Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Para leer a Hamsun

Por: | 21 de julio de 2008

Estuve cenando con Carlos Barral en Barcelona unas semanas antes de que el editor y poeta muriera, a los 61 años, en el otoño de 1989. Esa noche me dijo que una de sus frustraciones como editor había sido no publicar a Knut Hamsun. En los sesenta la obra de Hamsun conoció algunas ediciones, creo que en la colección Reno, de Plaza y Janés, pero pesó sobre él, y sobre esas ediciones, la evidencia de que el escritor noruego había sido un colaborador de los nazis, y eso le tachó durante mucho tiempo de la literatura universal. Era un escritor muy interior, su escritura era sencilla pero profunda; su estilo era sobrecogedor en su sencillez. Al día siguiente, después de aquella conversación con Barral, me encontré con un editor en ejercicio, Rafael Soriano, de Plaza y Janés, precisamente, y le comenté lo que habíamos hablado el poeta y yo aquella noche. Soriano tomó nota y cumplió la promesa: su compañía editó otra vez a Knut Hamsun, que ahora está otra vez editado por ahí. Barral no pudo verlo, porque dos semanas después de que me hablara de Hamsun murió en Barcelona, tan joven aun. Les aconsejo que lean a Hamsun. Es un diapasón: leerle es querer leer más, e incluso escribir. Fue mi diapasón, por cierto, me hizo el oído, como diría el propio Barral.

Agobio y mar

Por: | 20 de julio de 2008

Calafell nació para ser un pequeño pueblo con mar. Lo destrozaron. Lo han convertido en un comercio grande. Barral lo anuncia, en un dvd que muestran en su museo. Como hizo César Manrique con Canarias, él lo avisó. Y ahora esta aglomeración que llena los hoteles y los paseos viene atraída por una construcción horrorosa que acabó con una imagen que ya no se podrá restituir nunca: aquellas casas le dieron el caracter, y ahora Calafell ya es otro. Esas palabras de Barral están corroboradas cada día en pasillos, en restaurantes, en calles y en ascensores. La gente está cansada y apresurada, cansándose descansando, en el hotel habíamil personas desayunando y gritando. Una pareja le gritaba al hijo, desde mi oido, cómo tenía que obtener el zumo de los orificios de la maquinita de hacer zumos. El niño gritaba: "¡Que ya lo sé, pesaos!". Ahora estoy en un internet de juegos; a mi alrededor suenan todas las maquinitas, y afuera hace el calor del sofoco. Quedan restos de aquella vieja ambición de Barral, y acaso el símbolo sea el sitio de sus hijos, en La Espineta, y el mar, claro, el mar. La Espineta es una de las tres casas que siguen ahí, como fueron; unos héroes. Allí voy, huyendo de esta sala de maquinitas en la que de vez en cuando una voz de niño, grabada, grita: "¡Anímate y ven a jugar!" Me voy a jugar a la playa, y me voy de Calafell queriendo el Calafell de la memoria, no el superconstruido de estos días. Gracias a la memoria uno puede vivir la felicidad del paisaje.

La larga playa

Por: | 19 de julio de 2008

Estoy en Calafell, donde Carlos Barral conoció la felicidad de la infancia. Anoche recorrí el paseo de esa playa, que no es lo mismo que recorrer la playa. La playa es la arena, y lo que lo que la circunda es comercio. Me detuve en La Espineta, el bar de los hijos de Barral, que está en un esquina que recuerdo de arena, y que ahora es también parte del paseo. Me dio una enorme melancolía recordar a Carlos, su poesía, su amor a esta playa, y su tiempo, que fue un tiempo difícil y hermoso, en el que él figuró como un editor atrevido, descarado y fugitivo. En el tren estuve viendo su poesía, y ese tiempo. Murió a los sesenta años, de pronto; estuve con él unos días antes, proponiéndole que fuera crítico literario de obras clásicas para este periódico, y poco después inició la tarea, que se truncó con la muerte. De todo eso me acordé, otra vez, como me acuerdo tantas veces, en la sombra de la larga noche ante la playa hermosa y ante la luna solemne de Calafell. El tiempo. Ahora es por la mañana, en el hotel hay bullicio y llevo gastado un minuto de internet, que aquí se paga a precio de oro. Así que les dejo y me voy a la playa, a recordarla pisándola.

