Graciela Mochkofsky

Sobre el autor

Graciela Mochkofsky, periodista argentina, es autora de cinco libros de no ficción. Creó y edita, en colaboración, la revista digital el puercoespín. Ha escrito para los principales medios de su país y para varias de las revistas más importantes de América Latina. Es Nieman fellow 2009 de la Universidad de Harvard.

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Los malditos de América Latina

Por: | 30 de diciembre de 2011

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Contemporáneos (2000), instalación de la artista Alicia Martín

En un inusual proyecto colectivo, una editorial chilena contrató a una periodista argentina para que convocara a narradores del continente para escribir sobre un tema común: escritores latinoamericanos “malditos” del siglo XX. La convocatoria resultó paradójica. Los autores fueron convocados en este contexto común para retratar a personas elegidas, justamente, por haberse salido de contexto: suicidas, homosexuales, alcohólicos, adelantados, híbridos ideológicos, que sus contemporáneos no podían aceptar o comprender, o a los que ellos no lograban aceptar o comprender.

La maravilla de Los Malditos (editado por Leila Guerriero para la editorial de la Universidad Diego Portales) es que logra resolver esta paradoja de la mejor manera. En la suma de textos individuales, captura una serie de dimensiones. Algunas:

-la dimensión universal: el hijo aplastado por su madre (Rodrigo Lira x Oscar Contardo), el ser atormentado (Alejandra Pizarnik x Mariana Enriquez), el hombre que se sale del destino para el que nació (Jorge Baron Biza x Alan Pauls);

-la de los mundos sociales específicos de nuestros países, como el de los nacionalistas de la clase alta argentina (Ignacio Anzoátegui x Juan José Becerra), o el de los intelectuales de izquierda de Venezuela en tiempos de dictadura (Rafael José Muñoz x Boris Muñoz);

-la del engendro de híbridos y mestizajes culturales de América Latina, como el caso del boliviano que viaja a Alemania durante el Tercer Reich, se enamora de Hitler y sueña, de regreso en Bolivia, con una nación puramente aymara (Jaime Saenz x Edmundo Paz Soldán).

El texto que se destaca, por congregar todas estas dimensiones, es el de Boris Muñoz sobre su padre, el poeta venezolano Rafael José Muñoz. Boris recupera la fantástica historia familiar de su padre, que parece sacada de un libro de García Márquez, bucea en las razones de su alcoholismo, de su pasión por los textos metafísicos y esotéricos, nos introduce en su poesía, en sus ideas políticas, su militancia, su locura y su muerte. El texto nos lleva por la Venezuela de Rómulo Betancourt, la lucha por la democracia, la guerrilla, el papel de Cuba, la represión de la dictadura... Retrata al mismo tiempo la vida del poeta que se escurre de la realidad hacia la metafísica y la locura. Y es un texto conmovedor y conmocionante sobre la relación padre-hijo. 

(El perfil puede leerse completo aquí.)

PortadaMalditoFinal-2-167x300"Esta compilación de perfiles biográficos de escritores latinoamericanos del siglo XX --se lee en la contratapa de Los Malditos-- proporciona un nuevo punto de vista para escrutar la singularidad del continente: lo que aparece en sus páginas es un repertorio de vidas estragadas, intensas, proclives en la mayoría de los casos a los excesos del cuerpo y a los tormentos del espíritu. Por primera vez, figuras que han subsistido como mitos locales se constelan en un panorama amplio, generando la inquietante certeza de que en nuestros países la sensibilidad literaria es, con frecuencia, signo de destinos aviesos y de futuros echados por la borda. (...) Los textos han sido escritos por grandes periodistas y narradores latinoamericanos de la actualidad, lo que se puede entender como un feliz enfrentamiento de generaciones".

Siempre es bueno terminar el año con un buen libro. Mucho más si es un libro raro, rarísimo, como éste, que intenta romper el aislamiento cultural que caracteriza a los países de América Latina.

