Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Visión del atardecer rojo en Las Canteras

Por: | 20 de septiembre de 2009

Me entretengo como un niño a jugar con esta maravilla, esos rojos tranquilos que cabalgan por el mar y por la orilla y se reflejan como en un espejo dócil al llegar a la arena. Las dos islas juntas, al fin, después del agridulce ajetreo de los días, como si la luz de la noche las igualara en el horizonte. Junto a mi tengo los versos de Padorno, el amanecer en la playa, sus dedos tocando las huellas del salitre, él me va dictando su sentimiento, que es también el mío en esta hora. Tenerife parece ahí como un lagarto enorme; de hecho, muchas de estas islas me parecen lagartos echados, perezosos, inciertos, asustados, y esta visión me lleva a algunas de las virtudes del lagarto, sus ojos incansables y atemorizados, prestos a huir del sol como si éste bruma, o un tomate falso. El sol sigue ahí, ardiendo en su despedida, y desde Gran Canaria se ve el atardecer como un puño ardiente con el que el Teide dice adiós como si con la noche acabara el mundo.

Juancruzplaya


Los pies de Padorno

Por: | 19 de septiembre de 2009

Anoche había una mujer pisando un charco en la Playa de Las Canteras, cerca de la casa de Manuel Padorno, el poeta del Atlántico. Ella había ido despacio, paseando por la orilla, hasta que vio el charco, se aproximó a él como si al fin lo encontrara y metió sus pies desnudos en el agua. Estábamos a un paso de la casa del poeta, pintada de azul y blanco, situada en lo más airoso del paseo, frente al mar que él amó. Desconozco quién era la mujer, y si ella sabía que ese era precisamente el charco de Padorno, donde a él le gustaba entrar cada vez que le amanecían aquí las ganas de vivir. Yo seguí mi camino, otra vez vez la arena de la playa urbana que más quiero en el mundo. Ahora seguiré camino por la isla, como si estuviera leyendo unos versos secretos que el poeta dejó para todos. Llueve esta mañana sobre Las Canteras; cuando llueve sobre las playas es como si éstas cantaran.

La casa de Bernarda Alba

Por: | 18 de septiembre de 2009

Estuve anoche viendo La casa de Bernarda Alba, dirigida por Lluis Pasqual, con Nuria Espert y Rosa  María Sardá, en el Matadero de Madrid, dependiente del Teatro Español. Un lugar imponente en el que aún no había estado. Una idea magnífica que ha sido llevada a cabo con imaginación, decisión y riesgo, y se ha convertido en uno de los mejores lugares del teatro europeo. El montaje es excepcional, arriesgado, integrador, sencillo, íntimo, espléndido. Esa España negra que dibuja García Lorca surge en todo su esplendor perturbador, de la mano de un dibujo que Pasqual convierte en una obra de arte cuya plasticidad ya es un mensaje. Bernarda Alba representa la España oscura, y aquí representa también su derrota. El escenario contribuye al estupor, y las actrices hacen del espectáculo un ejercicio poco común de veracidad, de arrojo, de dedicación íntima al personaje que están encarnando. Casi dos horas de entusiasmada visión de un espectáculo que les aconsejo no perderse si están en Madrid. O vengan a verlo, merece la pena.