Una foto, cientos de fotos

Por: | 18 de julio de 2008

Volví de ver a Daniel Mordzinksy, el fotógrafo argentino que abre en la Casa de América el fruto de su ingente esfuerzo por concentrar en papel fotográfico la historia humana de la literatura iberoamericana, y me encontré en el ordenador con una fotografía que me sobrecogió: la de Adolfo Suárez paseando con el Rey Juan Carlos por los jardines de la casa donde el ex presidente vive la nebulosa extraña de la absoluta desmemoria. En lo que escribe Mabel Galaz se recoge lo dice Adolfo Suárez Illana, no conoció al Rey, no conoce a nadie, pero agradece el cariño. Esa fotografía resume en el instante en que está tomada la ternura y la gratitud: un hombre, el Rey, se encuentra con otro, Suárez; los dos se saben protagonistas de una historia que cambió el sesgo del futuro, Suárez fue la garantía de un proyecto que acaso él solo, con la complicidad de su antiguo amigo nombrado Rey, podía llevar adelante. Ahora uno sabe que eso fue así, y tiene todos los secretos del esquema que, incluso, estuvo escrito en un papel que escribió Juan Carlos y que sostuvo Suárez aun incluso antes de ser nombrado. Y el otro fue el gozne, la clave de arco de este edificio que ahora es la España de las autonomías y también la España que fue capaz de abandonar una dictadura sin otros traumas que los quie ya quedan como muescas menores de la historia. Pero este otro no lo sabe, lo desconoce, no conoce a nadie. Ese abrazo lento, detenido, que lleva al Rey y al ex presidente por el jardín de la desmemoria está habitado precisamente por la memoria, es memoria y gratitud, las dos cosas juntas en un gesto que a mi anoche me despertó muchas emociones íntimas, difíciles de aguantar aun ahora en que ya las dejo escritas.

Pero no puedo dejar a Mordzinsky a un lado, no se puede, ustedes deben ver la exposición. Si Mordzinsky fuera norteamericano hoy abriría las páginas de los periódicos y los telediarios, y habría colas, e incluso el ministro de Cultura hubiera acudido anoche a la Casa de América a celebrar uno de los grandes esfuerzos gráficos de nuestra historia cultural. Ahí está, concentrada, la historia humana de la cultura literaria iberoamericana, desde Borges o Paz hasta Roncagliolo o Vasquez, pasando por Vila Matas o Mario Benedetti o Bioy Casares. No son fotos casuales, sacadas con el fotomatón del aficionado a la literatura que colecciona rostros o autógrafos; es un trabajo detenido, psicológico, como los buenos trabajos de fotografía, y es el resultado de un esfuerzo ingente, raro en nuestro tiempo, porque tiene un objetivo, y su naturaleza es generosa. Ha hecho las fotos porque sí, se ha reunido con los autores en hoteles, en pasadizos, en playas, en cualquier lugar del mundo; lo ha hecho casi sin ser notado, y lo ha hecho lentamente, como si estuviera en la cocina de un alquimista, y ahora ahí están las fotos y el catálogo, mostrando un inteligente fresco de un periodo muy fecundo de la literatura de las dos orillas.

Me ha impresionado el resultado del esfuerzo, y me produce melancolía constatar que si Mordzinsky fuera norteamericano, por ejemplo, hoy abriría los telediarios y los periódicos perderían el culo por buscarle para que contara su hazaña. Pero es argentino, demasiado nuestro para ser verdad.

Leer para escribir

Por: | 17 de julio de 2008

Pienso siempre en la tarea de escribir, en la pasión de escribir, en la vocación de escribir. Es como la vocación de nadar, o de volar, o de cavar la tierra. Pero es distinta; parte de una utopía, contar la vida, describirla por dentro, y precisa de unos materiales que no dependen sólo de la vocación misma, sino de la voluntad humana. La voluntad de leer, de aprender, de contrastar. Escribir es adoptar un ritmo, una determinada musicalidad, la musicalidad propia. Y ésta sólo se alcanza si se contrasta con el tono de otros, con el tono de los demás; no se puede escribir sin haber leído, o al menos no se puede escribir por dentro si uno no ha recibido el impacto de los otros, de su música. La lectura es como un diapasón, exactamente. Hay escritores, como Octavio Paz, como Julio Cortázar, o como Jorge Luis Borges, o como Antonio Muñoz Molina, que sirven como diapasón, al menos en mi caso, y en el de otros muchísimos: los lees y te dan su propio ritmo, y te contagian el ritmo, y entonces tú puedes sacar de ti el ritmo que tienes. Pero el ritmo no es connnatural, no nace contigo, se va haciendo, y se va haciendo, repito, en contraste con el ritmo de los otros. Españoles o extranjeros: es admirable la tarea de los traductores, de aquellos que son capaces también de traducir la música. Escribir no es tan solo una voluntad, pues, es un aprendizaje extraño, depende también del estado de ánimo, de la climatología, del ambiente en la casa, o en la calle; escribir es grande, pero es humilde, no responde la mano o la mente tan solo al deseo de escribir. Responde a la pulsión que tiene el alma, y eso sí que yo no lo sé explicar. ¿Lo saben ustedes? Pues díganme.