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Listado completo de los perfilados y sus autores: el argentino Alan Pauls sobre el argentino Jorge Barón Biza; la chilena Alejandra Costamagna sobre la chilena Teresa Wilms Montt; el peruano Daniel Titinger sobre el peruano Martín Adán; el colombiano Andrés Felipe Solano sobre Bernardo Arias Trujillo; el colombiano Juan Gabriel Vásquez sobre el colombiano Porfirio Barba Jacob; el boliviano Edmundo Paz Soldán sobre el boliviano Jaime Sáenz; la brasileña Graça Ramos sobre el ¿brasileño? nacido en Polonia Samuel Rawet; la ecuatoriana Gabriela Alemán sobre el ecuatoriano Pablo Palacio; el chileno Oscar Contardo sobre el chileno Rodrigo Lira; el mexicano Rafael Lemus sobre el mexicano Jorge Cuesta; el argentino Juan José Becerra sobre el argentino Ignacio Anzoátegui; el chileno Rafael Gumucio sobre el ¿cubano? nacido en Baltimore Calvert Casey; el venezolano Boris Muñoz sobre el venezolano Rafael José Muñoz; el chileno Roberto Merino sobre el chileno Joaquín Edwards Bello; el peruano Marco Avilés sobre el peruano César Moro; la argentina Mariana Enríquez sobre la argentina Alejandra Pizarnik; el chileno Alberto Fuguet sobre el uruguayo Gustavo Escanlar.

Bolivia: único país de América del Sur sin McDonald's

Por: | 21 de diciembre de 2011

Ronald-mcdonald

El académico francés Charles-Édouard de Suremain, del Institut de Recherche pour le Développement, llegó a La Paz el 6 de agosto de 1998, día de la independencia de Bolivia. Le pareció natural encontrarse con la ciudad cerrada al tránsito, copada por grupos de baile locales y multitudes celebrando la fecha patria. Diez años más tarde, lo rememoró en un trabajo publicado en la revista Anthropology of Food:

Ante la imposibilidad de continuar su ruta, el taxi me dejó al inicio de la avenida 6 de agosto, llamada ‘el Prado’, el eje central de la ciudad. Me hice camino entre los curiosos y turistas, quedé maravillado por el vigor de las bailarinas y los bailarines, a veces con vestidos pesados, quienes no parecían ser afectados ni por el calor abrasador ni por la altitud. Los grupos desfilaban y se sucedían, pasando bajo largas banderolas de vivos colores a las cuales yo todavía no prestaba atención. Hacia la mitad de la avenida, sobre el pasaje de la izquierda que descendía, centenas de globos de color naranja, rojo y amarillo se elevaban hacia el cielo. Al mismo tiempo, gigantescos recintos elevados en andamios mal estructurados tocaban una música grabada, que se escucharía más en un parque de diversión de Disneylandia. Su ritmo estereotipado contrastaba con las tonalidades variadas de los cobrizos, de las flautas y de los tambores que acompañaban el desfile. En algunos segundos, la atención de la muchedumbre se vertió en un personaje singular: se trataba de un gigantesco maniquí inflable que erigía bruscamente en vertical.”

El maniquí no era un personaje idiosincrático, histórico o legendario de la nación andina. Era el más inesperado de los personajes. Uno de los más reconocibles íconos de la globalización.

Era Ronald McDonald.

En este instante me di cuenta que era la misma marca [McDonalds] que aparecía en el logo de las banderolas que atravesaban las calles, así como en los carteles y folletos distribuidos por todo sitio. Al leer los apoyos publicitarios, me di cuenta que la empresa subvencionaba en parte la organización de la fiesta nacional y que, en esta ocasión, se establecía en Bolivia (…) Luego, continuó una distribución gratuita de porciones de comida (...) de la susodicha marca. Con gran volumen del altoparlante, invitaba a la muchedumbre a aprovechar el banquete gratuito. Desbordado, el servicio (...) renunció ante el entusiasmo provocado por el anuncio. El edificio colonial, donde se ubicaba el restaurante, pintado de naranja y blanco para la ocasión fue tomado por asalto. En un arrebato de lirismo, probablemente debido al cansancio del viaje y a la caminata forzada, me dispuse a pensar que se trataba de un movimiento social contrario a aquél que en 1825 (durante la independencia), impulsaba a los hambrientos a desalojar a las élites extranjeras de los lugares simbólicos del poder”.

   ***

Mcdonalds-broken-signRoberto Udler es un empresario de pelo blanco, en edad de ser abuelo. Durante sus viajes, a lo largo de los años, notó que toda ciudad del mundo tenía su McDonalds. ¿Y por qué no hay en Bolivia? se preguntó. Había McDonalds en toda América Latina: en Brasil, 480; en Argentina, 192; en Venezuela, 180; en Colombia, 97; en Chile, 55; en Perú, 20; en Ecuador, 19; en Uruguay, 19; en Paraguay, 7.