Eduardo Chamorro

Por: | 17 de septiembre de 2009

Estuve anoche en el homenaje que los amigos de Eduardo Chamorro hicieron en la Residencia de Estudiantes al periodista, escritor e investigador recientemente fallecido. Pude escuchar al historiador y editor Rafael Borrás, que publicó muchos de sus libros, y me perdí lo que fueran a decir Eugenio Benet, hijo de Juan, mentor y uno de los grandes amigos de Eduardo, Manuel Hidalgo, el escritor y periodista, y Guillermo Chamorro, hermano del homenajeado. No pude quedarme; lo sentí mucho. Chamorro fue un gozne fundamental del periodismo de la Transición; siguió, como amigo, y como lector, la aventura literaria de Benet, condujo su propia obra, con exigencia, imaginación y perseverancia, desde la historia a la ficción y a la política, como puso de manifiesto Borrás, y disfrazó con el aire melancólico de un bohemio una ternura que, como hizo el propio Juan Benet, parecía a veces la afilada daga de la ironía. Era un tipo al que daba gusto encontrar en los bares y en las calles, porque siempre conservó un gusto íntimo, divertido, por la conversación inteligente, ajena a los prejuicios que tantas veces convierten la charla en un secreto intercambio de chismes. Su último trabajo, el último que he leído, es un inteligente prólogo a una de las mejores obras de Camilo José Cela, sus cartas con la España del exilio que ha publicado Destino. Puede imaginarse cómo se habrá divertido expurgando esa correspondencia este periodista capaz de mirar también lo que no se ha escrito. Él dejó dicho: "Uno es tanto lo que es como lo que decide ser. Uno es lo que es con resignación y dosis nada homeopáticas de fatalismo. Muy al contrario, uno es lo que decide ser con entusiasmo, con amor, con libertad e incluso con algo de euforia". Eso está escrito en la esquela que nos entregó Rocío, su compañera, al llegar a la Residencia de Estudiantes, y es un buen retrato, autorretrato, de Chamorro.

La cena de los generales

Por: | 16 de septiembre de 2009

Escribí el blog, se lo tragó el aire. Lo escribo de nuevo. Anoche fui a ver La cena de los generales, de José Luis Alonso de Santos, en el Teatro Español, con Sancho Gracia al frente del cartel. Luego fui a saludar a Sancho Gracia, que es amigo mío, y compañero de aire; es decir, necesita como yo el Ventolín. Sobre la mesa del espejo de su camerino había tres o cuatro ventolines. Ayer era un día malo para los asmáticos, porque ha cambiado el tiempo, y hasta que los pulmones se adaptan perdemos mucho aire, necesitamos esa ayuda. A él no no le notó en escena. Consiguió dibujar un maitre --hace de maitre en La cena de los generales-- perfecto, acaso porque aprendió de su padre, Gabino, que durante años fue maitre del Palace. La cena que se describe es peculiar: Franco va al Palace, días después del final de la guerra civil; quiere agradecer a sus generales el apoyo. Pero en el Palace no hay cocineros, sólo hay camareros, fascistas o falangistas; los cocineros han sido encarcelados o ejecutados. El delegado militar que va a organizar la cena se encuentra también con un maitre díscolo, rojizo al menos... Lo que sigue es un vodevil divertidísimo con el que Alonso de Santos resume, con humor y hondura, millones de historias o de papeles en los que se ha escrito o hablado de la inmediata posguerra, de la memoria histórica, etcétera. Los actores están muy bien, la atmósfera que crean es de enorme realismo, se divierten y pelean en escena; representan una época de España y lo hacen muchas veces con una enorme plasticidad. Una obra de teatro que merece  la pena verse. Mientras iba a ver a Sancho a su camerino saludé a algunos de los protagonistas de la función. Era extraño ver como gente de carne y hueso a los que hasta hacía unos minutos habían sido otros en escena respiran y caminan a tu lado, vestidos ya de ciudadanos que sufren, viven o piensan de una manera quizá totalmente distintaa la que representan en el escenario. Esa es la magia de la ficciòn del teatro. Vayan a verla. Merece la pena. Un día le pregunté a Sancho cómo era La cena de los generales, y me respondió: "¡Vete a verla, cojones!" Pues eso, vayan a verla.

