Manuel Montobbio

LA IDENTIFICACIÓN DEL OPNI El paso hacia Europa de Luuk van Middelaar

Por: | 29 de noviembre de 2013

Esglobal    Se ha presentado ayer en Madrid en la Fundación Carlos de Amberes la edición española de ese libro referencial para quienes estén interesados en la construcción europea que es El paso hacia Europa, de Luuk Van Middelaar, con la participación de José Ignacio Torreblanca - quien nos hablaba de él anteayer en su blog Café Steirner en es este diario en la entrada que titulaba ¿Quién manda en Europa? -, el editor Joan Tarrida y el autor. Con el ánimo de contribuir a su conocimiento ya al debate que amerita en torno a él, quisiera compartir con los lectores de éste las reflexiones sobre la construcción europea que me ha inspirado su lectura, y que, con las limitaciones de espacio de su formato, he vertido en un artículo publicado con el título La esfera intermedia de la Unión ayer en esglobal

  Europaresenaweb   Constituía hace años un lugar común definir a la Unión Europea como un Objeto Político No Identificado, una referencia tras la que a menudo el experto tendía a concentrarse en aquellos aspectos de ésta que quería analizar o explicar, fueran éstos su Derecho, su economía o sus relaciones internacionales, desde los paradigmas conceptuales y analíticos de dichas Ciencias Sociales. Una no-definición que puede, por otro lado, incitarnos a identificar lo no identificado, a preguntarnos por el qué, para qué y por qué de la Unión Europea: tal es el intento, tales las preguntas que Luuk Van Middelaar se plantea responder en El paso hacia Europa. Historia de un comienzo, buscando la respuesta en la Filosofía política y en río del tiempo de la Historia. Pues si, como dijera María Zambrano, el hombre es el único ser que no solo padece la Historia, sino también la hace, constituye la esencia de la política ese hacer de la Historia. Recuerda Van Middelaar al inicio de su recorrido a Foucault cuando decía que nuestra visión de la realidad social está condicionada por las lentes de las Ciencias Sociales desde que la contemplamos: si éstas nos pueden explicar el cómo de la Unión Europea, es desde la Filosofía política y la Historia, como nos muestra, desde las que podemos encontrar respuesta a su qué, por qué y para qué. Pues para dejar de serlo no necesita un OPNI de las ciencias que explican lo que existe y su funcionamiento, sino pensar lo que no existe, cómo y por qué puede llegar a existir.


    Un recorrido que asume como punto de partida la triple existencia de la Europa de los Estados, de las instituciones y de los ciudadanos, cuyas perspectivas se combinan en la intergubernamental, la supranacional y la constitucional, configurando la articulación de la construcción europea en tres esferas: la externa del concierto global de los Estados europeos, la interna de la Europa integrada, y la intermedia fruto de la combinación de la dinámica integradora y la acción conjunta de los estados. Itinerario analítico por el quién, el para qué y el en el nombre de quiénes con un común denominador: la afirmación de la esfera intermedia como definidora de la UE y teorización de ésta desde esa triple perspectiva, con consecuencias decisivas para la respuesta a esas tres preguntas.

    Así, en la primera parte – El secreto de la mesa – define ésta como la clave explicativa y al tiempo el ámbito de ese nuevo sujeto (que no objeto) político, marioneta que adquiere su propia vida más allá de su creador, sus creadores. Momento decisivo de esa metamorfosis, ese paso del estado de naturaleza al contrato social, en que el todo es distinto y mayor que las partes, es el paso de la unanimidad a la mayoría en la toma de decisiones. Sobre qué hace, y sobre qué es; lo que da lugar a dos momentos crisálida: el de la conformación en ordenamiento jurídico a partir de la sentencia Van Gend&Loos, y el de su transformación en sujeto político a partir del compromiso de Luxemburgo con que en 1965 se cierra la “crisis de la silla vacía”, que el autor considera acta fundacional de la esfera intermedia, al permitir la toma de decisiones políticas gracias a la garantía de que no se adoptarán contra la voluntad de un Estado miembro, por la posibilidad del veto. Solución política a ese ordenamiento jurídico con primacía y aplicabilidad directa, por primera vez en la Historia no sostenido en ésta por el monopolio de la fuerza por el poder político, sino por la puesta a disposición del de los estados miembros no sólo para la aplicación de su propio ordenamiento jurídico, sino también del de la Unión, lo que determina que no pueda éste imponerse en un Estado miembro si su conformación se ha dado sin la aceptación de éste. Un consenso que, a partir de la entrada en vigor del Acta Única en 1987, se produce en la mesa no tanto por la amenaza del veto como por la del voto, la alternativa de que se recurra a éste y perderlo. El secreto de la mesa es que liga a los que en torno a ella se sientan y quieren seguir sentándose, que con tiempo y presión acaba produciendo el consenso, la decisión.