Tres años le llevó convencer a la compañía de instalarse en su país. Un año entero se fue –“yo pensé que estaban bromeando, pero no”—en formar al equipo en la Universidad de la Hamburguesa, en Chicago. En 1998 abrieron ocho restaurantes: tres en La Paz, tres en Santa Cruz y dos en Cochabamba. Durante los primeros seis meses, fueron un éxito: las colas eran permanentes.

Entre noviembre de 2002 y julio de 2003, uno tras otro, cerraron todos.

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Por qué quebró McDonalds en Bolivia es el título del documental recién estrenado del director Fernando Martínez. Los entrevistados sugieren distintas respuestas: que los precios, bajos en comparación con los del resto del mundo, eran altos para una sociedad acostumbrada a comer abundante y casero por muy poco dinero; que McDonalds decidió irse en el escenario post-11 de septiembre de 2001 (así lo afirmó Udler, sin mayor detalle en el documental).

El director del documental tiene otra teoría, discutible pero bella: que Bolivia no es un país para comida rápida.

MercadoEl documental es, en verdad, una celebración de la comida nacional (o las muchas comidas regionales del país), extraordinarias en su variedad, originalidad y riqueza. Sergio, un enólogo entrevistado, opina que McDonalds es “una solución para gente que está apurada, y Bolivia no es así”. Otro testimonio: “Aquí todavía no compartimos la torpeza que se ve en el cine norteamericano de comprar consomé en vaso de plástico y seguir trabajando frente a la computadora mientras te alimentas”. Y otro, de una extranjera asimilada: “Aquí todavía es la vida de antes”.

El documental pinta una sociedad agrícola en la que “las papas son amigas de las personas”, “las papas son hombres y mujeres” y “tienen su personalidad”.

Y pinta un país alimentado por mujeres, en el que la cocina es trasmitida, como un idioma, por madres a hijas y abuelas a nietas. Un matriarcado esforzado y sufrido: mujeres que se levantan en medio de la noche a hervir, moler, mezclar, moldear, asar, todo para que la arepita, el zonzo, estén en su punto perfecto a la hora del desayuno. Dice una mujer: “Mi esposo me decía: hay que trabajar hasta morir. Y ha trabajado hasta el último día”. Pero también orgullosas de lo que cocinan, pendientes de que los comensales se queden contentos.

El empresario Udler se declara “aficionado a la comida boliviana”. Cada vez que un ejecutivo de la multinacional lo visitaba, lo llevaba a recorrer todos los departamentos del país para probar una por una todas las comidas locales.

“Quedaban maravillados”.

Udler intentó incorporar la McEmpanada al menú boliviano. Viajaron los inspectores de la compañía a estudiar la propuesta. Al descubrir que la preparación debía “fermentar unas dos horas” la rechazaron. “Esto no va con la compañía –sentenciaron—. Un producto que fermenta es peligroso”.

(Una lista, larguísima y seguramente incompleta, de platos bolivianos, aquí)

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Nuestro académico francés nos da otras pistas sobre los motivos del cierre:

Cada fin de semana el McDo era investido por familias numerosas, procedentes de "clases medias superiores” que pasaban allí largas horas. Los precios eran idénticos en ambos sitios: se necesita tener 0,50 céntimos de euro para una hamburguesa simple y 2,50 euros para un menú. Si estos precios parecían razonables con respecto a los que se practican en Europa y Estados Unidos, seguían, sin embargo, siendo muy elevados en el contexto. Precisemos que para el periodo en cuestión, el salario mensual de un empleado de la administración era de alrededor 80 euros, que un policía percibía un promedio de 50 euros y que una empleada doméstica ganaba como máximo 150 euros.

(…) Hasta el 2001, las empleadas del centro de la ciudad - con sus largos cabellos trenzados - eran consideradas como la población “india”, mientras que las meseras de la zona sur – rubias de ojos azules - ofrecían una apariencia “germánica” prototípica, sea “natural” o artificialmente mantenida. Esta política de reclutamiento toma aquí un sentido particularmente fuerte. Muestra que una gran empresa capitalista, destinada a funcionar sobre los criterios de rentabilidad objetiva y a transmitir los valores de la modernidad la más arquetipada, se apodera, juega y utiliza hábilmente las divisiones socio-étnicas preexistentes para orientarlas hacia fines económicos.

