si tiene el islamológico alguna especificidad diferenciadora entre los orientalismos, o constituye éste simplemente una expresión más del enfoque o aproximación orientalista.

             ¿Oriente?. Oriente es aquello que queda más allá de la línea de fractura, al Este de la frontera donde acaba el nosotros de Occidente. Como fractura imaginaria, como creación conceptual, Oriente puede abarcar y abarca tanto al próximo como al lejano Oriente, pues la realidad contenida en la geografía de ambos puede ser y ha sido aprehendida conforme a los modos y al sistema de representaciones que en definitiva constituye el orientalismo.

             “Oriente – nos dice Said en Orientalismo - es una entidad que se enseña, se investiga, se administra y de la que se opina siguiendo determinados modos.

        Oriente tal y como aparece en el orientalismo es, por tanto, un sistema de representaciones delimitado por toda una serie de fuerzas que sitúan a Oriente dentro de la ciencia y la conciencia occidentales y, más tarde, dentro del imperio occidental. Si esta definición de orientalismo parece sobre todo política, es simplemente porque considero que el orientalismo es en sí mismo el producto de ciertas fuerzas y actividades de carácter político. El orientalismo es una escuela de interpretación cuyo material es Oriente, sus civilizaciones, sus pueblos y sus regiones.”

         Modos, sistema de representaciones o escuela de interpretación históricamente presentes sin duda en la aproximación occidental a la India y más al Este. O simplemente más allá. Pues no deja de resultar relevante que en la configuración de las áreas de estudio y los currícula universitarios de Occidente se tienda a la estructuración del conocimiento en una aproximación global al sistema internacional y a la cultura universal, complementada con lo que han venido a denominarse “area studies” o estudios de área o zona geográfica, de los que suele excluirse a Occidente, como si no fuera un área geográfica más, como si los demás fueran la excepción o la especificidad y éste la regla. Más allá de la geografía y el contenido, el orientalismo es una actitud, una manera de contemplar, una predisposición a utilizar nuestro particular espejo cóncavo o convexo al aproximarnos a cualquier zona geográfica supuestamente habitada por el otro, de alguna manera también el anhelo o la predisposición a encontrarlo en ella. Y por ello, de alguna manera también, Oriente puede estar en cualquier parte, desde en remotos parajes exóticos de extraños individuos de extrañas costumbres hasta en nuestra propia casa.

    Y sin embargo, es en el Islam y en Asia menor, en el Oriente próximo y vecino inmediato, donde el orientalismo va a contemplar el Oriente por antonomasia, donde va a concentrar mayores energías explicativas y justificativas y desplegar mayor esfuerzo de elaboración y de acción.

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    Tal vez porque precisamente se necesita mayor esfuerzo para convertir en el otro aquel con quien mayormente compartimos una Historia común, una religión monoteísta crecida del tronco común del Dios revelado a Abraham, aquel con quien convivimos en Toledo, en Sarajevo o en Granada – y a quien después expulsamos -, que conservó y de cuyas manos recibimos la común herencia clásica grecolatina, con quien combatimos en Lepanto o a las puertas de Viena y frente a quien perdimos Jerusalén, cuyo poder temimos o admiramos un día y cuya sangre, digámoslo o no, corre por nuestras venas de sangre mestiza impuramente obsesionada por la pureza. Tal vez porque, a diferencia de América o el África inexplorada, esa tierra no está “plus ultra” sino más acá, dentro del “finis terrae” del Imperio Romano, no podemos descubrirla y apropiarnos de ella y de sus habitantes como “res nullius” sobre la que realizar una misión civilizatoria; sino, más bien al contrario, de ella partieron los que nos descubrieron un día, en ella nacieron civilizaciones, la civilización, de la que los occidentales se reclaman herederos. O porque, a diferencia de lejanas tierras y lejanos Imperios, como esa China Imperio del Centro que desde Marco Polo en tantas ocasiones ha fascinado a Occidente, esos sistemas de pensamiento inspirados por Confucio o por Buddha, el hinduismo o el zen – que a pesar de su fascinante complejidad no descienden de Platón ni de Abraham -, en cuya búsqueda el occidental ha tenido que partir en largos viajes iniciáticos de una verdad nunca conocida del todo; la del Islam es para el occidental la única civilización, si así procediera considerarla, que ha venido históricamente a su encuentro, a su conquista, con la que ha tenido que luchar por el territorio y la supervivencia, que ha supuesto una amenaza y que ha acabado controlando un territorio – desde muchas perspectivas, entre ellas la religiosa, el territorio – que forma históricamente parte de la que considera, ineludiblemente, su civilización. Con la que más íntimamente ha convivido. Que ha estado y está inmediatamente después de la frontera, real o imaginaria, tras la que comienza Oriente.

