Manuel Montobbio

Occidentalismo: los argumentos del relato

Por: | 29 de junio de 2014

    Señalábamos en Occidentalismo – la anterior entrada de este blog con que iniciábamos la serie que vamos a dedicar al análisis de éste – que resulta comprensible, inevitable quizá, que aquel para quien Occidente es el otro, para quien la modernidad y la universalidad han venido y vienen de Occidente, reaccione – se afirme, se construya, se libere - frente a ella, elaborando o reelaborando el discurso sobre sí mismo, sobre su nosotros, y el mundo. O sobre Occidente y su universalidad. Que no por constituir relatos cosmogónicos alternativos, afirmativos de lo propio, antioccidentales o críticos con Occidente cabe calificar a éstos como occidentalistas. Sino de entre ellos aquel o aquellos que, al igual que el orientalismo respecto a Oriente, despoja de humanidad al occidental, le otorga esa otredad necesaria para convertirlo en enemigo, presenta a Occidente como causa de la destrucción o amenaza de la propia esencia y supervivencia, y propugna como única vía posible para evitar ésta, para la supervivencia del nosotros, el ataque y la destrucción del mismo, la imposición universal del propio discurso cosmogónico. Y, tras analizar la construcción de Occidente como amenaza o como enemigo en el seno de las propias sociedades occidentales y en el de aquellas a las que la modernidad llega de Occidente, del discurso o relato occidentalista como fruto de volver al revés el relato cosmogónico por parte de las víctimas, de generar frente al espejo cóncavo uno convexo contenedor de un relato cosmogónico alternativo, confrontado o confrontable; nos preguntábamos de qué está hecho ese relato; cuáles son los leit motivs, los mitos, las ideas fuerza o los temas que lo conforman, definen y sostienen.

Occidentalism    Inversión del relato cosmogónico, discurso o discursos del occidentalismo y los occidentalismos, que, partiendo de la afirmación de Occidente como un todo homogéneo, coincide y se estructura - como señalan Ian Buruma y Avishai Margalit - en torno a determinadas ideas fuerza o temas recurrentes que lo definen y caracterizan al tiempo que justifican la oposición al mismo. Ideas fuerza entre las que, siguiendo el hilo conductor de su análisis en Occidentalism. A Short History of Anti-Westernism (2004) – publicado en español como Occidentalismo. Breve Historia del sentimiento antioccidental (Barcelona, Península, 2005), procedería enunciar la degeneración de la ciudad occidental, el espíritu del héroe y del guerrero frente al del mercader, la ausencia de espíritu de la razón occidental, la ira de Dios y su mandato de superación de la idolatría y la degeneración y la consiguiente necesidad de revolución y combate a Occidente. Siquiera sea a brochazos de impresionista, aproximémonos a ellas.


Occidentalismo    Degeneración de la ciudad occidental, imagen de la ciudad – desde Sodoma, Babilonia o la torre de Babel – como lugar del pecado y de la soberbia colectiva del hombre frente a Dios, símbolo de los logros, la modernidad y las creaciones de Occidente, pero también de su estilo de vida materialista, de la adoración del dinero, de la masificación, de su permisividad de costumbres, sus tentaciones y vicios, su lujo, su depravación y degeneración. Frente a ella, la pureza de la vida del campo. Por ello, cuando Mao quiere promover la búsqueda de otra utopía colectiva a través de la revolución cultural, la reeducación impuesta por ésta pasará por el retorno desde la ciudad al campo. Símbolo de Occidente tal vez, precisamente, por permitir ese anonimato permisor de la vida como proyecto individual, ese “tercer aislamiento insular” del que nos habla Sloterdijk en En el mismo barco. Ensayo sobre la hiperpolítica, a partir del cual construir tal vez identidades múltiples sin el dictado unívoco de una religión y sus profetas; por ese mestizaje que alberga y al que sin duda contribuyen los flujos migratorios no occidentales, en que la pureza ya no resulta posible. Su silueta, su “skyline”, símbolo del símbolo. Sus rascacielos – en Nueva York o en Shangai, en Kuala Lumpur o en Madrid – definidores de su silueta y símbolos de su modernidad. Su destrucción – la de las torres gemelas, la de la torre de Babel – la destrucción de un símbolo, el símbolo de una civilización.