(...) Después del entusiasmo de los estratos urbanos medios y superiores del país por la hamburguesa, el boicot del McDo se inició durante el año 2001. El movimiento se propagó rápidamente y arrastró a los componentes más modestos de la sociedad, incluso a los más marginados, por los cuales el consumo del producto era inconcebible. Se entablaron algunos procedimientos judiciales contra la cadena, bajo el impulso de los productores de carne y verduras locales (…) Los procesos judiciales entablados por los productores de carne y de verduras contra las prácticas monopolísticas de la cadena conocieron un éxito más que moderado

(...) Progresivamente, fue el rechazo del conjunto de la política norteamericana en Bolivia, como en otras partes del mundo, lo que se cristalizó en el boicot del McDo. En la medida que el consumo estigmatice a aquellos que han “vendido su alma” a los gringos, la hamburguesa se encuentra relegada al rango de “alimento identitario” o “alimento étnico”, puesto que encarna la globalización y la estandarización alimentaria de la manera más (caricaturesca).

Boliviade Suremain se fue de Bolivia el mismo día en que cerró McDonalds: 31 de julio de 2003. Apunta: "Esta vez no hubo fiesta".

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La salida de McDonalds de Bolivia coincidió con un período de conflicto político y social, conocido como la Guerra del Gas --estalló ante la decisión de exportar gas natural a Estados Unidos y México vía Chile-- en el que Evo Morales, que llegaría a la presidencia en 2006, tuvo un protagonismo importante. 

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Definición de Bolivia según la BBC: "País de extremos estadísticos, sin salida al mar. Es el país más alto y aislado de América del Sur". Es, también, el único país sin McDonalds.

En el Cono Sur, el pasado se filtra por las grietas

Por: | 15 de diciembre de 2011


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Estos “mapas” de Sudamérica fueron hallados por el fotógrafo Runo Lagomarsino en las grietas de los senderos de pavimento del gran parque Ibirapuera de Sao Paulo.

La primera vez que ví estas bellas fotografías --son parte de una muestra sobre arte y política en América Latina que se exhibe en Gävle, Suecia-- pensé que intentaban transmitir una verdad poética sobre el papel de Brasil como potencia de Sudamérica (Sudamérica en Brasil, y no viceversa).

5 3Pero esta mañana, cuando encontré en los diarios de Argentina la noticia del hallazgo de fotografías de cadáveres de “desaparecidos” tomadas en la rivera uruguaya del río de la Plata en los años '70, recordé estos mapas escondidos y se me ocurrió que eran una metáfora sobre la verdad que se esconde entre nosotros, en las grietas abiertas de nuestra Historia, a la espera de ser (inevitablemente) descubierta.

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Algunas verdades importantes sobre los años de las dictaduras militares sudamericanas aun aguardan a ser descubiertas y contadas.

En Argentina se ha dado respuesta al reclamo social de justicia (263 personas han sido condenadas en los últimos años y otras 1.500 esperan juicio, la mayoría en prisión; la reciente condena a Alfredo Astiz y a los represores de la siniestra Escuela Mecánica de la Armada cerró, simbólicamente, tres décadas de impunidad), pero todavía falta información crucial

Falta encontrar a cientos de bebés robados a sus madres en los campos clandestinos de tortura y conocer el lugar en que se encuentran los restos de miles de “desaparecidos”.

DesaparecidosEstos van apareciendo de a poco, en fosas comunes como la que se descubrió anteayer.

También surgen, cada tanto, documentos inesperados, como estas fotografías de cuerpos arrojados al agua desde los "vuelos de la muerte", hallados en la vera uruguaya del Río de la Plata. 

Son 130 imágenes tomadas durante la dictadura argentina (1976-1983). Treinta y cinco años más tarde, han aparecido en un archivo desclasificado de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA. Las imágenes vienen acompañadas por reportes forenses que detallan espantosas torturas y tormentos.

Ayer, un enviado de la CIDH las entregó a un juez argentino que investiga los vuelos de la muerte. (La historia completa, muy interesante, de este hallazgo está aquí). El juez espera que ayuden a persuadir al gobierno uruguayo de desclasificar documentos sobre otros hallazgos de cuerpos de la época.

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1322957715_676401_1322957861_noticia_normalOtra foto reciente que causó conmoción fue la del interrogatorio a una joven Dilma Rousseff, entonces militante de izquierda, hoy presidenta del Brasil, tras 22 días de tortura en manos de los dictadores de su país.

Aunque la ley de amnistía de 1979 sigue vigente, también en Brasil el pasado presiona: apenas el mes pasado, Rousseff puso en funciones una Comisión de la Verdad sobre los crímenes de la dictadura. Aunque en principio no puede (por ley) llevar a procesos judiciales, es un primer paso en el sentido de la justicia.