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     Tal vez por estas u otras razones, tal vez entre ellas porque si nosotros somos nosotros y ellos los otros, si esa y no otra es la frontera donde termina Occidente y comienza Oriente, si nosotros somos la civilización…, ellos deben ser los bárbaros, esa otredad del Oriente identificado con el Islam lleva a la barbarización del mismo. Identificado como protagonista y responsable de una cultura y una realidad en la que parecería no incidir esa herencia común reivindicada como propia, transformado el del otro en el retrato del extraño, el mismo retrato de siempre, como siempre necesariamente simple, el Islam es simplificado y al tiempo magnificado como encarnación monocausal y única – y por tanto responsable - de la diferencia y la otredad en construcción.

      Será necesaria la ficción, como acertadamente señala José María Ridao en La paz sin excusa. Sobre la legitimación de la violencia, de considerar dominios coloniales los territorios árabes del Imperio otomano, para justificar, tras la Primera Guerra Mundial, como pueblos incapaces de su propio gobierno, la administración de sus territorios por Francia y Gran Bretaña.

          “Se trataba de un simple espejismo, sin embargo. Al proceder con los dominios del sultán como si fuesen adquisiciones coloniales, simples territorios incorporados a Turquía en una expansión similar a la europea, se estaba haciendo abstracción no ya de un pasado y una historia radicalmente diferentes, sino además de unas formas de organización política que nada tenían que ver con el Estado imperial al que da paso la Conferencia de Berlín…  La ironía de convertir Estambul en capital metropolitana no radica sólo en que Turquía aparezca desatinadamente disfrazada de potencia colonial, sino también en que, siguiendo la lógica de los grados de civilización que está en la base de la expansión europea, las ciudades míticas del califato, como Damasco, Bagdad, El Cairo y hasta La Meca, pasen a tener consideración de centros de poblaciones bárbaras, “incapaces de gobernarse en las condiciones particularmente complejas del mundo moderno”, según reza la regulación legal del Mandato… Mientras que en el imaginario europeo Turquía es colocada del lado de los civilizados para que, entre otras cosas, pueda pagar en dominio geográfico las compensaciones de guerra, el resto de territorios del sistema político del Islam son contabilizados del lado de la barbarie, de modo que puedan servir, en efecto, de medio de pago. Esta idea del retraso en que se hallan sumidas las tierras del Islam… dejará una impronta imborrable en la mentalidad europea… En definitiva, la mentalidad europea no dejará de proclamar desde entonces, que ellos, los árabes, son como nosotros en el pasado, esto es, se hallan en algún peldaño inferior y ya superado del progreso”.

            Y si son como nosotros en el pasado, cabe promover y esperar de ellos que sigan los mismos procesos que nosotros en el pasado, como la separación entre Iglesia y Estado, presentada como signo distintivo de Occidente y asignatura pendiente para el mundo islámico, sin embargo difícilmente planteable en términos similares, ya que – como nos dice Georges Corm en La fractura imaginaria. Las falsas raíces del enfrentamiento entre Oriente y Occidente - “el concepto mismo de separación entre lo temporal y lo espiritual, una de las cosas que más definen la modernidad europea, no tiene sentido en el Islam clásico pues no hay institución espiritual independiente del poder político”. Así, “la cuestión de la reforma religiosa en el Islam no radica, por tanto, en una separación de lo temporal y lo espiritual que carece de pertinencia histórica para las sociedades musulmanas y es algo específico de las cristianas. En el Islam, el problema gira en torno al alcance de la autoridad de la revelación coránica así como la dimensión y la plasticidad de las exégesis relativas a las tradiciones que se forjaron en los primeros siglos posteriores a la revelación coránica”.

