Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

La ciudad cansada

Por: | 18 de noviembre de 2009

Anoche regresé a mi casa dando un rodeo por Madrid, acompañando a un amigo que vive cerca del parque del Retiro. Pasamos por la Cibeles, enfilamos la calle de Alcalá, hacia la Puerta, y luego rodeamos el Retiro para dejarle junto a su casa, en la calle O´Donnell. Eran las once de la noche y la ciudad estaba triste, como cansada, durmiente; alrededor de la espléndida Puerta de Alcalá, adonde Azaña iba por las tardes a contemplar las afueras de aquel poblachón republicano, no había absolutamente nada, tan solo escombros. Y enfrente del Retiro, uno de los mejores parques de Europa, acaso el más literario de España, y sin duda un sitio fantástico para pasear de noche y de día, la oscuridad era parecida, como si la ciudad de Madrid hubiera dimitido de sí misma y se sintiera derrotada o rota, envuelta en un pesimismo que acaso es ahora su seña de identidad. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué la iniciativa municipal no se alegra un poco? ¿Por qué no hay bares, y luces, y establecimientos abiertos, y vida más allá de la vida de las oficinas? ¿Por qué en torno al Museo del Prado, una de las joyas de este país, no hay sino susurro, y ni eso? ¿Por qué Madrid se ha ocultado a sí misma? Madrid se ha convertido en una ciudad de oficinas en las que tan solo un núcleo urbano, muy concentrado en los barrios del centro, en torno a la Gran Vía, siente que debe salir, como el trópico, a vivir en la calle. Madrid está cansada, o quienes gobiernan han dejado de interesarse por ponerle más corazón a esta urbe que donde debiera tener luz tiene sombra, y la sombra cada vez le pesa más.

París

Por: | 17 de noviembre de 2009

Cuenta Jorge Edwards que un amigo de Pablo Neruda, el músico Acario Cotapos, le dijo un día al poeta:

--Pablo, ¿por qué no vendemos Chile y nos compramos algo chiquito cerca de París?

La fascinación por París es universal, y justificada. Se renueva viéndola; la ciudad jamás cansa; tienes que luchar con los franceses, dicen, y a veces tienes que luchar con el clima, pero alguna mano hizo, hace siglos, que la ciudad no se alejara nunca de cierta perfección como tal: bien diseñada, grandiosa, repleta de jardines y de plazas, de monumentos y de callejas que la especulación no pudo borrar del todo porque la ciudad, la belleza de la ciudad, lo impidió con la sutileza incontrovertible de ese poderío, el de su belleza. Ayer tarde me recordaba mi compañero Antonio Jiménez Barca, el corresponsal de EL PAÍS, lo que había sucedido en la guerra mundial: el general al que Hitler ordenó que volara los puentes de París para vencer a la Resistencia desobedeció al Führer, consideró que tanta belleza no podía quedar bajo la metralla, y salvó de la destrucción una de las bellezas más grandes del mundo.

Ahora camina uno por estas calles, callejas y plazas y agradece al urbanismo, a la historia y a los hombres que se hayan dejado capturar por esta solemnidad que tiene la ciudad y la hayan respetado a lo largo de los siglos como un legado que seguiremos viendo con la admiración con la que la han mirado los poetas, los músicos, los escritores, los artistas que la convirtieron en un fetiche y en millones de palabras, de dibujos, de evocaciones y de pasión como esa del músico chileno. Por qué no vendemos Chile y nos compramos algo más chico cerca de París.

Vi anoche el debate Ramadán-Fourest. Ojalá un día la televisión española, la estatal, cualquiera, encuentre sitios en su programación para que haya discusiones así.

