Graciela Mochkofsky

Sobre el autor

Graciela Mochkofsky, periodista argentina, es autora de cinco libros de no ficción. Creó y edita, en colaboración, la revista digital el puercoespín. Ha escrito para los principales medios de su país y para varias de las revistas más importantes de América Latina. Es Nieman fellow 2009 de la Universidad de Harvard.

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Ecuador: la guerra sin fin entre Correa y los medios

Por: | 18 de julio de 2012

Rafael-correa-juicio-diario-universo
Mi colega Boris Muñoz (de quien en noviembre pasado cité este extraordinario discurso sobre la situación de la prensa en Venezuela) acaba de publicar un largo artículo sobre la guerra entre el presidente ecuatoriano Rafael Correa y los medios de su país. A cinco meses de que, en apariencia, se diera por terminado el conflicto entre el Presidente y el diario El Universo, cuyos dueños y editorialista fueron condenados por la justicia a penas de multa y prisión, y luego perdonados por Correa, Muñoz desentraña los orígenes y las consecuencias del conflicto, entrevistando a todos los protagonistas con igual mirada crítica.

En último lugar, entrevista a Correa, quien comienza por advertir que la guerra contra los medios seguirá hasta el último día de su gobierno y termina por agregar que la llevará hasta el último día de su vida.

Es el más completo, exhaustivo y equilibrado reporte que he leído sobre un tema que suele contarse exclusivamente desde la polarización: a favor o en contra. Muestra las vanidades encontradas, la lucha de poder, el papel controversial, a veces indigno, de los medios y, de un modo especialmente impactante, la lógica presidencial. Retrata a un hombre que llegó a un país en el que los presidentes eran débiles, caían uno tras otro, y que asume la misión de mantenerse en el poder, en democracia, enfrentando a los medios como principal rival político. Y que no tolera la crítica al punto de haber mandado presa a una ciudadana que lo increpó al verlo pasar por la calle.

Reproduzco aquí cuatro fragmentos del artículo que, me parece, lo resumen, aunque recomiendo leer el texto completo, que pueden encontrar aquí.

1. Palacio

Palacio [Emilio, columnista político de El Universo y jefe de su página de opinión, que acusó sin pruebas a Correa de haber mandado abrir fuego contra una multitud de ciudadanos desarmados] es un sesentón de estatura baja, de cabello canoso, que habla arrastrando levemente las erres. Sus primeras palabras fueron una advertencia: su desencuentro con Correa era de vieja data. Empezó cuando el entonces futuro presidente asumió el cargo como ministro de Finanzas del presidente Alfredo Palacio —de quien, por añadidura, Emilio Palacio es medio hermano—. Aquel día, Correa criticó la dolarización de la economía ecuatoriana vigente desde fines de los noventa. Palacio había oído bien al ministro y coincidía con él. Sin embargo, escribió en su editorial que los ministros de Finanzas debían “ser mudos” para no desatar el nerviosismo de la población. El provocador título que le puso al artículo se explica por sí solo: “Bocazas”.

“Hasta ahora, Correa no me perdona ese artículo. Cada cierto tiempo lo vuelve a recordar: ‘Vieran a este señor majadero lo que me dijo’. He reconocido el error de ese título y le he pedido disculpas públicamente al presidente. Aparte de esa broma, el artículo es muy serio. Ahora, yo digo que le pido disculpas porque él interpretó el título como una ofensa, no porque sea una ofensa realmente”.

—”Bocazas” es un término grueso para alguien que se está iniciando en un cargo, ¿no es así?

—Por eso pedí disculpas. Pero era una broma. No era mi intención ofenderlo. Cuando lo recuerda se nota que está dolido…

En mayo de 2007, poco después de llegar a la Presidencia, Correa lo hizo invitar a un debate sobre libertad de expresión en Carondelet. También estaba el periodista Carlos Jijón, de Ecuavisa. Correa y Jijón discutían sobre otro titular de tintas cargadas: “Correa asaltó la Junta Bancaria”, del diario La Hora.

