Telegrama desde Chapultepec

Por: | 23 de noviembre de 2008

En abril de 1973 estuve por primera vez en México; probablemente no era abril, pero seguro que fue en 1973; se celebraba aquí un homenaje internacional a León Felipe, que ya había muerto, y en aquel bosque extraordinario, tupido, frondoso, tranquilo de Chapultepec estuvimos una mañana escuchando los versos del poeta, y escuchando cantar a Berta Singerman, la mujer que con su voz enamoró a América. Ayer estuve allí, en el mismo lugar, seguía el bosque frondoso, la memoria de León, y ya no estaba, no puede estar, la voz de Berta, nio la alegría recóndita, juvenil, de aquellos tiempos, cuando todo parecía inmortal y las ilusiones del viaje, de los viajes, de la vida, estaban intactas. Ahora han pasado muchos años, y yo estaba allí escuchando hablar de El arte de gobernar. Entre otros, escuché a Massimo d ´Alema, que intervino en varias ocasiones en estos homenajes mexicanos e internacionales a Carlos Fuentes. En todos los discursos encontré esa nostalgia de una ilusión que hoy atesora la izquierda como si fuera un regalo de carbón que le hubiera hecho la historia. Y ahora me voy a Washington, en seguida.

Perdonen que hoy sea tan rápido, y no se olviden de enviarme ideas sobre la amistad.

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No era nada personal, desde luego. Pude observar aquella misma escena otras veces: los clientes asiduos pedían directamente aquellos polvos y los nuevos eran sometidos a aquel interrogatorio, con alguna variante no menos sofocada, como una ocasión en la que una pobre mujer tuvo que echarle el aliento en la cara al anciano delgado, mientras los demás la mirábamos con la misma acritud complaciente con que el farmacéutico diagnosticaba aquellos efluvios.

No tuve más remedio que comprar aquel remedio milagroso y tenaz, para comprar un compuesto de aspirina y paracetamol en una de las farmacias modernas, destinando el sobre a la basura escasamente inodora de mi cocina. No era nada personal, desde luego. Pude observar aquella misma escena otras veces: los clientes asiduos pedían directamente aquellos polvos y los nuevos eran sometidos a aquel interrogatorio, con alguna variante no menos sofocada, como una ocasión en la que una pobre mujer tuvo que echarle el aliento en la cara al anciano delgado, mientras los demás la mirábamos con la misma acritud complaciente con que el farmacéutico diagnosticaba aquellos efluvios.

El pasado día 13, a las ocho menos diez de la mañana, cuando se encendía la luz del día en el cielo despejado de Madrid, aun flotaba en el firmamento la luna llena, y le dedicaste esa contemplación a la memoria de tu amiga Susi, que posteriormente compartistes con tus lectores del Blog, en un entrañable artículo titulado UNA LUNA PARA SUSI.
Probablemente rastreando en la memoria de los asuntes, encuentres alguna respuesta acertada sobre la amistad verdadera.

"El vino que tiene Asunción ni es blanco ni es tinto ni tiene color"

Como siempre eres un berzotas

Como me gustaria viajar a mexico algun dia .. tiene que se precioso.

Hola Juan Cruz: saludos desde Colombia.

Pides aportes acerca de la amistad; por incapacidad para definirla me permito remitirte el texto que sigue, historias de un hombre que fue leal (amigo) de sus valores, de sus hijos -y muchos podían serlo, sin ser sus consanguíneos- y de su país. Y ocurrido todo lo anterior murió del dolor que da levantar gente honorable para después tener que verla caer acribillada...

SOBRE UNA NOBLE Y LARGA VIDA, Y SU FINAL

En lo que sigue se consigna algo de la vida de una persona que en el primer cuarto de su existencia se dedicó a concretar una temprana vocación religiosa, para -por el resto- ser rigurosamente laico.

Llegó de su natal Dosquebradas -hoy un Municipio aledaño a la capital del Departamento de Risaralda- en siete jornadas en el sentido del sur hasta Popayán, para ingresar como postulante a “Villa Marista”, casa matriz de los religiosos educadores hermanos maristas.

Esas siete jornadas implicaban, a inicios del siglo XX, navegar por el Río Cauca, hacer una tramo en tren y varias jornadas a caballo; la última de éstas, entre el Alto Cauca, del norte de Popayán, donde hay un puente colonial sobre el Río del mismo nombre, y la ciudad vieja, a la que se accedía por otro puente, sobre el Río Molino y de mayor envergadura.

En este destino le tocaron las celebraciones por el final de la Primera guerra mundial; dado que entre los profesores había hermanos franceses, pertenecientes al bando ganador, esas fiestas de 1918 llevadas a cabo con solemnidad en la Plaza central conocida como “de Caldas”, tuvieron significación tanto política como religiosa.