La utilidad del pasado

Por: | 15 de septiembre de 2009

Vivimos como si estuviéramos en el futuro, y en realidad todo es pasado, obsesivamente; ponemos el pie en lo que creemos que es la línea del futuro, y estamos pisando el pasado. No es malo el pasado, no es malo el presente, no es malo en el futuro: depende de lo que hagas con ello. Hoy hay en EL PAÍS tres crónicas que recomiendo: una es la de Barbara Celis, desde Nueva York, sobre el caso Watergate y las reflexiones de los periodistas que lo trabajaron acerca del presente y el futuro del periodismo; otra es la de Borja Hermoso sobre el interesantísimo libro Sables y utopías que presentó ayer Mario Vargas Llosa, y la crónica en la que se cuenta el cincuenta aniversario de El Tambor de hojalata, de Gunter Grass. Los tres asuntos conforman décadas de la memoria cultural y periodística de nuestro tiempo, y los tres desatan reflexiones sobre lo que hemos sido y, acaso, lo que hemos de ser. Nada es pasado, todo es presente mientras haya memoria, lucidez y generosidad para interpretar qué nos sucedió mientras estaban sucediendo las cosas, los libros y sobre todo la historia de las personas. Y sólo hay futuro si uno respeta el pasado. Por cierto, ayer el ministro Moratinos decía en Radio Nacional que los que lamentan que ahora no se haga caso de los veteranos de su partido son nostálgicos del pasado. Depende de lo que haya sido el pasado desata nostalgia, sentido de la emulación o envidia.

Benedetti

Por: | 14 de septiembre de 2009

Todos los 14 de septiembre llamábamos a Mario Benedetti. Ya no puede ser. Es un hueco grande en la amistad y en la poesía. Era un hombre tímido, suspicaz a veces, tenaz y terco, y tierno. Sus enfados podían ser enormes, pero sus reconciliaciones eran igualmente grandes. Tenía muchísima memoria, y muchísima capacidad de olvido también, lo que le hacía memorioso pero no rencoroso. Hoy hubiera sido su cumpleaños. Le gustaban los cumpleaños, recibir a los amigos, sentarse a comer en algún restaurante soleado, tomar pescado sin espinas, contar historias de lo que estuviera haciendo. Su última pasión por los haikus dieron rienda suelta al humorista que alguna vez quiso ser; con sus materiales, que incluían la ironía sobre su propia sombra, y sobre las sombras del amor y la ternura, halló en esa fórmula el modo de subrayar con palabras estados de ánimos, visiones rápidas del alma o de la realidad y del alma. Hoy se pone en marcha en Montevideo su fundación. Ojalá su actividad contribuya a llenar el enorme vacío que para muchos ha supuesto su desaparición, que hoy, en su cumpleaños, se agranda en muchos de nosotros.

 

La visita a Manu

Por: | 13 de septiembre de 2009

Al menos una vez al año voy a ver a Manu Leguineche, el reportero. Estuve ayer con él, almorzando, en Brihuega. Desde que me picó el veneno del periodismo, y entonces era un adolescente, mi pasión es escuchar a los periodistas mayores, aprender de ellos, conocer su vida y sus anécdotas, mirar con ellos lo que está sucediendo. Él vive en una casa espaciosa, muy espaciosa; tiene un jardín rodeado de árboles en los que su amigo Jesús ha colgado disquetes usados para que su resplandor ahuyente a los pájaros. Un perro precioso que se llama Negro en euskera deambula en busca de las sobras del cordero que nos estábamos comiendo. Un espléndido frontal de árboles se mueve con el viento, y da la impresión de que estamos rodeados de olas verdes. Hablamos del periodismo tal como está, y compartimos el pesimismo sobre el porvenir del griterío, que no sólo está en los lamentables programas rosa de la televisión, sino que está también en la letra impresa, donde el rumor ha adquirido el mismo carácter que las noticias. Al final de la comida, Manu pidió que nos sirvieran Armagnac de una botella enorme. Bebimos a la salud del futuro, debajo aún del sol de la Alcarria. Cuando terminamos de brindar nos cayó un chaparrón, y nos resguardamos entre los libros y los periódicos que llenan la casa de Manu como un manifiesto de papel que contrasta con la verde pradera en la que estuvimos evocando también el que para mi es el mejor libro de Manu, La felicidad de la tierra. Luego regresé a Madrid, a ver el Getafe-Barcelona. Después, para mi pesar, vi la película Che, con Benicio del Toro. Hacía tiempo que no veía un filme tan malo, tan poco interesante, teniendo en cuenta, por otra parte, el buen material que ofrece para el cine la historia de Ernesto Guevara, para bien, para mal y para regular. Ah, el viernes estuve en Cáceres, en Alcántara, en un convento, hablando de Onetti con jóvenes escritores latinoamericanos, al lado de un puente del siglo II y una presa del siglo XXII. Pero de eso les hablaré otro día. Ahora voy a transcribir una entrevista que tiene 50.000 caracteres y ha de quedar en 22.000.