El titular aludía a una reunión en la que el mandatario había defenestrado a la junta de la Superintendencia de Bancos y Seguros para sustituirla por otra de su elección. Sentado frente a Jijón, el presidente adujo que lo habían acusado de ladrón, a lo que el periodista le respondió que estaba confundido porque “asaltar” también significaba tomar por asalto, en el sentido militar del término. Entonces Correa improvisó una disertación filológica en torno a la palabra “verga”. “¿Saben cómo se llaman los palos transversales en los mástiles de los veleros?, ¿saben cómo se llaman?”, preguntó al público. Alguien gritó: “Verga”. Correa atajó la palabra para decirle a Jijón: “Entonces, Jijón, la vez que yo te diga ándate a la casa de la v…, no te he insultado… Por favor, ¡no seamos ingenuos!”.

—Está todo en YouTube. Deberías mirarlo —me sugirió Palacio.

De modo muy abreviado, esto es lo que muestra el video: refiriéndose a la crisis bancaria de los años noventa, el presidente ataca a los medios diciendo que fueron cómplices del mayor robo de la historia del país. Un Palacio visiblemente alterado toma el micrófono para refutarlo. La prensa sí denunció el asalto, y gracias a ella los ecuatorianos, incluido Correa, se enteraron de lo que sucedía. Luego lo increpa: ¿por qué no hizo Correa la denuncia desde la academia? El presidente hace lo imposible por mantener una sonrisa incómoda y toma el micrófono. En sus libros sí denunció el robo, dice. La confrontación entre los hombres escala. El moderador del debate le pide calma a Palacio. Éste le dice que lo deje hablar y no sea malcriado. Pocos segundos después, Palacio se dirige a un público para preguntarle si la prensa debe dejar que el presidente mienta. Correa replica que no sea ridículo. El columnista dice que el presidente es un ególatra que ignora el papel social de la prensa. También que el fruto económico de las demandas contra los medios será para su goce personal y el de su familia. Correa le advierte que no se meta con su familia y amenaza con sacarlo de la mesa. En medio de gran agitación, el periodista y el presidente se interrumpen mutuamente a voz en cuello. Palacio pierde los estribos y Correa no soporta más. Acto seguido, ordena expulsar a Palacio llamándolo majadero.

“Ése fue el principio de todo el lío”.

La conclusión de Palacio es que el presidente le había tendido una trampa para humillarlo públicamente. “Correa dice que es asíporque es guayaquileño. Pues yo también, y no te mando a la casa de la verga. Digo las cosas de frente, y a él le dije que tenía un ego del tamaño de una casa. Eso no es una ofensa”.

—Bueno, depende.

—No, no. A los adjetivos calificativos peyorativos el Diccionario de la Real Academia de la Lengua los tiene clasificados.

Palacio reitera que el problema de Correa es un ego desmedido. “Quiere que lo alaben y lo ensalcen”, dice. Pero, al mismo tiempo, sostiene orgulloso: “Al único que no le ha ganado es a mí. Necesita derrotarme”.

 ***

2. "Maleza"

Sin rodeos, [el secretario de Comunicación de Correa, Fernando] Alvarado me expuso su versión del enfrentamiento con los medios. “No se podía llevar adelante un proceso de cambios tan profundo, como el que Correa quería, sin la polarización”. Según él, hasta la llegada de la Revolución Ciudadana, Ecuador estaba controlado por una oligarquía servida por un pequeño grupo de medios con grandes audiencias. La relación entre ambos, según Alvarado, era “incestuosa”. Esos medios negociaban inmensos contratos, como los de compañías telefónicas, papeles de la deuda e intereses petroleros. En resumen, para Alvarado, la cuestión es simple: los medios se habrían convertido en agentes políticos que usaban su poder para someter al gobierno. “Los medios, la partidocracia y los banqueros corruptos eran una misma banda”, sentenció, sin dejar lugar a réplica.

“¿Cómo politizábamos al ciudadano común, haciéndolo participar en un cambio revolucionario en paz? ¿Cómo cambiabas tú esto, si no identificabas a un grupo como los interesados en mantener un statu quo de beneficios y privilegios que caracterizan su forma de vida versus los cambios profundos que teníamos que hacer y que sabíamos que los iba a afectar?”. Había que polarizar. Después, me diría que la política es un ring en el que hay que vencer al contrario. “Tienes que derrotarlo en sus aspiraciones, intereses y privilegios. Tienes que ubicar al contrario en la otra esquina. Allí está la polarización”.