Trató de empatar su ordenación de hermano marista y su formación como pedagogo con el estudio de alguna de las carreras profesionales de la Universidad del Cauca; concretamente se interesó por Ingeniería civil -pretendía retribuir con clases en el Liceo oficial de Bachillerato, que para entonces estaba adscrito a la Universidad, pero el rector del Alma mater le dijo que sólo le aceptaba ese trato si estudiaba Derecho, por considerar que los estudios técnicos eran más exigentes y no podría hacer bien ni lo uno ni lo otro…

Tiempo después, su comunidad lo destinó al extranjero; estuvo entre otros lugares en el Puerto La Libertad, de El Salvador. A propósito de esa experiencia recordaba que en noches sofocantes, en las que de todos modos llovía torrencialmente, él se refrescaba duchándose con el chorro que se desprendía de algunos bajantes averiados, en el edificio del colegio.

Una vez de regreso al estado laico siguió en la enseñanza, de Ciencias sociales y apreciación musical; cientos de antiguos alumnos del principal colegio oficial de Pereira, lo recuerdan con afecto y gratitud pese a que no se trató de un maestro meloso sino más bien estricto (pudiendo ser, a la vez, alegre; jamás grave o envarado). Fue estricto, en primer lugar consigo mismo: siempre lo caracterizó un alto sentido del deber.

Por miles de jornadas desfiló de su casa hacia el colegio cargando un tocadiscos portátil algo pesado –“La Motorola”-, para que sus jóvenes estudiantes conocieran la música del mundo. Aficionado a las bellas melodías desde siempre, hacia el final de su vida tenía la costumbre de llamar por teléfono a la emisora cultural de Pereira para hacerse complacer con determinadas zarzuelas.

Durante años encargó a hijos y conocidos “La Alegría del Huerto”, de Federico Chueca, pieza musical que había escuchado de la radio en tiempos remotos; mucho tiempo después pudo disfrutarla nuevamente.

Volviendo a su oficio de educador, pronto el profesor que jamás cultivó el disimulo y por el contrario acostumbró siempre a decir lo que pensaba, sobre todo en política -sin pretender con eso molestar a nadie ni muchos menos hacer adeptos-, salió a una especie de “destierro” a Salamina, castigado por las autoridades educativas de turno.

De esa experiencia contaba que en ocasiones, cuando se quedaba con sus amigos degustando unas cuantas “costeñitas” (cervezas) en Manizales, debía regresar al pueblo transportándose, literalmente asido de la carga desnuda en el cable que se balanceaba sobre impresionantes precipicios y desfiladeros.

Para entonces ya estaba casado; la separación forzosa de su esposa, Doña Teresa, significó un mayor dolor porque había nacido el primero de sus vástagos, Rigoberto –el que vio la llegada consecutiva de once hermanitos!

Como si fuera poco -y como si fueran pocos-, en la casa familiar de “Ciudad Jardín” (Pereira), la señora preparaba para el almuerzo una porción de más; cuando le preguntara por esta costumbre una de sus tantas nueras, ella respondió: “Es la presita del huésped, mijita”.

Además de la ya mencionada docena de hijos –siete mujeres y cinco hombres-, con los Valencia se “criaron” varios sobrinos de Don Carlos.

La familia se levantó muy parecida al jefe: laboriosa, independiente, muy unida y cultora de la música, sobre todo de bambucos y demás aires del pentagrama andino colombiano.

Hacia el final de sus días tuvo el enorme gusto de recibir una caravana de la que hizo parte su hijo Fernando (Tito); venían de Ginebra, Valle, y no sólo con instrumentos en sus manos, sino también con premios. En esa ocasión sacó de la repisa en que guardaba sus escasas cosas personales y algunos libros, una dulzaina y le dio con ella pautas de canciones al Dueto “Mejía y Valencia”, flamante ganador del trofeo mayor del prestigioso Festival “Mono Nuñez”.

Pero para entonces la felicidad ya no era completa; después de casi 13 lustros de matrimonio, no contó más con la compañía de su querida Doña Teresa, a la que denominaba cariñosamente “La crespa”. En esos años de viudez muchas fueron las sesiones de música en que las lágrimas rodaron por sus mejillas al escuchar canciones como “Te extraño” y “Mi refugio”; con las que la recordaba.

EL FINAL
Tenía cerca de noventa años y una salud relativamente buena; cumplido de sobra su periplo laboral, ya en el retiro se había asignado responsabilidades derivadas de la amistad, por ejemplo la de madrugar todos los días a prepararle una bebida caliente al celador de la cuadra donde quedaba su casa.