Por cierto, comparto la inquietud de otros blogueros por algunas ausencias, Adsuar, Zoilo, los que ya no aparecen y que tan buena vibración dan a este sitio, y desde aquí les hago un llamamiento para que se unan al blog estos últimos días.

Ronaldinho

Por: | 16 de julio de 2008

Recuperó para el Barça la ilusión que se había perdido casi desde que se fue Johan Cruyff. Fue un jugador alegre, que contagió felicidad al juego, y le dio a los aficionados la gloria en la que consiste el fútbol: la gloria de ver jugar. Ahora se va, y lo hace en buena hora, cuando su juego dejó de ilusionarle a él y dejó de ser la gloria de la afición. Le sobró media temporada para que su retirada fuera hecha en su justo momento, pero al Barça también le sobró al menos media temporada. Los últimos meses han sido una pesadilla. Ahora viene Guardiola; no juega, pero en el gen azulgrana, del que formo parte, su memoria será siempre la de un gran jugador, y eso insufla adrenalina a los que nunca nos damos por vencidos en la pasión por el fútbol. Es un día nuevo para el Barça, pero sería imperdonable que en la despedida a Ronaldinho no entonaramos un himno de gratitud hacia el mejor jugador que hemos tenido en mucho tiempo.

Puerto de la Cruz

Por: | 15 de julio de 2008

Volví de Valencia, y de Denia, a bordo de un avión que se llama Puerto de la Cruz, como mi pueblo. Es una anécdota, pero resulta agradable sentarte en un sitio que te lleva de un lugar a otro y que tiene el nombre del primer sitio desde el que partiste. La vida es un viaje, siempre estás viajando, viajas también cuando estás quieto, pensando, imaginando, creando en el espacio de la nada la vida que aún no has vivido, o la que has vivido, o esa que jamás podrás vivir. Vas volando, siempre. Ayer por la tarde fuimos al Hotel Los Ángeles de Denia, con Manuel Vicent, a tomar un café; en el balcón de una de las habitaciones de este hotel viejo y lleno de nostalgias (para Vicent, para mucha gente) había una mujer joven, fumando, y pensando. Le dije a Vicent: "Qué pensará la gente cuando está sola, frente al mar". Me miró con el aire que le pone Vicent a las preguntas que no tienen porvenir, retóricas. Qué estaría pensando. Lewis Carroll tenía una frase maravillosa: me gustaría saber de qué color es la luz de una vela cuando está apagada. Pues eso, pensar a solas es buscar la luz de una vela cuando está apagada.

Un apunte: me aburren muchísimo, y no sé si a ustedes, los intercambios que empiezan con cierto sentido del humor y terminan en insultos, aquí, en el blog, en el que uno (o una) que usa seudónimo le reprocha a otro (o a otra) que también lo tenga. Sugeriría una altura suficiente para la discusión o el debate o la conversación. ¿Por qué no conversar, simplemente? ¿O callar? Callar también es una respuesta, me dijo una vez un editor norteamericano, y me resultó un consejo sabio que a veces aplico, cuando lo sé aplicar.

Ah, en el avión Puerto de la Cruz comencé el próximo libro de John Boyne, el autor de El niño con el pijama de rayas. Está a la altura. Saldrá en octubre en español. A mi me lo ha enviado la editorial, en un ejemplar en pruebas.