    Mas no es la metamorfosis última la de decidir lo que se hace, sino lo que se es, la de pasar a ser uno quienes hasta ese momento eran varios, la de cruzar el Rubicón de ese “momento Filadelfia” en que Estados Unidos paso de ser una confederación de Estados a un Estado federal: la transformación del acta fundacional que determina qué se es y las reglas de juego, en el caso de la Unión Europea el Tratado. Una transformación que deviene posible gracias al golpe orquestado por Craxi en el Consejo Europeo de Milán en 1985, en que éste decide por mayoría la convocatoria de una conferencia intergubernamental para la reforma del Tratado, que dará lugar al Acta Única en 1987, y a partir de ahí Maastricht, Amsterdam, el Tratado Constitucional y Lisboa. A partir de ahí entra la UE, como señala Van Middelaar, en autopropulsión reformadora. Unas reformas que suponen la institucionalización creciente de la esfera intermedia, hasta su máxima expresión en un Presidente del Consejo Europeo permanente y con dedicación exclusiva, que conllevan a su vez la progresiva transformación europea de los propios estados miembros en elemento y sujeto esencial de la co-conducción de la Unión.

    Si Milán supone la apertura de esa autopropulsión transformadora, la negociación del Tratado Constitucional vive el “momento Filadelfia” que no pudo ser, el intento, descrito con toda su tensión dramática, promovido por Giuliano Amato, de que éste regulara la posibilidad de su reforma por mayoría. Decía Rousseau que toda regla de decisión por mayoría tuvo en algún momento que ser decidida por unanimidad: no fue en ése, mas eppur si muove… Como muestran las posibilidades introducidas por la llamada “cláusula de flexibilidad”, y sobre todo la previsión en el Tratado de Lisboa de la revisión “light” del Tratado por el Consejo Europeo en ciertas materias, y el conocido como mecanismo de “pasarela”, que permitiría, previa no oposición de los parlamentos nacionales durante seis meses, al Consejo Europeo decidir que pasará a decidir por mayoría, o a co-legislar con el Parlamento europeo, lo que hasta ese momento decidía por unanimidad o legislaba en exclusiva.

    Y sin embargo, el sentido del quién es el qué: no se constituye un sujeto político simplemente para ser, sino para hacer. Hacer la Historia (y no ser hecho por ella), afrontar, como sugiere el título de la segunda parte, las vicisitudes de la fortuna, que nos ofrece un recorrido por las distintas etapas de la Historia de la Unión Europea y su hacer de ésta, empezando por la de la creación y su puesta en funcionamiento, en sí misma logro irreversible de construcción de la paz, a la que sigue la larga espera hasta la caída del muro de Berlín, tras la que Europa pasa de ser objeto a sujeto de la Historia, y la UE transforma Europa – no existe ya Europa Occidental, ni Europa del Este - y es transformada por ésta, en una ampliación que le plantea la cuestión de sus propias fronteras, y una transformación que conlleva la progresiva institucionalización de la esfera intermedia que, tras la Europa de los tres pilares de Maastricht, nos lleva a la de Lisboa.

    No hay quién ni qué sin para quiénes: la política es una batalla para definir en nombre de quiénes; la europea, el en nombre de Europa. Es una obra de teatro que necesita su argumento, mas también su público: no existirá Europa mientras el público europeo no crea que la encarna quien dice representarla, y sienta como propio el drama y la aventura del argumento de la obra. Necesita el poder un nosotros que lo acepte. “Nosotros aceptamos que aceptamos”: se encuentra esa frase en el metanivel fundacional de un nosotros político; y por ello ese “nosotros” y ese “aceptamos” se constituyen en cuestión decisiva, cimiento sostenedor de la construcción europea.

    ¿Cómo satisface el poder esa necesidad?. ¿Cómo se construye ese nosotros que acepta?. Señala para ello Van Middelaar el la tercera parte – La búsqueda de un público - tres vías: la alemana, la romana y la griega. La primera sería la del Volksgeist, el sentimiento de pueblo que busca avanzar colectivamente como tal en la Historia, y para ello construye un Estado común. Bien podría decirse sin embargo de Europa lo que se decía en Italia tras la unificación: hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer italianos. Una construcción, la de Europa, que en cualquier caso no puede ser la repetición de la construcción nacional a un nivel superior, con ella por demás destinada a convivir. Una vía que se ha planteado en su avance, según la perspectiva de los diferentes actores relevantes, las preguntas de cómo llegar a ser uno o de por qué estamos juntos. La segunda, la de la legitimidad vía eficacia, la adhesión del público por lo que recibe, sean derechos y libertades, protección, redistribución y solidaridad, o resultados. Vía sin embargo problemática al plantearse en definitiva en un juego de suma cero, en que lo que obtienen unos es necesariamente a costa de lo que dejan de obtener otros. La tercera, la griega, la de seducir al coro, darle voz en la obra y ofrecerle drama que lo cautive. Voz al demos que define la democracia, en la intención o el deseo única, en la realidad polifónica, más fuerte en su no que decisiva en su sí. Polifonía que plantea la conveniencia y reto de articular institucionalmente la participación en la construcción europea de los parlamentos nacionales de los estados miembros. Drama: emoción y sangre en la arena, pasión y vida que se sigue con respiración contenida. Se ha vuelto demasiado aburrida Europa, demasiado desdramatizada y aséptica. Y necesita ser respuesta a la Historia que nos afecta, vehículo para hacer la Historia, emoción de en ella ser, con ella y gracias a ella el futuro escribir.