Nada, pues, de tratar a este hombre como a un subalterno. Verdaderamente, jamás dio ese trato a nadie: sus relaciones con el hombre que no duerme y con los que sí lo hacen y a debidas horas, eran igualitarias: una combinación de respeto con confianza.

Sin ser amarga, la fase final de su vida no fue alegre; más bien taciturna.

No hacía mucho, con su esposa y el resto de su familia habían sufrido un dolor hondísimo, un golpe brutal e injusto: uno de sus hijos cayó asesinado a manos de criminales y en cumplimiento de su deber, en un marco de imperdonable indefensión e indolencia del Estado al que servía, lo que contrastaba con la gravedad de sus obligaciones y el sagrado compromiso con que las asumió. Fue juez.

Doña Teresa, dada sus convicciones, se aferró a la fe (que da consuelo a base de explicar lo inexplicable); Don Carlos, en cambio y como ya se dijo, era agnóstico –aunque de un riguroso respeto por la fe o la falta de fe de cualquiera-.

Cuando cayó el ordenador y determinador del asesinato de Carlos junior, simplemente escribió en uno de los marcos de la puerta de entrada a su casa de Ciudad Jardín, la fecha y la expresión “Némesis” (retaliación, para los antiguos, pero no su retaliación sino la del destino, como registrando que el dragón y sus cómplices, hicieron tantos daños, tan a diestra y siniestra, que terminaron por morderse la cola…).

Reiterando: con relación a la fe de su desolada esposa, su conducta fue de amor y comprensión, de tolerancia en el mejor de los sentidos de esta polisémica y problemática palabra.

Unos de los más representativos y persistentes rasgos de la personalidad de Don Carlos Valencia fueron su sentido de la dignidad y una libertad serena pero altiva.

En 1992 ocurrió el apagón que en Colombia se conoció como “de Gaviria” –en tiempos de ese presidente-, motivado por imprevisiones en la coordinación de las empresas del sector eléctrico. Como consecuencia del apagón, el gobierno determinó que los relojes debían ser adelantados en una hora. Esto ocurrió en casi todas partes, menos en la casa de Don Carlos.

Cuando alguno de sus hijos fue a cumplir mecánicamente la orden oficial con el reloj del comedor, le dijo: “Déjelo quieto; no faltaba más que el gobierno me venga a decir qué hora es, y que son las siete cuando apenas son la seis!”

Estimado Juan: te anoto otra historia de amistad, esta vez de mi barrio, la izquierda de l'Eixample de Barcelona, muy cerca de la plaza de España.

Antes de que la sustituyeran por una farmacia de diseño, hará cosa de veinte años, existía en la calle Entenza un establecimiento con aspecto de colmado, con dos paredes paralelas llenas de los tarros antiguos de los boticarios, dos líneas que no se unían en el infinito, sino en la trastienda donde, protegidos por un biombo alto, los farmacéuticos trabajaban en sus fórmulas magistrales. El local no tenía el aspecto de higiene dental que tiene ahora, pero estaba limpio, de una forma distinta, como aderezado a conciencia y lentamente: casi hecho a mano, imperfecto, con manchas irremediables en las paredes y el techo, con un aire de vejes que le daba una solemnidad alejada de artificio. Como si nos acercáramos a un padre venerable y no a un eficiente funcionario.

La regentaban dos ancianos, parecidos, con la curiosa diferencia de que el más viejo aparentaba ser el más joven a pesar de la calvicie rotunda que compartían, la estatura escasa y una lentitud en los gestos que se compensaba con las palabras rápidas, jaculatorias lanzadas a los clientes que preguntaban por remedios para sus dolencias, o murmullos de impaciencia cuando uno de ellos tardaba en traer la medicación solicitada. El más viejo parecía más joven por sus kilos de sobra, que le daban un aire inofensivo y plácido, mientras que el más joven se avejentaba en una delgadez que convertía su sonrisa en una advertencia. ´

Era fácil ver cómo las personas que vivían en el barrio les preguntaban con frecuencia cómo resolver algún problema, mientras los dos, sin respetar la atención a otros clientes, se quedaban muy juntos escuchando la petición, igual que si sólo pudieran atenderla si la escucharan al mismo tiempo. Una vez expuesta la falta de sueño, las jaquecas, los dolores de la artritis o la acidez de estómago (antes de que llegara el omeprazol), los dos ancianos se observaban con afecto y un aire adormilado, como si les hubieran detallado un lugar al que hubieran viajado muchos años atrás. Y uno de ellos sentenciaba la medicación oportuna: casi siempre el más delgado, el más joven de apariencia mayor, que parecía más adecuado para dictar aquellas fórmulas magistrales que ellos mismos fabricarían en el fondo de la tienda, tras echar el cierre, cuando se dedicaban a aquella alquimia que nunca dejaban observar, ni siquiera escuchar.