Adulterio en el aire

Por: | 16 de noviembre de 2009

Pasó en los primeros días dormidos de agosto, pero a mi se me pasó, al menos, no sé si salió en la prensa española; en todo caso, no lo recuerdo. Y me lo contó ayer Daniel Mordzinski, el gran fotógrafo, mientras almorzábamos en un restaurante clásico del Barrio Latino de París, donde él vive desde 1979. Daniel no sólo es un gran retratista, un tipo que ve por dentro a la gente, sino que es, también, un gran narrador oral. Algún día tendrá que contar la historia de cómo recuperó la memoria de su familia judía de Polonia; me lo contó ayer, y me puso el sentimiento al borde del abrazo, esa soledad del nieto que rebusca entre los papeles del Hotel de los Inmigrantes o del biznieto que halla en los papeles humildes de una biblioteca de un pueblecito de Polonia donde nació su propia voluntad de recordar. Pero esta otra historia que pasó en agosto le divirtió mucho más, porque es más aérea, en el sentido más puro o más literal de la palabra. Resulta que en un vuelo de la compañía local de Nueva Caledonia una de las azafatas pasó por donde una pareja, él bastante mayor, ella jovencísima, se besaban con la intensidad del rayo. La azafata descubrió que el hombre era su padre, le interpeló sorprendida, acabó con la efusión, y ya en tierra comúnicó a su madre el descubrimiento del tórrido adulterio. La compañía luego expulsó a la azafata por romper la confidencialidad a la que se deben los empleados del aire. Y los sindicatos de la aviación de Nueva Caledonia lanzaron una campaña en contra de esa expulsión de la trabajadora; hubo huelgas, disparos, heridos, y la noticia voló en seguida y fue primera página al menos en los periódicos franceses. Mordzinski me la contó tan bien, con tanto detalle, que parecía una fotografía suya del adulterio en el aire.

Los garabatos de Javier Cercas

Por: | 14 de noviembre de 2009

Me tocó conversar hoy en el Festival Eñe, en el Círculo de Bellas Artes, con Javier Cercas; el asunto era su libro Anatomía de un instante, su indagación narrativa en el golpe del 23F. Se ha dicho mucho de ese libro monumental, uno de los grandes riesgos asumidos, y ganados, por el autor de Soldados de Salamina. Lo concibió como una obra de no ficción, como una indagación casi periodística en aquel suceso que tanta importancia tuvo en el desarrollo del siglo (y de la historia) para España, y tanto él como los lectores lo han visto luego como una novela. Una novela es aquello que está bien contado; el lector es el que pone su punto de vista, y si lee el libro como una novela es que es una novela, y si lo lee como un reportaje, pues será un reportaje. Fue una conversación muy interesante, a lo largo de la cual Cercas reflexionó sobre lo que significó para él escribir Anatomía de un instante, que es, como dijo de él su amigo Sergi Pàmies, una especie de cartas a la muerte de su padre. Si se vuelve al libro uno hallará elementos sentimentales, e incluso románticos, que están en el subtexto de la obra y que al final la abrazan y le dan la categoría que para muchos de los que la hemos leído la salva de la anécdota, es decir, del relato mismo del suceso. Mientras hablábamos, Cercas, que sigue siendo el muchacho tímido que en otros tiempos tenía que tomar cerveza o whisky para lanzarse a hablar (y ya no son tiempos para el alcohol), emborronaba en mi propio cuaderno, cada vez que empezaba a responder una pregunta, rayas y rayas, hasta convertir la página en blanco en un tupido lago de tablas cruzadas. Al final el conjunto de esos garabatos parece el esquema de un cuadro sinóptico, una especie de maraña que, sinceramente, se parece a la estructura endiablada, y desde mi punto de vista perfecta, de Anatomía de un instante. Cuando terminamos él se fue a firmar libros a los asistentes al festival, y yo volví a la calle que hubiera sido otra si aquel instante, el del 23 F, hubiera salido de otra manera. En primer lugar, es posible que Cercas no hubiera sido el afortunado autor de este libro lleno de energía, melancolía, dudas y preguntas, y quizá, tampoco, el hombre que escribía y escribía en mi propio cuaderno lo que subconsciente estaba diciendo en palabras.

Bowles

Por: | 13 de noviembre de 2009

El miércoles próximo hará diez años que murió Paul Bowles en Tánger, donde quiso vivir. Anoche estuve en Sevilla, en el Festival Internacional de Cine, invitado por su director, Javier Martín Domínguez, periodista, autor, entre otros, de un hermoso, melancólico, documental sobre Jane y Paul Bowles, en el que no sólo destacan las imágenes sino las palabras, entre ellas las del amigo de ambos, el ya también fallecido Emilio Sanz de Soto. Vi el documental en el pabellón de Las Tres Culturas de la Expo, donde, por cierto, rememoré a Jacinto Pellón, que fue presidente de aquel acontecimiento, y que tan mal fue tratado por este país. En fin. Hablemos de Bowles. El documental trata de las vidas paralelas y tan distantes, tan difíciles, del matrimonio Bowles, aventureros de la literatura que buscaron, muchas veces infructuosamente, la libertad. La locura en la que se sumió la vida de Jane, y que la condujo a la depresión y a la muerte, marca como una sombra la propia vida de Paul, que se fue apagando en medio de una enorme melancolía, en una especie de desdén por la vida alrededor, del que lo sacaban la música y algunos amigos. Hablé, después del documental, de mi propia relación (como editor, fundamentalmente), con el autor de El cielo protector; y evocamos un momento especial para nosotros en Alfaguara, cuando vino a escuchar su propia música en el teatro María Guerreo. En aquella ocasión, además, fue a curarse de una rodilla en un hospital de Madrid. Jamás podré olvidar su mirada desamparada cuando ya, subido en el ascensor, se quedaba en las manos de los médicos, y creía, sin fundamento, que esa prospección que iba a sufrir le iba a causar dolor, demasiado dolor. Esa mirada vive conmigo, está en mi memoria, y ahora tiñe también todo lo que leo o lo que recuerdo de aquel norteamericano elegante y silencioso que vivió en una era en la que la literatura también era una aventura.

