Graciela Mochkofsky

América Latina: ¿una crisis humanitaria de envejecimiento?

Por: | 19 de febrero de 2012

UntitledEn las vísperas de su centenario, mi bisabuela se despidió de su hija, le dijo que no le preparara desayuno para la mañana siguiente, y se metió en la cama como todas las noches. Ya no despertaría.

Mi abuela, hija de mi bisabuela, cumplió 98 años el mes pasado. Hace poco tropezó y cayó al suelo cuando entraba a su departamento cargando dos pesadas fuentes; dio con los antebrazos en el piso, todo el peso de su cuerpo sobre ellos. Fue al médico por método, porque no se había roto nada; él miró incrédulo las radiografías: eran huesos de una mujer cincuenta años menor.

Yo, que creo en la herencia genética, estoy segura de que voy a vivir, como ellas, al menos hasta los cien años y que voy a morir –si es que tengo que morir un día-- del mismo modo que mi bisabuela, durmiendo en mi cama.

Hace años que alardeo sobre la longevidad de mis parientes (paternos y maternos), como de un hecho excepcional. Al final de cuentas, ¿cuántas personas viven más de 90 años?

Resulta que cada vez más.

Según el último censo, de octubre de 2010, en Argentina hay 23.483 personas de entre 95 y 99 años y 3.487 personas de 100 años o más. Para cuando yo llegue a los cien años, seremos multitud.

Esta es la buena noticia. La mala: que la longevidad no se hereda genéticamente.

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Nunca hubo tantos ancianos en el mundo.

La División de Población de las Naciones Unidas ha estimado que en 1950 había unas 23.000 personas de cien años o mayores en todo el mundo. En 1990, eran unas 110.000. En 1995, 150.000. En 2000, 209.000. En 2005, 324.000. Y en 2009, 455.000.

Según las proyecciones, las personas de más de 60 años serán en 2050 casi la tercera parte de la población mundial: 2.000 millones de individuos.

Sólo en Argentina, la población mayor de 65 años casi se cuadruplicó entre 1950 y 2000. Hoy es el 10,2 por ciento del total, uno de los porcentajes más altos de América Latina. Se estima que serán el 12,7 por ciento en 2025, y el 19 por ciento en 2050. Para entonces yo tendré 81 años y vamos a ser más los mayores de 65 que los de 15.

***

Los expertos alertan sobre una crisis humanitaria de envejecimiento mundial. América Latina, pese a la visión extendida de que es un continente con altas tasas de natalidad y una mayoría de jóvenes (sin duda Europa envejece más rápidamente), no es la excepción.

Según Naciones Unidas, la población latinoamericana de 65 años o más se triplicará hacia mediados de este siglo. El promedio de edad, que hoy es de 26 años, será de 40.

En 1975, en América Latina había 12,3 niños por cada adulto mayor. Hoy hay 6,3. En 2050, habrá solamente 1,3. 

***

Este rápido envejecimiento, producto en gran medida de los avances médicos y científicos, plantea una cantidad de problemas a nuestros Estados: sanitarios, financieros, previsionales. Es ilustrativo el diagnóstico del Center for Strategic and International Studies de la Global Aging Initiative, de marzo de 2009:

La ola de envejecimiento representa dos desafíos para América Latina. El primero consiste en diseñar sistemas nacionales de jubilación capaces de proveer un adecuado nivel de soporte para los adultos mayores pero sin imponer una carga demasiado pesada sobre la juventud. El segundo consiste en mejorar los niveles de vida de la población mientras ésta es todavía joven y continúa creciendo. Mientras que los Estados Unidos, Europa y Japón se convirtieron en sociedades prósperas antes de envejecer, América Latina podría envejecer antes de alcanzar la prosperidad. A menos que los países latinoamericanos tengan éxito en la promoción de un rápido desarrollo y del ritmo de crecimiento de sus economías, muchos de ellos tendrán que pagar por olas de envejecimiento propias de países desarrollados con solamente una fracción del ingreso y riqueza de estos países. El futuro podría traer grandes dificultades económicas; incluso una crisis humanitaria de envejecimiento.  