Los viejos pobladores del barrio preferían aquella farmacia a las más recientes. Se atrevían a confesar, aunque hubiera público, dolencias degradantes, bajo la proteccíón de aquellas paredes acostumbradas a la perseverancia del dolor y los esfuerzos de la medicina, y con el apoyo atento de los dos ancianos que se contemplaban al peregrino con sus batas blanquísimas y las manos apoyadas en el mostrador de madera sólida y clara.

Cualquiera de los recién llegados a la farmacia teníamos que pasar por un suplicio que, según entendí muy pronto, era casi un ritual de iniciación para ser admitido en aquel intercambio de rogativas y respuestas. En cuanto pedías algo para el dolor de cabeza, sin ni siquiera consultar algún remedio (ese fue mi caso) el farmacéutico delgado que actuaba de portavoz de la pareja preguntaba, levantando la voz mucho más que en cualquier otra situación, con la sonrisa colérica y condescendiente: "¿A usted le huele la caca?". Nunca decía "mierda" o "heces", a la distancia justa entre el lenguaje vulgar y el arriesgado vocabulario científico que podría darle sorpresas entre los clientes. Decía "caca", como un niño amable, desde aquella boca casi cerrada, fina, impertinente. Me quedé sin aliento y miré al resto de los clientes, que aguardaban su turno con complacencia, mirándome con aire retador y solidario. "La caca siempre huele", creo que acerté a decir, o algo muy parecido. Y los ancianos esperaban la respuesta, porque su reticencia inicial se convirtió en una algarabía de gestos que negaban y de risas glotonas, que no se dirigían a mí, sino al público, que también reía, conmovido por mi ignorancia. Entonces, el más joven de apariencia mayor se recostó en el mostrador como si fuera a decirme algo confidencial, pero alzó todavía más la voz para decir: "No...!". Y, separándose de mí, agitó un papel higiénico imaginario bajo la nariz de su compañero y dijo: "No tiene que oler a nada, como si se la pudiera pasar por aquí tranquilamente", mientras su compañero, afirmaba, con las manos sobre el vientre abultado, como si fuera un voluntario sometido a un truco de magia, consistente en demostrar que se podía extraer el olor de una deposición...Sólo faltaba ver que el público aplaudía, pero bastaba con observar la atmósfera del local, parecido a una conspiración juramentada. Enseguida, el anciano delgado sacó un sobrecito que siempre debían tener a mano y me lo entregó: eran unos polvos blancos que nunca llegué a probar, pero que, según me aseguró, protegían una digestión sana que permitía lo inodoro de nuestro metabolismo.

No tuve más remedio que comprar aquel remedio milagroso y tenaz, para comprar un compuesto de aspirina y paracetamol en una de las farmacias modernas, destinando el sobre a la basura escasamente inodora de mi cocina. No era nada personal, desde luego. Pude observar aquella misma escena otras veces: los clientes asiduos pedían directamente aquellos polvos y los nuevos eran sometidos a aquel interrogatorio, con alguna variante no menos sofocada, como una ocasión en la que una pobre mujer tuvo que echarle el aliento en la cara al anciano delgado, mientras los demás la mirábamos con la misma acritud complaciente con que el farmacéutico diagnosticaba aquellos efluvios.

No me extrañó que aquel negocio, que debía haber soportado el acopio de edad en sus dos propietarios, acabara quedando indefenso ante la llegada de personas jóvenes a un barrio que, por entonces, era asequible a quienes empezábamos a ganarnos la vida. Pero, mientras duró, podía verse a última hora de la noche, mucho después de la hora del cierre, pasear cogidos del brazo a los dos ancianos, camino de su casa, el delgado con un aspecto tozudo e iracundo, tirando del otro, el obeso dejándose llevar. Pero existía una ternura infinita, la que llega por haber envejecido juntos y por compartir una profesión llena de secretos, que les ófrecía una autoridad venerada entre los mayores del barrio, una soberanía en unas manzanas del Eixample con la cierta melancolía de un reino de monarca célibe y sin descendencia.

Tras comprender tanto función de las digestiones y su relación con el mal aliento matutino, la acidez del estómago o los problemas de piel, resueltos siempre con sus polvos destinados anular los perversos hedores de nuestros subterráneos, el obeso falleció. El barrio contempló respetuosamente los paseos del más joven, que avanzaba a un paso mucho más raudo ahora que no le entretenía el abrazo del compañero de toda la vida.