Del boom al boomerang

Por: | 12 de noviembre de 2009

El boom fue una de las más saludables explosiones literarias del siglo XX. Puso en el mapa de la literatura en español a un grupo de escritores que rompió las costuras del costumbrismo literario en América Latina y ejerció sobre los lectores y sobre los escritores españoles una influencia fresca y poderosa, que nos llevó a leer de manera diferente y a creer que nuestra imaginación ya era plenamente latinoamericana. Hubo un badén, o un accidente, que tuvo que ver a partir de los años ochenta con la propia resurrección de la literatura española (la generación de Muñoz Molina, Marías, Millás, Pérez-Reverte, etcétera). Desde mediados de los noventa se produjo lo que en un momento se llamó el boomerang: jóvenes escritores latinoamericanos (que ya no son tan jóvenes) vinieron a España con sus obras, declararon que no se sentían tan hijos de aquellos, pero los reconocían como casi-padres; y empezó un intercambio que ahora, con los jóvenes, que viven en España o en América, está (casi) perfectamente consolidado. Las librerías de América y de España ya tienen en sus estanterías, en plano de (casi) igualdad, las novedades de los escritores de un lado y de otro, y ahora es un momento en que podemos hablar, por fin, o (casi) por fin, de una escritura que apela a un número común de lectores: los cuatrocientos millones de personas que hablan y leen en español de los que siempre hablaba nuestra añorada editora Isabel de Polanco, cuyo premio de ensayo, por cierto, se entrega a fin de mes al escritor cubano Rafael Rojas en la FIL de Guadalajara, México.

Me han dicho que mañana Angels Barceló dedica su Hora 25 Global (que emite en España y América la Cadena SER)  a la literatura de las dos orillas; estos apuntes los he hecho a partir de esa noticia. Está muy bien que se hable en medios masivos de lo que debe ser el más saludable intercambio al que puede aspirar la cultura en nuestro idioma, el intercambio de la imaginación y de las palabras. 

Los editores

Por: | 11 de noviembre de 2009

No sé qué pasará con los libros, si serán digitales, si se combinarán los digitales con los de papel; el futuro se va escribiendo. Los que no dejarán de existir serán los editores, y los escritores, y los lectores, y los bibliotecarios, por supuesto, y éstos serán los garantes de que, pase lo que pase, la escrirtura sea el espejo de las épocas, el reflejo de la creatividad, de la imaginación o del estudio, el resultado de una convocatoria excepcional en la que intervienen el deseo de saber, el deseo de contar y la necesidad de expresarse. Y una palabra sobre los editores: ayer estuvieron en Madrid, y les vi, estuve con ellos, los promotores de Barril y Barral, Joan Barril y Malcolm Otero Barral. Nuevos editores que ya han sacado a luz algunos de su proyectos. Y estaban, en este otoño que aun no refresca del todo, visitando Madrid como lo visitaba, hace siglos, el abuelo de Malcolm, visitando autores, buscando materiales entre las tinieblas de lo que aún no ha sido escrito. Y tuve añoranza de esa época en que yo también hice el mismo ejercicio, visité gente que acaso tenía un libro en la cabeza o ya lo había escrito, y traté de convencer a unos y a otros para que ese libro fuera nuestro, es decir, de la editorial donde trabajé, en la que, con otros, construí ilusiones que ahora ya son parte del pasado, es decir, de las estanterías, que son una reserva del futuro, por cierto. No sé qué pasará con los libros, y ojalá todo lo que pase sea bueno, tan bueno como los libros o mejor que nosotros.