Muerte en La Gomera

Por: | 11 de septiembre de 2009

Estuve el domingo en el roque donde hace hoy veinticinco años se produjo un terrible incendio que acabó con la vida de unos ciudadanos arriesgados que trataron de sofocar el fuego. Ese lugar, un bellísimo enclave en la isla de La Gomera, es para muchos canarios un símbolo que ya vive en el corazón de todos como un momento fatídico e inolvidable. Entre los ciudadanos muertos en aquellas terribles circunstancias estaba mi amigo Paco Afonso, que fue alcalde de mi pueblo, el Puerto de la Cruz, y gobernador civil de la provincia de Santa Cruz. Lo era en ese momento, septiembre de 1984. Era de mi edad, quizá un poco mayor, y guardo por él una gratitud infinita, que se fundamenta en un suceso personal inolvidable que cuento acaso porque representa, en mi memoria, la más simple y honda historia de esfuerzo por ayudar a un amigo en momentos difíciles. En mi adolescencia se recrudecieron mis ataques de asma. Él vivía en otra zona del Puerto; y nunca pude saber por qué en aquellos momentos en que no había comunicación fácil, cada vez que se producía uno de esos ataques y yo permanecía convalesciente en casa él aparecía a hacerme compañía, como si viniera conducido por un sexto sentido, sin duda el sentido de la amistad. Se sentaba allí, a mi lado, y así me hacía compañía mostrando una bondad honda, tranquila, infinita. Era sólo un ejemplo de una actitud que muchísimos más recuerdan en parecidos términos. Su temprana muerte en aquel horrible incendio es para todos los que lo conocimos una herida que jamás hemos podido olvidar.

Hoy hace ocho años de otro incendio horrible, el de las Torres Gemelas. La casualidad de los aniversarios la pone junto a la del incendio de La Gomera. Una fecha fatídica, inolvidable, que tanto tiene que ver con el malestar que la sociedad ha padecido desde entonces en todo el mundo.

Vayan esos dos recuerdos en memoria de tantas víctimas, en un sitio y en otro.

La violencia

Por: | 10 de septiembre de 2009

No he hecho ninguna reflexión aquí sobre el asesinato del fotógrafo hispanofrancés Christian Poveda en El Salvador y sobre la violencia que actúa en países como ese y en tantos países de ese entorno. Jóvenes a los que ha picado el venenoso bicho de la violencia y han hecho de esa pulsión el sentido de su vida. Violencia que comienza siendo gratuita y que finalmente es un modo de vida; una violencia ciega y burlona, que se burla de la vida de los otros, que considera a los otros cosas que se pueden abatir y que se deben abatir por dinero, por gusto o por diversión. La muerte de Poveda ha saltado a las primeras páginas porque él había tratado de combatir esa violencia redimiendo a los violentos, hasta que una secta de esa misma violencia le dio muerte; él había hecho una película, tenía una notoria relación con el asunto, había tratado de ponerlo a la luz pública para ayudar a comprenderlo y quizá a eliminarlo. Su asesinato es un asesinato más. Ahora que se conoció que ha sido asesinado brutalmente hemos mirado a El Salvador, a esas sectas. Nos olvidaremos, y seguirán matando, allí, aquí, en millares de sitios así siempre hay alguien con el gatillo dispuesto a acabar con alguien, y ese alguien no saldrá en las noticias, y la violencia seguirá adelante, como un gusano negro.

El País

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