(…)

Sin embargo, la conclusión a la que llegó frente al presidente fue que esos medios no defendían la comunicación per se, sino sus negocios e influencia. Eran, dijo, como “una maleza que había que limpiar”. Y continuó: “Le dije al presidente que la maleza siempre está allí, y siempre iba estar, y que en consecuencia sólo tenía dos caminos: darle espacio y negociar con ellos, lo que implicaba dejar la maleza crecer, podándola sólo de vez en cuando […] El otro camino era sacarlos de la cancha”. Alvarado recuerda haberle dicho al presidente: “Pero para eso tiene que cortar la maleza y podarla todos los días, porque no se va a morir. Luego tiene que sembrar flores y frutos, lo que significa fortalecer los medios regionales para que haya pluralismo. Si no lo hace, la maleza regresará y lo tapará”.

 ***

3. Hinostroza 

El rostro de [Janeth] Hinostroza es reconocido en muchos hogares ecuatorianos por un programa de periodismo de investigación televisivo llamado 180 Grados. Se hizo aún más notorio cuando pasó a conducir el segmento de opinión del noticiero La Mañana 24 Horas y el informativo 30 Plus. Según ella misma, hasta hace año y medio era una pacífica periodista de investigación a la que todos querían. Su tormento comenzó al reemplazar a Jorge Ortiz, un famoso presentador que tuvo que dejar el canal Teleamazonas por supuestas presiones gubernamentales. “Hasta entonces no se habían fijado en mí. Un día Correa iba por la calle en su caravana saludando como reina de belleza a su pueblo y buscando en Riobamba votos para la consulta popular por el ‘Sí’, cuando una señora lo insultó. No sé qué le dijo, pero él paró la caravana, se bajó del carro e increpó a la señora. Yo creo que por más “barriga verde” que le digan a un presidente no debe ponerse de tú a tú con un ciudadano. Correa aseguró que la señora había ofendido la majestad del presidente insultándolo y sacándole el dedo. La hizo meter presa”.

Hinostroza se sorprende de mi incredulidad ante lo que me cuenta. Pero la historia prosigue. Desde la cárcel, la señora dijo que no le había sacado el dedo, que sólo le había dicho: “Abajo Correa” y que no votaría por él. Correa dijo que cuando la señora le pidiera perdón la soltarían. Después de diez horas, la señora no tuvo más remedio que hacerlo. “Episodios parecidos han ocurrido con tres o cuatro ciudadanos. Ver a alguien así de arrogante y ensalzado en el poder me indignó. En la mañana sacamos la noticia con la señora, y yo, en mi espacio de opinión comento que no es posible que a un ciudadano lo metan preso por no estar de acuerdo con el presidente. La metieron presa por decir ‘No’, dije. Desde ese día he sido objeto de cualquier clase de ataques por parte de Correa”.

El presidente comenzó a mencionarla en su programa sabatino Enlace Ciudadano. También se hicieron frecuentes las cadenas nacionales para desacreditarla. “En las cadenas, el gobierno interrumpe mi espacio para dar su punto de vista sobre lo que yo estoy diciendo y, obviamente, no siempre lo hace con altura, lo que sería muy bienvenido de mi parte. Por sus prejuicios hacia la mujer, me llama ‘esta presentadora’, pensando que yo no soy periodista. O me dice de modo despectivo ‘la coloradita pelucona deTeleamazonas‘, para llamarme rubia ignorante. La gente no ve bien que use todo su poder contra una periodista que conocen de toda la vida y han visto crecer en la pantalla. Pero al final, aunque no lo necesito ni me gusta, tengo que agradecérselo. Mientras más me insulta, más popular me vuelve y más suben mis ratings. Creo que él y su equipo ya se dieron cuenta, porque ha dejado de meterse conmigo”.