Un día, cuando atendía con negligencia definitiva a su clientela, le oí comentar que se había sorprendido caminando tan rápido hacia casa: "Adónde vas, si no te espera nadie?" dijo, ante quienes bajamos la cabeza, avergonzados por el dolor ajeno y, además, tan evidente como inconfesable.

La farmacia se traspasó muy poco tiempo después, vencida por aquella mutilacíón y por el crecimiento de una clientela joven, a pesar de que el anciano, a solas, ya no se atrevía a escarbar estentóreamente en la intimidad de quienes entraban. La gente prefería, sencillamente, la apariencia luminosa y de espacios anchos de las farmacias nuevas.

Tuve la esperanza de ver, en alguna ocasión, ya jubilado, en cualquier banco de los que ponían en los escasos parques de aquella época, al superviviente. O ver cómo había ajustado el ritmo de sus pasos al desconcierto de la soledad. Pero no supe nada más. Veinte años después, sigo sin haber preguntado por él.

Apreciable Juan Cruz y amigos bloqueros:
La amistad ,es como un "enamoramiento" del otro,aún siendo ,pudiendo ser muy diferentes.
Paquiño,te veo en forma ,tus escritos demuestran que estás agil,fluido,en forma.Un abrazo
Apertas agarimosas

La Amistad es que el otro existe para tí y tú para él aún cuando no sabéis nada el uno del otro.

Estimados:
Perdón, me extendí demasiado.
En Chapultepec estuve hace unos meses, unos amigos mejicanos me llevaron a ver el castillo. Otra mañana, ya sólo, lo paseé para admirar los ahuehetes, los fresnos, las secuoyas, las distintas especies de agaves al lado del Jardín botánico, el lago...

En mi novela "La tinta azul de la memoria" hay un capítulo centrado en la amistad. El personaje intenta en vano definirla. Define por acumulación de ideas y de sentimientos. Quizás podría servirte de algo. O no (páginas 58, 59 y 60).
Un abrazo zurdo para todos y todas.

Existen valores que no cotizan en bolsa, aún así siempre se mantienen a la alza, incluso en periodos largos de tiempo, permanecen invariables y constantes durante décadas, son intangibles pero nos tocan el corazón cuando están cerca, ya que siempre sentimos su presencia incluso sin levantar la mirada, son esas pequeñas cosas que ennoblecen al ser humano, tener amigos es sentir el latido de un bosque de robles cuando abrazas a los que te quieren, y muchas veces tienes un bosque entero.