Enamorado de sí mismo

Por: | 09 de noviembre de 2009

Antonio Jiménez Barca, corresponsal de EL PAÍS en París, y muy buen novelista, por cierto, hace crónica hoy de las memorias del ex presidente Chirac, que, como dice Antonio, se muestra enamorado de sí mismo en sus memorias. No es un mal francés. Aunque Mitterrand y Pompidou, y De Gaulle, que fueron además buenos escritores, también escribieron memorias, o recuerdos, o los dictaron o los dijeron, y dieron de sí mismos la mejor opinión que tenían. Eran grandiosos, según ellos mismos, representaban la grandiosidad de Francia, y se referían a ellos con esa grandeur que les devolvían el espejo y la escritura. Las memorias de Margaret Thatcher también eran de una enorme autosatisfacción. No es un mal francés, pero los franceses son muy buenos a la hora de examinar su estima en el espejo. Y es un mal humano también, porque todo excede tiende a convertirse en un mal: tendemos a autojustificarnos; nuestros errores son errores, pero si no los disminuimos, si no los examinamos a la luz de nuestra propia comprensión, el espejo devuelve dardos y centellas, y el hombre usa un paraguas para que la tormenta no le amargue la vida del todo. El caso de los políticos, y sobre todo el de los políticos que han ejercido el poder, es mucho más flagrante que el de los seres humanos que no han ejercido el poder, porque el trabajo de aquellos cae bajo el escrutinio público, y la gente tiene bastante información sobre lo que hicieron o el efecto que tuvo en sus conciudadanos lo que hicieron. El último presidente español, José María Aznar, que precedió a Zapatero en el ejercicio del poder, ya hizo un amago de memorias, y en ellas se refirió a algunos de los desastres a los que nos llevó (como la guerra de Irak) con un sentimiento de autosatisfacción que ha aumentado el rechazo de su legado y, por tanto, la crítica de sus hechos, porque la gente sabe, y recuerda, qué pasó, por lo cual su propio recuerdo ha querido ser grandioso y ha convertido su figura, otra vez, en una sombra mucho menor que la que la que él ha querido agrandar. Él también se ha mostrado bastante enamorado de sí mismo, como Chirac. La autocrítica, en la política, en el arte, y en la vida, es un buen límite para el ego. 

Veinte años del Muro

Por: | 08 de noviembre de 2009

Recuerdo muy bien aquella tarde en el periódico, que entonces dirigía Joaquín Estefanía. Los sucesos, cuando se consolidan como hitos históricos, adquieren un aire metafórico; Joaquín venía de una izquierda radical, la vida le había ido mostrando vías más mesuradas de comportamiento profesional e ideológico, y era y es un hombre que cree en las virtudes de lo posible, en el diálogo, en la superación de los enfrentamientos --y de los muros-- a través de la razón y del uso de las convicciones como modo de acercarse a las convicciones de otros. Y de pronto tiene delante la noticia más importante de todas las que, a nivel internacional, ocurría para la gente de su generación, que es la mía. El periódico se puso en ebullición, y a él lo vi entusiasmado y decidido a pensar, con todos sus colegas del mundo, en ese momento, que la prensa también tenía que moverse en esa dirección, en la del apoyo a lo que significaba ese suceso simbólico y político capital de nuestra era. Como tengo esa costumbre, o más bien esa manía, recuerdo todos los detalles de la actitud de Joaquín, sus paseos nerviosos por la redacción, sus tarjetones llenos de notas, sus gafas quevedescas delante de unos ojos que en ese momento parecían febriles lupas que él ponía sobre lo que venía, recuerdo hasta su camisa de entonces, botones en el cuello, color beis, puños arremangados, un periodista en el mejor momento de su propia historia. Cayó el muro. Esta mañana Montserrat Domínguez y Carmen del Riego hablaban en A vivir que son dos días de lo que los periódicos traen hoy sobre ese acontecimiento, y ponderaban el poder que tiene la prensa para reflejar lo que sucede y sobre todo para ahondar en ello. Alguien recordó que seis meses después de aquel hecho Internet empezó a cotizar en Bolsa. Internet es ahora la alternativa a la prensa. Nadie podrá decir que sea la alternativa para anularla, sino para hacerla mejor. Y eso los periodistas, los que vimos caer el Muro y los que ahora lo conmemoran y son más jóvenes, lo debemos saber y atesorar; el bienestar de la sociedad, su futuro, depende de que la prensa sea el mejor testigo, en cualquier formato, y ningún formato es mejor que el otro si la prensa es buena. Joaquín es ahora un maestro de periodistas, y sigue siendo un periodista, como muchos de los que entonces sabían que contar lo que pasaba era una exigencia de la historia pero también una voluntad individual de servir al mejor oficio que uno conoce, el de vivir contando.

El País

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