La República Argentina envejece. Para el año 2050 tendremos que 1 de cada 5 argentinos tendrá más de 64 años de edad y con algo más de 50 millones de habitantes, y nuestra población mayor será de casi 10 millones de personas. La Argentina es uno de los países más envejecidos de América Latina junto con Chile, aunque pronto será superada por Brasil.

La Ciudad de Buenos Aires es arquetipo de la tendencia. Mientras que 17% de los porteños tienen menos de 15 años de edad, 38% de los misioneros son niños y adolescentes. Por otro lado, en el hogar promedio de la Ciudad de Buenos Aires viven de 1 a 2 personas, lo que señala inequívocamente que hay pocos niños en relación a los adultos.

Dentro de 40 años el argentino promedio tendrá 40,31 años de edad; si bien el envejecimiento de nuestra población no será tan serio como el de Brasil, con 45,56 años, o el de Cuba, con 50,31 años de edad, igualmente será grave.

América Latina, sin embargo, está siendo asaltada por una asombrosa transformación demográfica. Durante las últimas décadas, la tasa de crecimiento poblacional ha caído dramáticamente, de 2,7 por ciento anual en los años sesenta hasta 1,3 por ciento anual en la presente década; y continúa desacelerándose rápidamente. El número de niños alcanzará su techo en los próximos 10 o 15 años en la mayoría de países latinoamericanos, y luego declinará. En Chile y México, el número de niños ya está declinando. El número de adultos jóvenes entre 20 y 29 años alcanzará su pico y luego empezará a declinar casi en todos los países en los próximos 20 a 25 años. Hacia la mitad del siglo, la población en edad de trabajar alcanzará su techo en la mayoría de países; y en Brasil, Chile y México estará decreciendo.

***

En buena parte de los documentos, declaraciones de organismos internacionales, artículos periodísticos y opiniones que encontré sobre este tema, predomina la misma perspectiva: de preocupación. Este artículo de la revista The New Yorker (en inglés), por ejemplo, es un gran relato sobre los dilemas médicos y sanitarios que plantea el envejecimiento de los norteamericanos. Y es razonable y sensato que exista preocupación. Pero también me parece a mí que estamos ante otra buena noticia: hasta hace poco, uno de los problemas de llegar a los cien años era que llegabas solo, habiendo perdido a tus amigos, tu pareja, los pares de tu generación. Mi generación y las siguientes vamos a llegar acompañados.

Hay 4 Comentarios

Muy interesante el artículo. Justamente hoy comentaba con una amiga que me llamaba la atención la cantidad de personas mayores que estoy viendo en la ciudad de Buenos Aires. Esto, junto con la cantidad de jóvenes obesos son dos temas que se han hecho profundamente visibles en pocos años.

La elevación de la expectativa de vida suele estar correlacionada con los factores económicos del Indice de Desarrollo Humano. No se cumple en todos los casos ni en todo momento pero cuanto mayor sean el PIB per cápita y las ventajas asociadas a una distribución social de la riqueza (educación, sanidad, igualdad...) tanto más crecerá la edad a la que teóricamente podrían llegar los ciudadanos del país. Sin embargo, como cabría esperar, este efecto no es lineal ni absoluto: hay un límite superior marcado por el acervo genético de la especie a la que todos pertenecemos. En una gráfica que comparara la evolución temporal de las expectativas de vida, se puede constatar cómo, por muy distintos que sean los valores iniciales, todas las sociedades acaban convergiendo en un nivel más o menos semejante, entorno a los ochenta años:

http://www.ub.edu/geocrit/sn/sn-260.htm
Fig.2
Son, claro, medias estadísticas que dicen poco de los casos concretos de ciertos individuos y grupos de población. La longevidad de los abuelos demuestra que la base genética de la herencia familiar contiene elementos propicios para afrontar las condiciones de vida de aquel lugar en que desarrollaron su existencia. Porque éste es otro elemento a considerar: nuestro genoma particular procede de la decantación ancestral de unas condiciones de vida en las que el efecto selectivo del ambiente permitió una determinada constitución de los grupos humanos. Nada garantiza que, en otras condiciones, aquellos genes tengan el mismo valor. Si viviéramos como nuestros abuelos y el albur estuviera de nuestro lado (pandemias, guerras, etc) probablemente duraríamos tanto como ellos. Y no hablo sólo de condiciones materiales sino también afectivas y sociales. Por ejemplo, en la actualidad, cada vez hay menos matrimonios y, sin embargo, el matrimonio aumenta la esperanza de vida tanto en varones como en mujeres.
http://www.imsersomayores.csic.es/documentos/documentos/goerlich-esperanza-01.pdf
Fig.3.1
¿Habría llegado nuestro abuelos a ser nonagenarios si hubieran pasado por la época de creciente soltería actual?. Para las mujeres, este efecto es menos acusado pero, para los varones, adquiere casi -dependiendo del momento del matrimonio- casi un valor lustral. Sin embargo, hasta el matrimonio termina con cualquiera. Los maridos y esposas acaban por volver a la condena de la soledad. Viudos y viudas miden la duración de su destino en un número de años semejante porque, más cerca del final, ni soltería recuperada amilana a la genética; a pesar de todo, la ventaja siempre es de ellas. Me pregunto qué efecto tendrá el matrimonio internacional entre conyuges de países con diversa expectativa de vida: ¿una argentina duraría menos por casarse con un boliviano?; y viceversa, ¿un español perdería un trienio por desposar a una oriental?.
http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Pa%C3%ADses_por_esperanza_de_vida
En cualquier caso, por lo que pudiera pasar, la tristeza de la viudez no hallaría mejor remedio que la limitada mensualidad del luto entre el argentino y la nicaragüense. La diversidad de latino america también tiene sus ventajas.

Hay que decir que las personas conscientes de la situación mundial,saben que las jóvenes generaciones no van a disfrutar cuanto hemos disfrutado quienes hoy tenemos medio siglo de vida. Conocí las plazas de mi ciudad limpias,con sus hermosos canteros florales,sus estatuas,etc.etc. Hoy esas mismas plazas son POTREROS llenos de basuras abandonadas por personas que se organizan sus propios picnics, y como no hay precisamente baños públicos,los excrementos de personas y animales yacen juntos.Entre la CIVILIZACIÓN Y LA BARBARIE aparecen esta clase de síntomas y avanzan estos últimos.Llegar a edades avanzadas será ciertamente UNA MALDICIÓN, así sea que vivamos en urbes grandes o pequeñas. El estado actual del Planeta es mucho mas grave que lo que la autora ha considerado.Debemos comenzar por admitir que no todas las personas han sido educadas para vivir civilizadamente y España de esto sabe bastante, con los millones de turistas que la visitan cada año.

El artículo me parece muy importante, además de muy interesante. A mi también me gustaría vivir muchos años y que muchas personas cuya esperanza de vida se encuentra truncada, pudieran vivirlos. A la pregunta de por qué no se tienen más niños, creo que la respuesta es por miedo. Por una nueva percepción del peligro que se sustenta en una serie de expectativas que más o menos se han ido asumiendo en todo el mundo. Me refiero a la calidad de vida.
Al menos aquí comenzó así. En la medida en que se una serie de derechos se fueron extendiendo y normalizando, la gente economizó y priorizó algunos de sus intereses.
Es cierto que también existió miedo a las crisis en otras épocas: sanitarias, económicas, sociales o de naturaleza bélica. Pero el peligro era devastador. Y había que sobreponerse. Era necesario tener más hijos.
Cuando la amenaza deja de ser devastadora, el mecanismo de defensa se centra en otros peligros o amenazas crónicas que no desatan o generan una contrarrespuesta, sino una inhibición. La percepción de la precariedad, por ejemplo, frente a la pobreza más absoluta. La peste frente al cáncer o al SIDA. La guerra frente a ataques o conflictos bélicos. Yo creo que la televisión, y las nuevas tecnologías en general, también tienen su papel selectivo. Y muy importante, por cierto.

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Sobre el autor

Graciela Mochkofsky, periodista argentina, es autora de cinco libros de no ficción. Creó y edita, en colaboración, la revista digital el puercoespín. Ha escrito para los principales medios de su país y para varias de las revistas más importantes de América Latina. Es Nieman fellow 2009 de la Universidad de Harvard.

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