Estimados:
Juan, supongo que no te servirá porque es subjetivo, sin análisis. Es mi decálogo sobre la amistad:
1.- Tendría tres, tal vez, cuatro años; mi tía Sabina me presentó a José María a la puerta de la cochera de mi casa, tenía mi edad. Nos fuimos juntos de la mano a la laguna de los Terreros, era primavera y el tractor de Germán se había quedado atascado en el fango. Estaba medio pueblo contemplando cómo Porfirio con otro tractor lo remolcaba y también se atascó. El maquinismo llegaba al campo y José María, mucho tiempo después, terminaría jugando en el Rayo Vallecano.
2.- A la escuela de Marta se iba hasta los cinco años, era enana y andaba con muletas. Nuestros padres pagaban cinco duros al mes y nos ensañaba El Catón. La clase tenía un altillo y cuando nos portábamos mal nos amenazaba con la cavicuerna que vivía allí. No nos atrevíamos a mirar hacia arriba por si le veíamos los ojos grises o los cuernos. Yo tenía una cabra que, a veces, me acompañaba; si se metían conmigo los compañeros les amochaba y, cuando yo entraba en la escuela de Marta, se ponía de patas sobre la puerta cristalera porque no la dejaban entrar conmigo; no recuerdo que llegara a romper los cristales. Un mal día se empachó y mi primo Miguel la degolló, para que no sufriera, con un cuchillo de matar.
3.- Los veranos venían las familias que habían ido a buscarse la vida a la ciudad. Su casa estaba en la calle empinada de la Iglesia. Se llamaba Luís.María, tenía la piel blanca, las orejas de soplillo y un timbre de voz metálico. Me contaba cosas de Madrid donde no cortaban la luz en las tormentas. Su madre me invitaba a merendar quesitos El Caserío. Aquel verano lloré cuando tuvo que regresar porque me imaginaba el viaje en tren tan largo como una tortura. Lloraba por su incomodidad y porque pasarían once meses sin sus historias, sin escuchar ese timbre metálico, sin ver sus camisas de tergal.
4.- También tuve un burro, le pusimos Próspero, aunque mi padre se oponía porque era el nombre de quien nos lo había vendido. Estaba gordo, se le notaba en el pescuezo que colgaba con su corta crin hacia el lado derecho. No conseguía hacer que galopara, trotaba cada vez más rápido pero no llegaba al galope. Cuando pasábamos de noche por la puerta del cementerio yo pasaba un miedo cerval y le espoleaba. De día, se me salía del camino para arrancar con la boca las espigas que lo flanqueaban. Le iba contando mis sueños de ocho años, le componía canciones, me pegaba a su cuerpo en invierno cuando la manta no hacía frontera con el frío porque se escarchaba, comía cebada en mi mano y, alguna vez, relinchó al verme. En el verano del 69, cuando murió mi padre, lo vendimos a unos gitanos por mil pesetas y me pasé la tarde llorando; creía que mi madre estaría pensando que lloraba más al burro que a mi padre, y ese sólo pensamiento hacía renacer el llanto.
5.- Joaquín se fue a estudiar a la capital, en vacaciones nos traía los tebeos del Capitán Trueno y jugábamos en las eras con su balón de reglamento –entonces yo pensaba que reglamento y cuero eran la misma cosa-. Ambos éramos monaguillos, ambos “teníamos novia” –la mía, Nena moriría poco después de un tumor cerebral-, ambos queríamos ser toreros y teníamos una capa hecha de saco terrero.
6.- Llegó en quinto al colegio, venía rebotado del seminario, cuando paseábamos por Santa Clara andaba para atrás como los curas. Salva era audaz, inteligente, desgarbado, hablábamos de la filosofía que nos enseñaban, de literatura y de mujeres, siempre de mujeres, teníamos la hormona suelta y la represión era feroz. Después se fue a Salamanca, yo a Madrid, nos escribimos durante un tiempo, nos vimos alguna vez, pero ya habitábamos mundos distantes.
7.- En Madrid me dolía la soledad, tal vez por eso, aunque nos conocíamos desde niños, empezamos a forjar una amistad intermitente que dura hasta hoy. La timidez de Aía había sido enfermiza; de pequeños, en carnavales, llamábamos a las puertas y cuando nos abrían, lanzábamos sobre el suelo una bombilla, y salíamos corriendo; él, antes, se apostaba en la esquina de la calle por si nos pillaban. La timidez le abandonó después, como la adolescencia; era abierto, simpático, inmune al enfado y al desaliento. Recuerdo que nos daban las cuatro de la mañana en el “Bugatti” hablando de cine, a veces, lo acompañaba sin solución de continuidad a repartir periódicos con el “Seiscientos”; lo dejábamos en pendiente porque siempre tenía la batería averiada. Cuando dormía, sólo se despertaba con un cigarro prendido en la boca. Un verano, nos aventuramos junto con Lucas en un viaje en moto- en tres viejas “Sanglas”-, a Ginebra para servir platos o lavarlos. Fue mi viaje iniciático a la libertad. Ahora nos vemos de tarde en tarde, componemos una sonrisa pícara con la comisura de los labios y desciframos nuestros secretos, sin más.
8.- Trabajaba de enfermera, me comentaba su vida sentimental, sus viajes a París, a Rusia, sus anhelos… Estudiaba Historia del Arte y hablábamos de su decadencia. Con una tienda de campaña por hotel, junto con su hermana y su amiga, recorrimos una Semana Santa las tierras andaluzas con mi recién estrenado “Seat 133”, Lourdes me hacía de copiloto y siempre ponía un cigarro encendido en mis labios, justo en el momento en que me apetecía. Murió hace unos años de esclerosis múltiple, yo tenía miedo de hacerla reír cuando iba a verla porque se atragantaba con la risa. Más tarde supe que ella había sentido algo más que amistad, nunca me lo dijo ni me lo dio a entender.
9.- También se hacen amistades en el trabajo, de hecho, Pepe estaba sentado a la misma mesa que me asignaron en el banco cuando entré a trabajar. Tenía la cara de niño, leía mucho, le gustaba correr en rallies, era atento, sensato, tenía un sentido del humor muy inglés. Entonces empezamos a charlar, a reír, a tomar copas, me enseñó los rudimentos del esquí… Todavía hoy paseamos por veredas de montañas, tomamos vinos, debatimos sobre literatura, sonreímos y sigo admirando esa voz pausada, serena, apaciguadora. Cómo olvidar aquella sonrisa sincera cuando me dieron aquel cargo, la única; los demás te felicitaban pero su cara llevaba esculpida la frase: “yo valgo más que tú, sólo que has tenido más suerte”.
10.- Hay amistades más ligeras que nacen y se extinguen sin alharacas, las hay que perduran en la intermitencia, las hay que se remansan, las que se cruzan y se pierden, las trasversales, las que se apolillan… Chema es montañero, todo fibra y le quieres porque te ayuda, porque es admirable, porque es el espejo donde querrías mirarte. Paz es como una musa, una luz que ilumina lo profundo con pocas palabras. Pedro es ingenio, empatía, en aquella época mala me dijo: “lo que necesites, ¿me entiendes? No me has entendido, lo que necesites incluye todo, también el dinero.” Santi que sabe vivir y deja vivir. El otro Santi muy castellano él, muy de carta cabal. Luís Ángel que se perdió o, quizás me perdí yo. Lola, morena, nos contábamos casi todo, ¿adónde andará? Marisol, Adela, Luís, Quini..