     Sea esta u otra la simplificación o transposición, sea también la ignorancia de los matices y especificidades, de las diferenciaciones internas, de la tolerancia del sistema del grano y la espiga de mijo del Imperio otomano, sobre ello fabrica el orientalismo islamológico una visión estereotipada, simplificada y monocausal de un Islam que acabará siendo presentado en Occidente como raíz y justificación última del choque de civilizaciones y encarnación del otro por antonomasia. Orientalismo islamológico, como señala Said, construido, a diferencia de otras ciencias humanas, sobre un sentimiento de superioridad, incluso antipatía, frente a la desorientación que produce la cultura del otro, que “ha llevado una vida bastante diferente a las otras subdisciplinas orientalistas”, caracterizado por “su posición retrógada comparada con la de las demás ciencias sociales humanas (e incluso con otras ramas del orientalismo), su retraso general desde el punto de vista metodológico e ideológico y su relativo aislamiento con respecto al desarrollo que se produjo en las demás ciencias humanas y en el mundo real condicionado por factores históricos, económicos, sociales y políticos”, tal vez precisamente porque, en su opinión, “los principales dogmas del orientalismo existen hoy en su forma más pura en los estudios sobre los árabes y el Islam”:

 “Uno es la diferencia absoluta y sistemática entre Occidente, que es racional, desarrollado, humano y superior, y Oriente, que es aberrante, subdesarrollado e inferior. Otro consiste en que las abstracciones sobre Oriente, y particularmente las que se basan en textos que representan a una civilización oriental “clásica”, son siempre preferibles al testimonio directo de las realidades orientales modernas. Un tercer dogma es que Oriente es eterno, uniforme e incapaz de definirse a sí mismo”

            El mantenimiento y retroalimentación de esa polarización, especificidad, diferenciación o fijación respecto al Islam y la confrontación con éste – o de éste respecto a Occidente – responde a ideas y visiones, a construcciones de la mente; pero también a la permanencia del conflicto árabe o palestino israelí, herencia del colonialismo y otras ideas europeas, como el drama del holocausto, trágicamente realizadas en la Historia, y su identificación, al calor de la de la civilización occidental como judeocristiana, como conflicto entre el Islam y Occidente. Identificación y percepción, leit motiv o bandera, que más allá de la realidad, del contenido y claves definidoras de un conflicto de cuya solución se conoce el qué – más relacionado con territorios y derechos fundamentales de los pueblos y los seres humanos que con la realización de mandatos divinos -, mas no el cuándo y cómo, se constituye frente al mundo, y muy particularmente para el mundo islámico, en vara de medir del doble rasero de Occidente y se proyecta como alimento simbólico de unas relaciones civilizacionales en clave de confrontación. Por ello, difícilmente sin su solución podrá construirse estable y definitivamente dicha relación en clave de cooperación; podrá procederse efectivamente al desmontaje de los orientalismos y occidentalismos que condicionan respectivamente las visiones del otro.

 

Hay 1 Comentarios

Como todos, un articulo muy bueno.
Que pena que en su momento, Egipto y todo el norte de Africa cayera bajo la nueva religion de los beduinos del desierto de Arabia. Me pregunto, si en la orilla sur del Imperio Romano o Bizantino, alguien agradece los aportes de la cultura griega, romana o bizantina a todo lo que brilla del territorio invadido por una fuerza militar surgida en el desierto y con los valores que le son propios y opuestos a las polis o mundo urbano y cosmopolita del Imperio.
Por ejemplo: la comida turca tiene mas que ver con los cocineros de la nobleza bizantina o su burgesia durante mas de mil años que con los chefs de las tribus turcomanas de las estepas centroasiaticas. Y las escalas musicales? La pureza es algo que se persigue proporcionalmente a su carencia.
Un libro; La Enfermedad del Islam, de Abdelwahab Meddeb.
Y una pregunta, quienes somos los occidentales? que es occidente? Y... por que nadie nos pregunta, por que tan solo nos enseñan como son ellos? especialmente en nuestra propia casa...

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Sobre el autor

Manuel Montobbio, diplomático y doctor en Ciencias Políticas con formación pluridisciplinar, ha desempeñado diferentes responsabilidades en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y ha estado destinado en San Salvador, Yakarta, México, Guatemala y Tirana. Paralelamente, ha desarrollado una trayectoria académica y literaria, que le ha llevado a publicar diversos libros, ensayos y obras de pensamiento y creación como Salir del Callejón del Gato. La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global, Guía poética de Albania y Tiempo diplomático. Acaba de publicar Mundo. Una geografía poética.

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