    Afronta, sea cual sea la vía, la construcción de esa legitimidad de Europa el problema de la inversión del tiempo y la narrativa: no va de lo fundacional a lo fundado, del representado al representante; sino se plantea en la secuencia inversa, del representante que busca a sus representados. Como toda fundación, pues en toda fundación de un sujeto político alguien se proclamó representante de éste y sus miembros lo aceptaron como tal. No es, sin embargo, la de la legitimidad necesariamente construcción en un momento único: puede ser también fruto de un proceso progresivo de pregunta y respuesta entre representantes y representados. Podemos tal vez en ese diálogo hacer Europa y hacer, hacernos, europeos. Señala Van Middelaar que un sujeto político no nace en un solo momento, sino que necesita tiempo. Tiempo de diálogo.

    Pregunta, sobre todo, a uno mismo. Concluye El paso hacia Europa su recorrido señalando que Europa se construye en cada uno, que “solo cuando los miembros del coro, y nos solo los actores, asuman individualmente su rol dual (nacional y europeo) será posible completar el paso hacia Europa”. Solo, también, cuando asumamos que Europa no es el puerto de llegada, sino el barco en que juntos navegamos las procelosas o tranquilas aguas de la Historia.

    Un recorrido por el quién, el qué y el para quiénes cuya realización me lleva a una doble reflexión sobre el dónde de Europa y la necesidad de pensamiento fundacional para su realización.

    Dónde de Europa: en uno mismo, en cada uno y en todos. Europa: no Bruselas; sino nosotros mismos. Transformación y metamorfosis. Identidades múltiples y simultáneas: no dejar de ser lo que somos para ser europeos; sino ser europeos para seguir siendo lo que somos, y para serlo mejor. Europa: no espacio vacío; sino espacio simultáneo. Ésa es la metamorfosis. Europeizar lo nacional. No Europa frente al Estado nacional como antítesis hegeliana; sino como co-tesis con él, junto a él en la Historia avanzando, haciéndola.

    Pensamiento fundacional: no valen las lentes existentes; necesitamos crear unas nuevas. Europa es una idea que se realiza en la Historia para transformarse en un sujeto que hace la Historia. Desarrollo último y coherente de la Ilustración. Y si las ideas de ésta resultaron fundacionales para la construcción del Estado nacional basado en el contrato social, y a sensu contrario para la identificación de la Sociedad Internacional con el estado de naturaleza… la construcción de un nuevo sujeto político requiere, ilustradamente, de nuevas luces, de un nuevo pensamiento fundacional.

    Si Europa es una idea, y al tiempo un paso, un trance transformador, necesita también de una meta-idea, una idea sobre la idea, la identificación del Objeto Político No Identificado como sujeto, para que sea sujeto. Luuk Van Middelaar nos la identifica, nos da idea de esa idea. No podemos a partir de ahora ignorarla si de ella queremos tener idea, en la Historia realizarla y realizarnos.

    De la identificación del OPNI no puede sino resultar que el objeto es sujeto, y que el sujeto somos nosotros.

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Hay 1 Comentarios

Seria bonito, que en vez de indentificarnos o definirnos a traves de la religion como durante tantos siglos en Europa, o con la nacionalidad durante los dos ultimos siglos, crecieramos, dejaramos atras la adolescencia, y pasaramos a identificarnos con la "ciudadania", es decir, con nosotros mismos como personas y no como individuos etiquetados a perpetuidad segun religion o nacion, conceptos ambos que solo sirven para manipular cuando se mezclan con el Estado o la politica. Paradojicamente, la U.E, Europa, si quiere ser aceptada debe hablar a traves de la cultura universal, con mayuscula, y no a traves de la "naturfolk" de las etiquetas religiosas y nacionales de ambito personal y siempre cambiantes o desde la cueva de Ali Baba en la se ha convertido. Desde Sofocles a Mozart, de Goethe a Monet o Kafka...al tiempo que protege la diversidad europea y sus lenguas. Mas Estado y menos tribu.

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Sobre el autor

Manuel Montobbio, diplomático y doctor en Ciencias Políticas con formación pluridisciplinar, ha desempeñado diferentes responsabilidades en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y ha estado destinado en San Salvador, Yakarta, México, Guatemala y Tirana. Paralelamente, ha desarrollado una trayectoria académica y literaria, que le ha llevado a publicar diversos libros, ensayos y obras de pensamiento y creación como Salir del Callejón del Gato. La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global, Guía poética de Albania y Tiempo diplomático. Acaba de publicar Mundo. Una geografía poética.

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