(Es interesante esta interpretación, publicada en inglés por la revista The Economist, sobre que una de las consecuencias de haber dejado la historia sin revisar en Brasil es que la represión continúa hoy).

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En Uruguay, el Congreso derogó en octubre pasado la ley de caducidad que impedía juzgar a los militares que cometieron crímenes durante la dictadura de 1973-1985. Y hace apenas diez días, al anunciar el descubrimiento del cadáver del "desaparecido" Julio Castro en un terreno militar, el jefe del Ejército, general Pedro Aguerre, anunció que la fuerza "no encubrirá a homicidas ni delincuentes en sus filas (...) No tengo conocimiento de ningún pacto de silencio para encubrir delitos dentro de la Fuerza que comando, y aún desconociendo, si ha existido o existiera hasta la actualidad dicho pacto, donde este momento doy la orden de su revocación inmediata”. 

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En Chile, cinco años después de que Pinochet muriera tranquilo en la cama, se investigan, entre otras, las muertes de Salvador Allende y de Víctor Jara.

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Un argumento recurrente (en el Cono Sur, pero también en otros países con pasados violentos) dice que es necesario mirar hacia adelante y dejar el pasado detrás. Pero la realidad prueba, una vez y otra y otra, que cuando la verdad o la justicia están pendientes, el pasado se niega a quedar enterrado y se filtra empecinado por las grietas.

De quién es la tierra allá en el Sur

Por: | 10 de diciembre de 2011

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En el otoño argentino de 2002 viajé a la Patagonia argentina para hacer un relevamiento de un nuevo fenómeno: millonarios extranjeros, en especial norteamericanos pero también algunos europeos, estaban adquiriendo enormes extensiones de tierra. Ted Turner compraba trechos de ríos (estrictamente, ya que los ríos no están a la venta, las tierras que los rodeaban y el acceso a ellos) para llegar en su jet privado los fines de semana a practicar pesca con mosca, su deporte favorito. El inversor inglés devenido en ciudadano de las Bahamas Charles Lewis pasaba unos pocos días cada verano en su mansión hollywoodesca frente al idílico Lago Escondido, a cuya vera retozaban animales exóticos al cuidado de argentinos disfrazados de pastores escoceses. Ward Lay, heredero de la familia tejana que fundó la empresa de las papas fritas, era el dueño de 80.000 hectáreas de estepa en las que cazadores dispuestos a pagar cientos de dólares por noche y varios miles por presa tenían la oportunidad de disparar contra ciervos y jabalíes; al final de la cacería, se entregaban a banquetes de carnes asadas, whisky de malta y rondas de póker.

Que grandes extensiones de tierra estuvieran en pocas manos no era una novedad para la Argentina; los extranjeros compraban a viejas familias terratenientes de la alicaída aristocracia argentina. El debate, por entonces incipiente, no giraba sobre la concentración, sino sobre el acceso: los nuevos dueños cerraban el paso a ríos y a lagos. Lewis había construído una buena ruta de asfalto en lugar en reemplazo del viejo y agujereado camino de ripio por el que se llegaba al lago Escondido, había instalado una barrera y sólo dejaba pasar a algunos visitantes con permiso del administrador.  

Los nuevos dueños afirmaban que las restricciones de paso eran necesarias para recuperar y preservar riquezas naturales –la limpieza del suelo, la pureza del agua, el bienestar de las especies animales y vegetales--. Sin control, los visitantes dejaban a su paso tierra arrasada: latas de gaseosas en los ríos, bolsas de comida, pañales usados, cenizas, animales muertos. Los nuevos dueños estaban recuperando tierra dañada. El Estado no sólo había renunciado a su obligación de cuidado y preservación: los cuidadores de la estancia de Lay –donde habían vuelto a crecer especies vegetales autóctonas y se recuperaba la tierra luego de generaciones de voraces ovejas argentinas que no dejaban crecer ni los yuyos-- atraparon a un grupo de cazadores furtivos; su líder resultó ser funcionario del gobierno provincial.