 ***

4. Correa

Correa [en una larga entrevista cara a cara con Muñoz]: —Llegué al gobierno sin mucha antipatía hacia los medios, pero la estrategia de los medios es deslegitimar a todos, para ser ellos la única referencia. Así se han mantenido en el poder y han sido los árbitros del bien y el mal. Los negocios de medios no son tan rentables en sí mismos, pero dan poder. Y con poder han extorsionado a gobiernos, han mantenido otros negocios. Se les ha hecho concesiones, han gozado de exoneración de impuestos para el papel periódico —lo que sólo tenían las medicinas y los insumos agrícolas—. Unos privilegios horrorosos. Los presidentes tenían que iniciar su gobierno almorzando con los dueños y los directores de los periódicos. Sus familiares tenían que ser embajadores. Este presidente no hizo nada de eso. Rompió los esquemas. 

En este punto, el presidente Correa pronunció una de las fórmulas favoritas de cualquier líder: "No nos equivocamos. Porque créame que antes un gobierno no aguantaba dos periodicazos de El Universo. Nosotros hemos aguantado doscientos de todos los periódicos juntos, y los que han perdido credibilidad son ellos. Por supuesto es una lucha desgastante, durísima. Cada mañana nos levantamos pensando '¿hoy cuál será la gran mentira que habrán inventado los medios?'. Los sesgos son terribles. Acabo de inaugurar el puente más moderno de Ecuador, en la Amazonia, donde antes había sólo puentes de madera. ¡Vaya, vea qué periódico lo sacó en primera página, y eso que es un acontecimiento histórico! Todo es un sesgo, una manipulación descarada. Pero ha valido la pena porque, si no, hoy no estuviéramos aquí".

(… ) “La pugna con los medios de comunicación continuará hasta el último día de mi gobierno."

(…) "Esta lucha creo que va a ser por el resto de mi vida, porque cuando salga de la Presidencia quiero estudiar mucho más el problema del poder."

Viajar y morir como animales

Por: | 04 de julio de 2012

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El miércoles 22 de febrero, un tren chocó contra la populosa estación de Once en Buenos Aires. Con 51 muertos y 795 heridos, fue una de las mayores tragedias ferroviarias de la historia argentina. Seguí el rescate, que llevó unas cinco horas, desde mi casa, por sitios de noticias de Internet y por televisión. Las imágenes eran desesperantes, aún cuando no mostraban lo peor. Había personas atrapadas entre las paredes de acero y no lograban sacarlas; debieron abrir el techo, como una lata de sardinas, y embadurnarlas con vaselina para destrabarlas.

Como el país entero, quedé conmocionada y en duelo.

Dos días después del accidente, el viernes por la tarde, los rescatistas descubrieron que se habían olvidado un muerto, Lucas Menghini, de 20 años, en el tren. Su familia había pasado cincuenta y seis horas buscándolo. El hallazgo tardío causó escándalo, indignación, y una sensación colectiva de desprotección ante la tragedia.

Se salía de casa por la mañana, se cumplía el trámite cotidiano de tomar un tren para llegar al trabajo, y se acababa muerto y abandonado.

Ese fin de semana, me encontré con un funcionario judicial. Yo preparaba un libro sobre la justicia, y era una de mis fuentes de información. Durante todo el café, sólo hablamos del choque en Once. El conductor del tren, un hombre sólo cinco años mayor que Lucas llamado Marcos Córdoba, había sido llevado desde el hospital, malherido, al juzgado, donde lo habían sacudido con la noticia: era responsable de matar a 51, de herir a centenares. En shock, sollozando, Córdoba balbuceó que los frenos no habían funcionado.

El lunes me encerré a leer el expediente de una causa anterior, todavía irresuelta. Era la investigación de otro accidente ferroviario, que apenas cinco meses antes había causado conmoción: un colectivo había cruzado una barrera baja en un paso a nivel del mismo ferrocarril que el que se estrelló en Once, el Sarmiento; un tren lo chocó, lo aplastó contra el andén, descarrilló y se incrustó contra otro tren que venía en dirección contaria. Once personas murieron y 228 terminaron en el hospital.

Entre los muertos estaba el chofer del colectivo. Aparecía como único culpable. Los videos de seguridad del cruce, transmitidos por televisión, no dejaban duda: había cruzado la barrera baja, ignorando todas las señales de precaución. Sin embargo, si se conocían todos los detalles de la historia, resultaba evidente que el chofer no había visto la barrera porque la barrera hacía tiempo que se había vuelto invisible.