La playa Candor

Por: | 14 de julio de 2008

Conozco muchos nombres de playas: Famara, Máncora, Martiánez, Médano, pero no conocía Playa Candor, que me parece un nombre extraordinario. Está al lado de la playa Costilla, en Rota, y tiene una zona, hacia la izquierda, entrando por sus escaleras de madera, que es abierta y libre, en la que los domingos (eso creo entender) hay poca gente. Llegamos allí desde Costa Ballena, que es un artilugio turístico superpoblado, en cuyo chiringuito de entrada no me quisieron hacer un bocadillo aunque tenían pan y jamón, y donde además no había aparcamiento. En Candor todo fue más simple; el agua está turbia, pero debe ser por el efecto del oleaje, porque luego entras y está fina, agradable, un poco más cálida que en el Atlántico de Canarias. Y esa palabra, Candor; las palabras hacen mucho los sitios, pero los sitios tienen que tener candor además de llamarse así, y el candor lo vi yo en esa punta casi desierta a la que no llegan las familias con sus pelotitas ni las parejas de morros ni los almuerzos interminables de los matrimonios con sus hijos y con sus nietos bajo el sol inclemente, pero candoroso, imagino del Atlántico bañado por la brisa. Luego en el chiringuito había unas sardinas bien asadas, y papas aliñás y tortilla de camarones, y todo me costó la mitad que lo que me costó en Costa Ballena sustituir el bocadillo que no me dieron por un plato de jamón con el pan que tenían. ¿Y por qué no me hicieron el bocadillo? Ah, misterios del menú: allí no se pueden comer bocadillos. Me pasó en un museo de Chicago, hace años: tenían pan, tenían salami, pero en el menú decía que no había bocadillos. Volví anoche; me tuvo el aeropuerto esperando más de una hora, pero llegué a tiempo para preparar el viaje de hoy, a Denia. Ya me voy.

El sitio donde podríamos estar

Por: | 13 de julio de 2008

Al atardecer, cuando estaba a punto de desaparecer tras Doñana el sol rojo que hasta entonces había adronado las arenas de Sanlúcar, me devolvió una llama Malcolm, el nieto editor del editor Carlos Barral, a quien quería pedirle unas direcciones familiares de Calafell. Le dijo donde estaba, y entonces Malcolm me dijo: "No se me ocurre un lugar mejor para estar". Estuve pensando en qué otros lugares podría estar él o yo mismo en lugar de Sanlúcar, en Bajo de Guía, antes de cenar, mirando el sol rojo. No le pregunté, ni anoté lugares, pero ahí les dejo la pregunta, que tiene una grave melancolía: el recuerdo de tanta gente que ya no podrá estar en ningún lugar, en ningún lugar, y cuya foto aparecía ayer, después del mar, en la portada de nuestro periódico y de tantos periódicos, y que con tanta rabia señalaba ayer aquí Natalia. Y no escribo más, ahora, porque el wi fi del hotel sanluqueño me está jugando malas pasadas, y esta es la segunda vez que inicio este blog de hoy. Ahí queda la pregunta, y también la melancolía.

Sanlúcar

Por: | 12 de julio de 2008

Siempre he tenido una gran fascinación por el sur, por Andalucía, por su elegancia y por su modestia, por su austeridad y por su riqueza, por sus paisajes y por su alma, por sus escritores y por su música. Por sus amaneceres y por su noche. Por su gente. Ahora estoy en Sanlúcar de Barrameda, desde anoche, para empezar una serie de reportajes que este mes me llevarán a Denia, a Calafell, a Santa Cristina, en Galicia, y a Famara, en Lanzarote. Me encanta hacer reportajes, hablar con gente y contar qué he sentido escuchándoles. Me gusta también escribir artículos, o blogs, pero ahí es uno solo el que conduce lo que dice, y yo prefiero escuchar para contar. Sigue siendo para mi la frase de Eugenio Scalfari, Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente, la divisa en la que me fijo cada vez que escribo periodismo. De los artículos me gusta el humor, y hacer humor, no escribir con las cejas altas, sino con la humildad de dejar entrar la duda, cierta melancolía contra la certeza, sentido del humor. En España hay artículos que son como piedras que se arrojan a los ojos del adversario. Así que estoy en Sanlúcar. Anoche me dijo un taxista: "Sanlúcar es histórica desde hace la tela de años". Y luego siguió llevándome a Bajo de Guía, como si él mismo buscara las huellas de Cristóbal Colón y de los golfos que reclutaba. Les iré contando, pero, claro, no les puedo contar todo porque si no después no leerían el texto en el periódico, y éste saldrá el primer domingo de agosto. Si todo va bien.

El País

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