Amigos: ¿recordáis, como lo ha empezado a hacer Maririu, cómo nos rompieron en septiembre de 1973? Recuerdo que, muy poco tiempo antes, en octubre de 1971, cuando estudiaba el primer curso de la carrera de Historia en la Autónoma de Barcelona, realizamos un acto para festejar la concesión del Nobel a Neruda. Fue emocionante leer "España en el corazón" ("Venid a ver la sangre por las calles..."). ¿Alguien nos podía suponer, dos cursos más tarde, enfrentados a aquel espantoso episodio? Tengo que comprobarlo, pero creo que la portada de un periódico madrileño decía: A TIEMPO. Si, como creo, era ABC, os lo indicaré, porque conviene esa memoria que nos reprochan los inquisidores ajenos al "historicismo" (¿sabrán ellos lo que significa la palabra?), tras haberles aguantado sus historias imperiales, sus Isabelas y Fernandos, sus luceros en guardia, sus impasibles ademanes y su recuerdo constante, su chantaje cobarde con el miedo de las personas humildes y decentes a una guerra civil. Lo que recuerdo es el entusiasmo con que fue acogido por nuestra derecha gobernante, un entusiasmo al que respondió Pinochet asistiendo a los funerales de Franco y declarando a la prensa que en Chile no había comunistas...los liquidaban a todos. Tengo, por si hay dudas de las declaraciones, la literalidad de las mismas a mano. Puedo citar diario y fecha. Recuerdo, por haberme adentrado en esos tiempos a base de vaciados de hemerotecas durísimos, lo que decían entonces los liberales de ahora. La forma en que se injuriaba a los mártires chilenos y la burla a los solidarios españoles, no menos mártires antes, durante y después de 1973. Y recuerdo, sobre todo, nuestra desolación. ¿Cón que cara iban a respondernos los que criticaban la lucha armada cuando destrozaban el acceso democrático al poder de la izquierda? Y, siendo militantes de un PSUC muy moderado, que llamaba a la reconciliación de los españoles en una democracia...¿cómo protegernos de las críticas de la extrema izquierda, que nos acusaba, a nosotros y al PC Chileno, de ser cómplices objetivos del golpe por no haber pasado a una dictadura revolucionaria (oxímoron donde los haya...?).

Además, ese mismo día era un 11 de septiembre de movilización en Barcelona. Nunca salían los furiosos nacionalistas que no han dejado de adornarse las asesorías políticas y los escaños con la mística que entonces debían dejar en el reclinatorio de sus capillas familiares. Porque en 1973, sólo salían a la calle, en concentraciones por los derechos de Cataluña, los trabajadores de Comisiones Obreras y una Asamblea de Catalunya hegemonizada por la izquierda. Por eso se la cargaron en 1976, con el permiso de algún dirigente comunista español de cuyo nombre prefiero no acordarme.

D'Alema debió aprender de su maestro Berlinguer la rectificación del compromiso histórico, escrito por una de las voces y plumas más brillantes del socialismo democrático (quizás no de la socialdemocracia) europeo de aquellos años. Una propuesta de desafiar a la cultura democrática y cristiana (no democratacristiana) que asumiera sus propios postulados destinados a preservar la civilización y la dignidad del ser humano, justamente cuando iba a iniciarse la crisis económica que daría paso al capitalismo globalizado.

Recordemos, con todo, esas ilusiones que, al decir de Juan Cruz, conservamos como el carbón del siglo XX. ¿El carbón de castigo de los reyes Magos, dejado por los padres por creer en fantasías? ¿O el carbón como fuente de energía elemental? Alegrémenos por haber conocido aquel tiempo en que todo parecía posible, en que las grandes esperanzas no habían dado paso a las ilusiones perdidas.

Y digamos a los miserables: tú te quedas con todo y me dejas desnudo por la tierra. Pero yo te dejo mudo...¡mudo!