    Espíritu del guerrero frente al mercader, del héroe frente al burgués o al vulgar ciudadano de a pie que vive la confortable vida vulgar y anodina que le ofrece Occidente. Pues Occidente y su democracia no ofrecen a sus ciudadanos vidas heroicas o apasionantes como proyecto colectivo, sino como opción o aventura individual. Constituye la sociedad y el sistema de los mercaderes frente al de los guerreros, aquel que ofrece a todos la heroicidad colectiva, orgánicamente, a través de una ideología común para la realización de una utopía o una meta colectiva para la que la Historia exige tributo. Distinción cuya conceptualización se debe al ensayo que, precisamente con el título Händler und Helden (Mercaderes y guerreros), Werner Sombart escribió durante la primera Guerra Mundial, para diferenciar la Weltanschaaung o visión del mundo de Alemania, identificada en su esencia como nación de héroes y guerreros, de las de Francia o Gran Bretaña, presentadas como prototipo de naciones de mercaderes. Visión del mundo del mercader calificada de Komfortismus o confortismo, guiada por la búsqueda del bienestar material, del confort, y la búsqueda del dinero para el disfrute de la áurea mediócritas. Frente a ello, la vida del guerrero como proyecto colectivo para la realización de un ideal, si es necesario por la guerra, la vida que se vive con la muerte por éste, la vida del “novio de la muerte” de la canción española, la vida del héroe que vive más allá de la vida, en la gloria, en el pueblo, en aquellos que siguen viviendo y muriendo por la causa, en la eternidad y en el siempre. “No resulta sorprendente que – señalan Buruma y Margalit – de todas la ideas europeas modernas, las del nacionalismo étnico germánico – incluido el pan-germanismo, inspirador del panarabismo del primer baazismo – tuvieran tanto atractivo para los intelectuales no occidentales que se rebelaban contra las proclamaciones universalistas del imperialismo occidental” (2004: 59). Tuvieran y tienen, se tenga o no conciencia de su origen y antecedentes. Ideas que han llevado y pueden llevar al culto a la muerte, a la acción kamikaze, a la supeditación o sacrificio de la vida por una causa humana o divina, una idea o un mundo mejor. Para cuyos detentadores, Occidente “es contemplado como una amenaza no porque ofrezca un sistema alternativo de valores, o siquiera un camino diferente a la Utopía. Constituye una amenaza porque sus promesas de confort material, de libertad individual y de la dignidad de vidas no excepcionales diluyen toda pretensión utópica” (Buruma y Margalit, 2004: 72).

    Ausencia de espíritu de la razón occidental, presentada como frío cerebro sin corazón, eficaz calculadora de operaciones sin sentido, computadora programada para la resolución de problemas materiales pero incapaz de responder a las verdaderas preguntas de la vida, abandonada, olvidada o perdida allá afuera o aquí, más adentro, en la poesía, la Historia, los mitos y el alma que no vienen de Occidente y que desde tantos lugares – desde el propio corazón de Occidente por el que soplaron los vientos del romanticismo, o desde la propia Rusia en su debate del alma entre occidentalización y eslavización – se afirma como la verdadera razón frente a la razón de Occidente, aquella que conducirá a su esencia al yo y hará de la vida la vida. Así, “el occidentalismo puede ser contemplado como una expresión de amargo resentimiento hacia un ofensivo despliegue de superioridad de Occidente, basado en la aducida superioridad de la razón. Más corrosivo incluso que el imperialismo militar es el imperialismo de la mente impuesto por la extensión del cientifismo occidental, la fe en la ciencia como única fuente de conocimiento. El hecho de que el cientifismo fuera rápidamente adoptado por los reformadores radicales en el mundo no occidental alimentó la hostilidad de los nativistas. Pues el enemigo directo de los occidentalistas no es siempre tanto Occidente mismo como los occidentalizadores en sus propias sociedades” (Buruma y Margalit, 2004: 95)

    Ira de Dios ante los mercaderes instalados en su templo, ante la idolatría al becerro de oro, ante la proclamación de su muerte, o simplemente ante su ignorancia, la ignorancia de su ira. Ira de Dios que presupone a Dios, la confrontación con Occidente en nombre de Dios. Y si ésta ha tenido y tiene lugar en su nombre, también lo ha hecho en nombre del nazismo, del comunismo, del Shinto japonés u otras banderas. Lo que lleva a la distinción entre occidentalismo secular y religioso. Y es solo para este último que la ira de Dios respecto a Occidente lleva a la acción contra él. Y si esa visión crítica a Occidente, esa condena a su materialismo y libertad de costumbres no constituye patrimonio exclusivo de religión alguna, sino más bien en mayor o menor grado ha sido hecha desde todas las iglesias y religiones, por la propia Iglesia católica sin ir más lejos, solo en el caso del Islam se convierte ese posicionamiento y esa condena en acción contra él, en occidentalismo.

    ¿Cuáles son las bases, las ideas subyacentes en que se fundamenta este relato?. ¿Cuáles sus consecuencias e implicaciones?... Intentaremos responder a esas preguntas en una próxima entrada de este blog.

    

 

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Sobre el autor

Manuel Montobbio, diplomático y doctor en Ciencias Políticas con formación pluridisciplinar, ha desempeñado diferentes responsabilidades en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación y ha estado destinado en San Salvador, Yakarta, México, Guatemala y Tirana. Paralelamente, ha desarrollado una trayectoria académica y literaria, que le ha llevado a publicar diversos libros, ensayos y obras de pensamiento y creación como Salir del Callejón del Gato. La deconstrucción de Oriente y Occidente y la gobernanza global, Guía poética de Albania y Tiempo diplomático. Acaba de publicar Mundo. Una geografía poética.

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