Los choferes estaban acostumbrados a que la barrera no funcionara, o a que demorara el tránsito hasta 40 minutos en horario pico; a que estuviera permanentemente trabada por un palo a 45 grados de inclinación; a que un guardabarreras de TBA, la empresa concesionaria del ferrocarril (guardabarreras que TBA negaba tener) funcionara como semáforo humano, ordenando a los conductores que olvidaran la barrera y se concentraran en sus señas. Así, los automóviles cruzaban el paso todos los días, a toda hora, con la barrera semibaja y las señales de detención indicando lo contrario. Los choferes, que lidiaban con la doble presión de su empresa, que los obligaba a cumplir horarios de recorrido, y de los pasajeros, que querían llegar a tiempo a sus trabajos, no miraban la barrera sino al guarda. Cuando éste no estaba, pedían a un voluntario que bajara del colectivo y chequeara, mirando hacia un lado y el otro (unos edificios bloqueaban su vista desde el asiento), que no viniera ningún tren, y cruzaban. 

De la lectura de este expendiente surgía, para mí, una tesis inquietante: una parte sustancial del transporte público de Buenos Aires, una metrópolis de 13 millones de habitantes, estaba en manos de personas que debían ingeniárselas todos los días para mantener en funcionamiento un sistema plagado de obstáculos.

Me acordé de una historia que me contó un conductor peruano mientras me llevaba en su coche hasta el aeropuerto de Lima.  Había habido un fenomenal choque en cadena en una autopista alemana; sólo un automóvil, de decenas, había salido indemne. Lo manejaba un peruano. En declaraciones a la prensa, explicó: es que estaba acostumbrado a manejar en Lima –eludir obstáculos en la ruta era lo normal.

Esta idea –que el transporte público de Buenos Aires está en manos de hombres forzados a hacer magia--me decidió a abandonar el proyecto en que trabajaba e iniciar una investigación sobre el choque de Once.

*** 

El tren que chocó contra la estación de Once era un rejunte de ocho coches eléctricos fabricados en Japón entre 1955 y 1961, que llevaban andados, desde que en 1962 comenzaron a traquetear sobre vías argentinas, unos seis millones seiscientos mil kilómetros: 165 vueltas a la Tierra.

Hacía veinte años que habían cumplido su vida útil. Hacía veinte años que debían haber sido chatarra.

En esos veinte años –desde que pasaron de propiedad estatal a concesión privada (los ferrocarriles argentinos fueron privatizados a comienzos de los noventa)--, no habían recibido las reparaciones profundas necesarias (y obligatorias por contrato) para compensar el desgaste y la antigüedad. Los trenes eran apenas parchados, sus componentes recauchutados hasta el infinito.

El tren que chocó contra la estación de Once tenía cinco frenos de fábrica, construidos como un sistema de respaldos de seguridad, pero tres de ellos estaban anulados y un cuarto funcionaba con capacidad reducida.

Estaba construído para alcanzar 140 kilómetros por hora, pero el estado de las vías era tan dramático (rieles abollados y mal asentados, durmientes podridos, bulones faltantes) que los conductores tenían orden de no superar, durante la mayor parte del recorrido, los 40 kilómetros por hora.

No tenía velocímetro –ninguno de los trenes de TBA tienen velocímetro-- , por lo que el conductor debía adivinar la velocidad a ojo.

Llevaba el triple de pasajeros para los que tenía capacidad, unas 2000 o 2200 personas. Era una manada de viejos elefantes que pesaba unas 560 toneladas.

El amortiguador hidráulico contra el que se estrelló estaba roto hacía años. No amortiguaba.

Desde el 22 de febrero, una pregunta dominó la conciencia nacional –y la investigación judicial, todavía en marcha: ¿por qué chocó el tren en Once?

Creo que la pregunta estaba mal formulada. La verdadera pregunta es otra: ¿por qué no hay más choques? 

Cada mañana, cada tarde, cada noche, cuando un tren cargado de pasajeros llega a destino, se produce un milagro.

 ***

Aquí, a quien interese, el primer capítulo de “Once. Viajar y morir como animales”.

***

El País

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