Dejé la Patagonia con sensación de ambivalencia. Los nuevos propietarios tenían --casi todos—conciencia ecologista. Volvían a prosperar animales y plantas depredadas, que serían parte por siempre de la riqueza local. La infraestructura local se modernizaba para acomodar las necesidades de los nuevos propietarios. Pero ¿quién iba a disfrutar de todo esto? Esta nueva Patagonia se parecía muy poco a la de mi infancia, en la que acampábamos en paisajes asombrosos, comíamos las truchas que lográbamos sacar a los ríos, y recorríamos interminables extensiones con fiebre de explorador.

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Otro caso interesante era el de Douglas Tompkins, un millonario norteamericano que comenzó comprando 500.000 hectáreas en el sur de Chile. Sus campos, de superficie equivalente a dos Luxemburgos, se extendían desde la cordillera hasta el Pacífico, cortando a Chile en dos. La derecha chilena lo acusaba de ser agente del Departamento de Estado norteamericano con la misión de dividir a Chile en varios Estados.  

Tompkins compraba tierras para preservarlas. En Argentina, donaba miles de hectáreas a fundaciones conservacionistas. De dos estancias que compró en la provincia de Santa Cruz, sacó las ovejas y vacas que destruían el suelo. “Tompkins compra, retira el ganado, mejora un poquito las instalaciones y deja los campos cerrados, para que se recuperen. Protege las especies autóctonas, como el guanaco, el zorro y el puma, pero no hace nada más. Acá el suelo no tiene mucha tierra, es todo piedra, ripio y arena. Esos campos van a tardar hasta ochenta años en recuperarse”, me explicó el intendente del Parque Nacional Los Glaciares, Carlos Corvalán.

Tompkins encontró en Argentina un recibimiento cálido, incluso del Ejército, que no tenía objeción a la venta de tierras ni siquiera en zona de frontera, según me aclaró su jefe de prensa de entonces, el mayor Edgardo Calvi. A la ley argentina sólo le importaba que no fuera un chileno quien comprara en la frontera, por la vieja rivalidad entre los dos países.

En los años siguientes, Tompkins compró grandes extensiones en los Esteros del Iberá, en el noreste argentino, creó una impresionante reserva natural y comenzó a donarla al Estado provincial.

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Diez años más tarde, el Congreso argentino se apresta a sancionar, en sesiones extraordinarias antes de fin de año, la primera ley que limitará la posesión de tierras en manos extranjeras. La presidenta Cristina Kirchner la considera una prioridad de su segundo mandato. 

La ley fijará en 20 por ciento el límite de suelo rural que puede estar en manos extranjeras y determinará que ningún extranjero podrá comprar más de 1.000 hectáreas (no es retroactivo, de modo que los que ya han comprado no perderán lo adquirido). El tope ha causado polémica, ya que se estima, aunque no existen datos oficiales --la creación de un registro es una de las propuestas de la nueva ley--, que la tierra en manos de extranjeros es hoy menor (entre 4 y 10 por ciento; más información sobre cifras y sobre la dificultad de obtenerlas, aquí). La Federación Agraria Argentina afirma que, sin una ley de regulación, en 2013 habrá 26 millones de hectáreas bajo titularidad foránea, sobre un total de 170 millones cultivables.

El modelo para esta ley fue tomado de Brasil. En Uruguay, el Frente Amplio busca limitar la venta de campos a grandes grupos económicos para proteger a medianos y pequeños productores. El debate contra la "extranjerización" se extiende en América del Sur, donde gobiernos de países lejanos –en particular, el chino—y conglomerados multinacionales se han lanzado a comprar tierra en una carrera por garantizar para sí la provisión de alimentos y recursos naturales con vistas a un futuro (demasiado cercano) en el que serán escasos.

El caso que se ha tomado como paradigma en Argentina es el de Río Negro, donde el gobernador firmó un convenio con el gobierno chino por el que éste explotará 300.000 hectáreas durante veinte años para plantar soja, que será consumida, en exclusiva, por los chinos.

El proyecto –o, más bien, su objetivo-- ha sido criticado por algunos columnistas por xenófobo y nacionalista, pero su objetivo cuenta con un consenso casi absoluto entre la clase política y amplios sectores de la sociedad civil: todos los partidos han presentado en los últimos años proyectos para limitar la “extranjerización”.

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El Fondo para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de Naciones Unidas acaba de publicar un informe de 551 páginas que advierte que "en un mundo dominado por las crisis económicas recurrentes y en el que la necesidad de asegurar la producción futura de alimentos es primordial, la concentración y extranjerización de tierras se ha convertido en una práctica constante en América Latina y el Caribe", mucho más extensiva de lo que nadie había previsto.

Este es un debate que apenas comienza.

El País

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