Nosotros nos llevamos la canción. Y no les demos ni siquiera el placer de la nostalgia: convirtamos ese recuerdo en palabra, en música viva, en tradición hecha memoria en cada uno. ¿Es que creíamos que sería fácil? Recordemos a los ausentes y su exigencia para con nosotros. Sencillamente, que no dejemos de ser lo que fuimos entonces, aunque añadiendo a nuestro brebaje sentimental un poco de madurez sin atisbo de cinismo.

Estimado Juan: Qué gusto saber que estuvo por acá en mi tierra. Y sólo le escribo para citar algo que leí en la biografía que escribió Fernando Vallejo sobre Porfirio Barba Jacob, y en el que decía que en Méxcio "no son de izquierda ni de derecha, son rateros". La frase es por demás certera. En México no hay ideales, aquí lo que buscan los políticos es acomodarse en el gobierno para vivir del presupuesto y "algo" más.
Y al escribir esto, recordé unos versos de un poeta mexicano, Renato Leduc, perdón si no son exactos pero cito de memoria, decía Leduc:"...y es que estos caros ideales / por su engañosa apariencia/ son más hoja que tamales/ y negocios sin conciencia".

Y vea, cómo estaba España en 1973 y cómo estaba México en ese año. A la vista están los resultados, México, descendió entre los países del tercer mundo Y España, aunque hoy en crisis pasó al primero ¿o me equivoco?
un saludo afectuoso desde Querétaro, México

La amistad es algo así como ir a buscar setas y, cuando pillas un buen boletus, dejar que tu "amigo" se lo lleve. Claro que la amistad verdadera requiere que luego tu amigo, cuando lo tiene guisado, te invite a comerlo. El quid de la cuestión es que ni tú le pediste nada a cambio a tu amigo para que se llevara el boletus ni él tuvo que hacer un esfuerzo para invitarte a comer. Las dos acciones son natuales. Por tanto, la amistad es un trato cercano y natural, en el que das sin esperar que te den y recibes sin compromiso de dar.

La amistad es algo así como ir a buscar setas y, cuando pillas un buen boletus, dejar que tu "amigo" se lo lleve. Claro que la amistad verddera requiere que luego tu amigo, cuando lo tiene guisado, te invite a comerlo. El quid de la cuestión es que ni tú le pediste nada a cambio a tu amigo apra que se llevara el boletus ni él tuvo que ahcer un esfuerzo para invitarte a comer. Las dos acciones son natuales. Por tanto la amistad es un trato cercano y natural donde das sin esperar que te den y recibes sin compromiso de dar.

Maestro Cruz
Yo también fui a México por primera vez en el 1993 unos años después que el Maestro y Maririu.El reflexionar sobre el arte de gobernar me parece muy importante pues estamos en un momento que es muy fácil hacer demagogia sobre los políticos y su manera de gobernarnos.D`Alema seguro que en su explicaciones os hablaría de cómo es difícil gobernar y hacer política teniendo enfrente a Berlusconi que basa su éxito en vender que no es político sino un empresario que entra en la política por lo mal que lo hacen los profesionales de la política.Esta claro que los populista de la ideología que sean ,pervierten y subvierten en beneficio propio el noble arte de gobernar para dar respuestas y soluciones a la sociedad y que nosotros con según que tipo de comentarios ayudamos a alimentar esa melagomania que les inspira para hacer y decir autenticas barbaridades.Uno lee lo que dicen Esperanza Aguirre,José II el Aznar,Paco Vázquez embajador en la Santa Sede,José Bono “el placas” y piensa que clase de políticos tenemos y que mensaje nos envían más populista y demagogo,además con las noticias de los alcaldes corruptos que salpican a todos los partidos especialmente al P.P y al PSOE te entran ganas de mandar a todos al diablo pero debemos pensar en los demás políticos que en su inmensa mayoría lo hacen muy bien y también en ultimo extremo pensar que clase de sociedad tenemos,pues estos personajes los malos y los buenos salen de ella,no son E.T. Espero que te vaya muy bien en tu gira por el norte de América,pero vuelve a México donde te quieren y te cuidan.
PD.Itziar me ha gustado mucho tu reflexión casi tanto como tus poesías ,animo y sigue entrando.Un saludo muy especial a Tersaaaaaaaaaat,a mi paisano Soto y a mcjaramillo por su precisión y concreción para decir lo justo y lo preciso y además brevemente,una reina oigan ,una reina.
Saludos Paco

juan no me puedo creer que no hagas alusióna l dery canario tu que e3re stan futbolero

Yo también fuí por primera vez a Méjico en 1973, en Julio/Agosto fue espléndido, juvenil, entusiasta
pero me acuerdo que en el avión de ida nos dijimos hubiéramos tenido que ir a Chile porque el año que viene puede ser demasiado tarde...
y lo fue...
no he ido nunca a Chile

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Mira que te lo tengo dicho

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¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

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Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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